30 de marzo de 2013

Casquería Fernández



FELIPE ALÁIZ, 1887-1959


Imaginad el manicomio que sería España si tuviera Valle Inclán medio millón de lectores. Sería cosa de emigrar.





TIPOS


Azaña, energúmeno sentimental, Pío Baroja, chapelaundi, Azorín, botánico de estepa, Espronceda, poeta de la transición, Pestaña, ángel caído, Julio Romero de Torres, el convaleciente, Benavente, Campoamor furtivo, Gumersindo de Azcárate, sedante de un sedante,Valle-Inclán, anticuario, revolucionario y funcionario, Fernando de los Ríos, una petenera en un entierro.


Tipos españoles, Ediciones Umbral, París.





[Colaboración de Tinofc Ocramalliv]









El icono en la cultura rusa (II: periodo zarista)

 



Según informa Ronald Hingley en su imprescindible Historia Social de la Literatura Rusa, hasta en la isba más humilde, e incluso en las tabernas, existía el llamado “rincón rojo”, a saber: el iconostasio iluminado con sus lamparillas, ante el que el visitante se persignaba. Quiero recordar que así lo hacía en sus andanzas, visitando pequeños terratenientes, el archipícaro Chichikov de Las Almas Muertas de Gógol. Y también éste era un signo de beatería por parte del hipocritón Iudushka en Los señores Golobliov de Saltikov-Schedrín.
También Tolstói, al comienzo de Guerra y Paz, nos describe un rico iconostasio: el del moribundo conde Bezújov. Posteriormente, nos cuenta cómo Kutúzov y su soldadesca rindieron sus respetos a la imagen de Nuestra Señora de Smolensk antes de presentar batalla. Y, en la misma novela, el príncipe Bolkonski lleva a la guerra un pequeño icono familiar colgado al cuello que su hermana le confía con su bendición. Por su parte, Dostoievski, en el Diario de un Escritor, nos dejó una preciosa novelita, La Mansa, que le fue inspirada por un hecho real: una mujer se suicidó sumisamente arrojándose por la ventana con un icono en sus manos. 
Dejando de lado a los dos gigantes de la novela rusa y menos conocido que ellos al menos en España, Nikolái Leskov, descendiente de popes, escribió El Ángel Sellado, una novela que, lamentablemente, aún no ha sido traducida. Por lo que sé, trata de un icono que es confiscado a una comunidad de campesinos disidentes y posteriormente lacrado. Y pasando de lo trágico a lo cómico, en un cuento de Chéjov los padres de una poco agraciada novia frustran su boda al confundir con las prisas el icono familiar con una fotografía enmarcada, con lo que pifian la bendición paterna a los novios, que pierde así su sello de compromiso irreversible.



[Colaboración de Gromov]




29 de marzo de 2013

Las malas compañías




El Rastro, primavera del 2013




Paseábamos por la orilla de río, olvidándonos de la literatura, para hablar del mundo de la coctelería y de las virtudes de una copa de Magno, "que nos alivia más que nos cura los defectos". ¡Bendito canalla, Tinofc!
Superada la resaca, gracias a la terapia del grupo, empezamos  a deslomar la nueva novela por entregas de Bruno Marcos, Dakovika, ese viaje al fin de la noche del proscrito Larsen y el decadente Cuervo.
El Carbonero nos comentó que en Facebook había sido recomendada por E. Escapa. "Un gran escritor, el periodista, pero con una obra escasa" aclaró Tinofc.
En Reto volvió de su tumba Curtis Garland con la novela B. & C. para alegrar el día  a Fernández, el de la casquería, que elogió la portada. Con un libro de fotografías sobre el Duero recuperó Ocramalliv la nostalgia de sus paseos con Machado por Soria donde Tinofc empezó a escribir sus memorias Exilio interior.
En la orilla del Danubio reposaban un montón de libros sobre Málaga. El editor de Labici rescató del patrimonio artístico una antología poética de la ciudad de Picasso con una alineación de poetas reservas. Nos extrañó, por la hora, que no merodearan entre tanto despojo ningún buitre ni coyote. Hoy tampoco apareció el Ultraísta de la furgodesván perdido en el Cajón de Sastre o en el Manzanal.
Tinofc empezó sus monólogos calderonianos con los poetas Miguel D'Ors y su amigo G. Montero, Valverde, García Martín, Rafael Saravia, Lanseros, Mestre, Rosillo, Gónzalez Iglesias, Gimferrer, Carnero, ... todo eran golpes bajos  al ritmo de malos tiempos para la lírica. Del grupo vanguardista Pajaritas de Papel se explayó el lobo Larsen.
Cuando llegamos al final o  al principio del paseo -según cómo se mire- vimos como descargaban una librería entera de Oteruelo. Con el desasosiego del bibliómano empezamos a soñar con Pretextos, Renacimiento, Pexe, Alianza, Ediciones Labici, Impedimenta, Funambulista, Sexto Piso...
Nos tuvimos que conformar con volver a la escuela con Austral y sus Clásicos más rancios; con Cátedra y sus sobrevaloradas ediciones críticas.
El modernista Larsen se tiró de cabeza a por Valle Inclán y recuperó de los fondos reservados de la librería un maltratado Baroja para el romántico Cuervo. Cribó todo el género para encontrar el volumen primero de Antagonia de J. G.  Simenon sacó su lista de la compra y sentó Cátedra. Con un ejemplar de La Busca (edición Caro R.) bajo el brazo, Tinofc recuperó la austeridad del invierno.
Cuando nos íbamos encontramos en el Desengaño a un  desconocido Demóstenes, enfadado por no cobrar los derechos de imagen. Tinofc trató de calmarle pero como las aguas se desbordaban, escapamos sin mirar el incendio que empezaba a quemarnos, sabiendo que una retirada a tiempo es un victoria.
Tarde nos dimos cuenta que es más fácil convencer a los demás con una mentira que con la verdad.









Nosotros los solitarios



El Rastro, primavera del 2013




"Como todas las familias decadentes los hijos y los nietos se hacen artistas y vividores".
                       Víctor Bacells, Yo mataré monstruos por ti.




Las malas lenguas



El Rastro, primavera del 2013






"Vamos que la están peinando de lao".





Oído en el Rastro (Cuchilleros)















El icono en la cultura rusa (I: bibliografía en castellano)




No existe demasiada literatura en castellano sobre el arte de los iconos. Los antiguos libros de la editorial rusa de Artes Aurora, que en tiempos distribuyó la desaparecida librería Rubiños junto a los de Mir y Raduga, se han vuelto “raros” (en términos de bibliofilia), por no decir inencontrables. Los de Sor María Donadeo en Narcea son muy interesantes, pero creo que adolecen de cierto catolicismo con afán ecumenista de integrar a las “iglesias hermanas”. Y lo mismo les pasa a algunos de los editados en Ediciones Paulinas. Por contra, el libro de Paul Evdokimov en Publicaciones Claretianas es pura mística ortodoxa. Y aparte de algún texto teórico de Pavel Florenski en Siruela sobre la perspectiva invertida de los iconos (no los miras tú; ellos te miran a tí), y algúna cosa más en Libsa y Electa, poco más hay, al menos que yo conozca.

Por eso tenía ojeada la monografía que aparece en la imagen, y cuando Ilus Books, siguiendo la tendencia imperante en muchas editoriales, la saldó a mitad de precio (necesidad obliga), no me lo pensé dos veces. Además es específica sobre el icono ruso, el que mejor ha custodiado la esencia del antiguo arte bizantino, que junto con la religión ortodoxa y según cuenta la leyenda, fueron adoptados por el pueblo eslavo debido al esplendor de sus expresiones y ritos.
Y es que el icono es parte esencial de la cultura rusa que yo mejor conozco (modesta y librescamente): la de la época de los zares, especialmente en el siglo XIX y comienzos del XX, y la de las vanguardias soviéticas, que para la literatura rusa son sus edades de oro y de plata, respectivamente. En dos entregas sucesivas cito, a modo de pinceladas, algunos ejemplos que han venido a mi memoria.



[Colaboración de Gromov]


















28 de marzo de 2013

Novela por entregas


































Capítulo 3 




 


Al fin se veía quién había transportado el cuadro por las calles hasta venderlo en el puesto de los gitanos ricos. Se trataba de una muchacha de menos de treinta años de enormes ojos azules y fríos como el polo norte. El pelo liso y de oro le enmarcaba un rostro de óvalo sobre el cual unos preciosos labios rojos salían para dar un imaginario beso al aire. Era más que hermosa, de una hermosura natural sin estar cultivada de ninguna forma. Por eso parecía una musa expulsada de un país donde la belleza fuera moneda común y nada digno de asombro u observación. Iba vestida con ropa de modas pasadas que se ajustaba a sus pechos redondos y a sus caderas de ánfora con naturalidad.
Se metió el dinero en el bolsillo de su raído pantalón vaquero y comenzó a desandar el camino que había hecho portando la pintura. Ni que decir tiene que la seguimos maquinalmente, sin necesidad de verbalizar nuestras intenciones. Larsen parecía algo desorientado porque ya la pesquisa no trataba de un libro raro o de un mueble viejo sino de seguir simplemente a una chica. 
Nos adentramos en las callejuelas más viejas de la ciudad, aquellas que poseen no nombres de ciudadanos ilustres sino de oficios como platerías o azabachería. Al llegar a uno de los edificios más destartalados de una que se llamaba de Cuchilleros la chica se detuvo y empezó a forcejear con una puerta añosa de metal que daba acceso a un local. Sacó una barra que se cruzaba con otras dos, la posó en el suelo y penetró en el bajo. Merodeamos por allí un rato hasta que se volvió a oír el ruido metálico de la puerta. La chica salió con un atadijo envuelto con papel de estraza. Lo posó en el suelo, cogió la barra y la cruzó de nuevo para cerrar. Se aupó el atadijo a la espalda por un cordel rojo que le salía y emprendió de nuevo el camino por calles todavía más sombrías. Al llegar al número tres de una llamada Cantareros entró en un local de anticuario. Desde fuera la podíamos ver hablar con alguien que permanecía sentado entre las lámparas de vidrios multicolores y multiplicada en el azogue de los espejos. Se veía que deshacía el paquete y le mostraba el contenido a alguien y que ese alguien tardaba en analizarlo y sopesarlo. Finalmente ese alguien emergió de entre las antigüedades y avanzó hacia los cristales de la puerta. Se trataba de un hombre delgado, alto, con barba, que sujetaba una amplia melena ya plateada con un gorro de rastafari. Por un momento creí que el individuo aquel nos había descubierto y que se dirigía hacia nosotros con la intención de increparnos o pegarnos. Miré a Larsen y le vi tomar más aire de la cuenta al tiempo que abría los ojos demasiado. Entonces el tipo dio la vuelta al cartel de la puerta para que se pudiera leer que estaba cerrado, trancó con llave y corrió una polvorienta cortina.
Quedamos desconcertados enfrente del establecimiento y nos reunimos en una esquina. Poco a poco volvimos atrás sobre nuestros pasos sin resignarnos a haber perdido a la chica. Pasamos enfrente del local y, sin pensarlo, empecé a forcejear con la puerta de hierro por la que la muchacha había salido con el petate de camino al anticuario. Me detuve un instante para mirar a Larsen que, estático y perplejo, me miraba con ojos de plato. La barra de metal parecía ceder pero siempre chocaba con un obstáculo. En un momento dado y sin pronunciar palabra Larsen se incorporó a mis esfuerzos por allanar el local. Entre los dos conseguimos torpemente dejar franco el paso. Entramos y arrimamos la puerta a nuestra espalda para que nadie sospechase de nuestra presencia. Apenas penetramos en la oscuridad nos caímos aparatosamente pero el suelo estaba mullido. Al tacto comprobamos que se trataba de libros, de un lecho de libros tirados de cualquier manera y por todas partes. Cada vez que movíamos una mano o un pie de los que habían quedado sepultados por los montones de libros una nube de polvo se alzaba sobre las débiles franjas de claridad que traspasaban el aire de la estancia. Al fondo se veía una luz pobre que provenía de una bombilla que se había dejado encendida la chica. 
De pronto sonó la puerta con un desplomarse de metales mal oxidados. Recortada sobre la claridad de la calle la angelical silueta de la chica que volvía del anticuario nos sorprendió con las manos en la masa.
-¿Qué hacéis aquí? -gritó al vernos.
Nosotros nos pusimos nerviosos y sin saber qué decir pero extrañamente sincronizados nos coordinamos para salir al trote. A medida que avanzaba por el local se me ocurrió coger algunos de aquellos libros pordioseros para simular que el móvil de ese allanamiento del tugurio aquel fuese el del robo. Larsen se bajó el gorro peruano cuanto pudo para ocultar su rostro de niño con lo cual su visión menguó considerablemente y en lugar de correr contra la puerta corrió contra una pared hasta chocar de bruces, pero se incorporó rápidamente y encaró la puerta. En pocos segundo estábamos frente a ella y sin poder evitar la colisión. Ella no se retiró ni un milímetro y caímos los tres al suelo lacustre. Sin pensar mis manos se fueron al cuerpo de ella, y, en fracciones de segundo, lo habían palpado completamente. Me abofeteó repetidamente quedando a horcajadas sobre mí. Larsen se escabulló y se perdió calle arriba hacia la grisura del cemento. La chica cesó de golpearme y se lanzó sobre mí, abrazó mi cabeza con sus delicados brazos quebradizos hundiendo mi cara en sus pechos y caímos sobre el tálamo de libros. No sabría decir si lo que hicimos durante varios minutos fue una pelea o un acto sexual. La extraña muchacha dio un taconazo a la puerta que quedó arrimada para darnos algo de intimidad. Nos fuimos quitando la ropa uno al otro atropelladamente. Ella llevaba únicamente un tabardo de ante, un jersey de lana y unos vaqueros sin nada de ropa interior por lo que cuando ella estaba ya completamente desnuda aún me faltaban a mí varias prendas por quitar. Durante casi toda la escena permanecí con la bufanda y el sombrero puestos. Sus caderas me buscaban con una contundencia que no cesó hasta que la penetré. Ya dentro de ella rodamos por la mullida cama de libros hasta el centro de aquel polvoriento antro y allí, sobre sabe dios qué palabras impresas, tal vez las de Balzac o Dumas, las de Dickens o Baroja, las de Dostoyevsky, Galdós, Chejov o las del mismísimo conde León Tolstoy, cabalgamos como si el tiempo efectivamente hubiera sido abolido, como si el sexo entre dos desconocidos sobre los restos tumefactos de siglos y siglos de literatura fuera la certera tijera que cortara el nudo gordiano del tiempo.








Las malas lenguas


El Rastro, primavera del 2013




"Ni pa ti ni pa mí".



[Expresión que se dice, muchas veces, a la hora de fijar el precio de un objeto]


Oído en el Rastro




Expurgos



El Rastro, primavera del 2013





[Colaboración de Gromov]








El Rastro, primavera del 2013




[ Colaboración de Selden]












 Me gusta contar. Antonio Pereira.
Feria del libro Antiguo y de Ocasión de Valladolid (2013).




Acaso valgan unas recetas propias y no siempre cumplidas por el recetador, que en esto de las prescripciones y los decálogos para cuentistas una cosa es predicar y otra dar trigo:


1. Lo primero es tener una historia que contar. Sin esto, nada.

2. Hay que profundizar en ella, que no se quede en anécdota, chascarrillo, ocurrencia.

3. Extender la historia mientras no peligre el sagrado efecto único. (Poe). Se puede nutrir la historia, pero no hinchada.

4. Cuidar el comienzo, entrando rápido en el tema. El final sabe cuidarse solo.

5. Que siempre haya expectativa. ¡Algo va a ocurrir!

6. Si dudas entre dos palabras, elige la más clara. Si hay empate, quédate con la menos prestigiosa.

7. Explotar la voz imaginada del narrador, un cuento es la ficción de una voz.

8. El narrador no lo sabe todo, conviene fingir dudas, a lo Cunqueiro: "Pidió una de las famosas sopas hanseáticas, una sopa de nueces, por ejemplo, o el rabo de buey ...”

9. El novelista puede ser altanero. El cuentista debe ser cordial y amistoso.

10. Debe serlo incluso cuando escribe prólogos.

A.P. Madrid, otoño de 1998.



No tuvo suerte el finado Antonio Pereira con sus dedicatarios, pues este es el segundo de sus ejemplares firmados que nuestra fervorosa labor ultramarina ha rescatado del mercado de segunda mano, en este caso en la Feria del libro Antiguo y de Ocasión de Valladolid (2013).

Además de la portada, adjunto también la cubierta hiperrealista del libro y un decálogo del cuentista que aparece en el prólogo, menos célebre que el de Horacio Quiroga o que los consejos de Bábel y Chéjov, pero no por ello menos pertinente.








[Colaboración de Gromov]











26 de marzo de 2013


 Colección Nebulae. Editorial E. D. H. A. S. A. 
Libros&Libros. Valladolid, primavera del 2013





El futuro ya no es lo que era. (Arthur C. Clarke).
                                                             

                                                                 ***


Adquirí  "La violación del tiempo", más que nada por su título transgresor.





[Colaboración de Gromov]






Memorias de sobremesa., Rafael Azcona.
El Rastro, primavera del 2013Añadir leyenda




RELECTURAS (2)



Claro, también tengo mis santones. Dickens, Cervantes, Kafka, Baroja, Machado...

En cuanto a Dickens, más de una vez me ha sucedido hacerme amigo de alguien que sabía quién era Sam Weller; durante años el Quijote lo leí como leen los protestantes la Biblia, abriéndolo por cualquier lado; a Kafka me lo presenta Mingote, que me da a leer La metamorfosis; que tío, Kafka, te describe un juzgado, y en lugar de partir del respeto reverencial a la Justicia –que es lo mostrenco– te habla de mesas con manchas de tinta y de una puerta a través de la cual se ve a una mujer que plancha o tiende la ropa.

Baroja me descubrió la literatura y me convirtió en cliente de las librerías. Las Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox eran para mí mucho más apasionantes que las que corrían el capitán Nemo o Sandokán, quizá porque las andanzas de Silvestre Paradox y su amigo don Avelino Diz de la Iglesia eran lo que, en otro libro de don Pío, no recuerdo ahora cuál, un personaje llamaba “diligencias vanas”. Vamos, que yo me apuntaba al pesimismo. Y a los antihéroes.

Y de Machado…A mí me parece que una de las personas más respetables que ha producido la especie humana es don Antonio Machado, y me duele cuando alguien hace ese gesto despectivo que se dedica a quien se considera poca cosa. O “antiguo”, que es peor.
Rafael Azcona, Memorias de Sobremesa





    [Colaboración de Gromov]






Las malas compañías


Cuchilleros. El Rastro, primavera del 2013




Antes de que saliese la procesión de la Virgen de la lluvia nos encontramos con el Amanuense que venía recitando el mantra ultraísta de la belleza inútil. Al final de Cadórniga Tinofc y el Pescador trapicheaban de memoria sobre unas cajas de libros que tenían en el maletero del coche.
En la escalinata de Bolaño, Simenon y su pipa, ojeaba un libro de Los Hermanos Marx (los únicos libros que ya se compran del Marxismo). Como el protagonista de Al final de la escapada, siempre está de paso.
Arrodillado entre unas cajas de cachivaches, oxidados por los precios bajos, estaba el Ilustrado revolviendo; Bolaño le tuvo que llamar la atención: "Desordenas más que ordenas, y al fin no me das ninguna alegría" (le cuesta comprar algo que valga más de tres  euros). Quería llevarse un balancín y enumeraba todos los defectos para devaluarlo y, así, el precio fuese menor y el valor mayor. El Chileno del desierto de Sonora le comentó que, gracias a esas taras, tenía ese precio.
Nos acercamos a ver a Elvis, el primo de Trotsky, y le preguntamos por el revolucionario ausente . Entre los libros escacharrados asomaron El factor de Borges de A. Pauls, una novela negra de la colección Etiqueta Negra de Júcar y unos viajes del académico francés, Lotti. Frida y Rivera habían cubierto sus libros con un plástico azul invitando a las nubes de Cernuda. Pasó velozmente el Empresario taurino y todos los anticuarios le agasajaban con grandes descuentos y, a golpe de talón, los hacía callar con la desidia del que sólo tiene dinero.
Regresamos a la plaza de Don Gutierre donde Larsen se llevó tres ensayos: Poe, El círculo de la pajarita de papel y La nouvelle vague. Sobre la mesa una colección de novelas ejemplares de Baroja esperaban a que pasase por allí el decimonónico Cuervo y los sofistas Onirocríticos.
Vencidos por la lluvia fuimos a la plaza a por un ramo de laurel para hacernos la corona de los jóvenes decadentes. El agua del cielo nos bendijo el camino de vuelta.





24 de marzo de 2013

Novela por entregas








Capítulo 2
El cuadro representaba una escena idílica con personajes desnudos retorciéndose en sensuales posturas a la orilla de un río. La imagen era vieja y estaba deteriorada y la luz blanca del día nublado sobre ella parecía rasgar su materia. La distensión del lienzo hacía que este se bambolease con cada paso y uno creía que en cualquier momento la pintura se iba a romper hecha añicos en medio de la calle. Sin embargo la extraña figura de cuadro con patas caminó hasta introducirse en el gentío del rastro sin desintegrarse. Era fácil seguir al fenómeno porque sobresalía de las cabezas clavando en las nubes negras los picos dorados de su marco. Al fin se paró y nos acercamos como un par de estúpidos disimulando. Se trataba del puesto de un gitano rico. Un anticuario de mediana edad bien pertrechado con ropas de invierno y rodeado de un sinfín de objetos viejos pero en muy buen estado. Un gitanillo limpiaba el polvo de los cachivaches y otro envolvía un ángel de alabastro para un cliente que lucía en su sonrisa varios dientes de oro. Todavía hablaban en duros y el gitano jefe le contaba a otro más viejo tocado con sombrero negro y portados de la garrota de patriarca que había comprado un poni por uno miles y había ido a un entierro montado sobre su grupa. El cuadro se mantenía en pie apoyado sobre el suelo y sobre la oculta persona que lo había transportado desde el interior de la ciudad sin nombre. Un gitano anciano que había permanecido hasta el momento como un mueble más en la cacharrería se levantó de una silla monacal y acercó la nariz al cuadro como si tuviera que olerlo para saber si era bueno. Entonces el hombre que parecía ser el jefe se volvió enérgico y gritó ufano: "Vamo a dicar qué noj trae ejta chaví". Entonces se sacó del bolsillo superior de la pelliza unos anteojos montados en gruesa pasta marrón y los limpió con los dedos para observar el cuadro con detenimiento de perista. Luego hizo que lo giraran y estuvo más tiempo observando el reverso que la parte pintada. "Ea, -dijo con un respingo elevando la cara hacia las lonas como el torero que da la espalda al cornúpeta- dos mil duros y buenos días". El gitanillo de antes abrió una caja de madera oscura y manipuló en el interior de una bolsa de plástico hasta que sacó un manojo de billetes manoseados. Una mano pálida y tímida  amaneció al otro lado del cuadro para recoger el dinero. 

















23 de marzo de 2013

Novela por entregas









Capítulo 1
                                                               


Guantes de trapero con los dedos cortados para no perder el tacto del género que busca. Varios abrigos superpuestos. Guedejas onduladas, lacias y alocadas a un tiempo que escapan de un gorro de lana peruano. Barba apuntada en el mentón con cañones de canas. Gafas redondas a la moda de hace quince años que recuperaba la de hace treinta y esa, a su vez, la de sesenta antes, es decir de principios del siglo XX. Debajo de todo cara de niño. Nada en él parece ser nuevo y muchas de sus cosas lucen de segunda, tercera o cuarta mano. Es como si buscase continuamente lo viejo y se arropase y se adornase y se amueblase de ello. Se puebla de cosas ancianas en las que se adensa el tiempo, en las que se hace espeso y untuoso hasta que se puede tocar con las manos. Le atraen los objetos donde se corrompe un presente que no es el presente pero, al mismo tiempo, se mueve entre ellos con desparpajo, como si la putrefacción lo revitalizase, como si le insuflase vida comprobar que el tiempo en fuga se aquieta entre sus manos cuando recupera un ejemplar del librovejero, del anticuario, del rastro o del estercolero.

En sus prospecciones no busca nada en concreto, la excusa es la literatura. Lee mucho pero no es un lector obsesivo, no es un coleccionista al uso, no negocia ni especula con las cosas viejas sino que las acumula como un comprador compulsivo de barato, como un capitalista de la basura, como un anciano con síndrome de diógenes.
Lo encontré bajo un viejo ciprés con la portezuela trasera del maletero de su automóvil levantada y, en su interior, la biblioteca móvil de lance con sus últimas capturas, un buen rebaño de lecturas pendientes de ser salvadas del olvido. Toda la literatura en cuerpo y alma en treinta o cuarenta títulos, la mala, la buena y la regular, la de entretenimiento y la de mensaje, la de moraleja y la de revolución, toda la literatura que, de camino al olvido, andaba dando vueltas en su coche por las calles de la ciudad sin nombre.



-Lo peor -le dije- es cuando un libro que compramos nuevo, como quien dice ayer, es ya de lance.
-Eso -respondió él torciendo la jeta- es que el tiempo ha pasado volando, querido cuervo.

Le contesté con un graznido y rebusqué entre los libros. Cada uno que cogía quería regalármelo pero yo los arrojaba con desprecio a otro confín del maletero. En ese momento empezó a gruñir y a señalar con la mano enfundada en el guante de trapero a la acera de enfrente. Por allí pasaba un gran cuadro caminando debajo del cual aparecían dos enclenques piernas y, a ambos lados, unos minúsculos dedos de quien iba sujetándolo con paso inseguro pero no del todo lento. En pocos segundos el cuadro se había alejado de nosotros y casi se salía de nuestro campo visual. Dejamos el coche abierto con su porción de libros de desecho abandonados y empezamos a seguir al cuadro caminante sin más  comunicación entre nosotros que algunos huérfanos codazos.



                                                           







El rastro, primavera del 2013







Hojeando el Diccionario Etimológico de Barcia (1881), me acabo de encontrar entre sus páginas esta curiosa rogativa.
                                                               

                                                  ***


San Apapucio es un Santo que, aunque carezca de hagiografía, pertenece a la mitología de la lengua hablada en expresiones tales como "san Apapucio bendito", "rezarle a san Apapucio", "san Apapucio nos coja confesados" o nuestro "santo patrón del prepucio".
Supongo que pertenece a la misma estirpe que san Cucufato y otros miembros del "Santoral Extravagante".







[Colaboración de Gromov]





22 de marzo de 2013

Las malas compañías




El Rastro, invierno del 2013





Todo son desventajas cuando el colectivo de  Reto monta el puesto tan tarde: nos juntamos demasiados a revolver entre las cajas. Por ahí se acercó el Marchante que nos saludó y volvió al silencio trapense. Entre la ropa y las vajillas, Tinofc buscaba el volumen primero de la Historia del franquismo, el Pescador rebuscaba, entre los cuadros, la caja perdida de la tauromaquia; Gromov intentaba reunir a los cuatro hermanos Karamazov (no sale del pabellón), Larsen saldaba de nuevo los libros con sus etiquetas. Ocramalliv, el editor y esteta, se llevó varios libros por el diseño de las portadas. Siempre cultivando la belleza inútil.

Antes de empezar la procesión hacia cacharrería, Gromov, (que siempre se está despidiendo hasta la Semana Santa y, siempre, lo vemos todos los domingos), le echó en cara a Tinofc que no le regalara ninguna estampita de la Virgen de los libros; el Editor, con la frialdad del asesino de viudas, le dijo: "En San Isidoro las venden, éstas son solamente para los  devotos de la Cofradía de la mala uva".
Entre el ruso y el polaco fueron desgranando títulos y autores del mundo de la bibliofilia. Empezaron a gastar munición con Bonilla, ayudante de Linares en Renacimiento, y su Enfermos de libros y otras patologías; si uno presumía de la primera edicion de Rastros y encantes de Cataño, el otro le señalaba la dedicatoria especial del librero vagabundo. Cuando se junta la erudición del jóven y la sabiduría del veterano, la biblioteca de Alejandría vuelve a arder... Todo un mundo de libros. El Lobo Larsen escapó dando voces como un enajenado: "El último que apague la luz".
Cuando se calmaron los ánimos volvimos al pabellón del reposo para hablar de Zuñiga y su pasión por los rusos. Gromov, que siempre cae de pie como los gatos pardos, nos comentó que el escritor del Largo noviembre de Madrid le había mandado una carta  sobre la literatura eslava. Todo esto había sucedido en el siglo pasado. ¡Cómo se pasa la vida tan callando!
Después de recorrer la orilla del Danubio y no encontrar nada que mereciese la pena, el primo de Panero nos amenazó con mandarnos la historia del difunto Pablo Sanz, dueño de la mejor biblioteca rusa de este país. Todo un personaje para un cuento de Turguéniev. Ocramalliv disparó la última bala y nos enseñó en el móvil las fotos de las portadas de los libros, que pondrá en el escaparate de la nueva tienda de Ultramarinos: Casquería Fernández, un sótano para los grandes y olvidados escritores de la literatura popular, despojados de todo el brillo de la gloria.
Cuando montábamos en el coche se nos acercó un municipal y nos impidió salir hasta que no pasase la media maratón. Esperamos con la alegría y el consuelo de poder ver al Amanuense y a Roberto Alcázar y Pedrín que, a primera hora de la mañana, habían ido a por el dorsal y las bebidas isotónicas.
"Ved de cuán poco valor son las cosas tras que andamos y corremos..." Recitó Tinofc con la serenidad del poeta soldado.






Memorias de sobremesa., Rafael Azcona.
El Rastro, primavera del 2013





RELECTURAS (I)

Como no es cosa de dar aquí la lista de unos autores o unas obras más o menos canónicos, y en los que por fuerza coincide todo el mundo, con el mismo criterio que me guiaría si hablásemos de comidas y se tratara de repetir o de rechazar un plato, diré los libros que me gusta releer y los que ya no releo. Pero quede claro que aborrezco el hígado y sin embargo no me cuesta nada admitir que tiene un altísimo valor nutritivo, y que me gusta el huevo frito aunque me haga daño.
Y vamos con la elección del menú; para que quede claro lo subjetivo de mi juicio, los platos apetitosos y los no apetecibles los escogeré cuando pueda entre los de un mismo autor. A ver, me apetece releer: La Odisea, no La Ilíada; el Swift de La modesta propuesta para impedir que los pobres de Irlanda…, no el de los Viajes de Gulliver; Leopardi, no Manzoni; el Lazarillo de Tormes, no El buscón; El doctor Jekyll y Mr. Hyde, no La isla del tesoro; el Cándido de Voltaire, no Zadig; Los papeles del Club Pickwick, no Cuento de Navidad; Chéjov, no Dostoievski; Los Miserables, no Nuestra Señora de París; Ambrose Bierce, no Henry James; Rojo y Negro, no La cartuja de Parma; El ruedo ibérico, no las Sonatas; Madame Bovary, no La educación sentimental. Y así.

Rafael Azcona, Memorias de Sobremesa.





[Adjunto imagen de uno de los libros más lúcidos y entretenidos que he leído, comprado en el Rastro de Valladolid a poco de morir Azcona].





[Colaboración de Gromov]