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23 de junio de 2015

La prueba de Gromo (Novela por entregas)




11


DE LA RESPUESTA QUE EL EDITOR GROMO DIO A LOS TRES ESCRITORES, CUYAS CRÍTICAS LOS SUMIERON EN EL MÁS ABOSOLUTO DE LOS DESCONCIERTOS. DESESPERACIÓN QUE LOS LLEVÓ A COMETER LO QUE SE REFERIRÁ EN EL ÚLTIMO CAPÍTULO.

Crítica gromoviana de La bestia tatuada de Abel Altarriba

Señor Altarriba. He leído su novela atraído por el título tan sugerente. Nada más comenzar se nota que escribe usted con rencor hacia los maestros, lo digo por ese menosprecio del gran Nabokov con el que arranca la historia, sólo por el mero hecho de querer superar lo inevitable, y la verdad es que resulta patético. Por otra parte da la impresión de que el protagonista, corporalmente insignificante, se escuda en el lenguaje, para realizar lo que no se atreve en la realidad de la ficción, ¿verdad, Altarriba, porque usted es Bárbaro Frisón, no?, un ser minúsculo que reclama el derecho a soñar. Y como todo el tinglado argumental no se sostiene, lo adereza usted con un sadomasoquismo de niño peliculero. Respecto a Mantis Devota, ¿no cree usted que a las mujeres así no se las puede impresionar con malabares de circo? Por qué no tiene el valor de hacer de Frisón un camionero fornido, curtido por los puticlubs en los que ha estado, que busca en estos sitios lo contrario que tiene en casa, a saber, una mujer de estatura irrisoria y servil, por cuya adoración no es capaz de gozar cochinamente de ella, y termina buscando sus antagonistas, sobre las que practica sus vicios más abyectos, hasta el extremo de… Si uestes es capaz de contar esa historia con lirismo, lejos de cualquier poética tabernaria, para contrarrestar la sordidez, su novela podría pertenecer algún día al parnaso de la colección La sonrisa vertical de Afrodita, entre tanto siga usted en la brecha, guiado por algunas imágenes aprovechables. Y déjese de énfasis grotescos y trascendentalismos, basta con asomarse al otro lado de la cara más aseada y pulcra del ser humano, si no todo resulta impostado y falso.

Crítica gromoviana de La perversión de los residuos de papel de Valentina Kristel.

Querida señora o señorita Valentina Kristel, ¿o debería llamarla Mayra Copas, quizás? No entiendo la manía por metamorfosearse en personaje, eso sólo lo hace quien carece de imaginación. Una de dos, o es usted una reprimida que no se atreve a hurgar directamente en los muladares orgánicos del alma, y por eso necesita echar mano del recurso de las revistas pornográficas como motor de la acción, o todo lo contrario, ha emergido desde la más inmunda letrina de la existencia hacia arriba, y tanto ha ascendido que ha olvidado el nombre y la realidad que quiere nombrar. Déjese de absurdas parafernalias de vertedero. Ponga a Mayra Copas frente al drama de la vida, no en un salón literario para principiantes empachados de autoestima. Imagine por ejemplo que Mayra es una lesbiana sometida sexualmente por un padrastro sin escrúpulos, de quien huye manteniendo relaciones con las amantes que encuentra, pero con las cuales no obtiene placer carnal alguno, porque contra su voluntad, para ella representan la esencia espiritual del amor. Una noche ciega y loca de botellón se lía con uno de los esquizofrénicos peligrosos que no ha vuelto al manicomio. Con él descubre que para obtener el placer  ha de superar la violencia infringida a su cuerpo por su padrastro, y eso sólo lo encontrará follando con los trastornados andrajosos de pollas supurantes y ulceradas de los hospitales psiquiátricos, que salen a pasear los domingos. Un conflicto así, narrado con un tono desgarrado y ambiguo, puede llegar a constituir una historia con la que lo más satánico del lector pueda identificarse. Enfréntese a esa ambigüedad que tanto la aflige desde el temblor de existir y no se esconda en invenciones infantiles. Y por favor, evita los títulos de traperos dominados por la literatura de residuo.

Al llegar a este punto, Juan Negro, antes de que Altarriba comenzara a leer la tercera crítica que Gromo había enviado a Valentina Kristel junto con las otras, se levantó indignado de la silla del café en el que escuchaba estupefacto tales injurias, le arrebató los papeles y los destrozó con saña. La indignación hizo que tras un silencio fuera Valentina quien mirando alternativamente a los otros dos compañeros, les propusiera darle un escarmiento al ejecutor de escritores noveles, el rijoso y concupiscente Gromo. Se iba a enterar, concluyeron, de lo que era una crítica destructiva y feroz.






[Los capítulos finales sólo aparecerán en la edición de papel de La prueba de Gromo]


11 de junio de 2015

La prueba de Gromo (Novela por entregas)





10


DE CÓMO LOS TRES ESCRITORES SE PUSIERON A ESCRIBIR SUS RESPECTIVAS NOVELAS PARA ENVIÁRSELAS A GROMO. Y SE TRANSCRIBE LA SINOPSIS DE LA PRIMERA DE ELLAS, LA BESTIA TATUADA DE ABEL ALTARRIBA.

Tras avistar a Gromo por parte de Juan Negro y ser testigos de su reacción a la lectura de algunos textos libidinosos, por parte de Abel Altarriba y Valentina Kristel, decidieron ponerse a escribir como posesos diabólicos, carnívoros, gromívoros podría decirse, pues el ánimo que los impulsaba era poder excretar en palabras todos los pensamientos del editor, para lo cual creían haberlos devorado durante su breve experiencia ante él. Estimaron que seis semanas serían suficiente para concluir una novela de no más de ciento ochenta páginas, durante las cuales no se verían ni una sola vez, ni tendrían relación alguna entre ellos. El día fijado traerían consigo un paquete con un ejemplar de cada una de sus obras y una sinopsis de la misma, como era costumbre proceder en estos casos. Se dirigirían a correos y las enviarían por separado a la editorial Gromo. Después sólo quedaba confiar en que él mismo las leyera, no la Gran Mama, la lectora del Gorigromo. Y les contestara lo antes posible.



SINOPSIS INCONCLUSA DE LA BESTIA TATUADA DE ABEL ALTARRIBA

Bárbaro Frisón se apostaba tras este pseudónimo para seducir a sus víctimas. No las elegía entre las nínfulas más tiernas que caían en sus redes, en sus mensajes ultraviolentos, tan rudos y descarnados que ellas pensaban que se trataba de alguien imaginativo, y por tanto una creación onírica. A él no le interesaban estas, porque despreciaba a las criaturas que no habían atesorado aún una conciencia del dolor a lo largo de su vida, y esto sólo es posible en quienes exhibían estocadas infames tanto en sus contestaciones como en su epidermis, y en regiones más interiores; por eso sólo seleccionaba para sus prácticas de desuelle amoroso, a mujeres justo en la edad a las que los tormentos sobre su cuerpo las despiertan del sopor de la decadencia, insensibilizadas por fragores de batallas pasadas. De entre todas las conversaciones que mantenía en el chat, tardaba mucho en elegir quiénes serían las escogidas. Para ello las sometía a virulentos cuestionarios sadomasoquistas, cuyos textos habían sido pergeñados por un maestro en palabras de ascenso y derrumbe, catástrofe y placeres al borde del exterminio. Conforme aumentaba el nivel de asfixia, iban quedando menos. ¡Tan vívida era la inmersión literaria, que los campos desolados de batalla provocaban virtualmente sobre sus cuerpos, aun en sus almas atravesadas por toda clase de armas! Cuando sólo quedaba media docena de ellas, tras varias noches de charlas sicalíptica, Bárbaro ya la tenía elegida, pero no se conformaba con hacérselo saber, seguía hasta derrotar al resto, haciéndoles ver que hay territorios vedados a quienes no poseen en sus entresijos cicatrices suficientes, para reconocer el verdadero arte amatorio.
Su nombre ficticio era Mantis Devota. Era tan grande en toda su extensión como la voracidad de sus ojos. Hombruna, de gestos inmisericordes y cortantes. Tanto las manos como los pies parecían haber sido diseñados por un maestro armero. Sus facciones denotaban una singular propensión a una melancolía agresiva y vehemente, incluso a una sinrazón sanguinolenta. Sólo los labios ponían algo de sensibilidad y armonía en todo aquel aspecto magro y ventrudo. Aquella noche era su primera cita con Bárbaro Frisón. Esperaba encontrarse, a juzgar por el exorbitante lenguaje patético  y experimentado en aflicciones y tormentos, con una criatura de factura mitológica. Por eso no reparó en él cuando lo vio sentado en un taburete de la barra, a pesar de llevar una bufanda malva anudada al cuello como señal. 
Bárbaro era recogido, enjuto, de límites escasos, cuerpecillo de estatua famélica, manos sarmentosas y piernas en paréntesis de bailarina, calvo hasta los cuatro pelos del cogote, cariestrecho de mentón escurrido, de no más de un metro cincuenta o cincuenta y cinco. Sólo los ojos saltones denotaban una fantasía desproporcionada y brutal. A pesar de su breve arquitectura, no se arredró cuando reconoció a Mantis, toda un coloso cuya sombra cabría temer; por el contrario, se apoyó sobre el reposapiés del taburete y se irguió para saludarla. La impresión del primer momento era crucial, si no quería que saliera huyendo como las primeras. Al ir a depositar el segundo beso en la otra mejilla, deslizó bajo la blusa que la cubría la hoja glacial de un cuchillo carnicero sin que ella lo advirtiera, la superficie plana tocó su piel, después giró la hoja hasta colocar el filo sobre los ijares. Ella sintió que la hoja pronto viraría hacia la punta, para comenzar a eviscerarla sin recato, elevó el cuello, entreabrió los ojos hacia la oscuridad de un placer sórdido, emitió un grito afásico, que más bien pareció un resuello agónico, y comenzó a evacuar del vientre un orín dorado y caliente, mezclado con otro blancuzco y espeso, que se le quedaba filtrado en las bragas y pegado a las piernas. La mirada de desprecio que Mantis le había dedicado a su Frisón a primera instancia, pronto se tornó en una de almíbares letales de amor, de puro amor por sucumbir a su amante desollador. En cambio Bárbaro quedó desilusionado, porque aquella mole mantecosa y terrible había sucumbido con demasiada facilidad sin oponer resistencia. La llevaría a casa, por no quedar como un hombre sin palabra, pero el despiece sería de oficio, nada de innovaciones, la víctima no lo merecía…



Juan Negro y Valentina Kristel adivinaron en aquellos dos personajes a Gromo y Abel Altarriba, aunque no le dejaran concluir su sinopsis, porque preferían leer el libro cuando lo editaran. Definitivamente, le dijeron, la historia era con mucho mejor que la mayoría de los de la colección. Lo animaron diciéndole que si el editor la leía, no podría sustraerse a verse reflejado en él y publicarlo, aunque sólo fuera por vanidad ególatra. Estos dos decidieron no leer sus sinopsis respectivas, se conformaron con exponer oralmente un par de consideraciones, quizás porque pensaron que Altarriba había puesto el listón muy alto o por lo contrario.

27 de mayo de 2015

La prueba de Gromo (Novela por entregas)




9


DE CÓMO VALENTINA KRISTEL DESCUBRIÓ LAS DEPRAVACIONES DE GROMO A TRAVÉS DE LAS PALABRAS DE TRES ESCRITORES. Y DE CÓMO EL PLACER QUE LAS PALABRAS LE SUSCITARON AL EDITOR, LE PROVOCÓ…

Valentina Kristel había sabido por una paciente de Ángel Ricardo, lectora de la colección La sonrisa horizontal de Afrodita, que Gromo asistiría aquella tarde a una mesa redonda sobre literatura erótica en la biblioteca de la Asociación Contra las Enfermedades Venéreas, donde todos los invitados leerían algunos textos, además de responder a las preguntas que el público asistente les hiciera. No pudo encontrar mejor ocasión para su propósito de escudriñar la cabeza del editor, y por si fuera poco tal asociación estaba a sólo cuatro manzanas de allí, en dirección a la parte más nueva de la ciudad. Iría con tiempo para situarse en primera fila, así no se perdería ningún detalle.
Una hora antes de comenzar el acto, se puso un sweater fino de lana, unos leggins estampados, unos zapatos de tacón alto y una cazadora de cuero negra. Se pintó los labios, se maquilló y se perfumó las muñecas y el escote. Puso su libreta de notas dentro del bolso y se dirigió hacia allí. Durante el trayecto fue pensando en dos preguntas certeras que le podría hacer, seguramente no tendría muchas más oportunidades, así que cuando le tocara su turno se las formularía una detrás de otra.
Preguntó en información dónde era la mesa redonda y le indicaron un salón de actos de no más de doscientas personas. Le dijeron que todavía no había nadie, aunque podía pasar si lo deseaba. Se sentó en la primera fila, más o menos en el centro. En el escenario había una mesa grande con un tablero y cuatro patas, de modo que tendría a la vista todo el cuerpo de Gromo para no perder detalle alguno. Estuvo garabateando palabras en su agenda hasta que comenzaron a llegar los asistentes. Había en todos ellos una mirada intensa, huidiza, como si recelasen unos de otros o no desearan ser vistos. Al fin llegaron los participantes, eran cuatro, tres hombres y una mujer. Gromo no era el más corpulento, aunque parecía mucho más voluminoso que en las fotos. Vestía una americana marrón, que colgó en el respaldo de la silla, un polo azul celeste churretoso con manchas costrosas de origen incierto y unos amplios pantalones de tergal de color crema. Al sentarse se dio cuenta de que seguramente no llevaba calzoncillos, porque el badajo le campaneaba en la entrepierna con soltura cuando se movía de un lado y otro para susurrarle algo a sus acompañantes. Una de las patillas de las gafas llevaba pegado un esparadrapo de color carne y el pelo rezumaba aceite si no virgen, por lo menos lampante. 

Después de que uno de los bibliotecarios los presentara, dio paso a Mariano Cortés, un hombrecillo de semblante mezquino y ojos de grillo, autor de un libro de cuentos sadomasoquistas titulado Coños asesinos: «Gala se acuclilló para verle de cerca el glande agujereado por la sífilis. Tal visión le inspiró tal ternura que no se lo pensó dos veces, abrió su boca desdentada y se lo introdujo hasta el fondo. No dejó de lenguetearlo hasta que estuvo bien erecto, y pudo abrirse paso entre las bubas de su vagina…»
Gromo comenzó a zurear como un palomo en celo, estiraba y encogía el cuello, movía los codos hacia fuera y aflautaba sus labios varias veces por segundo, se diría que no pensaba en otra cosa que en sentir en sus propias carnes aquel placer por la descomposición, la degradación más nauseabunda. Quizás recordara algún episodio de su vida íntima y por eso parecía sentirse inmensamente complacido.

El segundo era Gerardo Pera, de hechuras raquíticas, piel cetrina y aspecto enfermizo, autor de una novela corta de ciencia ficción titulada Manzanas de silicona: «Después de practicarle tres orificios más de los que tenía, por donde le metió sus tres pollas implantadas, la muñeca androide comenzó a desinflarse, a perder todos los fluidos hasta que no quedó más que uno amasijo mezclado con semen verde…»
Gromo bizqueaba, parpadeaba, tragaba saliva elevando la nuez como si se hubiera atragantado. Esta vez era un chillido como el de una rata herida lo que salió de sus orificios nasales. Masticaba las manzanas de silicona como un poseso, a la vez que aleteaba con las piernas en un intento por refrescar su ardor oculto seguramente en alguno de sus múltiples esfínteres, que delatarían su perverso gusto por el artificio. 

Llegó el turno de Pompeya Gracia, un monte de mujer encaramada sobre unos muslos poderosos y unas pantorrillas torcidas, con unas tetas capaces de eclipsar al amante más bragado, y una cabeza gromoiesca digna de un escultor ciclópeo, era autora de un diario erótico titulado Mis amantes perecederos: «Habíamos estado cenando sin parar durante tres horas, tras las cuales llegamos a mi apartamento. Encendí la lámpara del dormitorio, pero como la intensidad de la luz resultó poco romántica, manipulé el reostato que había instalado al efecto y dejé todo en penumbra. Le quité los calzoncillos de pata larga de varios tirones, le rasgué la camisa como había visto en una película, cada vez con más violencia, según me pedían mis enfurecidos jugos gástricos. Media hora más tarde no sabíamos si era el sebo de uno o de otro lo que mordíamos con fruición. Apagué totalmente la lámpara de noche por ver si los instintos de primate obraban la cópula, pero él lanzó un quejido de orangután impotente, se levantó y se marchó, debido a una indisposición estomacal…» ¿Verdad, mi querido Gromo?
Antes de que pronunciara esto último. Gromo había comenzado a sudar profusamente, a dejar escapar una babilla blanca por la comisura de sus labios, que empezó a manifestarse en pequeñas pompas con la respiración agitada y sibilante. Temí que empezara a escupir de un momento a otro. Las piernas las había juntado y hacía fuerza para mantenerlas unidas, a pesar de lo cual un tercer pedúnculo se hacía paso entre ambas, bajo unos lamparones húmedos, frutos de la exudación quién sabe si seminal. Las manos y las mandíbulas le temblaban. Todo indicaba que de un momento a otro iba producirse una explosión orgásmica. El pecho le subía y bajaba en estertores asmáticos. Tras la frase final, exhaló un sonido gutural, grave, de ahogo amoroso, se levantó, miró a Pompeya con toda la lubricidad de la venganza, se disculpó por encontrarse mal y se marchó tapándose la bragueta con la americana.

A Valentina Kristel no le importó no haber podido escuchar de sus labios el colofón a tanta belleza. Minutos después de marcharse Gromo, se levantó y se marchó, no le importó perderse el coloquio. Con aquello era más que suficiente para coger el tono de su historia y conseguir que reaccionara del mismo modo que había observado. Sí, la degeneración, lo artificial y lo deforme eran el camino. ¿Acaso no era ella igual?, pensó.

21 de mayo de 2015

La prueba de Gromo (Novela por entregas)






8

DE CÓMO JUAN NEGRO PERSIGUE A GROMO A LA SALIDA DE LA EDITORIAL POR LAS CALLES Y ENCUENTRA EN SU DEAMBULAR POR LA CIUDAD SEÑALES DE SU DEPRAVACIÓN.

Se metió entre dos contenedores a esperar escondido a que Gromo saliera de la editorial. Estaba convencido de que podría reconocerlo aunque eran muy escasas las imágenes que había visto de él. Confiaba, sobre todo, en que no se le escaparía por su aspecto de ogro. Había percibido que el enfado era consustancial a su personalidad como si esa persecución del placer sexual a través de los libros fuera una cosa muy seria, una cosa en la que se jugaba la vida. En aquel rato interminable que pasó respirando el olor putrefacto de todas las basuras del vecindario pudo reconocer los de pescados en descomposición que le hacían pensar en los fluidos sexuales de todos los episodios de pornografía que yacían en el almacén de la editorial Gromo y, también, en los de su lamentable trabajo en el peep show, pudriéndose como todas las cosas del mundo que, por muy deseables que fueran en un momento dado, se precipitaban a la descomposición general. 
Veía pasar a muchachas en flor y fue comparando su inapetencia sexual a la tan agigantada que le suponía a Gromo y, por un instante, vio que el sexo no le interesaba en absoluto y se vio absurdo y desdichado al darse cuenta de que su objetivo de ser literato y publicar en la afamada editorial Gromo no respondía sino a un extraviado sueño adolescente del que apenas se acordaba. Un sueño que había surgido de unas expectativas desproporcionados sobre la vida que pronto se habían topado con la tristeza del mundo real y a las que se aferraba por inercia malgastando todas las energías de su juventud.
En eso salió el editor efectivamente malhumorado, con el ceño fruncido hasta que los pelos canosos de ambas cejas se juntaban y con unos pantalones anchos de tergal gris en cuya bragueta se podían apreciar perfectamente varios lamparones circulares ya secos. Se detuvo un segundo frente al portal e inspiró el aire de la tarde. Aunque hacía calor se abrochó los botones de una gruesa chaqueta de lana jaspeada hasta el cuello. Juan Negro salió de entre los contenedores de basura y el olor aquel putrefacto de los pescados se fue con él y le acompañó por algunas calles narcotizándolo y haciendo que los viandantes arrugaran el morro a su paso. Gromo iba sin rumbo fijo, paseando como un mirón absolutamente miope. Cada poco se paraba en seco se quitaba las gafas y limpiaba los gruesos vidrios con el faldón de la chaqueta de lana. El caso es que las lupas estaban totalmente rayadas y parecía un merluzo  cegato. Con ese aspecto de invidente parcial se permitía ir toqueteando a todas las mujeres que caminaban a su lado. Incluso intentaba establecer conversaciones con algunas haciéndose el despistado y preguntándoles por calles que conocía perfectamente y acercaba su labios flojones de morcilla a hablar con ellas pretextando no ver bien a las personas a la distancia normal. A veces Juan Negro se acercaba demasiado disimulando para intentar oír lo que hablaba y lo único que consiguió fue escuchar las ventosidades que se tiraba aprovechando que pasara una moto, un automóvil o simplemente tosiendo, cuando eran sonoras, y en pleno silencio y a traición cuando apenas hacían ruido pero eran olorosas.
Finalmente le vio cómo se acercó a una frutería muy llena y cómo acercaba a veces su mano abierta sobre el culo de las compradoras y a veces cómo arrimaba el cimbrel con un gesto senil y reumático.

15 de mayo de 2015

La prueba de Gromo (Novela por entregas)





7


ASÍ FUE COMO ABEL ALTARRIBA FRACASÓ EN SUS PESQUISAS PARA DAR CON GROMO, A QUIEN TERMINÓ ENCONTRANDO GRACIAS AL TESTIMONIO DE AMANDO ESTEFANÍA, EL DIRECTOR DE LA REVISTA DONDE TRABAJABA. 

Como no resultó demasiado fiable la información que la Gran MaMa les dio para encontrar a Gromo, Abel Altarriba decidió investigar por su cuenta. Escudriñó durante dos noches en Internet algún rastro sobre los itinerarios libidinosos del editor. Navegó por decenas de portales de literatura erótica, pero siempre terminaba en páginas pornográficas profesionales, de cancaneo o sadomasoquistas, nada que ver con lo que buscaba, andaba en pos de Fermín Gromo, de una oportunidad que le proporcionara su observación directa en algún acto relacionado con el placer que las palabras venéreas le producían, lo mismo que las suyas, cuando escribía para los viejos rijosos que compraban la publicación de la cual era redactor. 
El fracaso de las dos primeras noches de pesquisas frente al ordenador le produjeron un insomnio obsesivo, cuyas consecuencias se dejaban notar cuando acudía por la mañana a la redacción de PlayEros. Estaba irascible, hermético, ausente. No era consciente de lo que escribía, ni lo releía después de redactarlo, como era su costumbre, contra la opinión de su jefe, para quien las palabras debían fluir directamente desde el sexo al teclado, ahorrándose le penuria del intelecto, y por supuesto debían circundar cualquier filtro neuronal estético; aunque él siempre colocaba de manera sutil algún adjetivo o verbo que desmintiera tales consejos de primate.
Al quinto día, por la tarde, Amando escuchó desde su despacho un ritmo repetitivo tras el monitor de Abel, parecía la melodía tocada por un niño al piano. Se levantó y se acercó a un fichero cercano para disimular. Estaba escribiendo una consulta para el Dr. Spasmósevic, pero el texto consistía en repetir el nombre de “Fermín Gromo” con una cadencia monomaníaca, como Jack Nicholson en El resplandor. 
⎯¡¿Fermín Gromo?! ⎯Gritó con disgusto.
⎯Eh... bueno… yo… ⎯titubeó Abel despertando de su enajenación.
⎯¿Conoces a Fermín Gromo? ⎯Le espetó contrariado y ofendido con una voz sarcástica.
⎯No, no lo conozco, pero necesito dar con él, es muy importante ⎯le contestó levantándose y enfrentándose a él con una mirada desafiante, más que desafiante, con la mirada presta a un ataque inminente.
⎯Conocí a Gromo cuando ambos teníamos veinticuatro años ⎯comenzó a decir en un tono más cordial, ante la agresividad mostrada por el otro⎯, todavía no había montado la editorial. Solía esconderse en un barucho sórdido a babear ante las páginas de revistas como PlayEros, que compraba en los kioscos cuando estaban a punto de cerrar, y ocultaba entre las páginas de un periódico. Aquel antro es hoy el distinguido Café Majestic, donde, según tengo entendido, cita a los escritores de esa repugnante colección erótica suya, para mostrarles los aciertos y las correcciones de su puño y letra. Y por si fuera poco, te puedo decir en la mesa que se sienta siempre, la misma de aquellos años, la que está al fondo, frente al hedor de los lavabos, parece ser que el efluvio residual de los coños y las pollas lo excita, me comentó uno de sus escritorzuelos eróticos, cuya obra destrozó aligerándola de testosterona y sudores de choto.
Aquella noche Abel Altarriba tuvo pesadillas. Contempló vitrinas de nogal, donde se almacenaban frascos que contenían penes erectos de varios tamaños y distintas curvaturas y grosores, clítoris y vulvas como alas de mariposa, como pétalos de orquídeas exóticas, los había rosados y pardos, y esfínteres anales, unos estrechos y otros bien dilatados, nadando en una solución ambarina, en cuya base cada uno tenía un papel pegado con el nombre de un escritor o escritora de la colección, Felicia Blanquerna, Ignacio Manganeses, John Joel Iniestroza, Regina Bromelia, Philip Canterbury…; otros le eran desconocidos, quizás por inéditos, Camilo Basanta, Bernardo Zórrister, Lucila dos Santos, Jorge Pertusato…, que correspondían a los atributos de mayor tamaño y de mejor color. Se despertó cuando vio en un frasco minúsculo y vacío una etiqueta con su nombre escrito, aunque antes de regresar del sueño, dudó si quedarse en el gozo de pertenecer al animalario de Gromo o en el dolor de la castración.
Lo primero que hizo por la mañana fue llamar a Amando, para comunicarle que no iría a trabajar ese día porque no se sentía bien, no concretó nada más, sabía que Amando no lo creería. Consultó en Internet qué autobús le dejaría más cerca del Café Majestic y se dirigió hacia allí. Aunque la hora más apropiada para las citas era por la tarde, se presentó a la hora del primer vermouth, tomó asiento en una mesa próxima a la de Gromo, pidió un Martini blanco y sacó de su bolso de mano Amantes carnívoras de Regina Bromelia, que había forrado para no llamar la atención. Ahí se quedó sentado, leyendo, tomando después cerveza y calamares fritos, café y licores, hasta que a media tarde apareció primero Gromo y casi al instante un escritor llamado Jorge Pertusato, uno de estatura colosal y blanda, el otro minúscula y compacta. Tras un breve saludo entre ellos, Gromo desplegó el mecanoscrito de Pertusato titulado Pulpa de cerezas enanas, y comenzó lo que tanto ansiaba Altarriba, la lectura del editor y sus efectos visibles sobre él:
«Al sentir el aliento de su boca poco más arriba de su culo, ella se apoyó en la estantería y lanzó un suspiro enfermizo…». Gromo metió una mano debajo de la mesa, apretó las mandíbulas y gargajeó un “bien, bien” de castrato impotente, a medio salir de su garganta.
«Cuando contempló aquel cuerpo diminuto, se preguntó de dónde había salido aquel descomunal pene tan levantisco…». No, no, no, dijo carraspeando con un ronroneo de gato flemático, esto hay que cambiarlo por algo más poético, como «Su cuerpo diminuto semejaba un barquito desnudo a la deriva, a merced de un mástil desproporcionado..», leyó en sus notas, a medida que iba adoptando de nuevo voz humana.
«Tanta era la excitación de ella, que su imaginación sustituyó los miembros exiguos de su cuerpo y su gran cabeza por su prepucio gigantesco, de donde le salían los brazos y las piernas, y una bocaza sonriente, de la cual manarían toneladas de calostros seminales…», bramó con sonidos poco más que inarticulados, como un venado lascivo en celo.
Abel Altarriba no necesitaba saber más. Jorge Pertusato y Gromo tenían la misma naturaleza que él. Una exacerbada sensibilidad nacida de una personalidad insólita, quizás de un error de la naturaleza. Ahora podría comenzar su novela. Se levantó en silencio y se alejó dispuesto a pasar toda la noche escribiendo.

9 de abril de 2015

La prueba de Gromo (Novela por entregas)







6


DONDE VALENTINA KRISTEL ALERTA A ABEL ALTARRIBA DE LAS DECLARACIONES DE GROMO SOBRE ALGUNOS CUENTOS DE LA ANTOLOGÍA SEIS O SIETE CUENTOS LIBIDINOSOS DE LA EDITORIAL MANUAL DE ULTRAMARINOS.

WHATSAPPS ENTRE VALENTINA KRISTEL Y ABEL ALTARRIBA

.-(Valentina Kristel). Hola, Alta. Por favor contesta. Es importante lo que tengo que decirte.

.-(Abel Altarriba). ¡Hombre ValKa! Me alegro de saber de ti.

.-¿Has leído las declaraciones de Gromo sobre algunos cuentos de la antología de Manual de ultramarinos?

.-Pues… la verdad es que Negro y yo estuvimos analizando por whatsapp la fotografía del Gorigromo en esa publicación, pero nos quedamos en la imagen. Ahora precisamente me disponía a leer la larga entrevista.

.-Si no quieres leerla entera, te he enviado por mail las declaraciones de las que te hablo. Léelas y las comentamos dentro de unos minutos ¿OK?

.-OK


«El relato de W. B. es un bodrio digno de un chaval de bachillerato de colegio de frailes dominicos. Y si nos ponemos estupendos, está redactado a oscuras con la única luz de la bombilla led del portero automático, fundida, además, en el último párrafo. Sólo falta que se case con la profesora francés y tenga cuatro churumbeles más bonitos que un San Luis. A mí, desde luego, me pone más una ameba con lencería fina que esta historia. No se ha atrevido a hundir el cuchillo del lenguaje en los fantasmas más sórdidos de los personajes. Además, esa prosa parapléjica tiene menos ritmo que una banda de sordos, es como si lo hubiera escrito a ritmo de atragantamiento.»

«El de Z. R. es sintácticamente pulcro y pulido en cuanto a estilo. Las dos primeras oraciones coordinadas prometen algo cuyas expectativas no se cumplen después. No se puede confundir un microrrelato con un chiste de humor blanco, blanco familiar. A mí personalmente me gustan los que inquietan, los que inventan un nuevo ángulo desde el que cortar el pan, tomarse un aperitivo, echar un polvo, o rajarle el culo a un entrenador de boxeo. Los de este tipo tan aseaditos y bien peinados me saben como la gelatina sin sabores, apenas una molécula efervescente en la memoria. En cambio, el de J. M. L.- A. con aquel impúber entre las garras lúbricas de la pastelera, el de B. M. con aquella envenenadora silente y lasciva, o el de A. T. con aquel eje del tiovivo engrasado con fluidos seminales, subiendo, bajando y girando, son tan pornográficos, impúdicos y obscenos como un buey abierto en canal, como lo es nuestra realidad cuando cerramos la puerta a los ojos de los demás. Los odies o los ames, te ofendan o te describan, no te dejan indiferentes.» 


.-Joder, ValKa. Menudo cabrón.

.-Sí, un cabrón cornúpeto con testículos de acíbar en la lengua.

.-Es imprescindible que nos pongamos de acuerdo para averiguar lo que le pone a este hijoputa, y no caer en su particular máquina de picar escritores bisoños.

.-Pues la única manera es someterlo a una investigación para que podamos superar su prueba, la prueba de Gromo.

.-De momento, no estaría mal ir leyendo los tres cuentos de esa antología que le han puesto cachondo. Aunque según tengo entendido, es muy difícil de conseguir, porque el editor, un tal Malavida, es un tipo raro que escatima ejemplares no sólo a los autores, sino hasta a las propias librerías, incluso los oculta, no sé si para que nadie los lea o para qué. De todos modos el primero que se haga con un ejemplar, que lo pase a los demás.

.-De acuerdo. Seguimos en contacto para contarnos lo que cada uno vaya experimentando con GGGromo.

27 de marzo de 2015

La prueba de Gromo (Novela por entregas)






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DE CÓMO LA GRAN MAMA, CREYENDO ATIZAR LA DESTRUCCIÓN ENTRE LOS ESCRITORES GROMIANOS, PROVOCÓ UN INTERCAMBIO DE WHATSAPPS ENTRE ELLOS.

Tras unas horas desde que la Gran Elefanta se deshiciera de NegrO, Valk y Altarriba en la editorial, la inquina contra aquellos escritores principiantes no se había amortiguado, porque sospechó en sus ojos la ambición de llegar a la misma cabeza de Gromo de un modo directo, sin su intermediación. Quién sabe si su arrojo pubescente lograría lo que ella no había logrado jamás, llegar no al cerebro, sino a su sexo, polla, anchoa, badajo, gallo, ciruelo, nabo, sardina, poronga, zanahoria, rabo, cipote, haba, cimbel, pepino, picha, estaca, canario…, donde anidaba seguramente la respuesta a cada una de las publicaciones agraciadas. No podía permitir que nadie descubriera la piedra filosofal que reside en la entrepierna del Gran Gorila Gromo, su querido e íntimo Gorigromo, cuyo secreto tantos placeres solitarios y malgastados le costó averiguar, «Para que venga ahora este trío de gametos raquíticos y…». Decidió enviarle a cada uno un whatsapp con los teléfonos de los tres, en el que les concretaba de manera individual el lugar donde podrían hallar a Gromo, así cuando coincidieran allí se darían cuenta de que se habían convertido en enemigos unos de otros, habida cuenta que, como esperaba, ninguno le habría pasado la información a los demás, eso destruiría la única posibilidad que tendrían de alcanzar el objetivo, puesto que cada uno por sí mismo no lo conseguiría jamás. Con esta intención tan aviesa como tortuosa, le dio al botón de enviar una y otra vez hasta completar los envíos, después deslizó sus manos gordezuelas por debajo de la mesa de su despacho, donde tanteó, entre cuadernos pegajosos, hasta dar con una caja de bombones de fresa que le había regalado el último autor publicado, una semana antes de recomendarle su obra a Gromo, cuando la tradición mandaba que se cumpliera el ritual obligatorio de clasificar a golpe de lametón las fresas del huerto, si era escritor, y los crustáceos de la batea, si era escritora, sin cuyo nihil obstat el libro no llegaría ni a la colección incógnita del Gran Gorigromo. Agarró los bombones, y lejos de paladearlos, los mordió con furia, como si fueran de pura carne maldita de escritor maldito, de maldito escritor.

DE JUAN NEGRO A VALENTINA KRISTEL

.-(Juan Negro). Quién hay ahí?

.-(Valentina Kristel). Quien no te imaginas, Negro. 
Me alegro de que alguien se haya atrevido a enviar el primer Whatsapp.
De la entrevista con la gran MaMa salimos un poco jodidos y te lo quería comentar, a ver qué piensas sobre el asunto.
Si te acuerdas habló de efectividad literaria y de que ella era la cabeza de Gromo, o algo así.

.-La muy puta quiere hacernos creer que quien dirige la editorial es ella.

.-Pues dirá lo que quiera, pero Gromo no puede tener tantas excrecencias grasientas dentro de su cabeza, o por lo menos no me lo imagino así.
De todos modos a la pajillera comepollas se le han escapado cosas que nos pueden iluminar.

.-No te equivoques, el gran pervertido es él. Hay que investigarlo y seguirlo hasta descubrir lo que le puede gustar. Yo lo he visto y parece un gorila narcotizado, con grandes jerséis de lana y pantalones de tergal hasta el sobaco, seguro que usa hasta tirantes, tiene ojos de res propiciatoria tras espesos cristales de gafas pleistocénicas rayadas y empañadas. Parece una persona perfectamente normal, pero dentro habita un degenerado, aunque no en apariencia. Te lo digo yo, que estoy harto de ver a sujetos como este en el peep show donde trabajo.

.- No veo a Gromo chorreando lefa ante un libro de la colección, como la Elefanta leyéndolos con dos dedazos hurgando en su vulva de mamífera cornuda.

.-Pues yo sí. Tenemos que penetrar en su mente de lunático y así accederemos al grial sicalíptico. Si la Elefanta decidiese lo que se publica, Gromo no la tendría en aquel cuartucho infame.

.-Lo cierto es que si queremos puentear a la bestia lúbrica que reina en el cubil seroso e inmundo de la editorial, y triunfar sobre ella, tenemos que pensar en la efectividad literaria de nuestras invenciones. No nos podemos fiar de ella.

.-De acuerdo, seguimos en contacto.


DE ABEL ALTARRIBA A JUAN NEGRO

.-(Juan Negro). Hola, Alta. Acabo de guasapear con ValK sobre nuestra entrevista con la Gran MaMa.

.-(Abel Altarriba). Yo también pensaba hacerlo con cualquiera de vosotros. Por cierto, en la revista de literatura Papeles mojados estoy viendo una foto de Gromo en la comida que ofrece la Asociación de Editores Independientes. 

.-Espera que la miro en su web. Ahora sí. Está leyendo la antología de relatos eróticos Seis o siete cuentos libidinosos de la editorial Manual de Ultramarinos, cuya portada es una imagen de Anita Ekberg completamente desnuda. Es increíble la pinta que tiene el tío.

.- Tiene el ceño ligeramente fruncido el golosón. Y la boca ligeramente entreabierta de vicio.

.- Con los gruesos dedos sobre los senos de Anita.

.- Joder, pero si esto es mucho más profundo. Intuyo que hasta le duele el placer, al menos en público. Los codos apoyados en posición de combate. Todo un drama lujurioso. Amplía la foto por secciones y verás la cantidad de historias que nos está contando. Y además tiene las uñas sucias para completar el retrato. Apoteósico.

.-Sí, sííí. Y el vello púbico de la tía mirando a los cielos por las locuras diseñográficas del responsable de la cubierta, el infeliz, escapando definitivamente a la lujuria extraviada del editor.

.-Además, el pubis está en eje, sus efluvios se derraman por su mano y continúan por su brazo.

.- Y la bombilla del salón evoca a diana y a un dios fáunico, y el cuchillo asomando… y el cartel de “Salida”. Y la cazuelita vitrificada como símbolo freudiano castrante, como la mirada de la madre y hasta de la abuela, y el cuello de la botella enhiesto y transparente.

.-El labio inferior lanzado al exterior por la mandíbula que denota ansiedad.

.-Y la bombilla picasiana.

.- No sujeta el libro. Toca el cuerpo de Anita al ritmo de su lectura.

.- Y el vino de vítreo cuello enhiesto pone “prieto picudo”. 

.-Sólo hay que adivinar sus piernas gordezuelas tensas aprisionando a la bestia, dormida entre las costras de semen seco de las corridas involuntarias de toda la semana. Mira si la tensión de sus brazos es evidente, que tira del mantel arrugado por la presión.
.-Es increíble lo que se puede averiguar de alguien si miras con paciencia e imaginación. Todo esto nos vendrá muy bien como punto de partida para nuestras pesquisas indagatorias, como ya le comenté a ValK.

.-A ver quién dice que no tenemos madera de escritores. Hasta otra Negro.



12 de marzo de 2015

La prueba de Gromo (Novela por entregas)






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DONDE SE RELATA, AUNQUE NO POR EXTENSO, CÓMO COINCIDIERON LOS TRES ESCRITORES EN LA EDITORIAL GROMO, EN BUSCA DEL GRAN SACERDOTE FERMÍN GROMO, POR VER SI AL MENOS CON SU PRESENCIA HALLABAN EL CAMINO SECRETO DEL ÉXITO. Y DEL ORIGEN DE LAS FILIAS Y FOBIAS QUE ENTRE ELLOS SEMBRÓ LA GRAN ELEFANTA.

ValK fue la primera en llegar. Pulsó el timbre y fue atendida por una mujer obesa, mórbida, con mofletes de bulldog y cabello rezumando grasa por cada una de sus puntas. Ni siquiera le dio tiempo a explicarle el motivo de su presencia. La hizo pasar sin más a una habitación que parecía una vetusta celda policial de confesiones, o eso le sugirió el olor a humedad, además de la pintura plástica descascarillada en las paredes, las antiguas sillas de anea, una mesa de formica con patas de acero y una máquina de escribir del siglo pasado encima. Con voz suave y afelpada, de encantadora de serpientes, le dijo en voz muy baja que esperara,


que enseguida sería recibida. Segundos después desapareció por una puerta adyacente, que cerró con prisa tras ella, como si temiera que se escapara un fugitivo. Más tarde llegó Juan Negro, saludó y se sentó en otra silla. Escrutó cada uno de los rincones en busca de libros, como correspondería a una editorial, pero sólo se topó con el exiguo mobiliario, con ValK y con el olor a lignina exudado por las carnes de la desconocida lectora de originales Manuela Madruga, MaMa, como se la conocía en los turbios y corruptos ambientes literarios. No tuvieron tiempo de iniciar una conversación,

porque Altarriba apareció al poco, antes de que la carcoma de la tarima agujereada rasgara el silencio y horadase sus oídos. Los miró con despreció, porque no había previsto que pudieran estar en su misma situación, y como prueba de ello sacó del bolsillo su ejemplar de Libertinos en Venus de Jorge Malpaso, con el objeto de aislarse entre sus páginas. Tanto ValKa como Negro reconocieron la cubierta púrpura y las letras cursivas del titulo en negro de la colección La sonrisa horizontal de Afrodita, hecho que provocó el primer intercambio de palabras entre ellos, dando comienzo así a una escabrosa relación.

Tras dos horas de animada charla, 
aunque llena de reticencias una vez confirmadas las sospechas de sus intenciones, 
                                                                                                                                 terminaron por plantearse lo incomprensible que resultaba la diferencia existente entre los libros que tanto les entusiasmaban, y aquella habitación mugrienta. Así es que sin pensarlo mucho, ni comunicarles a los demás lo que iba a hacer, Juan Negro se levantó, 
                                                                                 se dirigió hacia la puerta por donde había desaparecido la Gran Elefanta, MaMa,
                                                  accionó el picaporte y la abrió con la misma parsimonia que un matarife desangra una gallina,
                      con el pulso firme y seguro de que ya no hay marcha atrás para detener el crimen.
Lo que vieron no quisieron creerlo. La Gran MaMa estaba sepultada en aquel cuchitril, amontonada junto con miles de textos originales encanutillados, algunos incluso se diría que roídos, no se sabía si por los ratones o por una voracidad más allá de la lectura. Le vieron el rostro congestionado y los ojos girando a velocidad de vértigo alrededor de uno de los manuscritos abiertos, mugía, barritaba, con un sonido tal vez de rechazo o lo contrario. Al verse sorprendida, lo arrojó hacia alguno de los pocos huecos libres, tal si le hubiera producido una quemazón en las manos. Se levantó y les dijo,

No es lo que se imaginan, pervertidos. No uso estas letras para procurarme placer solitario, simplemente compruebo su efectividad literaria. Esto es un trabajo serio. Los originales de La sonrisa horizontal de Afrodita tienen que pasar por mis manos, porque yo sé como nadie ponerme en la cabeza de Gromo.

La justificación llegó al extremo de arremeter contra ellos. En su trayecto derribó varias torres de cuadernos, que se estrellaron sobre su gigantesca cabeza como pájaros perdiendo sus alas de papel. Pero como viera corroboradas sus peores intuiciones al ver el libro que portaba Abel Altarriba, los empujó con brutalidad hacia la salida y los conminó a marcharse rápidamente, mientras les iba diciendo,

Vosotros, los escritorzuelos de tres al cuarto, seréis los culpables de que Gromo acabe prescindiendo de mis servicios, queréis robarme el secreto de saber pensar como él, de saber lo que le gusta, aspiráis a que se transforme en un fauno lascivo con cuernos y verga mefistofélica ante vuestras novelas, y a que me someta a este doloroso ludibrio, al olvido. Por eso anheláis conocerlo, para escrutar aquello que os permita llegar a su enervante sexo y finalmente a la imprenta. Malditos seáis.

Antes de cerrar la puerta de la calle, un rapto de odio y rencor iluminó sus ojos. Había improvisado sobre la marcha la venganza contra todos los escritores de La sonrisa horizontal de Afrodita en aquellos tres ilusos. Volvió a abrir la puerta, los llamó, ahora con la voz inocente de cisne que solía poner ante los desconocidos, para pedirles el número de sus teléfonos móviles, con la promesa de informarles dónde y cómo podían entrevistarse con el editor. Después les dijo,

Por si no lo saben, es posible que las mejores novelas de la colección no vean jamás la luz, Gromo compra sus derechos y las guarda en una vitrina de nogal iluminada con fluorescentes rojos, de donde sólo las saca para solazarse con ellas en la más completa intimidad. 














Una cosa es mordisquear el glande de un amante con los incisivos, acariciando el frenillo con el piercing de la lengua, y otra someter las palabras a un proceso semejante, de suerte que el lector pueda elegir si quedarse a uno u otro lado del placer, del lenguaje. Esto es lo que llevó a la desilusión a Valentina Kristel después de escribir los dos primeros folios, el desconocimiento de su primer lector, que no era sino Gromo.

Algo parecido le ocurrió a Juan NegrO. Sus guiones pornográficos no estaban concebidos para ser leídos, sino ejecutados, ni siquiera interpretados. Las palabras de sus primeras veinte líneas iban dirigidas a un espectador de sexo furtivo, cubata en una mano y bragueta en la otra, no a un lector refinado de butaca. Por eso necesitaba conocer a Gromo, al otro lado del papel.

En cambio Abel Altarriba tuvo que cometer el pecado de los hombres pequeños, el de la soberbia aderezada con resentimiento, para darse cuenta de su equivocación. Así fue que después de llevar escritos cinco folios, tanto quiso apartarse del manual de estilo de PlayEros, que soñando con la excelencia, se encontró con un mundo tan sórdido como aquel del que pretendía alejarse, el de su propia existencia mezquina. Necesitaba por tanto los gustos distinguidos de Gromo.