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21 de febrero de 2023

El muro



El muro


Por fin, al encumbrar una loma, al fondo de una llanura sin fin lo divisé. ¡El muro!. La reverberación del sol producía la fantástica sensación de movimiento; serpenteaba hundiendo la cabeza y la cola en el horizonte infinito. Su visión aceleró mi corazón y me dio un nuevo aliento. El bombeo de la sangre hizo que no sintiera el cansancio acumulado de largas jornadas caminadas, sólo los labios ampollados y agrietados protestaron al recibir las olas de sangre alborotada. Seguí caminando por la llanura sin fin atraído por el muro imantado. Calcule ́que tendría que caminar dos jornadas para llegar al pie del muro. Sin la reflexión solar del atardecer la gran serpiente se detuvo y noté que el horizonte recortado por el muro se había acercado. Continué caminando siguiendo al sol que en su ocaso teñía el cielo del color de la gangrena. La oposición del muro proyectaba una sombra en forma de plano inclinado que sincronizado con la puesta de sol iba difuminando la tierra a su paso. Cuando llegó a mis pies cayó la noche sin luna. A ciegas seguí caminando por aquel terreno sin altos ni bajos. Envuelto en la negrura tuve miedo de perder el rumbo pero no me detuve.

Una ligera brisa acarició mi espalda. A medida que caminaba tomaba fuerza el aire hasta convertirse en un viento que a su paso arrastraba arenas que me aguijoneaban la nuca. Volví la cabeza y protegiéndome los ojos vi un aura azulada que rasgaba la negrura desvelando donde comenzaba la tierra y acababa el cielo. El sol iba devorando la negrura espesa y como respuesta al agravio la noche exhalaba bocanadas de vendaval que me zarandeaban sin descanso pero yo seguía caminando. Se hizo el día y cesó el viento. Mi cuerpo proyectaba una larguísima sombra que se perdía hasta chocar con el horizonte. El sol a la vez que subía a mis espaldas iba retrayendo mi sombra. Al lamer mis pies, iluso, esperaba que me trajera noticias del muro pero desapareció bajo mí y al poco se fue alejando indolente por donde había nacido el día. Los rayos del sol de nuevo reavivaron a la gran serpiente. El muro ya estaba más cerca y mostraba los colores pardos y grisáceos de sus piedras. Seguí caminando. Cayó de nuevo la noche sin luna. Deambulé entre la densa negrura que se extendía entre el cielo y la tierra de nuevo temeroso de desorientarme.

La brisa que se levantaba anunciaba el viento y el nacimiento de un nuevo día. Me acurruqué para resistir mejor el empuje del vendaval. Cuando llegó la calma me incorporé y me encontré cubierto de arenas que hacían rechinar mis dientes y provocaban escozor en mis ojos. Escupí las arenas y froté los ojos y aún con la vista borrosa lo pude ver, estaba allí, estaba a pocas leguas del muro. Me dejé caer de rodillas. Ante mí el muro, inmenso. Sin medida de norte a sur y con una altura como de un tiro de arco.

Mientras caminaba rápido hacia él iba pensando en cómo abordarlo. Aunque no llevaba cuerdas ni herramientas lo escalaría para saltar al otro lado, a la Tierra Prometida. Seguí caminando y distinguí al pie del muro varios grupos de personas. Una voz de advertencia me sacó del embeleso. Un escuálido joven me avisaba: estaba pisando sus plumas. Miré al suelo y vi que estaba sobre unas plumas de pájaro. Extrañado le pregunté qué hacía allí con aquellas plumas. Me dijo que pensaba pasar el muro volando. Le respondí si no sería más fácil escalarlo a lo que contestó que era demasiado débil para intentarlo. Me contó que reunía las plumas de pájaro que los vientos le traían para fabricar unas alas para él y para su hermano gemelo y así poder sobrevolar el muro y que sabedor de lo que le ocurrió a Ícaro había enviado a su hermano a buscar pez en vez de cera. Me despedí y lo dejé allí esperando que cayera otra pluma del cielo y seguí caminando.

Cerca ya del muro vi hileras de gente caminando bordeándolo unas hacia la cabeza de la gran serpiente y otras hacia la cola. Me tropecé con un grupo de cuatro ancianos desnudos que discutían entre ellos. Les pregunté qué hacían aquellas gentes bordeando el muro y me contestaron que estaban buscando un paso para atravesarlo y que ellos estaban discutiendo por dónde ir si al norte o al sur. Los hombres decían que de los que vieron ir al norte ninguno regresó y las mujeres decían lo mismo de los que vieron partir hacia el sur. Yo les pregunté si no sería más fácil escalar el muro. Me contestaron que para ellos ya era tarde porque aunque creían que habían llegado jóvenes al muro ya habían perdido la vitalidad y las fuerzas para escalarlo. Me alejé de ellos pero quedé pensativo. Quizás antes de intentar escalar el muro sería mejor buscar un paso, pero por dónde empezar, por el norte o por el sur. Seguí caminando atrapado en esa duda que se desvaneció al llegar justo donde nacía el muro. Toqué sus bloques y hallé que algunos intersticios entre ellos eran demasiado estrechos para los dedos y me asaltó de nuevo la duda. Me retiré unos pasos hacia atrás para calcular bien la altura del muro y me tropecé con un hombre con vestimentas de filósofo. Estaba clavado al suelo como una estatua, ensimismado contemplando el paredón. Le pregunté si también dudaba entre el norte y el sur. No respondió. Lo contemplé con curiosidad y noté que no se fijaba en el muro sino en la sombra que su cuerpo proyectaba. La sombra iba menguando y entonces habló. Estaba esperando el día en el que su sombra pudiera sobrepasar el muro. De ese modo es como lograría pasar al Otro Lado ya que así no estaría sujeto a las propias limitaciones corporales. Lo dejé en su cavilaciones y me propuse escalar el muro.

Subí con dificultad uno pocos metros pero no pude continuar por ser demasiado estrechos los huecos entre los bloques. Lo intenté varias veces pero todas fueron fracasos hasta que llegó la noche. Cuando vino el día caminé hacia el norte buscando que las piedras fueran más accesibles pero no halle ningún tramo que pudiera escalar. Volví sobre mis pasos hasta dar con el filósofo que contemplaba el alargamiento de su sombra y caminé hacia el sur buscando grietas por donde poder trepar. Entonces vi un hombre que torpemente subía una y otra vez por los mismos bloques y una otra vez caía en tierra. Me acerqué a él y vi que tenía muñones en las manos y en los pies donde tendría que haber dedos. Me contó que se le habían gastado los dedos intentando subir. Le pegunté que porqué no había cambiado de lugar y no lo había intentado en otro tramo. Me contestó que caerse es lo normal que lo importante es levantarse. Lo dejé subiendo de nuevo por los bloques y seguí caminado a lo largo de la frontera infinita.

Llegué junto a un promontorio de arena que adosado al muro me impedía el paso. Era una rampa y en ella estaban trabajando un grupo de hombre y mujeres. Supuse que querían construir una pendiente hasta la cumbre del muro para poder así franquearlo. Junto al promontorio, del lado que yo caminaba, había un hombre que vestía como los matemáticos. Le pregunté qué era aquello y me dijo lo que ya había presentido, que aquella construcción era para saltar el muro. Él estaba encargado de hallar la pendiente que formaba el plano inclinado. Todos menos él trabajaban con grandes palas a buen ritmo. Vi una mujer con una pala descoyuntada, a la que le faltaba todo el metal paleando sólo con el palo con el mismo ahínco que los demás. Quise incorporarme al grupo pero no había más palas y trabajé con las manos desnudas hasta el anochecer. El nuevo día trajo el viento acostumbrado y desbarató la rampa de arena. Vi al matemático calculando la hipotenusa y al grupo de hombres y mujeres ponerse de nuevo a la tarea. Continué mi camino.

Sin alejarme del muro caminando siempre en paralelo, llegué a tropezar con un pequeño montón de grandes piedras. A su lado yacía el cadáver de un hombre de largas barbas grises. Me acerqué curioso y vi que no estaba muerto. Aunque el aspecto era de gran debilidad tenía los ojos abiertos y en ellos se reflejaba el azul del cielo. Le pregunté qué hacía allí tumbado entre aquellas piedras. Me contestó que estaba esperando. Y me señaló las piedras. Me dijo que si lo deseaba podía quedarme allí con él. Pensé que esperaba pasar al Otro Lado cuando la muralla se desmoronase y le confesé que mi intención también era franquear el muro pero que sería mejor escalarlo. Me contestó que la paciencia es la fortaleza del débil y la impaciencia la debilidad del fuerte y volvió a ofrecerme esperar allí con él. Me senté a su lado y quedé reflexionando sobre sus palabras.

El sonido suspendió mis pensamientos y me puso en marcha. Al principio débil, conforme avanzaba se hacía más audible, monótono y a intervalos como el ulular del viento en un callejón estrecho. Vi de donde provenía. Siete sacerdotes alineados en paralelo a la muralla hacían sonar siete cuerno retorcidos. A tramos regulares paraban para tomar aire en sus pulmones y reanudaban los soplidos sincronizados. En una de las pausas les pregunté qué era lo que hacían pero no me respondieron porque eran sordos. Los dejé con su música y reparé en un hombre situado entre ellos y la pared. Era el que dirigía al grupo y le pregunté qué era aquello. Me respondió que había leído no se acordaba dónde que siete sacerdotes con su música habían derribado las murallas de una ciudad. Seguí caminando hasta que las descargas de aquellos cuernos me parecieron zumbidos de mosquito y finalmente desaparecieron.

Ya anochecía cuando llegué a un campamento con unas tiendas improvisadas y una fila de hombres esperando turno para entrar en ellas. Quise ver qué era aquello y me acerqué. Recorriendo las filas vi un viejo con el torso desnudo, sin carne, que gritaba: ¡Ayudadme!, ¡Ayudadme! ignorándole todos los hombres de las filas. Llevaba una pala en una mano y un pico en la otra. Me acerqué a él y supe que era ciego. Le pregunté qué necesitaba y qué era aquel campamento. De su descarnada boca salían las palabras a borbotes mientras gesticulaba con la pal y el pico. ¡Ayudadme!, ¡Ayudadme! Le toque un hombro y me miró con sus ojos sin luz. Me dijo que lo había hecho, que había construido un túnel en el muro que llevaba al Otro Lado. ¡Ayudadme!, ¡Ayudadme! a encontrarlo que no veo y lo he perdido. Viendo su locura en el rostro traté de calmarlo y que me dijera qué clase de campamento era aquel. ¡Desgraciados!, ¡son los desgraciados! que han olvidado a qué vinieron aquí. Son los fornicadores del la Gran Puta de Babilonia y sus pupilas, ¡desgraciados!, ¡desgraciados!. Vi a los hombres que salían de aquellas tiendas ponerse de nuevo en la fila y me alejé de aquel lugar insano oyendo los gritos del viejo !Aydudadme!, !Aydudadme!

Se desplomó la noche y caminé sonámbulo tentando el muro hasta que la brisa matutina me sacó del sopor. Caminé despejado hasta llegar a un gran agujero hecho en el suelo paralelo al muro. Me asomé a él pero no se veía el fondo. Tiré una piedra y agudicé el oído atento para calcular la profundidad. Me llegó muy débil una blasfemia en un idioma extranjero. Cuerpo a tierra con la cabeza abocada al abismo agudicé más el oído. Llegaron lejanísimos rumores de herramientas hiriendo la tierra. Hasta donde permitía la vista se veían los cimientos, una prolongación misma del muro apuntando al Averno. No encontré ninguna escalera ni polea ni artificio que me permitiera bajar y cuando el sol estaba en lo más alto y seguía sin verse el fondo proseguí mi camino.

El sol caía a plomo sobre la arena cuando encontré en mi camino a una madre y su hijo cosiendo unos trapos desgarrados. Les pregunté qué era lo que estaban fabricando. No entendían mi idioma y por señas entendí que estaban construyendo una vela. Les ayudé a coser los trapos y al caer la noche extendieron un gran trapo cuadrado que tenía al menos treinta zancadas por cada lado. Empezamos a plegarlo envueltos ya en las tinieblas de la noche. Al amanecer, con la primera brisa, por señas me pidieron que les ayudara. Se ataron las puntas de la vela a las muñecas y los tobillos y cogiendo el borde del lienzo por la mitad se lo até a los tobillos libres. Hicieron lo mismo con las manos que no estaban atadas y uniendo sus manos esperaron al viento de la mañana. No tardó en llegar la furia del aire y el vendaval hinchó la vela y la dividió en dos grandes semiesferas multicolores que arrastró en volandas hacia el muro. El impacto fue brutal. El viento los estrelló contra la pared y los dos cuerpos cayeron al suelo envueltos en un amasijo de trapos. Me acerqué al muro pero ya estaban desenmarañando de los trapos. Cuando me fui preparaban las agujas para comenzar la reparación de la vela.

Caminé un tiempo buscando alguna parte más agrietada del muro para poderlo escalar. Todavía no había cesado del todo el viento y a unos pasos delante de mí vi que hacía un pequeño remolino contra la pared. Llegué al lugar del remolino y vi que la arena tapaba un pequeño hueco entre las piedras del muro. Comencé a apartar la arena con las manos y el agujero se fue ensanchando y profundizando hasta convertirse en una galería estrecha. No sabría decir cuanto tiempo estuve recorriéndola y retirando arena. Finalmente noté que corría el aire por el túnel y con los últimos manotazos se desprendió toda la arena. Después de tanto tiempo a oscuras el sol me cegaba. Aún

encandilado pude ver ante mi una una llanura sin final y bultos de personas aquí y allá. Había encontrado el túnel del viejo ciego. Quise ir a buscarlo para darle la noticia y que me acompañara al Nuevo Mundo, era de justicia, pero fui cobarde y egoísta pensando que el túnel se podía cegar de nuevo con la arena y perderlo y sin remordimientos salí al Otro Lado.

Aunque el sol todavía no declinaba teñía todo de ámbar. Caminé hacia el norte. A lo lejos vi dos figuras humanas. Me acerqué y vi a una madre y su hijo plegando una gran tela multicolor. Me puse a correr a lo largo del muro hasta llegar a un gran agujero practicado en el suelo. Cayó la noche y seguí caminando. Al amanecer vi en un campamento improvisado una hilera de hombres y un viejo ciego con un pico en una mano y una pala en la otra que gritaba: ¡Ayudadme!, ¡Ayudadme! Miré a lo largo del muro y vi la gran serpiente ponerse en movimiento y sentí que no era la reverberación la que producía la fantasía de movimiento sino las lágrimas estancadas en mis ojos.

El Amanuense 

21 de abril de 2021

Tac...Tac...Tac...




Tac... Tac...Tac...


El hombre obeso mira absorto el gran reloj de la Estación Central. Durante años, de lunes a viernes, ha mirado el reloj al menos un par de veces al día sólo buscando información horaria sin reparar demasiado en él pues sabe que siempre, inmisericordes, las agujas giran ajenas a sus prisas y urgencias.

Hoy por primera vez observa el gran reloj con detenimiento y como su tren de cercanías viene con retraso las agujas se mueven con más lentitud. El hombre, cansado, se sienta enfrente del reloj. Se fija en el gran círculo de hierro forjado que retiene entre brillante cristal los números y las dos manecillas. Calcula que tendrá casi tres metros de diámetro. Advierte que los números son negrísimos y en relieve y al menos tienen una cuarta de longitud. Ahora ambas agujas forman un ángulo recto perfecto. El hombre se pregunta cuántas veces a lo largo de 12 horas se cruzarán. Una vez... no, 12 veces... no, 11 veces porque cuando marca las 12 en punto estarán una sobre otra y justo cuando la grande rebase a la pequeña ya empieza otro ciclo... Efectivamente, ese el primer cruce que sólo tarda un segundo en producirse, el siguiente cruce y los posteriores se producirán a intervalos de una hora y como hay 12 horas... sí, se producen 12 cruces.

Está en estas divagaciones cuando calcula que la aguja pequeña tendrá algo más de un metro. Justo cuando está calculando la longitud de la que marca los minutos esta da un saltito y se quedan ambas paralizadas. Sigue viendo la aguja grande con los ojos cerrados y cuenta mentalmente uno, dos, tres, cuatro... cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, sesenta... abre los ojos pero la aguja permanece inmóvil y cuando reanuda el conteo, tac, la aguja da otro saltito. El sonido que sin duda produce el movimiento de la manecilla se pierde entre el barullo reinante en la estación, porque el hombre obeso está seguro de que el cambio de minuto se acompaña de un golpeteo, un tac. Agudiza el oído, cierra los ojos y vuelve a contar mentalmente “uno, dos, tres... cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, sesenta... y justo en el momento de abrir los ojos oye un tac y ve cómo pasa un minuto.

Pasa el tiempo con ese entretenimiento pero al cabo de un rato se da cuenta de que los tac no están sincronizados con el cambio de minuto. Se producen antes de que se mueva el minutero y cada vez se producen con más frecuencia. Tac, tac, tac... El hombre, intrigado, se levanta y se aproxima con el paso tardo de los obesos aun más al reloj para descubrir la anomalía. Tac, tac, tac, tac... sin duda el gran reloj se ha averiado. Tac, tac, tac, tac, tac... ahora el ritmo es frenético y el sonido le martillea los oídos. Está justo debajo del gran círculo de hierro. Tac, tac, tac, tac, tac, tac... levanta la cabeza, tac, tac, tac, tac, tac, tac, tac... cuando se le hace insoportable el golpeteo en los tímpanos se gira para alejarse del reloj en el momento que la aguja pequeña se disloca, cae y se clava en su hombro izquierdo. Siente un intenso dolor en el hombro que se irradia al brazo izquierdo y al cuello, comienza a sudar y le dan náuseas. Perplejo mira el gran reloj para ver cómo se desprende la aguja que marca los minutos y se le incrusta profundamente en el pecho. Se desploma... El hombre obeso ya no oye nada, ni siquiera el remolino de gente que se forma a su alrededor; ya no siente nada, ni siquiera los electrodos del desfibrilador que un vigilante repetidas veces le aplica al pecho.

Una mujer caminando a grandes zancadas entra en la Estación Central llevando a su hijo pequeño casi en volandas. Echa una mirada rápida al gran reloj para darse cuenta de que apenas le quedan dos minutos para llegar al andén número 14.


El Amanuense



28 de marzo de 2020

El Moderno Prometeo




Hace poco más de 200 años, entre geografías lacustres, meteorologías adversas y geometrías de elásticos triángulos amorosos germinó el Monstruo. Villa Diodati no fue un rinconcito de la Arcadia. Nada de unas vacaciones de verano. La mítica reunión debió ser una amalgama de emociones, sentimientos y conflictos internos, gestadores de pasiones que mal liberadas o liberadas a medias abren las grietas por donde se filtra el Monstruo. Alimentado con láudano apenas deja una sombra en los espíritus, ya colmados de engendros, de Byron y Percy, pero asoma en los sueños de los mortales Mary y Polidori hasta materializarse como ectoplasmas en el Moderno Prometeo y el Vampiro.

A la mayoría de los hispanohablantes de antaño el Monstruo se les introdujo en sus cabezas a través de las pantallas de cine dejándoles un cliché de tornillos y costurones. Muy pocos pudieron disfrutarlo leyendo la obra. Las bibliografías sitúan la primera edición en castellano en el año 1944, sí, 1944 (La Academia, Barcelona) Sin embargo hubo una edición anterior, en 1912, hoy inencontrable, publicada en Argentina. Aquí el ejemplar rescatado hace unos años en el Rastro de entre un montón de morralla variada con la inestimable ayuda de Gromov.


[El Amanuense]


12 de enero de 2018

De Conversaciones Mantenidas, Oídas O Robadas En Librerías De Viejo, Donde Lo De Menos Son Las Librerías







La maleta del vicio

Esto de viajar en ‘low cost’ está bien pero para la gente del libro, sección bibliofilia, apartado bibliopatía, apéndice baratillo es un problema grave. Y si no lo creen lean, lean.

Era una peluquería para señoras situada en el popular barrio de la Isleta en Las Palmas. Decían que señoras entraban pocas y casi siempre eran las mismas, sin embargo parece ser que hombres entraban muchos y algunos, a juzgar por la frecuencia con que lo hacían, con cabelleras bastante rebeldes. Estuvo trabajando con altibajos desde antes de la guerra hasta mediados los 70. El mejor cliente era un hombre maduro, muy atildado que había venido de Madrid, Don Manué, pero por todos conocido como 'Hanfri' (con h gutural y casi sin la i) y dicen que tenía en aquel lugar una habitación privada "llena de libros". El edificio que albergaba aquella peluquería cayó hace un par de meses bajo la piqueta municipal y por el lugar dicen que van a preparar un jardín para esparcimiento de perros y demás mascotas...

Lo que quedaba de los libros y algunos enseres fueron a parar a una carcomida chamarilería de donde rescaté, maleta incluida, lo que podemos ver en las fotos. Con gran pena por mi parte, todavía quedaron allí, medio desamparados, unas cuantas decenas esperando a algún residente o algún trapero viajero con menos problemas de espacio en sus maletas, porque aunque el mercachifle que me contó la historia que acabo de relatarles prometió (previa señal de 15 Euros) que me reservaba 'la enciclopedia azul' hasta la próxima visita, me da que cuando vuelva o ya no están los libros o ya no está el trapero o lo más probable, que ya no esté la chamarilería pues la piqueta municipal está dejando la zona como un solar.


























































































 [El Amanuense]





30 de septiembre de 2017

Desipramina


Elena Rodríguez




Desipramina

¿Qué me impulsó a subirme a un autobús urbano? No lo sé. Fue un acto totalmente irreflexivo. Es la segunda vez que tomo un bus. La primera fue de niño y recuerdo que además del conductor estaba el cobrador en la parte trasera, incrustado en una garita desde donde expedía los billetes. No había vuelto a usar este medio desde entonces, hará cincuenta años. 

Son las siete de la mañana, y pensé que el frío de la neblina, azotándome el rostro podría poner algo de orden en mi cabeza. Salí a pasear, casi sonámbulo, con mis negros pensamientos corroyéndome el alma. Buscaba un poco de sosiego, o al menos ordenar algo mis ideas. Sin embargo cuando esta mole se paró delante de mí exhalando un bufido de pulmón exhausto al abrir sus puertas, entendí que era una invitación a subirme. Y aquí estoy, sentado, camino a no sé qué lugar, ¿qué más da?

Sé que sólo es una prórroga, pero los pensamientos lacerantes me dejan un resquicio para distraerme viendo pasar la ciudad delante de mí. La niebla difumina el paisaje urbano envuelto en sombras de cuando en cuando mordidas por la mortecina luz de las farolas y algún raquítico anuncio de neón. Las calles están casi desiertas, con apenas viandantes a los que la neblina roba sus sombras. Estoy en la Gran Vía. He recorrido miles de veces esta avenida a esta misma hora, en coche, bien acomodado y leyendo la prensa mientras mi chofer me lleva a mis oficinas. Sin embargo estos cristales no están tintados. Creo que es la primera vez que me fijo en la calle. No me la imaginaba así, apagada, sin pulso, casi sin vida. Calle tras calle se suceden las imágenes en sepia, como las antiguas postales. El bus se detiene en la parada oeste del Hospital Central. A pocos pasos, como una inmensa ballena varada en la playa, la mole de cemento y cristal parece haber sufrido un desahucio hace décadas. Unas pocas luces sordas salpican aquí y allá, como una viruela, el gris del hormigón.  La ballena de cemento entreabre la boca y vomita dos figuras que saliendo de la grisalla se acercan lentamente al bus. Se activa el fuelle silicoso que abre las puertas y veo entrar a un anciano sarmentoso arrastrando los pies y detrás una mujer. Al pasar a mi lado observo que lleva puesta la horrorosa bata hospitalaria dejando ver una espalda huesuda pegada  a unas piernas sin nalgas, de alambre. Sin duda se ha escapado del hospital. Quizás debería avisar al conductor… pero ¿qué más da?

Como nubarrones vuelven los negros pensamientos a taladrarme las sienes. ¿Cómo ha podido ocurrirme esta catástrofe? Si tuviera el valor de Miguel ya habría hecho como él, arrojarme a las vías del metro. Nadie se explica cómo un ganador como Miguel, acabara suicidándose. A todos les parece imposible que eso haya sucedido, y a nadie convence lo de un estado de enajenación transitorio que comunicó la policía. No, nadie se lo explica. Sólo yo sé lo que le empujó al suicidio… y yo haría lo mismo si no fuera tan cobarde, pero no me atrevo ni siquiera tomándome todo el tubo de desipramina.

No, a nadie sorprendería saber que los médicos me han recetado desipramina. Todo el mundo asume que mi depresión está causada por le muerte de Miguel. Todos, incluso Marisa, que no sabe nada. Ni siquiera tengo el valor de contárselo a ella, mi mujer. Pero ¿cómo le voy a contar que nos hemos quedado sin nada? Y a los chicos, ¿qué les digo? ¿qué tienen que dejar la universidad?, ¿cómo le digo a mi familia que estamos totalmente arruinados?

Un sol anémico disipa poco a poco la niebla y apaga las tísicas farolas. Para espantar tantas amarguras me fijo en las calles. Están descuidadas, casi desiertas, barnizadas con la pátina que da la decadencia, la desidia. Al pasar junto a los parques los veo polvorientos, la hierba agostada, con las flores raídas y los árboles miserables. Apenas se ven media docena de transeúntes salpicados aquí y allá, caminando extenuados, arrastrando sus  propias sombras. Todos caminan en la misma dirección que lleva el bus. Parecen los restos de una diáspora forzosa. ¿Qué está pasando? ¿Dónde está la gente? ¿Qué fue de la ciudad alborotada y bulliciosa? ¿Será la desipramina que estoy tomando o es que estoy tan abatido que todo a mi alrededor se ha teñido de desesperanza? 

Al menos Miguel se ha evitado esta desesperación. Miguel, apenas hace una semana éramos  los más envidiados del gremio. Ambiciosos, ganadores, brillantes. Nuestro despacho era el referente de las finanzas en la ciudad. Pero el próximo lunes se enterará todo el mundo de la calamidad. Y muchos clientes se encontrarán que están en la ruina como Miguel, como yo. Mil veces maldigo el día que nos dejamos llevar por aquel CFD. Aquellas acciones asiáticas  eran pan comido, pero no eran suficiente los fondos de Miguel y los míos, necesitábamos al menos el triple para firmar el CFD. Aquello iba a ser un inmenso pelotazo. En el maldito contrato metimos todo nuestro dinero y el de muchos de nuestros clientes que no tenían porqué enterarse del manejo. Sólo tenían que prestarnos sus fondos por unas horas. Pero quién iba a prever el puto terremoto de Pingtung… El lunes. Todo se sabrá le próximo lunes. Te envidio Miguel. Si tuviera la mitad de tu arrojo ya me habría tragado todo el tubo de desipramina.

Enfrascado en mis espesos pensamientos ni siquiera sé por dónde vamos. Desconozco esta parte de la ciudad. Tiene un aire remoto a la avenida de las Américas pero está polvorienta y descuidada. Aunque el bus está medio lleno sólo se oye el ruido del motor y de vez en cuando como algún suspiro. Se detiene en alguna parada de tantas. Sube alguien. Ahora caigo en la cuenta, en todas las paradas que hemos hecho no se ha bajado nadie. Parece que sube un ciclista. Tiene el colorido traje rasgado. Por debajo del casco y hasta el cuello tiene restos de sangre reseca. Al pasar a mi lado tropieza con mi brazo y algo se me cae de la mano y sale rodando por el pasillo hacia el conductor. El ciclista me mira impasible durante unos instantes y sigue caminando en busca de asiento. Ni siquiera me acordaba que llevaba algo en la mano, sería el reloj o el llavero… pero ¿qué más da? 

El rugido del motor me despeja. ¿A dónde irá este bus?, estamos fuera de la ciudad. El sol está bastante alto y desconozco estos yermos por los que vamos. Por unos momentos he fantaseado que me voy de la ciudad, que abandono todo y que mis problemas se quedan anclados en los edificios que dejamos atrás, pero los quejidos del motor al hacer un esfuerzo extra para subir este repecho pronunciado me han traído a la cruel realidad. Vuelve la congoja a mi pecho. En el pasillo, trabado en la pata de un asiento cuatro o cinco filas por delante del mío, veo en precario equilibrio lo que se me había caído de la mano cuando me rozó el ciclista. Me asalta una punzante sospecha. Me lo quedo mirando hasta que no puede resistir la atracción de la pendiente y comienza a rodar lo que al instante se me antoja el cadáver de una avispa enorme hasta chocar contra mi pie izquierdo. Me agacho a recogerlo. Se desvanece el avispón pero queda en mi mano un cilindro amarillo intenso con grandes letras negras que lo circundan en las que se lee desipramina. No hace falta abrirlo, ¡ya sé que está vacío!

[El Amanuense]



13 de abril de 2017

Genarín







¿Genarín?

Todo comenzó un domingo de enero, sobre las nueve de la mañana, en el Rastro de León. Bajo los rigores invernales, los curiosos transitaban encogidos mientras los vendedores aporreaban el suelo con los pies para espantar el frío y de paso quitase de encima la escarcha helada. Como casi todos los domingos, J., catedrático de Historia, se dirigía al Casino a su cita con el tenis, y  como siempre, tuvo que sortear, con visible desagrado, varios puestos de venta de los que se sitúan justo a la entrada del recinto. Todas las gentes del rastro eran transparentes, invisibles para él, excepto aquellos mercachifles que se empeñaban en ponerse a las mismas puertas del Casino pregonando sus despreciables mercancías.

Pero lo de aquel domingo ya era demasiado. Tubo que pasar sobre una bicicleta sin ruedas, y al sortear una descascarillada taza de váter casi perdió el equilibrio y fue a tropezar contra una pila de libros que quedaron desparramados por el suelo helado. Esto sacó de la hibernación a la mujeruca que estaba al frente del paupérrimo negocio, quien con desparpajo le pidió a J. que al menos le comprara un libro para compensar el descalabro que había producido. Sin disimular su enojo se disponía J. a replicar cuando se fijó en el libro que tenía aquella mujeruca en la mano. Se trataba de El entierro de Genarín. Desde que había llegado a León procedente de un instituto de Huelva, hacía varios años de esto, todas las Semanas Santas había oído hablar del pellejero Genarín y su liturgia apócrifa. Algo sabía sobre aquel pillo, amante en extremo de las libaciones de orujo. El empedernido borrachín, murió atropellado por el primer camión de la basura del Ayuntamiento de León, al parecer mientras aliviaba las tripas, la madrugada de un Viernes Santo de poco antes de la República. Para recordar aquel hecho los amigos y demás cofrades tabernarios se reunían y en grotesca procesión recorrían, bebiendo orujo de lo lindo, las callejuelas por donde habitualmente transitaba el pellejero hasta llegar al punto exacto de la calle de los Cubos donde falleciera. Allí se le tributaba sentido homenaje, dejándole una botella de buen orujo, una naranja y un trozo de queso. Esa procesión paralela ha llegado hasta nuestros días con algún que otro período de prohibición.

Inesperadamente, allí se le presentaba la oportunidad de saber algo más acerca del príncipe de los heterodoxos cazurros. La mujeruca, maestra de la venta callejera, leyó al momento el interés en la cara de J., y haciéndole notar que para ella era un gran sacrificio, le ofreció el libro por cinco euros para ver si le podía sacar tres. El catedrático viendo que el libro estaba impecable, con desapego,  le ofreció uno. La vendedora, haciéndose la ofendida y nombrando a toda la prole que tenía que alimentar se lo rebajó a tres, pero J., inmutable, sacó una moneda y poniéndosela delante le espetó que un euro o nada. La mujer no daba el brazo a torcer cuando otro miembro de aquella subespecie de gentes del rastro surgió de la nada comiendo un trozo de lo que parecía bacalao seco con pan de hogaza. De edad indeterminada, pequeñajo y enjuto, malencarado y con una colilla amarillenta pegada a los labios que parecía una prolongación de su ser, vestía pantalón y chaleco que en su día serían de pana, un abrigo de pieles de origen indescifrable, calaba boina capada y  raída.  Supersticioso, con voz cazallosa  dijo a la mujer que no se podía rechazar la primera oferta del día, que eso traía mala suerte para el negocio, así que le dio a J. el libro a cambio de la moneda. Mordido por el frío, enfiló J. hacia la puerta del Casino oyendo mascullar entre dientes a la mujeruca algo sobre su tacañería. Él no se lo dijo pero pensó para sus adentros que bien pagado estaba el libro con el euro que le había soltado más la parte de sus impuestos que daban para mantener a aquellos desarrapados.

El partido de tenis lo dejó seco. Para entonarse un poco J. tomó dos vermús, en el bar, los de siempre, pero curiosamente sintió lo mismo que si bebiera dos vasos de agua, es decir, nada. Salió del Casino pensando en poner una queja en dirección. Con tanto recorte habían metido mano también en la bebida. ¡Vaya porquería de vermú! Al salir a la calle se topó con aquellos dos desastrados que le habían vendido el libro. El hombre le despidió con una turbia sonrisa perruna.

Después del almuerzo, apoltronado en su rincón de lectura y acompañado de una generosa copa de ron caribeño, como era costumbre para sus lecturas ligeras, cogió El entierro de Genarín, y comenzó a leerlo. Mediado el segundo capítulo, la copa estaba vacía. J. cayó en la cuenta que se había tomado tres buenos lingotazos, pero el puntín ese que da el ron no había aparecido, era como si no hubiera tomado nada. Lo atribuyó a la copiosa comida que se había embuchado poco antes. Al momento sintió sed. Se levantó de la poltrona, se dirigió a la cocina y cogió agua del grifo. Al contacto del agua con los labios sintió tales arcadas que a punto estuvieron de vaciarle las tripas. Extrañado por la reacción volvió a intentar tomar agua, pero esta vez las náuseas provocaron la salida incontrolada de toda la comilona que quedó desparramada por la cocina. Perplejo, J. hizo un rápido reconocimiento mental sobre su cuerpo buscando la causa de aquel insólito suceso.  Se palpó la frente buscando síntomas de fiebre, pero no la encontró más caliente de lo habitual, y al no sentir ni dolores ni mareos pensó que algo habría comido en mal estado. Curiosamente, y contra lo que él preveía, el estómago se le asentó en el momento y no volvió a darle problemas. Sólo cuando pensaba en el agua se le revolvían las tripas, y aunque seguía teniendo sed prefirió no beber nada para no provocar los vómitos. Volvió a retomar la lectura del libro pero la sed aumentaba a medida que pasaba las páginas, e inevitablemente asociada a la sed se encontraba el agua, lo que le provocaba tal repugnancia que de tener algo en el buche al punto lo hubiera arrojado. Turbado, decidió salir a dar un paseo esperando así entonar el cuerpo.

Sin embargo la sed no le daba cuartel. Sentía los labios ajados y la boca pastosa, pero imaginar agua o cualquier otro refresco le torturaba las vísceras. Aún así entró en un bar y algo le reconfortó ver la hilera de botellas de licor detrás del mostrador. Ansioso pidió una copa de  whisky (sin hielo por favor) que desapareció en dos tragos. Para la segundo copa sólo necesitó un trago. J. se extrañó de que el alcohol engullido no le produjera más efecto que calmarle la sed, que no era poco. Recordando que ni los vermús matinales ni el ron en su casa le habían producido el mínimo efecto se fue a su casa un tanto atribulado.

Llegó a su casa rumiando las posibles causas de los síntomas tan extraordinarios que padecía, pero no encontraba ninguna explicación convincente. No cenó. Se acostó temprano pensando en el extraño día que había tenido y al poco se durmió  con la esperanza de levantarse totalmente restablecido. Pero la jornada no había acabado todavía para J. Fue como si todo el alcohol que había ingerido, sin efecto alguno aquel día, se estuviera destilando en su cabeza mientras dormía. Espantosas pesadillas se adueñaron del sueño, tan espesas y viscosas que le impedían despertarse. A la mañana siguiente despertó para comprobar que tenía una terrible sed y aún más, si cabe, aversión al agua. Tal que ni se pudo duchar. Calmó la sed a base de ron, y durante todo el día, sin probar bocado, se tragó dos botellas enteras sin producirle más efecto que calmarle momentáneamente la sed. Pero al llegar la noche, durante el sueño volvieron las espeluznantes pesadillas de las que vagamente recordaba algo al despertar.

Y así fue transcurriendo la semana, sin probar bocado y sin tomar una sola gota de agua, calmando la sed con cada día más cantidad de alcohol. Mayor angustia que la sed, que era mucha, le producían las febriles, pegajosas pesadillas, mil veces peor que el insomnio, de las que al despertar solo recordaba turbiamente un rostro que le miraba. Durante el día ese rostro le martilleaba la cabeza, pero cada mañana las telarañas que velaban aquella cara se iban haciendo más tenues hasta que llegó la madrugada del domingo, en la que al despertar J. reconoció claramente aquellas facciones: ¡eran las del canijo gañán  que le vendió el libro El entierro de Genarín!

Algo en su interior le arrastraba hacia aquel quincallero. Tenía que verlo. Se malvistió y cogiendo la última botella de ron que le quedaba se dirigió como un poseso hacia el Rastro. Allí se lo encontró, a las puertas del Casino, tal como lo había dejado el domingo anterior. Con la misma indumentaria, con la misma cara, comiendo lo mismo. Si J. no estuviera tan ansioso hubiera pensado que no parecía que hubiera pasado una semana sino unos instantes desde la primera vez que lo vio. Se acercó al buhonero canijo y éste en cuanto lo vio, sin decir palabra, extendió una mano. J.,vehemente, depositó un billete de veinte euros en aquella mano apergaminada. Mientras una mano recogía el billete, la otra hurtaba la botella de ron que sobresalía del abrigo del catedrático. J. volvió a ver en el rostro de aquel desgraciado la enigmática sonrisa perruna que le martirizara en los sueños y al momento sintió el alivio que presta la expiación de un negro pecado y comenzó a caminar a paso ligero paseo arriba con una urgencia creciente.

El lunes siguiente se podía leer en los diarios leoneses, en un pequeño apartado de las hojas finales, un extraño suceso que había tenido lugar el domingo anterior en la plaza de Guzmán. Al parecer, según relataron varios testigos a los policías locales que se personaron en el lugar de los hechos, un individuo que venía corriendo por Papalaguinda sorteando a los transeúntes que caminaban por el rastro, se lanzó sobre la fuente que hay al principio del paseo. Al ver que no salía agua del grifo, corriendo y con gran griterío se precipitó de cabeza a las heladas aguas de la plaza de Guzmán. Atónitos por el suceso, varias personas se acercaron para socorrer al sujeto. Lograron sacarlo del agua no sin gran esfuerzo pues ofrecía tenaz resistencia, pataleando y gritando que tenía sed. Curiosamente uno de los testigos, médico de profesión, manifestó que el sujeto mostraba claros síntomas de deshidratación.



[Cuento premiado en el Concurso Pilas Tudor, Villafranca del Bierzo, 2017]

[El Amanuense]