10 de agosto de 2014

Las malas lenguas











- ¿Por qué compraste ese libro?
- Es famoso. El otro día lo vi en el telediario.




Oído en el Rastro.


9 de agosto de 2014

Me acuerdo









Me acuerdo de estar leyendo “Veinte mil leguas de viaje submarino”, mientras en la calle Caifás y otro guaje jugaban al fútbol con una botella de lejía vacía.

Me acuerdo de Marco, el pequeño emigrante genovés de “De los Apeninos a los Andes”, y de cómo andando el tiempo me lo encontré en forma de simplón dibujo japonés, con un mono ridículo subido en su hombro. 

Me acuerdo del sargento Gorila y de un larguirucho que sólo decía “ajá” todo el rato.

Me acuerdo de un libro sobre Salazar que vi en un mercadillo de Lisboa, y de uno sobre Satyajit Ray que tuve en la mano en una librería en Ginebra, y de un ensayo sobre Franco que reposaba plácidamente en un puesto de la cuesta de Moyano, y de todos los cientos de libros que he pensado comprar y no he comprado y que son los más extraordinarios de todos, como pasaba con aquellas fotos que se velaban en los lejanos tiempos en que la realidad era analógica y no un ringlero de ceros y de unos como ahora.

Me acuerdo de leer durante horas en aquella galería de mi infancia, y de cómo echaba de menos tener una gran biblioteca a mi disposición, como aquellas que aparecían en las mansiones de las películas.

Me acuerdo de la tía May poniéndole la bufanda a Peter Parker sin sospechar que en cualquier momento iba a andar cogiendo frío por los pindios tejados.

Me acuerdo del kiosco de Mariano y de aquellas columnas de papel impreso que tapizaban las paredes hasta el techo, donde lo mismo encontrabas a Marcial Lafuente Estefanía como una edición barata del Quijote o un ejemplar del “Kama sutra” pedagógicamente ilustrado.

Me acuerdo de como olían los libros de texto el primer día de colegio.

Me acuerdo de haber soñado que encontraba en la basura una cantidad ingente de libros y de mi angustia al verme incapaz de apañarlos todos. 

Me acuerdo de cuando Jesús Torbado me firmó “En el día de hoy” y de lo extraño que me pareció tener delante a un ser de carne y hueso, y no la litografía de un caballero con sombrero y cuello duro.

Me acuerdo de aquel libro de misa con cintas de colores y papel biblia, donde me estremecía leyendo los tormentos de los mártires.

Me acuerdo de no saber aun leer y de desear desentrañar el misterio de los rótulos que veía por las calles, con la ansiedad de un John Silver.



[Antonio Toribios]





7 de agosto de 2014

Mortisaga en el cementerio de los iconoclastas







II. EL CEMENTERIO DE LAMINIUM


8

BAÚLES SIN SOMBRA


Durante mis idas y venidas por los anaqueles de la trastienda, tuve que trepar un sinnúmero de veces por los dos misteriosos baúles que allí había apilados, uno sobre el otro. Muchas fueron las cábalas que hice sobre su contenido, pero como me hacía feliz soñar con libros herméticos con herrajes de plomo o ediciones perdidas de autores desconocidos, rutas marítimas extraviadas en otros tiempos o diarios de navegantes cósmicos, no intenté jamás averiguar la identidad de sus moradores, ni siquiera colarme por el agujero de sus cerraduras reventadas, quién sabe si de un hachazo en alta mar tras ser arrebatados a un galeón español en el siglo XVII. Tampoco me aventuré a preguntarle al mismo librero Barbadillo sobre sus posibles ocupantes. Sólo así preservaría mis sueños, que comencé a depositar allí cada noche. Conforme me fui abasteciendo de arte, ciencias y letras, una voluntad nacida al margen de mi consciencia fue elaborando el manual de construcción La densidad del espacio en los templos bizantinos, las teorías amatorias de Vivencias de un psiquiatra en las orillas de río Lorazepam, los versos clásicos y atonales de Un noctívago herido por la locura, los Procedimientos para la obtención de pigmentos y miradas en la pintura barroca, las Quimeras constructivas de Isidoro de Mileto y Antemio de Tralles o las singulares e irracionales aportaciones a la narrativa del siglo XX Novelas ejemplares de letrina y corrupción, y muchísimas más, sin mencionar las obras más intimistas, que por albergar mis momentos de máxima duda y aflicción, no refiero un sólo título, para no ser responsable de ningún contagio, porque digan lo que digan, la devastación del alma se propaga como el peor de los más letales virus conocidos, con consecuencias impredecibles, y si no que se lo pregunten al aizcolari Julen Biztinaga, quien tras leer las Epístolas de un amante ausente, recopilación inventada y escrita por  un supuesto anónimo con mala fe en el siglo XIX, se presentó al día siguiente en la fiesta de Ondárroa, y cuando se dispuso a asestar el primer corte al tronco, la melancolía se le echó encima y falló el golpe, su pie izquierdo quedó como consecuencia dividido en dos, ante la atónita mirada de su amada Maitane Garmendia, quien ante el espectáculo sanguinolento del futuro tullido, renunció a llevar a cabo sus planes de abandonarlo por el harrijasotzaile Laskain Basterrechea, por considerar que era una señal del otro mundo, para que cumpliera en este lo que hasta ese momento el destino había dispuesto para ella, pero lo que más influyó en su decisión fue la sonrisa de ofrenda que su prometido le dedicó, antes de hundirse en el dolor; así fue que Julen, según se decía por los mentideros de la comarca, jamás pudo alegrarse de haberse enternecido con aquellas melifluas y empalagosas epístolas de desamor, aunque para mí, qué quieren que les diga, pues estoy seguro de que el aizcolari utilizó aquel libro como germinativo de su valor y su propia y ruda expresión. Sea como fuere, el par de baúles, a juzgar por el olvido en el que estaban, inmóviles y permanentes a cuantos cambios se sucedieran en la trastienda, eran el lugar ideal para atesorar mis propias obras, que no la memoria, sometida a la penuria y decadencia de la edad. A ellos sentí conectadas todas mis neuronas cada vez que una lectura me creaba una nueva necesidad o mi imaginación llegaba a superarla, como si fueran la prolongación y materialización de un deseo irrefrenable. A lo largo de días, semanas, meses… las obras fueron creciendo sin parar, con sus títulos sincréticos faltos de todo recato y prejuicio. Al mismo tiempo que se apiñaban en sus interiores unas contra otras, me crecía al mismo tiempo la soledad, no la soledad desde la que habían sido creadas, que eso era obvio e ineludible, sino la soledad de no compartir todo aquel caudal varado en el olvido. El remedio a este sentimiento de náufrago llegó cuando a Jerónimo Barbadillo se le ocurrió un día abrirlos. No pudo dar crédito a lo que contemplaban sus ojos. Leyó conturbado y sobrecogido los títulos durante horas, acarició maravillado con sus pupilas todos los ejemplares, lloró en silencio, elevó los brazos al cielo y se inclinó con reverencia en señal de gratitud. Ni ese día, ni ningún otro, se atrevió a leer nada más, no fuera que se desvaneciera la reciente realidad descubierta. Se limitó a comunicarme, que aquellos baúles estaban destinados desde su adolescencia a cobijar todo lo que escribiera en el futuro, y que por un extraño viraje del bucle del tiempo, vivencial o narrativo, allí estaban, libres, ajenos a él mismo, aunque incógnitos. Nunca le desvelé el verdadero origen de todas aquellas creaciones, pues todo lector de algún modo es un usurpador, como también lo era yo. Me bastó con participar de sus visiones, y a él de las mías, sin someternos a humillaciones de ninguna clase sobre principios creadores estériles. 

José Miguel López-Astilleros



6 de agosto de 2014

De Consolatione



El Rastro, verano de 2014



           
  DOMINGO.

Sin ultramarinos, sin prisas... Todo era, novedades Rosillo.


Email del Polaco.

   

Great Minor Poets








[Tinofc]


5 de agosto de 2014

Me acuerdo









Me acuerdo de mis primeras letras. Estaban en la estupenda sopa que me hacía mi madre.

No me acuerdo del primer libro que leí.

Tampoco me acuerdo del primer libro que empecé y nunca terminé.

Sí me acuerdo del último que terminé sin empezarlo: Las tres bodas de Manolita.

Me acuerdo del libro que más veces he empezado y nunca he terminado: El Quijote.

Me acuerdo del primer libro que me dolió, fue el libro de notas de 1º de BUP.

Me acuerdo de la primera vez que entré en la biblioteca pública, fue a ver si veía a una chavala que me gustaba.

Me acuerdo de los libros que más me agotaron, fueron los de la Espasa que ayudé a trasladar a mi hermano.

Me acuerdo del libro más salvaje que he leído: El libro de la selva.

No me acuerdo de entrar en ninguna librería de viejo, todavía soy joven.

Me acuerdo del libro regalado que más me ilusionó, no me acuerdo del título, era un librito de pastas blancas que te daban en la mili cuando te ibas.

Me acuerdo del olor del plástico de forrar los libros del cole.

No me acuerdo dónde dejé el último libro que estoy leyendo.


[El amanuense]


4 de agosto de 2014

La Dolce Vita























No vi en el mercadillo a Tarkovski, pero me encontré con Cristina, una exquisita encuadernadora, que me comentó que el Stalker estaba enredado con un vídeo del Atlético Astorga.


[Larsen]



Casquería Fernández



José Luis García Martín





[Tinofc]


Las malas lenguas




Mercadillo de Requejo





- Mira, mamá, me gusta este libro.
- Pero, ¡este libro es de leer!



Oído en el mercadillo de Requejo.


Diarios, Inaki Uriarte (la educación sentimental)


















[Ocramalliv & Vokislav]




1 de agosto de 2014

Me acuerdo












Me acuerdo de aquel burrito rechoncho de plástico macizo que me encontré en el paso a nivel, y de como su rusticismo y bonasnía desmerecían un poco en el conjunto fiero de los jichos.

Me acuerdo de la muerte de John Fitzgerald Kennedy y de que ese mismo día me sacaron las anginas.

Me acuerdo de cuando me dieron con una piedra en la cabeza y de lo contento que me puse porque no me hizo sangre y no tuve que ir a que me cosiera el practicante.

Me acuerdo de cuando en el cine terminaba el No-Do y de lo feliz que era porque aún no había empezado la película.

Me acuerdo de Negri, un perro callejero que era un poco mío y de la pena que sentí cuando cayó en las garras de la trata.

Me acuerdo de John Wayne en “Valor de ley” y de cómo desde entonces no volví a ver el cine como antes.

Me acuerdo de un juego llamado “dólar obliga”.

Me acuerdo de un cura que salía en mitad de la programación televisiva de la tarde y no me acuerdo de una sola de las palabras que decía.

Me acuerdo de Johnny Weismuller diciendo al juez aquello de “Tarzán no mentir”.

Me acuerdo de muchas tardes mirando por la ventana.

Me acuerdo de mi empeño en dejar la ventana abierta en pleno enero para que pudieran entrar los Reyes Magos.

Me acuerdo de una vez en que apuñalaron a un ciego en un portal oscuro.


[A. Toribios]




Libro de crónicas











[Larsen]


31 de julio de 2014

Misterio bibliográfico: FA. 7383





Misterio bibliográfico: FA.7383

Un misterio bibliográfico y quizás algo más. Para un trabajo que estoy preparando sobre los tipos de papel empleado en los libros de carácter institucional durante el siglo XVI español, buscando y rebuscando por internet, descubrí que la Biblioteca Pública de León tenía un ejemplar de las Constituciones Sinodales del Obispo Trujillo, impreso en Alcalá de Henares,  en los talleres de Juan Gracian, en 1591. El ejemplar está digitalizado y se pude tener acceso a él en la web de las bibliotecas de Castilla y León. Aunque la digitalización es buena y a simple vista se descartan unos tipos de papel, obviamente hay que ver y tocar el papel in situ para clasificarlo. Según la ficha que aparece en la web el ejemplar es no prestable como todo el fondo antiguo, pero algunos de estos libros se pueden consultar en la sala. Tomé la referencia del título y no me olvidé de la signatura: FA.7338

Al día siguiente me acerqué a biblioteca pública con el ánimo de consultar las Sinodales de Trujillo. Cuando llegué al departamento, después de cumplimentar  la correspondiente ficha, me entregaron el libro. Cuando lo abrí, sorpresa, no eran las Sinodales, sino otro que en nada se parecía. Según la digitalización que había consultado el libro tamaño folio, estaba encuadernado en pergamino y el que me trajeron era un 8º en pasta española. En la etiqueta de la tapa anterior estaba manuscrita la signatura: FA.7383. Aquí estaba el equívoco, en el baile de números. O bien yo había cumplimentado erróneamente la ficha o bien el encargado se había equivocado. Cuando quise avisar al que me trajo el libro – nunca lo había visto por la biblioteca, tenía pinta de ser becario – ya no estaba a la vista. 

Mientras venía y no venía el becario, abrí el libro y me sorprendió el título. Ví que estaba impreso en León, pero de la imprenta y el nombre de la calle nunca había tenido noticia, sin embargo el escudo tipográfico parecía de los Verdussen de Amberes. Un rápido vistazo me reveló que no tenía ni dedicatoria ni prólogo, comunes en la época. Es más no tenía ni tasas ni privilegio. A todas luces era un ejemplar de lo más raro y curioso. Como iba pertrechado con mi cámara quise sacar unas fotos al ejemplar. Me dio un poco de corte forzar un casi nada la tapa anterior, pero como se cerraba y no podía sacar la foto de la hoja de título, una vez abierta le puse mi móvil encima como se puede ver en la foto 1 adjunta. Estaba sacando las fotos 2 y 3 cuando apareció el becario y literalmente me quitó el libro de las manos sustituyéndolo por las Sinodales que había solicitado. Le dije que me lo dejara un momento pero se negó tajantemente (y secamente) diciéndome que tenía que cumplimentar otra ficha y solicitarlo, pero como ya casi era la hora de cerrar tendría que dejarlo para otro día. 

No pude centrarme del todo en las Sinodales pues no se me iba de la cabeza el libro tan curioso que tuve durante unos instantes en las manos. Como iban a cerrar saqué la cámara y le hice unas fotos a las Sinodales, empleando el móvil de improvisado contrapeso en la tapa anterior. 






Ya en mi casa examiné las fotos que adjunto. Me puse a indagar sobre la Historia de los hechos y desechos. Consulté el Palau pero no encontré nada, en internet nada, ninguna referencia a la obra, en CCPB, nada, en OCLC, nada, lo mismo que en la BNF y con idéntico resultado en la Library of Congress Online Catalog. Cambié de tercio, pero en el diccionario de impresores de Delgado Casado nada de nada. Lo único que saqué en claro es que los tipos parecen Ibarra. Bueno, no encontraba nada, lo que corroboró mis sospechas sobre la rareza del ejemplar,  pero por lo menos lo tenía localizado. 

Mirando con más detenimiento la marca del impresor y cotejándolo con la de los Verdussen estaba claro que era una copia, pero hay alguna diferencia muy significativa. En primer lugar en la marca de los de Amberes el león mira a la izquierda mientras que en el ejemplar de los Hechos y Desechos el león mira al contrario y en éste el león aparece sin rabo, cosa que no ocurre en el otro. También es distinto el contenido del escudo que aparece bajo la pata del león con el monograma UM en vez de la famosa marca de impresión de los Verdussen. Además al fondo a la derecha se ve claramente parte de la fachada principal de la Catedral de León. 

Con todos estos datos mi curiosidad iba en aumento pues cada vez me resultaba más misterioso el libro. Jamás tuve tantas ganas de que pasara un domingo y llegara un lunes. Ansioso, ardía en deseos de examinar el libro, pero como era sábado aquel 28 de diciembre del año pasado, hasta el lunes no quedaba más remedio que esperar. 

Llegó el ansiado lunes y media hora antes de abrir al público estaba yo en la escalinata de acceso, con dos cafés y cien mariposas en el estómago. En cuanto abrieron me dirigí a la sala, cumplimenté la ficha de rigor, se la di al ordenanza y... sorpresa, el libro no aparecía, mejor dicho, ¡no existía! En esa biblioteca no había ningún ejemplar con el título de Los Hechos y Desechos de los llamados Ultramarinos. De nada sirvió que le dijera que el sábado anterior tuve el libro en mis manos, que me lo habían traído equivocadamente, nada. Ante mi insistencia llegó el encargado de la sala y me demostró que efectivamente no existía ese libro. Como me acordaba de la signatura (FA.7383) se lo dije. Miraron en el ordenador y con esa signatura aparecía un ejemplar incompleto de 1620 de la Summa Theológica. Insistí en que me lo trajeran con la esperanza de que hubiera un error en el ordenador, pero cuando apareció el ordenanza con un tocho enorme vi que efectivamente tenía la signatura FA.7383. Pregunté por el becario, pero lo mismo que el libro: missing, allí no trabajaba ningún becario ni nadie que respondiera a la descripción que yo daba. Como no era cuestión de seguir insistiendo, perplejo me fui a mi casa sin quitarme de la cabeza el misterio del libro.

He vuelto varias veces por la biblioteca pública a probar suerte con el FA. 7383 – siempre con el mismo resultado -  Me da apuro volver porque ya me miran raro,  así que mando de vez en cuando a algún amigo con la consulta. El resultado hasta hoy es el mismo: nada. ¿Misterio o algo más?













[El Amanuense]


Hotel Palace











[Larsen]