16 de mayo de 2013

La mariquita (Editorial Lucina)






La mariquita (Coccinilledae)

 Culturas de todo el mundo asocian a la mariquita con la buena suerte y la buena fortuna.




[Larsen]




15 de mayo de 2013

Una novela por entregas





Capítulo 14

Bajamos desde El Albéitar al paseo de Papalaguinda por entre los pinos y los setos y las bolsas de plástico voladoras. Una de ellas se le plantó en la cara a Karenino que le dio un bocado mudo y se le llenó de babas. El rastro ya estaba maduro calentado por el sol de invierno. Los gitanos, enlutecidos de la vida que llevaban, gritaban su mercancía con la desgarrada vagancia de los que viven en las cunetas y en los solares. Caminamos diez o quince minutos detrás de Larsen que dudaba a qué anticuario ofrecer la vidriera. Al pasar frente al sitio de Frida Khalo Diego Rivera le gritó:
-¿Dónde vas con todos esos libros bajo el gabán? No se te ocurrirá leerlos.
- No, ¡qué va! 
-Ya me parecía a mí.
La vidriera envuelta en los harapos de Larsen pasaba por ser la materia con la que solía mercar. Dimos dos vueltas completas al rastro sin que se decidiera enseñarle a nadie la pieza robada. Ya tenía ganas de darle un sartenazo con uno de los que allí se vendían en los puestos de cacharrería cuando se paró donde los gitanos ricos.
- Hoy, ¿no has traído libros? -le dijo el patriarca.
- No. Hay que viajar más y leer menos -respondió el cínico trapero que no había salido de las mismas cuatro calles en su vida y nunca había visto el mar más que en la televisión.
Luego se arrugó sobre sí mismo y atrajo al gitano sobre su regazo y se fueron a la trastienda cuchicheando. Entonces bajaron como estorninos Ocramillav, Gromov y el Amanuense seguidos de un tipo risueño y greñudo que anotaba en un cuadernillo cuanta cosa insignificante les pasaba. Rebuscaron como sabuesos en las polvorientas pilas de libros que yacían sobre los tableros. Un gitanillo joven sacó un varilla como una fusta de caña y les sacudió en los dedos. Estos se replegaron con cada fustazo hasta que volaron a otro puesto de cosas viejas. Me quedé un poco abstraído mirándoles marcharse y les seguí unos metros y vi, bajo los árboles, una fogata que debían haber hecho unos mendigos que se había quedado sola al aparecer el sol. Aquella imagen imantó mi mirada algunos minutos y cuando volví a buscar a mis amigos, estos, habían desaparecido. Entonces vi acercarse a Lamieva, entre el gentío, moviendo su juvenil cuerpo entre los demás cuerpos para avanzar. Transportaba un gran libro abrazado contra sus pechos. Me embocé en mi harapienta bufanda y entre las rendijas de un puesto de cinturones de cueros marroquíes la espié cuanto pude. Hizo tratos con el de la casquería Fernández y allí dejó el libro que debió ser bien pagado porque el regente hubo de sacarse billetes grandes de los calzoncillos. Cuando Lamieva se fue dudé entre seguirla o inspeccionar el libro que el otro ya había puesto en su mesa. Fui a por el libro. Fernández no me quitaba ojo por lo cual robarlo me era imposible así que me quedé un buen rato investigándolo. Se trataba de un tomo, el segundo, de la enciclopedia de Diderot, una primera edición encuadernada en piel granate y gofrada en marrones viejos y con el filo de las hojas de oro y un cordón marcapáginas azul ultramarino, con guardas de papel de aguas rosas, verdemar y cobalto, en perfecto estado de conservación. En la portadilla aparecía un grabado extraño en el que un joven ángel alado salía semidesnudo de un círculo de nubes pisando libros, instrumentos científicos y globos terráqueos, con algo alargado en la mano y una llama sobre la cabeza. A un lado, con tinta malva un ex-libris de los Siena-Pombal.




14 de mayo de 2013

Mortisaga en el cementerio de los iconoclastas






MORTISAGA EN EL CEMENTERIO DE LOS ICONOCLASTAS

4
EL COCHE DE BOMBEROS VERDE

No hay nada como el miedo y la desolación para encontrarse. Eso es lo que pensé cuando comenzaron a entrar los primeros rayos de sol a través de la ventana de la biblioteca. Era el primer amanecer que no volvía con los míos, tras una noche luminosa y fructífera. El aire que respiraba, los ruidos que hacían vibrar mis patas y hasta el hambre que me atenazaba eran percibidos de modo diferente sin compañía de otro tenebriónido en las cercanías. Me sentí desorientado por haber renunciado a mis costumbres habituales, por lo que decidí quedarme quieto para pensar en mis nuevas circunstancias, antes de tomar una decisión errónea que bien pudiera conducirme a la perdición. Comprendí entonces que la prudencia había de ser una compañera leal, sobre todo cuando uno ha de convertir la propia fragilidad en una advertencia, en una ventaja sobre la arrogancia de quienes se sienten omnipotentes. Tenía que buscar un refugio húmedo y oscuro hasta la noche, en el que además hubiera algo que llevarse a la boca. Lo encontré tras el rincón que formaba el pesado sillón de lectura con dos estanterías, un pequeño triángulo donde la aspiradora no había hecho su aparición desde hacía años, a juzgar por la cantidad de restos de magdalenas, bizcochos y fiambres varios, resultado tanto de las cenas apresuradas del maestro Sapiencio, como de la negligencia higiénica de su asistenta, a quien conoceremos en alguna entrega. Mi salvación se confirmó con la aparición de un libro que llenaba una parte del espacio, seguramente había caído desde no sé qué altura y había quedado formando un tejado a dos aguas, con sus tapas duras de color naranja y el grabado de una muñeca de porcelana en la cubierta protegiendo sus escasas y grandes hojas de cualquier doblez malsana. Antes de dar la vuelta para leer el título, me interné en sus profundidades. Me mostré confiado por el olor a niño que desprendía, aunque sus ilustraciones en negro sobre fondos monocromos de diversos colores me llenaron de un temor infantil a lo desconocido, tanto que me hizo imaginar mi existencia larvaria con desasosiego. Tas oír las primeras voces procedentes del interior de una pagoda china, salí de allí con celeridad y, confundido, me alejé para tener suficiente perspectiva y poder averiguar de qué libro se trataba: El coche de bomberos ligeramente defectuoso de Donald Barthelme, un cuento infantil que había obtenido el National Book Award en 1972, se trataba de una reproducción fiel del original, traducido y editado recientemente, aunque impreso en China. Es muy posible que Sapiencio lo hubiera adquirido para ser utilizado en alguna de sus clases, si no, no se explica su presencia allí, a menos que echemos manos de algún manual de psicopatología o de bibliofilia. Más tranquilo por la naturaleza del libro, mordisqueé lo que había sido un trozo de mortadela hacía días, para después introducirme de nuevo en la sombra que proyectaba, dispuesto a escuchar su historia hasta el final, por ver si mitigaba con ello el insomnio. Al anochecer me despertó la niñera del cuento gritando repetidas veces el nombre de Mathilda, pero fue vano el intento, pues a pesar de haber conciliado el sueño, no había espantado el miedo y la desolación, porque los cuentos infantiles no son ni cándidos ni inocuos, ni tan siquiera los coches de bomberos ligeramente defectuosos.

José Miguel López-Astilleros




Las malas lenguas




El Rastro, primavera del 2013






 "Amiguines, amiguines, pero la burra por lo que vale"


  Oído en el Rastro.




13 de mayo de 2013

El hombre y la doncella

                     
                                      Una temporada en el infierno







EL HOMBRE Y LA DONCELLA

Tres cosas me son ocultas;
Aun tampoco sé la cuarta: 
El rastro del águila en el aire;
El rastro de la culebra sobre la peña;
El rastro de la nave en medio del mar;
Y el rastro del hombre en la doncella.
Proverbios 30:18-19 (Versión de Reina-Valera)


Algunos ejemplares de nuestro infierno particular, lo confesamos, son producto de la bibliocleptomanía, y éste (pecado sobre pecado) fue de los primeros así adquiridos.  

The Way of a Man with a Maid es el título original de esta obra anónima, que parece estar ambientada en la época victoriana y documenta las parafilias de su protagonista, un resentido gentleman inglés del que sólo conocemos su apelativo (Jack), que se ha visto rechazado por una melindrosa dama (una tal lady Alice). Vengativo y con  posibles (como el coleccionista de Fowles), establece su morada en “El Albergue”, antigua residencia para enajenados, insonorizada y con infinidad de artilugios para inmovilizar a los internos. Este será el teatro de sus transgresiones, cada vez más aviesas y siempre impunes.

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Colaboración ex aequo de Charlus (tejas arriba) y Jupien (tejas abajo). La foto corresponde a un ejemplar de editorial Edasa (sic., sin “h”) de los años 70. En el nuestro, falta la sugerente sobrecubierta.




12 de mayo de 2013

El papel de estraza







No puede faltar papel de estraza para empaquetar los productos de nuestro Manual de Ultramarinos. En las antiguas tiendas del ramo, este papel basto, áspero, sin cola y sin blanquear era una marca de la casa. 
Extraemos del libro Recuerdos del ayer, de Angel Allue Horna (1972), una apología de este tipo de papel, ya entonces en decadencia. Su tono recuerda mucho a dos textos breves de Baroja: Elogio de los viejos caballos del tiovivo y Elogio sentimental del acordeón. Lo adquirí un sábado en el mercadillo de herradura que rodea la antigua Facultad de Ciencias de la Universidad de Valladolid.


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El papel
de estraza 


De entre los accesorios de la alimentación, ninguno ha cumplido mejor su cometido que el papel de estraza. Yo le tengo verdadera simpatía, quizá porque va desapareciendo de entre el mundo de las cosas y el modernismo, o mejor, el buen gusto que el progreso impone y la elevación del nivel de vida, lo va postergando, ya que la presentación de los artículos de alimentación así lo requiere. Mas, sin embargo, el papel de estraza ha sido algo que ha albergado durante muchísimos años la vianda con una sencillez y una modestia digna del mejor elogio. Sin letras sobre él que anunciasen artículo ni establecimiento, igual de orgulloso marchaba el papel de estraza con un kilo de chuletas de ternera o de jamón que con dos chicharras o un cuarto de kilo de castañas pilongas. 

Al papel de estraza se le utilizó como piedra de toque empleándolo en comparaciones y símiles poco honrosos pese a sus muchas virtudes de higiene, economía, modestia y utilidad. Esos puntos de toque con mi querido papel fueron del orden más dispar y así, vengo en recordar cómo hablando de alguna «amiguita», algún alma caritativa ha dicho con respecto a aquélla: «Es más ordinaria Fulanita que el papel de estraza.» 

Sin embargo, a la hora de enjuiciar sus virtudes, nadie se acuerda de lo amorosamente que con su ternura y su faz morena cobijó el pan nuestro de cada día como amigo inseparable de los garbanzos, las alubias, las lentejas y demás legumbres finas, base de la alimentación en los días pasados del subdesarrollo rabioso. 

   Tampoco se suelen acordar de aquellas manchas de cera que eran absorbidas por el papel de estraza, al que se acudía “in extremis” al soportar la elevada temperatura de una plancha sobre sí con su paciencia y su modestia verdaderamente benedictinas, chupando el lamparón hasta quedar la marinera más limpia que un sol, con lo cual la paz volvía al hogar.
   También me acuerdo de la utilidad de este papel como blok de notas improvisado, en el que hacía sus apuntaciones y cuentas aquel tendero de mi calle, tendero de guardapolvo, chicoleo a flor de labios para cuantas muchachas por allí pasaban y dialéctica más que sobrada para convencer a un guardacantón de la cochura de los garbanzos, el refinado del aceite o el aroma de un café de Puertorrico o Colombia, aunque su nacionalidad fuera adoptiva. 
   Por eso, cuando al correr de los años, las cosas se van de nuestra íntima compañía, no cumplimos con menos al darles la despedida-homenaje. Mi gratitud por siempre y mi añoranza, aunque partan de persona modesta y poco representativa, como es la mía.


[Gromov]



11 de mayo de 2013

Una novela por entregas






Capítulo 13

Cuando se calmó la tormenta desfilamos por el estrecho pasillo de arcos hasta el agujero en las vidrieras con la idea de volver a los tejados. Salimos por él y Larsen cogió el trozo suelto de cristales emplomados y se lo metió debajo del brazo. Como equilibristas borrachos caminamos hasta las casuchas por el filo del arbotante. El miserable librovejero se tambaleaba ebrio de vidrios multicolores del trozo de catedral que acababa que hurtar. Tras varios resbalones encaramos el tragaluz de la astrosa guardilla. Había quedado abierto desde la salida atropellada que hicimos urgidos por el casero. Nos deslizamos al antro uno tras otro derramándonos como fardos de basura sobre aquellos lechos de libros deshechos que tapizaban el piso. Larsen no acababa de caer como si de un fruto aún no maduro se tratase. Durante un largo rato colgó una sola pierna del ventanuco, luego un brazo también pero parecía haber quedado trancado. Karenino le aguardaba con el hocico en alto. Al fin cayó sin el trozo de vidriera que no cabía por el vano de la lucerna. "Ahí se queda." Dijo y arrugó el morro. Dormimos como marmotas tirados por los rincones.
Al clarear el día nos despertó el viejo lobo que laboraba con manadas de libros en construir una torre en condiciones para subir otra vez al tejado. Le seguimos y nos desayunamos de un sol de invierno. Las azoteas mostraban a la solana sus más pordioseras trazas, el aparejo de macizos ladrillos torcidos como zapatos de mendigo, adobes y hasta cantos de río que pararon su rodada en esas tapias, alambres podridos y vigas de leñas resecas y meadas de gatos. También canalones oxidados y colgantes como pelos al viento, parches de cemento, tejas rotas y movidas, una pradera de materiales viejos y olvidados que guarecía a los fieros mortales que bajo ella vivían y que sólo nosotros contemplábamos. A la luz del sol todo parecía a punto de quebrarse, incluso el rostro aniñado de Larsen marcaba despiadadas arrugas. Se quitó uno de los varios abrigos que llevaba y envolvió la vidriera que había amanecido orinada y defecada a la intemperie. Con el estrambote oculto bajo el brazo indicó con el morro que bajásemos. Desfilamos sin hablarnos en línea recta por la desierta Cuesta de Castañones hasta la calle de El Barranco, antes Apalpacoños. Una puta madrugadora y vieja se asomó y agarró por las solapas al decadente bohemio. Este, sin desplegar el brazo envidriado y con el otro, la palpó en segundos. 
-¿Qué llevas ahí, truhán?
-Naaaá...-contestó él hurgándole en el escote- cosa de poco.
-Ya será algo de valor...
-¡Qué va! La cuadratura del círculo na más...
-Tú si que estás hecho buen cuadraturo, malvís.
Y de un empellón la puta lo mandó piedras abajo. Le seguimos. Caminó en paralelo a una fila de hombres que bien de mañana acudían a las casas de lenocinio. La fila llegaba hasta la Plaza del Grano. Uno confundió al poeta Pascal con un proxeneta y le ofreció dinero para adelantar algunos puestos en la cola. El poeta famélico se azoró, no por el malentendido sino por la posibilidad de ganar algunos cuartos. Cogió los dineros y pidiendo disculpas de un modo rudo se metió por una de las casas de putas. Pasaron al menos diez minutos y el que le había sobornado empezó a ponerse nervioso. Pascal no salía y el sujeto se impacientaba y nos miraba desafiante. Entré a buscarle y, al girar una portezuela sin pestillo de una habitación de la que provenían ruidos mecánicos y sincopados, me lo encontré encamado sobre una furcia pelirroja que, mientras él la cabalgaba, bebía un licor con una mano y contaba los billetes del otro con la otra. En eso entró a las bravas el que dio el parné y lo agarró por los pelos. Karenino se asomó, repiqueteó en las primeras baldosas del cuarto y ladró y el agresor se arredró. Pascal cogió sus harapos en una mano y salió desnudo por el pasillo y hasta la calle lanzando besos por el aire a la prosaica puta pelirroja.
Fuera nos reunimos con Larsen y le seguimos. Se dirigía al rastro. Entonces me percaté de que pretendía vender el trozo de vidriera a algún anticuario. Como vivíamos al margen de todo no sabíamos si se habrían dado cuenta de la desaparición de la obra de arte y si, de ser así, al pisar el suelo del rastro, los policías nos llevarían directamente al calabozo. Entonces me dieron ganas de darle un sornavirón a Larsen.




10 de mayo de 2013

Las malas compañías





La mañana empezó con la noticia de la muerte del carnicero bibliófilo de Mansilla. Nos tranquilizamos al saber que a este arroyo no llegarán sus libros flotando. El paso acelerado de la grúa nos despertó de nuestras ensoñaciones y casi peinó con un nuevo look  al Enciclopedista.
En Reto sólo apareció una caja con novedades que el eslavo Gromov se encargó de florear. Cargó su mochila con la lista de best sellers de títulos discretos: El último Catón, Los pilares de la tierra, La catedral del abismo, Las siete revelaciones del desierto, Los vampiros de la casa meronvingia...
  Tinofc, según nos íbamos acercando a la Cacharrería, nos entretenía con sus historias de café y libreta de ultramarinos donde escribe sus pinceladas impresionistas y, muy a menudo, lo confunden con un inspector de hacienda y le sale gratis el carajillo.
En el tendido 7 el Ilustrado y el Amanuense escarbaban en la miseria de los libros de un trastero abandonado. El vendedor lanzaba las ofertas mañaneras: "A 1 euro los libros, si los encuentra más baratos, le regalamos otro. Déjense de flores y regale libros a la mamma".
En la almoneda del Pastor, un despiste de éste hizo que el lúcido Gromov se llevase a buen precio una primera edición de La Odisea, con unas ilustraciones exquisitas.
En el arroyo, Ocramalliv salvó del lodo unos testimonios de exiliados y dejó en la orilla para mejor ocasión a su amigo Curtis Garland que humildemente quedó haciendo sombra al Rojo y negro, traducción de Consuelo Berges. Al final de su vida todos reposan juntos en este camposanto.
Con el canto del zopilote de Comala regresamos a la destilería con el psicoterapeuta y el Maletilla Rivera. Mientras uno comprobaba el  estado del corcho escondido entre las cajas de Bandeira, el otro negociaba por las últimas cajas  de Valdeorras. Poco a poco el lugar se llenó de adictos y aprovechó la ocasión el vanidoso Gromov para hacer su perfomance de purificacíon semita. Por encima de la cabeza levantó una botella de ginebra a modo de alcachofa de ducha y recitó unos versos del Jayam: "Quiero que cuando muera con vino se me lave y se rece en nombre del amor y de la copa. El que el día del juicio desee dar conmigo en el umbral de una taberna ha de encontrarme."
El sumiller Ocramalliv se negaba a llevar ninguna botella de vino si antes no lo cataba. El Tabernero empezó a abrir distintas botellas y el polaco bebía a sorbos sin escupirlos. En silencio escribía sus valoraciones en la Moleskine. Solamente pasó la prueba de calidad el oporto de su amigo Pereira. Tuvieron que sacarlo de allí  entre el Pescador y Larsen antes de que entonase el Asturias, patria querida.
Como el Grupo salvaje, caminabamos ocupando todo el paseo derechos a enfrentarnos a nuestro destino. Tinofc caminaba con dificultad debido al tirón que le había dado al pujar las cajas de vino del dúo dinámico y también por su trabajo de sumiller. El Amanuense nos animaba, como todos los domingos, a ir al rastro de la ciudad impar aprovechando la presencia del cicerone del Pabellón 6 y, como siempre, todos nos hacíamos los longuis.
El inquieto Pescador se paraba en todos los puestos. Si un motor sonaba, allí se acercaba a escuchar su melodía. Si cantaba un grillo en la floristería, arrimaba la oreja para ver si era macho o hembra.  Preocupado por el ecosistema castellano le preguntaba a Gromov si en Valladolid había buitres leonados o pardos. Su curiosidad es infinita. El de Torre nos contó sus aventuras con su madre en Matavenero donde los hippies plantan las zanahorias sin arar la tierra porque hay que mimarla. El Editor de Labici sacó a colación la figura de Durruti y descubrimos que el erudito Gromov (lo sabe todo y eso es lo único que sabe) más que lagunas tenía océanos sobre el anarquista leonés. Si levantase la cabeza Buenaventura le daba a su paisano con el cucharón de las sopas de ajo en la cabeza.Tinofc lo defendía recordándonos que su especialidad era los revolucionarios bolcheviques y no los autóctonos. "!Menuda fauna, los Ultramarinos!", gritó, vengándose, el Psicoanalista.
Cuando nos íbamos, el Ultraísta empezaba a subir la Trapa. En la acera de la carretera nos despedimos del Amanuense que se iba en su coche fantástico como un Superlópez de TBO. Más adelante, el Pescador colocaba en el maletero bodega los restos de la licorería. Camino del Manzanal se fue; le deseamos suerte por si caía en un control de tráfico.
Con la llegada del sol, el pájaro de mal agüero ha desaparecido del paisaje rastril. Dicen que le han visto sobrevolando las ruinas de la casa colonial de los Panero.




Casquería Fernández (II)



Andrés González-Blanco (1886-1924)




















[Tinofc Ocramalliv]




9 de mayo de 2013

Casquería Fernández (I)



Andrés González-Blanco (1886-1924)






































          Vade, liber, verbisque meis loca grata saluta,
          contingum certè quo licet illa pede...
                   OVIDIO. LIBROS DE LOS TRISTES. Elegía 1.






[Tinofc Ocramalliv]





Insaciabilidad






INSACIABILIDAD

En sus memorias, y también en alguna de sus novelas, Baroja recuerda a un peculiar comprador de libros: los almacenaba, sin leerlos, en un cuarto ciego cuyo único acceso era una puerta con altillo, a modo de respiradero.
¡Mire que bellezas!, cuenta don Pío que le decía tal individuo, mostrándole sus adquisiciones, en octavo (sólo en este formato) y por supuesto intonsas. 
Una vez, debido a la masa crítica acumulada en el tabuco, alguna estantería o rimero de libros venció, condenando la puerta, que quedó infranqueable debido al peso desde el interior. 
Desde entonces el bibliómano, que seguía comprando libros sistemáticamente, los lanzaba dentro del cuartucho por el altillo de la puerta, donde se desparramaban formando montones que la bloqueaban cada vez más.

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Adjunta, una foto de Fernando Gutiérrez Montesinos, de la serie Archivos Privados.



[Gromov]



8 de mayo de 2013

Una novela por entregas








Capítulo 12

Comenzó a nevar tanto que la espesa blancura de los copos tejía un velo impenetrable que nos impedía avanzar. Sobresaltados y agotados por la pelea con los asesinos de perros nos sentamos bajo una antena parabólica y la giramos para que nos cobijara de la descomunal precipitación. Allí y en eso, con la respiración aún agitada, reparamos en la catedral que a pocos metros se erizaba. Iluminada para los turistas de invierno aparecía como un sueño mastodóntico y pétreo, como una auténtica locura hecha realidad entre las casuchas miserables cuyos tejados usábamos en nuestros desplazamientos y que se derrumbaban de vez en cuando. Sus agujas de piedra se clavaban en el infinito negro a través de la nieve voladora como una pesadilla preñada de imposibilidades, perfectamente estructurada, mientras las estrellas ocultas por nubes de noche contemplaban nuestras vidas paupérrimas de huidos del tiempo, de prófugos imposibles de lo irreparable.
Corrimos por la cumbre de una casa medio deslomada hasta alcanzar un arbotante con boca de gárgola loca de odio vomitando agua turbia. Lo escalamos como equilibristas suicidas y nos agazapamos en el exterior del triforio. Karenino llegó el último y, sin querer, pateó una vidriera que resultó estar suelta. Larsen la tomó con ambas manos y la separó del conjunto. Era un trozo de unos ochenta centímetros de lado con plomos corroídos, cristales coloridos tambaleantes, rajados, y restos de aire sólido. A través del hueco nos colamos al interior de la catedral. Frente a la agitación de la tormenta invernal del exterior la súbita tranquilidad del interior del templo nos puso una sonrisa beatífica en la cara. Caminamos por el estrecho pasillo del triforio los cuatro en fila con el perro al final. La luz exterior de las farolas hacía brillar los colores sin fin de las vidrieras y las lámparas interiores aterciopelaban la paredes de piedra pulida. Una música gorda de órgano retumbaba como venida de tres o cuatro siglos atrás. Nos colocamos en la punta del crucero que miraba al norte y, allí, turbados por el repentino calor y la belleza nos dormimos apilados. Fue el galgo el primero en despertar que lo hizo ladrando a un pajarillo que volaba libre por la nave central. Me incorporé y me asomé a la barandilla de sillares. Abajo varias beatas viejas rumiaban letanías. Junto a la puerta una pila de santiguar reflejaba las bóvedas y las vidrieras multicolores reducidas a un espejeante cuadro.





El rinoceronte (ABADA EDITORES)


       



El Rastro, primavera del 2013




El rinoceronte (Rhinocerotidae, del griego ρινός (rinós), "nariz" y κερος (keros), "cuerno").

El Rinoceronte de Durero es el nombre que normalmente recibe un grabado creado por el pintor y grabador alemán Alberto Durero en 1515. La imagen se basaba en una descripción escrita y un conciso boceto, realizados por un artista desconocido, de un rinoceronte indio que había llegado a Lisboa a principios de ese año. Durero nunca vería al rinoceronte real, el primer ejemplar vivo visto en Europa desde los tiempos del Imperio romano. A finales de 1515, el rey de Portugal, Manuel I, le envió el animal como regalo al Papa León X, pero murió al naufragar el barco que lo transportaba junto a la costa de Italia, a principios de 1516. No se volvería a ver un rinoceronte vivo en Europa hasta la llegada de un segundo ejemplar de la India a la corte española de Felipe II alrededor de 1579.
Sobre el grabado de Durero se ha dicho que: «Probablemente ninguna otra pintura de un animal ha ejercido una influencia tan grande en las artes».


[Larsen]



7 de mayo de 2013

Nosotros los solitarios









[ El Trapero Larsen]




Exilio


El Rastro, primavera del 2013






Tú te quedas con todo
y me dejas desnudo y errante por el mundo.
Mas yo te dejo mudo... ¡mudo!
¿Y cómo vas a recoger el trigo
y alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?
                                       León Felipe



Un día, tú, ya libre
de la mentira de ellos,
me buscarás. Entonces,
¿qué ha de decir un muerto?
                               Luis Cernuda



Oh, poetas sin tierra
como yo condenados
a arañar sus palabras en las rocas.
                                  José Herrera Petere





6 de mayo de 2013
















Guía de la novela negra, Héctor Malverde.







[Inspector Ocramalliv]




El diario secreto de Pushkin



Una temporada en el infierno





EL DIARIO SECRETO DE PUSHKIN

Esta obra, como pretendido diario del último año de la vida de Pushkin, es pura superchería. Así lo da a entender su propio editor con la patraña prologal del manuscrito perdido y/o encontrado que ya antes de él emplearon, entre otros, Cervantes, Potocki, Manzoni y Eco.
Ahora bien, como novela erótica es estimable. Es sabido que Pushkin tenía ancestros africanos (el famoso “Negro de Pedro el Grande”) y una libido desbordante. Se conserva una lista parcial autógrafa de sus amantes (detrás del nombre de alguna de ellas figuran dígitos en números romanos). El personaje, por tanto, un mito de la cultura rusa, daba juego, y aún más si se tiene en cuenta su trágico final, del que ya se ha hablado en una tentativa ultramarina anterior. De esta forma, el autor del bulo convierte al simpático poeta fetichista de los pies (véase el Capítulo 1 de Eugenio Onieguin) en un atleta sexual corroído por la certeza de un destino ominoso.
Como complemento de este libro recomendaríamos dos lecturas muy distintas (entre sí, y de la que nos ocupa): la intimista “Mi Pushkin” de María Tsvietaieva en Acantilado y la apasionante (y, esta sí, documentada) “El botón de Pushkin” de Serena Vitale en Muchnik.

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Colaboración conjunta a partir de las conversaciones mantenidas por Charlus (quien ya había leído una edición mexicana pirata que circula por internet) y Jupien (quien, excepcionalmente, le prestó esta coqueta edición de Funambulista, con portada de Kiprenski, de su biblioteca particular e intransferible).




5 de mayo de 2013

Los restos del naufragio


















"¡Cuánta morralla!" 
                              El Amanuense