21 de abril de 2021

Tac...Tac...Tac...




Tac... Tac...Tac...


El hombre obeso mira absorto el gran reloj de la Estación Central. Durante años, de lunes a viernes, ha mirado el reloj al menos un par de veces al día sólo buscando información horaria sin reparar demasiado en él pues sabe que siempre, inmisericordes, las agujas giran ajenas a sus prisas y urgencias.

Hoy por primera vez observa el gran reloj con detenimiento y como su tren de cercanías viene con retraso las agujas se mueven con más lentitud. El hombre, cansado, se sienta enfrente del reloj. Se fija en el gran círculo de hierro forjado que retiene entre brillante cristal los números y las dos manecillas. Calcula que tendrá casi tres metros de diámetro. Advierte que los números son negrísimos y en relieve y al menos tienen una cuarta de longitud. Ahora ambas agujas forman un ángulo recto perfecto. El hombre se pregunta cuántas veces a lo largo de 12 horas se cruzarán. Una vez... no, 12 veces... no, 11 veces porque cuando marca las 12 en punto estarán una sobre otra y justo cuando la grande rebase a la pequeña ya empieza otro ciclo... Efectivamente, ese el primer cruce que sólo tarda un segundo en producirse, el siguiente cruce y los posteriores se producirán a intervalos de una hora y como hay 12 horas... sí, se producen 12 cruces.

Está en estas divagaciones cuando calcula que la aguja pequeña tendrá algo más de un metro. Justo cuando está calculando la longitud de la que marca los minutos esta da un saltito y se quedan ambas paralizadas. Sigue viendo la aguja grande con los ojos cerrados y cuenta mentalmente uno, dos, tres, cuatro... cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, sesenta... abre los ojos pero la aguja permanece inmóvil y cuando reanuda el conteo, tac, la aguja da otro saltito. El sonido que sin duda produce el movimiento de la manecilla se pierde entre el barullo reinante en la estación, porque el hombre obeso está seguro de que el cambio de minuto se acompaña de un golpeteo, un tac. Agudiza el oído, cierra los ojos y vuelve a contar mentalmente “uno, dos, tres... cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, sesenta... y justo en el momento de abrir los ojos oye un tac y ve cómo pasa un minuto.

Pasa el tiempo con ese entretenimiento pero al cabo de un rato se da cuenta de que los tac no están sincronizados con el cambio de minuto. Se producen antes de que se mueva el minutero y cada vez se producen con más frecuencia. Tac, tac, tac... El hombre, intrigado, se levanta y se aproxima con el paso tardo de los obesos aun más al reloj para descubrir la anomalía. Tac, tac, tac, tac... sin duda el gran reloj se ha averiado. Tac, tac, tac, tac, tac... ahora el ritmo es frenético y el sonido le martillea los oídos. Está justo debajo del gran círculo de hierro. Tac, tac, tac, tac, tac, tac... levanta la cabeza, tac, tac, tac, tac, tac, tac, tac... cuando se le hace insoportable el golpeteo en los tímpanos se gira para alejarse del reloj en el momento que la aguja pequeña se disloca, cae y se clava en su hombro izquierdo. Siente un intenso dolor en el hombro que se irradia al brazo izquierdo y al cuello, comienza a sudar y le dan náuseas. Perplejo mira el gran reloj para ver cómo se desprende la aguja que marca los minutos y se le incrusta profundamente en el pecho. Se desploma... El hombre obeso ya no oye nada, ni siquiera el remolino de gente que se forma a su alrededor; ya no siente nada, ni siquiera los electrodos del desfibrilador que un vigilante repetidas veces le aplica al pecho.

Una mujer caminando a grandes zancadas entra en la Estación Central llevando a su hijo pequeño casi en volandas. Echa una mirada rápida al gran reloj para darse cuenta de que apenas le quedan dos minutos para llegar al andén número 14.


El Amanuense



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.