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16 de junio de 2016

DAKOVIKA, segunda parte (una novela por entregas)






Capítulo 15


Nos quedamos dormidos en ese silencio penetrados por la luz blanca que la nieve filtraba ya por encima del techo del coche y que entraba por mis párpados cerrados como una pesadilla de claridad. Después de horas entendimos que la noche invernal se extendía por la ciudad pues fue la negrura entrando por las ventanillas. La respiración de Dakovika se volvía un silbido que se acoplaba al de los vientos y yo dentro de mi sueño soñaba que estaba despierto y que velaba aquel lugar oculto por la benignidad de las inclemencias del tiempo que se apiadaban de tres huidos.
De pronto desperté con un latigazo de ruido en el parabrisas. Un líquido bilioso y amarillento, humeante, hizo un hueco por la nieve y a través de él vi afuera el rostro barbado y soñoliento del librovejero de Cantareros. Acababa de despertarse y con los despuntes del alba salía a arrojar sus orines. Pude ver cómo sacudía la bacinilla de latón dejando caer las últimas gotas justo delante de su puerta. Arriba, por el séptimo piso salió el sol y metió un rayo por el agujero que los orines habían hecho en la nieve que nos tapaba y le dio en la cara a Dakovika que emitió un chillido que ya no parecía humano. Estaba ovillado otra vez y dos mechones largos de los suyos yacían desprendidos de la cabeza sobre el asiento. Seguía encogiendo, medía la mitad. Desde que abandonamos en guardillón de encima de la casa de los Siena-Pombal había ido menguando de una forma extraña y mágica, sólo dormía y nunca hablaba y apenas comía desde que estuvimos en el abandonado hotel Oliden. Los harapos que le cubría habían pasado a ser unas astrosas mantas que lo envolvían. Pensé que todo se debía a que había dejado de escribir, que aquel ser extraño, ausente de la vida sólo sabía vivir escribiendo aunque su producción no tuviera otro destino que el olvido o el plagio de Garnach a quien engañaban haciéndole creer que esos textos provenían de un difunto olvidado cuyos libros aparecieron en el rastro. Sólo escribir le daba sentido a vivir a ese ser, aunque tuviera que fingir el estilo de un poeta vanguardista de hace cien años. Pero también era el padre de lamieva, algo incomprensible también, y Lamieva era mi ángel, los hilos del cielo a los que me agarré cuando todo yo estaba ya en el abismo y si Lamieva debía existir su padre también, si Dakovika menguaba qué me podía asegurar que lamieva no lo fuera a hacer también y qué me aseguraba que tanto uno como otro no fueran a desaparecer por completo. Así que me puse frenético, empecé a golpear la puerta del coche y a intentar salir. Un bloque de nieve de desprendió completamente de la chapa del auto dejando la salida franca. Busqué el libros de firmas y salí en dirección a la chamarilería.


AVISO: Esta es la úlima entrega que se publicará en Internet de Dakovika 2. Los capítulos restantes aparecerán en el libro completo que se editará, sobre papel de viejo, en otoño y que se pondrá a disposición de los lectores en la “Noche Dakovikiana”, en la cual los ultramarinos de honor recorrerán por la ciudad varios de los escenarios de la novela leyendo fragmentos.



22 de enero de 2016

DAKOVIKA, segunda parte (una novela por entregas)




Capítulo 13

Subimos por los barandales de Papalaguinda y aparecimos llenos de espinas tiesas de rosales secos por la helada que se incrustaban en nuestras ropas como incubándose. Debía ser domingo y día de Rastro. A lo lejos el rumor de voces y los gritos de los gitanos que amanecían montando sus puestos. Un gorrión cayó a plomo delante de nosotros. Sonó como una piedra hueca que rebotó contra el cemento. Tenía los ojillos casi cerrados como del instante primero de la muerte y las patitas colgaban. Materia solo. La materia que me perseguía con la muerte. La muerte como un proyecto para que la materia acabe con la vida. Un soplo de hielo le levantó una pluma grácil que se mantuvo derecha unos segundos.
Eché a Dakovika dentro del petate de la colcha, lo icé a mi hombro y cobijé a Lamieva bajo mi brazo y caminamos hacia el Rastro mientras notaba cómo el hilo de sangre me bajaba por la pierna.
Ver gente después de tantos días escondidos en el Oliden y en las cloacas me subió el ánimo. Nos acercamos a la churrería a calentarnos al lado del aceite hirviendo y el humo grasiento de la fritada nos cubrió templando nuestros doloridos cuerpos. Entonces comenzó a nevar. Cuajarones esponjados, grandes como el hueco de la mano, como de azúcar y viento que caían despacio, navegando el aire. El calor de la sartén hacía que la nieve se derritiera en el aire en derredor de ella. Y así permanecimos un tiempo indeterminado medio dormidos o dormidos del todo sin pensar nada al calor aquel. 
Después de un rato nos despertamos cubiertos de un manto blanco. Tres o cuatro hombres escudriñaban un puesto de libros bajo una lona negra toda llena de nieve. Pensé en ir a ofrecerles el libro que llevaba en el petate pero no notaba las piernas que habían quedado lejos del calor de la sartén y estaban sepultadas. Desde debajo de la nieve una mancha creciente ascendía, primero rosa y luego encarnada. Metí la mano debajo y encontré la herida encharcada y templada. Me golpeé las piernas hasta que se reavivaron y con mucha dificultad me puse en pie. No quedaba nadie en el Rastro pero entre los abetos del paseo de la Facultad vi una figura sinuosa, encorvada y mezquina, cubierta de varios abrigos harapientos y con bolsas de supermercado repletas de libros en ambas manos. Era Larsen sin duda. No pude seguirle a pie porque estaba entumecido pero lo hice con la vista. Corrió por un sendero que otros había hecho en la nieve hasta su coche, esa librovejería ambulante, que estaba estacionado enfrente de la iglesia de San Claudio. Dejó las bolsas y estuvo unos minutos hociqueando en el maletero hasta que se levantó con un rimero de libros que metió bajo el brazo y se fue hacia El Albéitar. Se dejó, como tantas veces, el portón del maletero abierto. En eso cogí a Dakovika y Lamieva y emprendimos una carrera desesperada. Los pies se cargaban de la nieve seca y formaban dos bolas cada vez más grandes que hacían que nuestra carrera fuera a cada paso más lenta. Tuvimos que parar a descansar y al final alcanzamos el coche. Forcé el respaldo posterior y nos metimos dentro. Cerré y tenteé debajo del volante los cables del encendido para hacer el puente. Entonces noté que había perdido sensibilidad en los dedos, sobre todo en las puntas, y un hormigueo como de agujas me llegaba casi hasta los codos. También me ocurría esto en los pies y no sabía muy bien dónde tenía los miembros. los nervios estaba transformados en hilos de agujas de tal manera que si me tocaba en la rodilla sentía clavos en la planta del pie. Tuve que hacer el empalme de los cables como si mis manos fueran de corcho, como si fueran un par de trozos de madera que me hubieran puesto en su lugar o una manos de un muerto. Al fin saltó una chispa que dejó una marca negra en toda la zona de abajo y el coche arrancó. La calefacción se puso a andar sola y un aire tórrido nos sopló y sentimos como si aquel infecto habitáculo fuera el útero materno y nada malo nos pudiera ocurrir, los tres juntos en el mejor sitio del mundo.

16 de enero de 2016

DAKOVIKA, segunda parte (una novela por entregas)





Capítulo 12

Finalmente nos despertamos los tres a la vez y, sin decirnos nada, nos pusimos en pie con la intención de irnos. Preparé un petate con la colcha en cuyo centro coloqué el libro con las listas de muertos con la esperanza de que aquellos papeles viejos nos diesen de comer algún tiempo. Bajamos en silencio a las cocinas y de ahí a las bodegas y de ahí a las cloacas con algunas latas de alimentos y tres botellas de vino del año 37. Un estruendo de agua y de gritos de ratas nos recibió. Seguimos la dirección de la fétida corriente que humeaba para aproximarnos al río y huir del centro.
Las ratas comenzaron a seguirnos por miles y dejaron de apiñarse a nuestros pies para seguirnos a más de medio metro. Parecía que hubieran entendido que éramos seres superiores a ellas y que de seguirnos ascendería a una vida mejor. Al fondo de las galerías se sentía un resplandor que no era aún de luz sino de aguas rompiéndose. Algo que hacía pensar en una cascada subterránea. Caminamos seguidos por las ratas que cada vez se volvieron más respetuosas y silenciosas y que casi ya no chillaban. 
El techo fue bajando hasta que se encontró con el suelo y se abrió la cloaca a un río menos negro sobre el que flotaban todo tipo de inmundicias lavadas de lodos. Era el Rastro absoluto hecho río. Animales muertos flotaban lánguidamente junto a ramas degolladas, plegados plásticos navegaban entre irisadas manchas de aceite. Todos los orines de la ciudad fermentando. Una cuna volcada con una rata sobre ella que usaba la larga cola de timón. En el cielo aborrascado apareció un cuervo de al menos un metro de envergadura y graznó dos veces como si le hubieran clavado dos puñaladas.
Dakovika se llevó las yemas de los dedos a los párpados y se los frotó como si se desperezase de un sueño de siglos y al levantarlos se dolió de aquella luz gris como si fuera mucha para un ser como él, habitante de las tinieblas. Todo el borde del río Bernesga estaba salvaje de chopos retorcidos que crecían tumbados hasta troncharse sobre otros. El suelo estaba forrado de plásticos y yeso y restos de derrumbes y de obras vertidos por todas partes. Algunas espigas tenían la desesperación de nacer entre cascotes y sobre manchas solidificadas de alquitrán. Toda la ciudad sin nombre limpiaba allí los pinceles de sus cuadros volviendo la ribera en la paleta de un pintor de tristezas.
Las miríadas de ratas al salir a cielo abierto comenzaron a temblar como si una gran intemperie las sobrecogiera. Me sentí muy viejo y muy cansado. Lamieva me señaló al costado y comprobé que la herida del tiro que ella me había pegado en la casa de los Siena-Pombal había vuelto a sangrar. Posé a Dakovika en el suelo y comenzó a caminar con un brío sorprendente aunque sus piernas parecía que se habían acortado aun más. Entonces comenzó a llover y nos metimos debajo de los árboles pelados por el invierno. Las gotas heladas entraron por las cimas de las ramas y se deslizaban por todo el árbol hasta caer a la tierra en borbotones que nos cubrían los pies hasta los tobillos. Las mil o dos mil ratas que nos habían acompañado desde el corazón oscuro y fétido de las cloacas de la ciudad empezaron a flotar sobre el agua. Retrocedieron hasta un alto y durante unos instantes nos miraron con una fijación intensa. Luego emprendieron una retirada desesperada desuniéndose por momentos y rompiendo su mancha gris sobre la tierra hasta reunirse en la boca de la cloaca hacia donde se metieron con una implosión de sonido que dejó un terrorífico silencio.
Dakovika había desaparecido de nuestra vista. Su escasa estatura podía hacer que nos pasase desapercibido detrás de cualquier matojo. Entonces la voz aflautada y tan pocas veces oída por mí de Lamieva gritó llamándole. Era como un hilo de hielo su voz en aquel paraje, era un lamento sin remedio, una sacudida como de terremoto en el vacío.
Unas pajillas temblaron tras un chopo. Allí, tiritando y con los ojos en blanco le hallamos. Apenas le latía el corazón y le vibraban las manos y los pies y las cintas de pelo blanco se le empapaban en el barro y se disolvían en los charcos alrededor de su cabeza. Le envolvimos en un trapo y me lo eché al hombro.


18 de diciembre de 2015

DAKOVIKA, segunda parte (una novela por entregas)





Capítulo 11

Me fui con el libro como una hiena con un trozo del ciervo caído a un rincón. Lo examiné detalladamente. Era viejo. Ese tipo de cubierta lo aseguraba. En la primera página un emblema o sello todo corroído como de una huella de un sapo o el caparazón de una tortuga. Todo estaba escrito a tintas de distintos colores y caligrafías que variaban y estaba todo muy borrado. Se veía que había pasado por muchas manos pero todas ellas meticulosas. Aparecían columnas siempre. Tres palabras bajo otras tres palabras y así página tras página y, delante de la primera, cifras en el margen, cifras que tenían cuatro dígitos y comenzaban en 1204 y se sucedían a partir de ese número. También aparecía al final de las tres palabras, detrás de todas, una cruz. Busqué hasta encontrar una lista menos borrosa y con una caligrafía legible. Se trataba de nombres, nombres y apellidos. Las cifras correspondían a años y las cruces a los fallecidos que eran todos hasta llegar a las últimas páginas, en realidad sólo había tres nombres sin cruz de nacidos en los años 20. Por lo tanto era un libro que empezaba en el siglo XIII y seguía hasta la actualidad con una larga lista de personas. En las páginas posteriores aparecían dibujos, planos, líneas de dibujo lineal o arquitectura y cada uno tenía un número romano grande en la esquina superior rodeado de tinta roja.
Lo guardé entre mis ropas y fui a la busca de Lamieva y Dakovika. Una urgencia inmediata me había tomado y ya quería salir de allí cuanto antes. No era por la muerte de aquel anciano, que seguramente parecía un asesinato que yo había cometido, sino por la sensación pura del trapero que encontrado un tesoro, algo que valía mucho porque era muy viejo y porque no sabía lo que era. Cuando uno de nosotros encuentra algo así sabe que sus ratos de tranquilidad han acabado, sabe que le puede pasar cualquier cosa cuando encuentra algo que no debiera, y que los más fácil es que, por una cosa así, aparezca en cualquier cajero automático muerto una mañana como un pajarito helado por el sol blanco de las noches de los vagabundos y que nadie pediría explicaciones, ni haría una autopsia al cadáver de uno de nosotros.
Eran demasiadas cosas, el asesinato de Garnach y la muerte de este viejecillo del Oliden, Lamieva y Dakovika huyendo conmigo, este extraño libro y la herida de bala de mi costado que no dejaba de sangrar.
Llegué a la habitación y los encontré dormidos y abrazados en la gran cama polvorienta de matrimonio de la suite donde nos habíamos instalado. En ese momento intenté recordar cuánto tiempo llevábamos en el hotel abandonado y me fue imposible. Había perdido totalmente la noción del tiempo aunque todos esos hechos últimos me parecían de hacía pocos minutos. Lamieva y Dakovika habían permanecido metidos en la suite y durmiendo todo el rato. Tiré de las sábanas y dejé descubiertos sus cuerpo. El viejo había disminuido de tamaño otro poco, apenas llegaría a los ochenta centímetros que ovillado como andaba siempre se reducían a sesenta.
Lamieva tenía un largo camisón de los años treinta que se había enrollado sobre su cuerpo hasta dejarla desnuda de cintura para abajo. Me tumbé detrás de ella y la penetré sin que se despertara en un coito que también estaba fuera del tiempo, que no era largo ni corto, que no cesaba, que no tenía ni principio ni fin.

11 de diciembre de 2015

DAKOVIKA, segunda parte (una novela por entregas)





Capítulo 10

Me dirigí hacia aquella habitación. Efectivamente estaba cerrada. Metí la llave y se abrió pero la puerta quedó atascada por algo que había dentro. Tuve que coger carrerilla y embestirla para poder entrar. Cedió antes de lo que creía, al segundo envite, y pasé propulsado a un interior tenebroso cayendo sobre infinidad de cosas no todas blandas. Un intenso hedor todavía más rancio que el del hotel entero me mareó. El viejecillo defecaba fuera de su habitación por todos los pasillos pero parecía que el fétido olor de todos sus excrementos lo guardase en aquella negra dependencia. Tuve que taparme la nariz y, a tientas, abrir una ventana que apenas se corrió unos centímetros para permitir un soplo de aire limpio y un filete de luz.
Todo el espacio de la habitación estaba atestado, repleto de montañas de cosas que no sabía muy bien qué eran. Asomaban papeles y paraguas, cajas de cartón, botellas vacías de vinos caros y muy viejos. Vino o sangre seca por muchos sitios. Iba pensando en que el anciano aquel fuera un asesino contumaz o un borracho impenitente que había saqueado la bodega del Oliden, o las dos cosas, un borracho asesino que de no haberle interceptado nos habría matado a los tres para continuar enseñoreado de la ruina colosal. Sin saber qué comencé a mover la basura y los objetos de un lado a otro e iban amaneciendo como en estratos capas sedimentadas por épocas, como si llevase allí desde el año en que se cerró el hotel. 
Fui al estrato más bajo y removí con la convicción de que lo más antiguo sería lo de más valor y no hallé sino una sustancia pastosa en la que los distintos materiales se habían fundido en algo que ni era papel, ni madera ni cartón. Finalmente agotado por el esfuerzo inútil me tumbé en el camastro que expelió una nube tóxica de orines secos a los aires y quedé narcotizado.
Al despertar toda la estancia se abrió ante mis ojos como el interior de las alas de un murciélago gigante que me rodease con su nefasto abrazo de rasos negros. Entonces vi una caja metálica en lo alto de un armario. Cogí el palo de una cortina y la hice caer al lecho de basura que cubría el suelo. Cayó de pico y quedó clavada tal y como iba por el aire en el magma de escombros. Me acerqué a ella como quien camina por arenas movedizas pero de mierda y comprobé que estaba cerrada con un candado grande. Intenté forzarlo con toda suerte de objetos puntiagudos que encontraba por la habitación pero la cerradura no cedía. Finalmente la arrastré fuera de la habitación y la tiré por el hueco del ascensor. Abajo quedó molida. En su interior un libro con cubierta de piel de cabra y cosido con cuerdas. Lo extraje de entre los hierros no sin que algunas páginas se rasgasen.

4 de diciembre de 2015

DAKOVIKA, segunda parte (una novela por entregas)




Capítulo 9


La cosa empeoró en tanto que lo excrementos humanos empezaron a proliferar por el hotel. No sé si había gran número o me encontraba los mismos varias veces al día. El caso es que mi mente se obsesionó con ellos. Al poco decidí dedicarme en cuerpo y alma a encontrar a los supuestos habitantes del hotel. Ideé un sistema mediante nudos de sábanas para hacer una red con la que cazar al intruso y coloqué varias trampas que conectaban lámparas con columnas y cortinajes. Me apostaba a vigilar en distintos lugares del hotel escondido aunque casi siempre me dormía.
Al final mi extraño tejido de sábanas en forma de tela de araña atrapó al defecador que, como una momia egipcia, caminó a ciegas unos metros tambaleándose y haciéndose un lío hasta quedar como un ovillo blanco. Me tiré sobre él y acabé de envolverlo en sábanas y más sábanas para inmovilizarlo y, en un momento dado, empezó a dar boqueadas que llegaban amortiguadas por las capas de tela. Entonces pensé que se estaba ahogando y comencé a intentar liberarle de las vendas sin conseguirlo. Al final dejó de temblar. Debió quedar asfixiado. Me quedé unos segundos paralizado, impresionado por la facilidad con la que la vida se podía ir en unos minutos de un cuerpo. Luego lo arrastré por la alfombra roja hasta las escaleras y tomando una punta de las soga de sábanas que até a la balaustrada lo empujé hacia abajo. La pendiente era tanta y la cuerda de sábanas atadas tan larga que bajó más de un piso el cadáver desenvolviéndose. Corrí tras él. Al final de la otra punta estaba tendido un viejecillo cubierto de harapos de ropa elegante. Parecía un pobre pirata abandonado que se había muerto al echarse una siesta justo antes de que apareciera alguien para rescatarle.
Inmediatamente registré sus ropas y hallé la llave 119 que debía corresponder a la habitación que habitaba en el abandonado hotel Oliden. 

27 de noviembre de 2015

DAKOVIKA, segunda parte (una novela por entregas)






Capítulo 8

Seguí saliendo por el hotel fantasma. Realicé varias expediciones y fui dotándome de vestimenta de la que carecía a excepción del guardapolvo y las sucesivas vendas que era lo único que había llevado puesto desde que salimos de la casa de los Siena-Pombal. La indumentaria resultante era de lo más atrabiliario. Unos pantalones a rayas de camarero con una blusa de señora malva al principio. Luego fui sustituyendo unas prendas por otras de mejor armonía a medida que iban apareciendo en los armarios de las habitaciones. 
Todo el hotel olía a yesos y maderas podridas y a vejez. Era imposible zafarse de ese olor estancado que daba la sensación de ahogarle a uno. Creo que llegaría algunos días a caminar doce kilómetros por el interior del hotel y tenía la sensación de que era infinito, de que no se acababa nunca, de que no llegaría a pasar por todos sus habitaciones y salones, por todas las dependencias auxiliares y, además, empecé a imaginar que tenía lugares secretos. 
Un día quedé rendido a mitad de una de estas expediciones y me eché a dormir en la primera habitación que encontré. Se trataba de una de las más altas desde las cuales se podía ver toda la ciudad sin nombre. Al despertarme noté un fuerte olor desagradable. Salí al pasillo y vi a un metro de mí, en el medio de la moqueta roja un excremento. Me pareció reciente no sólo por el olor sino por el color y la humedad. Era además de procedencia humana, aunque también podía ser de un perro. Pero un animal no haría sus necesidades en medio del corredor sino en un rincón o al borde de una pared.
Aquello me inquieto y mis caminatas por el hotel abandonado ya no fueron tan despreocupadas. Empecé a pensar que alguien más vivía en el edificio y que, antes o después, tendríamos un encuentro sorpresivo y violento. Y aunque el hotel abandonado me parecía infinito y que no se acababa nunca no era lo suficientemente grande como para escondernos a nosotros y alguien más.

20 de noviembre de 2015

DAKOVIKA, segunda parte (una novela por entregas)






Capítulo 7

Llegamos a un gran cruce de canales subterráneos que debían corresponder con la plaza de la Libertad. Unas tuberías bajaban directamente desde el cerrado edificio del hotel Oliden. Subimos por una escalerilla vieja de ladrillos y sin dificultad accedimos al gran vestíbulo del hotel. Todo cubierto de polvo desde hacía más de cincuenta años, desde los tiempos de la guerra, y a oscuras, iluminado por la claridad de las farolas de la calle que entraba por numerosos sitios como tiros de luz. No se habían llevado nada pensando que algún día se abriese al público nuevamente y daba la sensación de que perteneciese a una ciudad de la cual la población se hubiera retirado de improviso dejando todo como estaba en el momento. Subimos por la escalera central majestuosa al estilo de los años treinta y entramos en la primera habitación que encontramos. Nos acostamos en la inmensa cama polvorienta los tres y nos dormimos.
El hotel Oliden abandonado emitía extraños ruidos, chillidos a veces y a veces grotescos ronquidos y en ocasiones parecía que resoplase agotado de mantenerse en pie. Todo el conjunto hacía sentirse a uno dentro de una ballena anciana que se lamentase de su vejez y que se fuese a partir en trozos en cualquier momento. 
Durante las primeras horas nos sentimos bien, protegidos en la gran suite, pero enseguida tuvimos hambre. Salí por los pasillos a buscar algo sin la esperanza de encontrar nada. Bajé la escénica escalera del vestíbulo contemplándome en los espejos gigantes como un mendigo malherido y viejo que se había colado en un palacio en ruinas en el único momento en el que un ser insignificante como yo podría disfrutar de él, instantes antes de derrumbarse. Supuse que de haber algo sería en las despensas de la cocina del restaurante. Me extrañaba que el grandioso hotel no hubiera sido saqueado en todos esos años. Al estar en el mismo centro de la ciudad quizá nadie se había atrevido, a lo sumo pequeños hurtos de antigüedades, pero como todos los muebles eran enormes sería difícil sacarlos sin llamar a atención habida cuenta de que la policía siempre patrullaba por su exterior. 
Encontré una trampilla en el suelo y bajé a tientas. Abrí un ventanuco que daba a la calle a la altura de los pies de los viandantes y, con la luz de los faros de los coches que pasaban, vi que aún había algunas cosas en la bodega. Botellas de vino y latas de conserva. Con el botín volví a la habitación en la que Lamieva y Dakovika se desperezaban como dos oseznos. Hundí el corcho de las botellas hacia dentro, clavé un cuchillo en la hojalata de las conservas y en un minuto estábamos reunidos en torno a un festín cuyas viandas tenían más de cincuenta años. Todo sabía a moho y a polvo y se pegaba a la lengua como si la humedad de esos alimentos fuera un residuo de una memoria abolida hace mucho. Sabía a comida de antepasados pero llenaba la barriga.

13 de noviembre de 2015

DAKOVIKA, segunda parte (una novela por entregas)





Capítulo 6

Alboreaba y teníamos que irnos de allí. Me envolví en mis harapos y rasgué un pendón medieval para hacerme una venda nueva. Con otro girón de tela envolví a Dakovika que cada vez parecía más pequeño y más débil. Empezamos a descender por unos pasadizos tenebrosos. No podíamos volver a los tejados. Era demasiado peligroso a pleno día y con toda la policía de la ciudad buscando a los asesinos del poeta Garnach. Avanzábamos hacia abajo de una manera instintiva. De pronto un rumor de aguas se escuchó. Lo seguimos a través de los muros pegando el oído a la piedra. Cada vez era un poco más fuerte hasta que llegamos a una galería abovedada en cuyo final se veían los reflejos negros de una arroyuelo subterráneo. Eran las cloacas. Misteriosamente las luces inexplicables alumbraban todo el recorrido muy tenuemente pero con la intensidad necesaria como para poder caminar allí. Los largos sillares de la basílica seguían bajo tierra igualmente majestuosos hasta hundirse en las aguas pestilentes. Líquidos oscuros y verduzcos fluían. Se formaban pequeños remansos, balsas, presas hechas con desperdicios y cascadas, diminutas cataratas, cada poco, a medida que descendíamos. Enseguida salieron a nuestro paso las ratas que nos acompañaban amontonadas en nuestros pies. Había momentos en los que había tantas que al avanzar con el pie arrojábamos varias al agua turbia. Seguimos el curso del río negro en la misma dirección en la que iba el agua lo cual me hacía pensar que íbamos hacia el río. Si era así saldríamos de la parte vieja de la ciudad y podríamos huir.
Comencé a orientarme porque me di cuenta de que toda la ciudad de abajo era igual a la de arriba, que cada calle, cada edificio, cada plaza tenía su semejante allí abajo. Entramos en una cripta con todas las paredes forradas de cráneos apilados. De pronto toda la oscuridad pareció volverse blanca con el resplandor tenue de los huesos. Lamieva tropezó y una infinidada de calaveras le llovieron encima partiéndose como si fueran de cristal viejo. Una nube como de polvo de talco se levantó a cámara lenta y creímos asfixiarnos con aquel humo de hueso seco flotando en el escaso aire de las cloacas. Nuestros pulmones se impregnaron con ese aire de muerte.

6 de noviembre de 2015

DAKOVIKA, segunda parte (una novela por entregas)




Capítulo 5

Me desperté otra vez como anestesiado, sin dolor alguno, con la  lengua llena de una diminuta hojarasca que se quebraba al moverla formada  por los restos de mi sangre bebida, horas antes, de la copa de Jesús. Notaba con la punta de la lengua pequeños lagos coagulados en los huecos de las encías. La sangre había cuajado en microscópicos charcos por toda mi boca.
Me incorporé y vi a Lamieva y a su padre acurrucados durmiendo al extremo de la estancia. No me acordaba apenas de nada del sufrimiento de la noche anterior. Lo más extraño del dolor es que no deja memoria. El dolor es tan inarticulado que, cuando pasa, es imposible recordar casi nada de él. Tan sólo tenía una noción muy vaga de que cuando me veía morir todo se volvía pura materia, de que todo era abandonado de las ideas que viven en torno a las cosas y eso se me hacía terrible: Ver en una mesa una mesa tan sólo, en una pared una pared tan solo, en una racha de luz, luz tan sólo. Era una pura soledad universal de una magnitud indescriptible. Y recordaba también que, cuando los dolores fueron insoportables y me quería morir, la materia me llamaba, la materia se mostraba ante mí como preludio de mi fin, como anuncio de que iba a ser reducido a ella, hecho sólo de ella. 
Me encontraba bien pero me invadía un sentimiento inconcreto de miedo. Creo que era miedo a seguir vivo, a que por seguir vivo estaba disponible para que las garras del dolor se hincaran de nuevo en mi carne.
No podía hacer otra cosa que seguir. Estábamos huyendo. Había asesinado al laureado poeta Garnach y no tardarían en registrar la ciudad hasta encontrarnos. No podíamos seguir así. Los tejados ya no eran seguros. Entonces pensé en lo contrario, en los subterráneos, en las alcantarillas. La Basílica precisamente se hundía en los cimientos más viejos de la ciudad y sería fácil acceder a la cloacas desde allí.
Desperté a Lamieva que me miró como a un resucitado y llevamos en brazos a Dakovika que permanecía dormido. Empezamos a descender por las escaleras de piedra. Enseguida estábamos en el panteón de reyes. Posamos al anciano en uno de los sarcófagos de piedra que albergaron los cadáveres de los antiguos reyes de la ciudad y descansamos. Una luz que no sé de dónde podía provenir iluminó la cara de Lamieva que me miró fijamente a los ojos. Entonces me dije a mí mismo que los tenía muy bellos como deslumbrado y molesto por toparme con la belleza de verdad. Entonces recordé de una manera automática un verso de Garnach: «La belleza no produce felices sueños». Y pensé que tal vez no fuera de él sino de Vokislav Karbajc, como todo lo que había estado copiando de él y que, entonces, el verso sería de aquel pobre anciano, de Dakovika, del padre de Lamieva, que había estado escribiendo en falsos papeles viejos esa literatura para vendérsela al otro. Y ese círculo que se cerraba en torno a la belleza de Lamieva y el verso de su padre a través de Garnach me pareció falso, una solemne tontería porque yo estaba dispuesto a ser feliz y sería a través de la belleza de Lamieva.
Se tumbó en otro sarcófago. La cubrí con mi cuerpo y mis harapos como un cuervo malherido. Nuestras respiraciones en la tumba vacía daban un eco de cueva. Se deshizo de su ropa y tomó mi sexo aún fláccido con una mano y se lo introdujo. Estuvimos durante un tiempo indeterminado haciendo el amor en aquel ataúd de piedra que llegó a volverse cálido con el ardor de nuestros cuerpos. Nunca terminábamos, no llegábamos al orgasmo nunca y paramos sin conseguirlo. No obstante eyaculé dentro de ella. Me retiré y un hilo elástico de semen plateado quedó extendido desde su sexo al mío. Una de aquellas luces extrañas sin origen conocido fulgió en él y me deslumbró. Entonces, palpando el suelo de la tumba, comprobé que todo su fondo estaba lleno de huesos y calaveras de varios cadáveres revueltos. Tres o cuatro tibias y varios cráneos. No pesaban nada, eran como de papel y parecía que se fueran a quebrar en cualquier momento.

30 de octubre de 2015

DAKOVIKA, segunda parte (una novela por entregas)





Capítulo 4

Me dormí o me desmayé y tuve sueños con Jesús. Siempre me había conmovido su historia y en mis sueños lo veía y lo tocaba como a un muchacho y él se dirigía a mí no como alguien que lo supiera todo sino como alguien muy inocente. Podía sentir su piel y sus cabellos y su pureza y le veía temblando como yo de dolor y de frío y de miedo y pensando en que, si era posible, que todo pasase de él. Se sentó a mi lado en mis sueños y se puso a llorar. Lo que más me impresionaba en el sueño aquel era que Jesús era un chico más joven que yo y me daban ganas de ayudarle y de arroparle como si yo fuese su padre y no el dios que siempre nos habían dicho.
Al final Jesús desapareció y un dolor que nunca antes había sentido me atravesó la cintura. Era una presión que parecía que me iba a partir en dos. Me desperté. Abrí los ojos contra el techo de majestuosos arcos y se volvieron piedras nada más, puro peso y materia. Entonces me di por vencido. Quedé tendido y el mundo se acortaba paulatinamente hasta cercar mi alma en un aire vacío y espeso que flotaba sobre mi cuerpo. Lo peor del dolor no es que creas que te vas a morir, ni siquiera que sientas que te mueres, lo peor de todo es cuando el dolor es tan grande que quieres morirte, porque entonces, además del dolor y de la muerte, te invade una pena infinita de ti mismo. Empecé a desearlo y aquello me producía una angustia tan grande como el propio dolor y pensé que ambas cosas me destruirían inmediatamente, que dolor y angustia juntos tomaban tal dimensión que me aniquilarían pero que esa destrucción consistiría precisamente en ser lenta, inacabable y aquello me hizo desear aun más morir y el deseo me hizo angustiarme todavía más. Entonces, algo de lo que ahora carezco pero que entonces aún tenía, una fuerza interior, una rebeldía inconsciente e injustificada, una esperanza en que todavía no había llegado mi hora, en que me quedaba por vivir la única cosa que podría dar sentido a mi vida, el ser feliz, me hizo incorporarme con las piernas todas manchadas de sangre y dirigirme hacia el cáliz. Agarré la copa sagrada recordando cómo había escuchado tantas veces que a quien bebía del vaso de Cristo se le concedía la eterna juventud. Cogí el Santo Grial para beber de él, me lo llevé a los labios pero estaba seco. El único líquido que tenía a mano era mi propia sangre que manaba de una forma inexplica-blemente abundante por una herida tan pequeña. Coloqué el vaso debajo de la brecha y enseguida se coló un hilo rojo de ella en su oro. Lo bebí y me dormí sin saber si soñaba o moría.

16 de octubre de 2015

DAKOVIKA, segunda parte (una novela por entregas)






Capítulo 3

A duras penas llegamos a los tejados de la Basílica. Encontramos un gran tragaluz que daba a unos salones en sombra. Lo abrimos y, con una antena arrancada que metimos por el agujero, nos deslizamos al interior con la única intención de que no nos cogiera la helada. Al tocar el suelo del interior me desplomé vomitando. Volvía a encontrarme mal, incluso peor que en el buhardillón de los Siena-Pombal. De la herida manaba gran cantidad de sangre en un hilo estrecho. Lamieva me arrastró de los pies y me llevó a otro salón más grande junto a un aparato que daba calor. Aquello fue aún peor porque me subió fiebre. Comencé a tener temblores y todo lo que veía se convertía en pura materia, las paredes, los techos, los objetos que debían ser de un museo, grandes banderas, pendones que colgaban de mucha altura como fantasmas muertos no eran sino telas, tejidos, pura materia. La materia me rodeaba despojada de todo lo demás, era una estampida general de las ideas que poblaban la vida, de las almas de las cosas, y el mundo se hacía más pequeño a cada instante, como si estuviera implosionando y fuera a agruparse en un diminuto punto dentro de mi pecho para morir en él. Morir yo y todo el universo. Entonces no sé de dónde saqué fuerzas. Creo que se debía a que después de asesinar a Garnach se había abierto para mí el sueño de una nueva vida, la vida con Lamieva y aquella ilusión me hacía seguir. Era desolador pero cierto, la energía más fuerte de mi vida había sido aquella que me propulsaba a salir de lo que mi vida había sido. 
Empecé a dar tumbos y sentía a mi alrededor romperse vidrios que debían ser de vitrinas. Entonces me detuve y lo vi. Delante de mis ojos iluminado por una luz muy tenue que debía preservarlo estaba el cáliz, la copa rara que tantas veces había visto de niño con oros torcidos y gruesas piedras preciosas, perlas, esmeraldas, amatistas y zafiros y aquella inscripción tan dura de Doña Urraca. Una pequeña máscara de vidrio lánguida incrustada en su centro me miraba. Debajo de los tirantes de oro esos cuencos de aguas grises como de ónice, toscos, golpeados. No lo dudé nunca, aquella había sido la copa del Cristo, el cáliz con el que Jesús dio de beber a sus discípulos la última noche de su vida.

10 de octubre de 2015

DAKOVIKA, segunda parte (una novela por entregas)





                                                           Capítulo 2


       Cargué con el viejo Dakovika en brazos y tambaleándome comencé a caminar por los tejados en dirección contraria a la catedral. Como iba descalzo los dedos de los pies enseguida empezaron a llenárseme de magulladuras. Sentía a Lamieva detrás por el ruido de sus pasos sobre las tejas. A medida que avanzábamos iba sintiendo los pies más doloridos pero en un momento dado se me durmieron y seguía andando como sobre dos trozos de corcho. El viejo cada vez se ovillaba más entre mis brazos y se iba reduciendo hasta que no me costaba nada llevarlo porque no pesaba nada. Por entre las almenas tres o cuatro cuchillos de luz naranja despedían el día. Nos detuvimos en un tejado del jardín romántico y agarrados a una antena vimos caer la oscuridad de la noche. Entonces Dakovika emitió un extraño suspiro y abrió los ojos. Era la primera vez que veía directamente sus ojos y, con la luz de las primeras farolas, pude comprobar que eran de un azul muy intenso, de la misma naturaleza que los de su hija Lamieva. Entonces el extraño ser se desgarró una tira del faldón de su camisa y me vendó con ella la herida de bala que había vuelto a sangrar un poco. Dormimos los tres abrazados hasta que la noche estaba bien entrada y así habríamos seguido de no ser por las luces de las sirenas de los coches de la policía que se estacionaron enfrente, a la puerta del palacio de los Guzmanes. Pensé que estarían preparando unos funerales solemnes al lamentable poeta Garnach.
  Les desperté a empujones y cargué con el viejo con la seguridad de que seguía dormido. Caminé en dirección opuesta, esta vez con un gran agotamiento. Me parecía que las distancias se alargaban y que el hombrecillo pesaba como una piedra.


2 de octubre de 2015

DAKOVIKA, segunda parte (una novela por entregas)





Capítulo 1


No sé cuánto tiempo pasaríamos allí, en el inmenso buhardillón de Siena-Pombal, porque la fiebre me hacía estar día y noche confundido. Tenía sueños extraños y mi cerebro estaba martilleado de continuo por las percusiones de la máquina de escribir del viejo Dakovika. Cuando despertaba no quería otra cosa que hallar a Lamieva y poseerla, hacer el amor con ella aunque mis fuerzas no me lo permitían y volvía a desvanecerme. Finalmente un día desperté como si nada hubiera pasado. Me encontraba bien y nada me dolía. Tenía todo el cuerpo adormecido como si todas mis células hubieran cicatrizado solas. Me miré la herida y sólo pude ver unos pliegues sólidos de tela de color granate pegados a mi costado.
Las tiras de luz que se colaban por entre las tejas sueltas penetraban  el aire polvoriento para dibujar gotas de claridad por el suelo de toda la estancia.
Me incorporé en el camastro y vi al fondo la joroba de Dakovika y algunas cintas blancas de su cabello que temblaban con el movimiento de las manos sobre las teclas. Algo cayó del techo, miré hacia arriba y vi la cabeza de un cuervo intentando entrar por un agujero. Llevaba todo ese tiempo indeterminado desnudo, tan sólo cubierto por la gabardina abierta en cuyo bolsillo debía estar aún la pistola con la que asesiné a Garnach. Toda la cama estaba regada de trapos con sangre seca de las sucesivas vendas que me taponaron la pequeña herida del disparo de Lamieva que no acababa de cicatrizar.
Entonces se levantó el viejo y avanzó lentamente hasta una mesa como alguien que nunca había aprendido a andar bien del todo. Cogió unos alimentos de un plato de oro que parecían las sobras de unas sobras, algo con saliva que parecía haber sido masticado antes y se lo llevó a la boca y lo tragó.
En ese momento giró la portezuela camuflada en el papel pintado y apareció Lamieva con sus ojos árticos llenos de luz y enseguida quise abrazarla. Eché los brazos sobre ella como si su cuerpo fuera el último lugar al que llegasen mis desdichados días, como si allí, en ese punto borrado del tiempo y de la realidad, tuviesen lugar mi principio y mi fin, mi desaparición y mi vida eterna.
Me rechazó y caí como un saco sobre sus espaldas. Trabajosamente, me arrastró hasta un ventanuco que abrió un milímetro. Señaló hacia la calle con insistencia. Era la policía. Sin sirenas ni luces. Tres individuos esperaban a la puerta del palacete como si fueran a entrar en cualquier momento. Me levanté y fui todo lo rápido que pude a la escalera y bajé al baño. Me quedé en la puerta mirando. Garnach, tal cual se había grabado en mi mente después de recibir mi disparo. Un cuarto de la cabeza volada e infinidad de fragmentos de piel, carne, hueso y sesos sobre las paredes que ya se habían secado. También toda su sangre había ennegrecido y cuajado como una mancha de pasta añil sobre el agua de la bañera que quedaba después de que su cuerpo la absorbiera hinchándose como un cerdo.
Me quedé absorto unos instantes sin darme cuenta de que, en cualquier momento, podían entrar los policías y encontrarme allí. De pronto el capuchón de tela que me taponaba la herida cayó sobre la tarima de enhebro y, detrás de él, tres o cuatro gotas de sangre. Eso me hizo reaccionar y subí de nuevo a la buhardilla donde encontré a Lamieva metiendo a su padre por el hueco del tragaluz superior. Empujé a ambos y los oí caer al otro lado. Luego me tiré yo. El sonido de las tejas asustó algunos grajos que quisieron picarnos y los que tuve que ahuyentar con un graznido que me salió deshumanizado y triste.
Notamos que abrían las puertas grandes que dan a la catedral y varios hombres entraron a la casa de Siena-Pombal. Permanecimos agazapados un largo rato al final del cual oímos grandes golpes. Varios hombres trasladaban con mucho esfuerzo un gran bulto cubierto por una sábana. Por uno de los lados asomaba la pata de garra de la bañera de níquel y por otro uno de los pies brutales de lo que antes había sido el laureado poeta Garnach, con un volumen dos veces superior al que tenía imposible de separar del hueco de la bañera.

21 de septiembre de 2015

DAKOVIKA, segunda parte (una novela por entregas)









DAKOVIKA
segunda parte

 (una novela por entregas)


de 

Bruno Marcos


la saca


Manual de Ultramarinos

2016



P R Ó L O G O  A  L A  S E G U N D A  P A R T E  D E  D A K O V I K A


Comoquiera que la pequeña novela Dakovika de la que soy padre ha tomado un vuelo tan alto y nada previsto por mí en su gestación y viendo cómo ha generado tanta estupefacción en lectores y gentes que de ella han tenido noticia y comoquiera que ha causado tanto impacto incluso en aquellos a quienes no iban dirigidas unas letras tan vagabundas y tan derechas al olvido y aunque el tiempo que lleva en circulación apenas pasa del año y los ejemplares fueron contadísimos y comoquiera que muchos no hacen sino interrogarme por cuáles serían las vidas posteriores de esos tan desdichados personajes me veo impelido y hasta obligado a escribir esta segunda parte que aquí se inicia.
Y pese a que el motivo principal es el pedido de los admiradores también me mueve a coger la pluma, lo reconozco, el prurito de escarmentar a los malos que me han echado cuentas hasta de la tinta que empleo. Con mencionar lo siguiente lo expreso todo, y es que hasta algunos me decían de asesino al haber, mi protagonista, ajusticiado a Garnach, y de zoófago al cazar y comer perros perdidos algunos tristes de esas páginas, y de fornicador en librovejerías y hasta me acusaban de destejar los tejados de la ciudad sin nombre y de allanar la lujosa casa de los Siena-Pombal, de robar en cementerios y muchas cosas más. 
Algunos personas se han dolido de salir descarnadas y otras de salir poco. Todas estas cosas apenas me han conmovido porque quienes confunden realidad y sueño, literatura y vida, no hacen sino verificar que la ruina de escribir no es tanta ruina.
De lo más extraño y raro que ha me ha acontecido es la continuación apócrifa de esta pobre Dakovika que un infame fabricó y que, tras escurrirse el seso, tan sólo dos capitulillos parió. Firmaba el infeliz como un «El Ama-nuense» y con él tuve una reyerta epistolar que a continuación reproduzco:



Réplica a Avellaneda (Habla el autor)
  
No es de extrañar que a Dakovika, siendo como ha sido un éxito pleno, le salga ahora un Avellaneda que tira de algunos capítulos y los estira hasta ver si la teta de mi ingenio riega el suyo. Ha tenido este Avellaneda, salvando yo las larguísimas y siderales distancia de ser un cervantito, la delicadeza de salirme en las barbas mismas y de dar sus piedras brutas en estas mismas páginas ultramarinas. 
  Al menos no me ha motejado de viejo o de manco como al otro, seguramente porque más viejo sea él y manco yo no soy y ni en la mano de él ni en la mía haya estado el parar el tiempo, ni la ocasión más alta que vieron los tiempos de perderla. Quieran seguramente moverme a escribir la verdadera historia de Dakovika en segunda parte pero no me bastará con darle muerte al auténtico protagonista que es «el cuervo» sino a ese Larsen también, cuyo sosias real puja y anima al Avellaneda este no por quitarme la autoría del primero sino por ascenderse él de personaje secundario a primer personaje.

Contrarréplica de Avellaneda (Habla el plagión)

Lejos de mi ánimo estaba el polemizar, y menos con gente de calepino y retórica tan subida, pero aviesas intenciones entreveo en estas pocas líneas a mi persona dedicadas. No solamente por mancillar es que Avellaneda me apoda, pretende el padre de la mermada Dakovika, que a los lectores ultramarinos al leer «Avellaneda» se les colmen las mientes, por reflejo, del Manco Universal y así procura encaramarse aquél a costa mía con tamaño ardid. Si menguada es Dakovika, arrapiezo es «el cuervo», si desabrido éste, necesitada aquella, si mustia aquella, desganado éste, que pretende abarraganarse con la rubia, aunque le sale huero. El pálido Karenino se colorea bajo mi pluma y se agranda Larsen aderezado de mi sal y pimienta. Ingrato autor es este cervantito que, lejos de gratificar a quien con su ingenio ha sacado de los derrumbaderos del olvido su obrita, le paga con aquellos aguijonazos que de seguro el mismo sufrió al enterarse de que quien esto escribe rubricaba en Papalaguinda a los Ultramarinos y transeúntes que lo solicitaban, ejemplares de La Vidriera recuperada dada a la imprenta por las buenas artes del editor Malabia.
Queda dicho.

Al muy avellanado Don Amanuense (Habla el autor)

Poca altura he de alcanzar, querido Avellaneda, si he de encaramarme a la bajura de tu calentura literaria para alzarme. Y si es mermada o menguada la Dakovika, si es grande o pequeña, breve o lerda, es cosa que a ti no debería interesarte para adornar tu villanía pues más desdórate que otra cosa el haberte rebajado a continuar novela, según tú, tan necia y que a todos, agotada la edición, ha encantado.  
Si a este que le dicen sus allegados y cercanos «El Amanuense» le diese en tener una tercera mano le serviría para quitarse de una mi obra cumbre y de la otra la infame pluma. 
Arrapiezo es todo en Dakovika, querido delincuente juntaletras, porque de las basuras y harapos del tiempo trata y versa, si Karenino es en blanco y negro es por algo y no por nada, y es un galgo, flaco y vago, que bosteza, orina y defeca pero que nunca copula y menos en las comisarías. Es un galgo quijanesco que vive desde los tiempos aquellos sobre cuyo espinazo las obras de fiodor cuelgan. Y Larsen es mezquino y no poeta, trapero del tiempo y no de letras, traficante de nadas y de todos, sombra y alter ego de lo peor peor de ese «el cuervo».
Y por otro lado está ese sosias de Larsen transmutado en editor Malabia cuyas estampillas saca a expensas de lo ingresos originados de mi arte cuyos huesos he de moler al verle en el instante.

Cervantito, que nada te quito (Habla el plagión)

Confiado quedé en que mi réplica haría rescatar el seso al cervantito, mas veo errado el tiro y ya me malicio que no es tarea fácil trocar penco en marengo. No quisiera alargar la pelotera pero hay mucha razón en que lo haga por cuanto no pienses que si callo otorgo. No me hieren tus diatribas, antes las tomo a zumba, chiquilicuatri de las letras leonesas.
Truco vil empleaste al poner unos capítulos gratis en el etéreo y reservarte los postreros para que vieran la luz en letra impresa, todos revueltos, en tu obrilla. Procurabas así embelesar a los lectores y que después prestos corrieran a llenar tus bolsillos de dineros. Ja, ni se leyeron los primeros ni los postreros y se fueron tus bolsillos tan vacíos como vinieron.
En cuanto a Malabia editor también eres ingrato con él. Lejos de darle mieles por procurarte una segunda oportunidad le arrojas tus hieles, no por quedarse con tu peculio, como pretendes hacernos creer. Muy al contrario, es al enterarte de que cuando La declaración de Larsen vea la luz, pretende el editor regalar un ejemplar de los sobrantes (que los hay) de Dakovika cuando ponga aquél en circulación. Ya es manía la tuya con las gentes que te dan segunda ocasión.
Y esto dejo dicho.

Dakovika del asno (Habla el autor)

Que todos esperan que te dé del asno pero no es necesario cuando tú mismo rebuznas y te afanas en seguir la trifulca a ver si te igualas no por ingenio sino por genio conmigo. Y si no hubiere sido mi libro de Dakovika un acierto pleno, hijo del entendimiento sagaz y sensible de nuestro drama del tiempo, a qué fueras tú con tu prosa chocarrera a ampliarla por sus flecos con chusquería muy sosa. Bien es seguro que si mi libro no se engendró como aquel grande en la cárcel si que lo fue en este mi sofá, y con las visitas que hice a los libreros de viejo, a las buhardillas más ajadas, a los tejados y al rastro y a la casa más embrujada de la ciudad sin nombre y al más especial anticuario, pero tus esos dos capitulosillos debieron serlo en el excusado.
 Desocupado juntaletras deja la diatriba y ponte con la pluma y mídete conmigo a ver quién la tiene más larga y más fina. Vale.

Trirréplica al cuervo (Habla el plagión)

Urajea, que algo queda.
Ya no esperaba de ti nuevas impertinencias calapitrinche, pero veo ahora al cuervo que urajeando, urajeando le da por lo asinino. Ave de infeliz agüero, siendo como eres paseriforme, cómo no vas a tener la pluma más larga y más fina. Se te olvidó dejar dicho que también la tienes concolorcorvo, como tu juicio. Cautivo de tu vanidad arrógaste fina y larga pluma y con eso procuras altos vuelo, pero muy al contrario, a vuelo gallináceo no alcanzas. Acaso te ocurra, sin tú saberlo, como al sochantre de Luis Mateo (no quiera Dios que con el mismo final) pues noté tu mollera en la estampa de los ultramarinos un tanto esquizognata.
Por cierto, yo prefiero el retrete, aunque si voy apurado también me arreglo con el escusado, no con el excusado. Aunque tires de excusado para publicar, quedas excusado de replicar. 
Lo dejo dicho.

¡Ah de la vida!… (Habla el autor)

¡Ah de la vida!... ¿Nadie me responde? Sólo este tenaz plagiador, este tenaz mentecato. La fortuna mis tiempos ha mordido y entregado me ha a las fauces de este copión de mi novela.
Aquí de los antaños que he vivido... He perfilado las brutas piedras de la verdadera realidad en perlas puras, en palabras atrevidas, forjándome yo en ellas mismas para que, ahora, este envanecido de sus locuras exprima el diccionario viejo creyéndose que el escribir de estas querellas y las malas copias aquellas fuese cosa de tirar de teta en teta. Falta a su pluma la viveza y colorea una estampa a fuer grisalla. Que sepas tú que la literatura se inventa y no se ordeña.

Cervantito obnubilado (Habla el plagión)

Parece que cervantito tiene nostalgia mamaria, pues un tanto obseso anda con las tetas que aprovecha como figura para darme zurriaga. Ha de ser que de pequeñín tiró más de látex que de seno. Se lo perdonamos, pero tengo por cierto que su irrenunciable inquina resulta del día fausto de la presentación de mi ópera prima, la de los retratos de vendedores del Rastro, en la que fue parecer general que era mi telonero con su Dikovaca. Cómo no sentirte mancillado por un principiante talentoso tú que te vendes como avezado en esto de las letras y no dejas de ser, pobre, simple zancarrón. Eres un si es no es poeta, buscón de lisonjas, loas, homenajes, zalamerías y dorados oropeles; de prosa baja, gris, espesa, plúmbea, mazorral y pastosa; en suma, prescindible. Tu natural orgullo magullado por mi talento, caliéntate el seso, ménguate el ingenio, estréchate la razón, núblate el juicio, embózate el entendimiento, empequeñécete la inspiración, mérmate los alcances y ahuyéntate las musas. Vanidoso monigote, déjate ya de parlerías preñadas de trampantojos, bachillerías y vituperios, y aplícate al estudio, pues a lo que parece no has salido todavía de charro estudiantón.
Quédate con Dios, que dicho queda.

Juzgue el lector si escribir en España no es y ha sido siempre un llorar a fuerza de encontrar maldad tras maldad.
Pero queden aquí estas asechanzas del mal genio vulgar y se hunda este plagión en las aguas tumefactas de su falta de inspiración y vayamos a ver que cosas nuevas pasaron a estas pobres almas de Dakovika en sus nuevas andanzas de esta historia que es trágica más que sarcástica. Anime ella los ratos del desocupado lector y que de su nacencia vaya a su nacencia, pues esta no fue otra que la más pura de salir yo por las letras de la época más triste de mi vida y del consiguiente comercio de ratos muertos que hice con ese Larsen rebuscando en el basurero del tiempo.