30 de abril de 2013











Club del misterio. Bruguera.
El Rastro, primavera del 2013





[Colaboración de Selden]









La novela pasional




Añadir leyenda





"Las parejas bendecidas con la imaginación llevan el acto de follar a la altura del intelecto".

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Hay quien echa de más los excursos filosóficos de las obras de Sade, pero en esta novelita licenciosa, más bien ramplona, la anteriormente citada es la única concesión a algo que se parezca a una reflexión con un mínimo de enjundia. El resto es carnaza.

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Adjuntamos portada de El hombre que agotó el amor, comprada en un guadianesco puesto callejero de Valladolid.

[Colaboración al alimón de Charlus (lo apolíneo) y Jupien (lo dionisíaco).]





29 de abril de 2013

Una novela por entregas



Larsen y karerino en los tejados





Capítulo 10

Al salir comprobamos que la luz del día había desaparecido. Dos grajos cruzaron con graznidos como lamentos espeluznantes el silencio del atardecer. Miré hacia arriba y vi unos chopos muy viejos pelados del invierno con centenares de ramas cruzadas en cuyos nervios los nidos de cuervos flotaban. De unos a otros se chillaban los pajarracos como si estuvieran discutiendo. Larsen se puso a gritarles imitando sus ruidos y ahuecando los brazos de córvido.
Los bermellones incendiaban el horizonte de la ciudad sin nombre y un escalofrío me recorrió. Me sentí triste e indefenso y solo, como si todas esas cosas de las que me rodeaba, los libros, los harapos, los relojes viejos, las plumas estilográficas secas..., no consiguieran quitarme de encima el frío del tiempo, la edad que se me metía por los huesos y me salía en la cara con un rictus de señor viejo y apenado y vencido y descreído de sus propios sueños. Y aunque acababa de pisar el umbral de los cuarenta años me sentía con las alas llenas de plomo y con la sangre pesada y me dolía el estómago y veía la ciudad, borracha de sus grises, aplastarme, vencerme ese mundo que me negaba a aceptar que me anegase en su tristura anónima. 
Y mirando el malva declinante del cielo de la ciudad sin nombre me empezaron a caer dos lágrimas gordas como bolas de cristal que lavaban mis mejillas de polvo acumulado sobre mi piel por la vida que llevaba. Entonces Larsen me sacudió con una embestida de su hombro de la que quedó traspuesto y con la mirada ida. Me volví hacia él y todavía tardó en hablar varios segundos:
-¡Vamos cuervo! Deja de darte pena de ti mismo.
Entonces, sin saber por qué, dije en voz alta:
-Lamieva.
Y vino a mi mente la chica desnuda, su cara ovalada y sus ojos de polo norte entrecerrándose al orgasmo, su cuerpo de animalillo contra el mío polvoriento y me dieron ganas de llorar otra vez.
Larsen se encogió de hombros y empezó a caer una helada lluvia. Nos guarecimos en el alero del anticuario y acudieron Pascal y Karenino. Convinimos en volver a la buhardilla de Larsen pero este recordó haber dejado las llaves puestas en el ojal de la cerradura por dentro a fin de que no penetrase el casero en el antro, por lo cual, debíamos volver a entrar por el tragaluz por el que habíamos salido al cual tendríamos que llegar nuevamente por los tejados.




Los restos del naufragio




























El Rastro, primavera del 2013





27 de abril de 2013

Las malas compañías



El Rastro, primavera del 2013



Conspiraban en las escaleras del paseo La Guinda el Editor y el mochilero Gromov. Hablaban de estas crónicas (donde ellos ya son personajes de ficción) y reconocían que el 70% era inventado y el resto, mentira. "No saben que nunca mentimos pero tampoco decimos la verdad". (El Impostor)
Con el buen tiempo todo se llena de gente y nuestra labor secreta de rescatar escritores raros y olvidados se hace cada vez más difícil.
Larsen se tiró de cabeza a la única caja de novedades, hoy, en Reto (se nota sus años de aprendizaje en el rastreo de la mano de sus maestros Mario y Tinofc). Todas las hienas se abalanzaron sobre la presa. Todo el botín se repartió a la que te jodió. Para unos las Poesías completas de Martí , Tabucchi, La caverna de G. Bueno, para otros El tigre y Paracelso de Borges, La Enciclopedia de vertebrados, Los diarios de Márai, unos grabados de Goya. No  lo olviden, todo inventado, como los crueles documentales del N. G.
Tinofc escapó de la jauría buscando los remansos del río, donde le esperaban las coplas del cantautor de Úbeda y las memorias de los exiliados.
Esta mañana todos los Ultramarinos estaban dispersos: Larsen negociando por unos carteles de cine de Antonioni y Godard. Gromov de Viaje por España con Carlos Pujol. El Pescador, en el Arroyo, con una Biografía de Bombita. El Amanuense, en el casino de Elvis, con la Historia de la fábrica de harinas  (con saco incluido) y Amor y Gallinas de Wodehouse. El Ilustrado, cargado de bolsas (no se atrevía a dejarlas en ningún sitio), deambulaba sin rumbo fijo. El Marchante, de puente y El Ultraísta vendiendo libros desastre (hay más hojas en blanco para escribir que para leer) en el rastrillo de Bembibre.
Nos juntamos en el Desguace para quejarnos de la romería de gente que peregrinaban por El Rastro. Asesorado por el clásico Gromov, el Trapero eligió La Eneida de la editorial Bruguera y, guiados por Eneas y Kant, partieron nuestra naves  hacia Cartago. La tripulación la formabamos el capitán mudo Gromov, el contramaestre Ocramalliv en la estiba, el vigía Larsen en el palo mayor y este discreto polizón, escondido con grata compañía, en las bodegas. Llegamos al puerto del Desengaño. En la única playa que podría ofrecernos la paz de las Sirenas a la incertidumbre del navegante, descansamos. El faro de Demóstenes se encendió y tras la tempestad pasada llegó la calma a nuestros corazones. El Orador nos tasó los libros a precio de amigo. El Doctor Mabuse Arenas se acercó, al ver al Ruso del pabellón 6 saltar de alegría (siempre se le  pega el dinero al bolsillo), e hizo una elegía  del siempre presente Mario.
Antes de despedirnos, Larsen nos contó la historia del poeta que recorre la  inconclusa y gran novela de Jorge de Sena, "Señales de fuego". Tinofc nos mostró las normas de cortesía a la hora de entrar a saco  en el Mondo Rastrero. "De la elegancia del caballero a la avaricia del pícaro de libros de escuela".
Recordando al malogrado Casavella y sus artículos de Elevación, elegancia y entusiasmo (estas tres palabras las podríamos grabar en el escudo de los caballeros andantes del Rastro) vimos pasar velozmente al Cuervo que con dos graznidos nos saludó. Antes de que el semáforo se pusiese en rojo y volviésemos al mundo real a desfacer los entuertos, recitamos un conjuro del poeta Sena para ahuyentar la melancolía de los solitarios.
"Si me ofrecen el mundo entero, / me quedo con sólo una ciudad, / y en la ciudad con una casa / y en la casa con una habitación/ y en la habitación con una cama / y en la cama contigo, amor mío, /  que vales más que el mundo entero.






Pregón de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Sevilla







[Colaboración de Tinofc]




26 de abril de 2013

Casquería Fernández


Cerrado por melancolía





[Tinofc Ocramalliv]



Una novela por entregas



Pascal

Larsen






Capítulo 9

Sonó de nuevo la campanilla de la puerta ya no tan solitaria como antes. Renqueando y malhumorado como siempre, con pinta de padecer reflujo gástrico, entró el poeta Garnach. Ya laureado y saludado por el rey de Madrid seguía arrastrando los pies por las losas de la ciudad sin nombre y rebuscando en los estercoleros de palabras como nosotros. La luz basurera de la tarde recortó su silueta sobre el cristal de la puerta para no dejar ver su rostro hasta que estuvo bien dentro del antro. Avanzaba, como ya era su costumbre antes de viejo, con los párpados bajados apenas sin ver más de medio metro ante sus zapatos. El pico de viuda de su espeso cabello señalaba el suelo pedestre mientras el carnoso labio inferior un cielo en que el afamado poeta no podía creer. Todos sus versos negros, toda su angustia avanzaba con él como una madeja de moscas. Pascal dejó la silla y se le acercó.
-Buenas tardes maestro. ¿No se acuerda de mí? Leímos poemas juntos en aquel acto tan bello, en medio de la naturaleza, en aquel castillo en ruinas, cómo se llamaba, sí: "Versos para estorninos" -en eso sacó un papel doblado y garrapateado y se lo puso en la mano-. Cómo me gustaría que me diera su opinión sobre estos poemas. Son poemas de verdad. Yo me juego la vida en cada verso. No soy, usted me entiende, un majadero de esos ... Salvando las distancias, yo soy como usted... Un poeta de raza, un poeta hasta las últimas consecuencias, ni siquiera he ido a la Universidad, podría decir que, que... -tartamudeando- ni siquiera he leído a los clásicos, si me apuran podría decir que..., que no leo... Que casi no sé ni leer ni escribir... Yo soy un poeta puro y así me mantengo puro, virgen...
Garnach tenía ya los ojos completamente cerrados y escuchaba a Pascal como quien escucha un chaparrón que le ha sorprendido en camiseta una noche de verano. Pascal le quitó de la mano el papel doblado con su poesía y se lo metió a Garnach en el bolsillo de la chaqueta y le dijo:
-Cambiando de tema maestro... ¿No podrá usted dejarme veinte euros?
-¡Uhmmmmm...! -exclamó Garnach como si le hubieran regurgitado ácidos estomacales de inviernos pasados y dibujó unos confusos círculos en el aire alrededor de su cabeza con la mano abierta. Pascal volvió como agotado hasta la silla y se desplomó para hacerse invisible. Garnach brujuleó entre las estanterías hasta llegar a la mesa con grietas llenas de telarañas. Se detuvo, metió las manos en los bolsillos y las sacó. Alargó el dedo índice y lo introdujo por la rotura del papel de estraza del paquete de Limieva. Apuntó la uña hacia arriba y lo rasgó de lado a lado. Asomaron los libros maltrechos del tal Vokislav. Garnach entonces se puso alerta, se le erizaron los pelos de las cejas y de los oídos. Levantó los párpados y cogió con ambas manos el rimero, se lo colocó debajo del sobaco y, trabajosamente, sacó de la entrepierna un par de billetes que, de viejos y arrugados, parecían fuera de curso y se los dejó al anticuario bajo un pisapapeles que representaba un pigmeo en plena erección sexual con la punta del pene cascado. Salió Garnach con inusitada agilidad y Pascal se levantó inmediatamente, tomó al pigmeo por la cúspide quebrada de su órgano sexual, lo levantó y hurtó los billetes. Me dio uno a mí y el otro lo guardó entre sus tiras de andrajos. En eso volvió Larsen sin el anticuario y nos dirigimos a la puerta.





25 de abril de 2013

Bécquer y los libros de cuentas





Bécquer y los libros de cuentas

Dios de los libros te libre,
dexa estudios, busca hacienda;
no tengas cuentas de libros,
sino ten libros de cuentas.
(Francisco de la Torre)

En un antiguo libro de cuentas de su padre escribió Bécquer sus primeros poemas, algunos de marcado carácter erótico, y realizó también algunos bocetos.


Libro de Cuentas del padre de Bécquer


Cuentas también, castillos en el aire, son las que recoge en forma de autógrafo Nombela en sus Memorias: Bécquer, que en busca del bello ideal acababa de llegar a Madrid con una mano delante y otra detrás, con despreocupación asignaba 60000 reales para obras de caridad a los pobres.

Autógrafo de Bécquer que figura en las Memorias de Nombela

Seguramente, también cuentas debería haber estado haciendo cuando su jefe le pilló soñando con Ofelia en horas de oficina y le puso de patitas en la calle.
“Símbolo del dolor y la ternura,
del bardo inglés en el horrible drama,
la dulce Ofelia, la razón perdida,
cogiendo flores y cantando pasa.”

En un cuaderno comercial rayado que le dieron en la tertulia nocturna del café Suizo reescribió Bécquer sus poesías, recordadas de memoria del manuscrito perdido tras el asalto a la casa de su mentor González Bravo.


Libro de los Gorriones, Biblioteca Nacional

Este “Libro de los Gorriones”, así bautizado por el poeta, se lo vendió una viejecita a los hermanos Álvarez Quintero por veinte duros, el valor facial del billete de Gustavo Adolfo de nuestra niñez. Hoy se conserva en la Biblioteca Nacional.


Billete de 20 duros con efigie de Bécquer


Al dorso de un billete, socarronamente, querría el poeta que hubieran estado escritas sus poesías, como ya vimos en una anterior entrega ultramarina. Y cuentas, y no pocas, tuvieron que hacer póstumamente los amigos de Bécquer para lograr las suficientes suscripciones que permitieran publicar las Rimas y Leyendas que le ganaron la inmortalidad.

Estatua de Bécquer en el Parque María Luisa de Sevilla





[Colaboración del Romántico Gromov]







24 de abril de 2013

Mortisaga en el cementerio de los iconoclastas








MORTISAGA EN EL CEMENTERIO DE LOS ICONOCLASTAS

2
DESPEDIDA

Traté de despedirme de todos los conocidos sin que advirtieran mi cercana defección. Según iba encontrándome con unos y otros, a todos les decía alguna palabra o alguna frase que dejase entrever siquiera metafóricamente mi propósito, que entenderían pasados unos días tras mi desaparición. Ya sé que fue un alarde de vanidad, pero no tenía otro modo de hacerles comprender, que no buscaran en ello un acto de desesperación, sino un precipitado de mi voluntad y deseo de acercarme a esas mentes superiores, cuyos detritus quedaban abandonados en forma de libros en cualquier sitio. Algo debieron sospechar algunos por la manera de expresarme, se me quedaban mirando recelosos con sus ojos compuestos mirándome de hito en hito, sin saber cómo reaccionar al galimatías verbal con el que les agasajaba. Y no me extraña, porque el proceso había comenzado. A veces se aventuraban a salir de mi boca términos como “palpos” o “edeago” procedentes del libro de Hübner, que eran recibidos con repugnancia por la sospecha de que todo aquello les podría granjear algún tipo de desgracia, no de otro modo puede entenderse el alegato conminatorio que me lanzó un escarabajo a punto de solidificarse por dentro y por fuera, “Si te buscas, te perderás, Mortisaga, y tal vez nos arrastres a la temible luz en tu empeño”, me dijo. Pero no fue esta la última vez que fui amonestado, también sucedió cuando sin darme cuenta cité el principio de veracidad subyacente del filósofo alemán ya olvidado, Dirk Bach, estudiado en la obra mordisqueada por los ratones, Principios elementales de subyacencia, que el maestro Pedro Sapiencio había abandonado a su suerte como calzo de una de las estanterías, sin tan siquiera haber cortado las hojas que permanecían aún unidas. Estos deslices aceleraron mi partida, porque según se integraban en el corpus de los dimes y diretes de la sociedad tenebril, mi presencia comenzó a incomodar en los foros deglutidores de hojarasca y humus, donde el hedor de la putrefacción adquiría su más alta expresión nutritiva. No tardé muchas noches más en marcharme, acosado por los míos y subyugado por toda aquella sabiduría que me esperaba.

José Miguel López-Astilleros





23 de abril de 2013

Las malas lenguas


El Rastro, primavera del 2013





- No sé si llegaremos al final del año.
- ¿Por qué?
- Se acerca la guerra.
- ¿La guerra Civil o la guerra Mundial?
- La guerra de humanos.




Oído en el Rastro.





Divino Aretino












DIVINO ARETINO

André Breton y los surrealistas  proclamaron a Sade «Divino Marqués», pero ya antes Rubén Darío, en su soneto dedicado a Bradomín, apostrofa: "Marqués (como el Divino lo eres), te saludo."

Como quiera que sea, es una clara referencia al «Divino Aretino», primer autor erótico de los tiempos modernos (s. XVI), personaje influyente y afín al estamento cardenalicio, que no puede faltar en nuestro infierno particular.

Del polemismo del personaje da buena cuenta el epitafio que mandó grabar sobre su tumba (otro codicilo testamentario incumplido, a añadir a los de Virgilio, Kafka, etc.):

Qui giace l'Aretin poeta tosco
di tutti parlò mal fuorché di Cristo
scusandosi col dir: "non lo conosco" 

(Aquí yace el Aretino, poeta toscano.
De todos habló mal, menos de Cristo
excusándose diciendo: "No lo conozco") 

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Colaboración de Charlus, quien adjunta la portada de su edición de I Raggionamenti en Bruguera (que ya amarillea), y Jupien, que exhumó la otra, de Editorial Prometeo, entre  una partida de libros viejos en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Valladolid, 2013. 

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22 de abril de 2013

Una novela por entregas








Capítulo 8

En eso entró el anticuario que habíamos visto a través de los cristales con la chica. Venía con un traje de torero en la mano cogido por la nuca de la chaquetilla. Dio un respingo al vernos allí, recostados en sus muebles y tristes y meditativos como ratas. En el interior de la chaquetilla de torero se veía una mancha lavada de color carmín. Seguramente era sangre seca. El anticuario se detuvo enfrente de nosotros, elevó el traje de torero para enseñárnoslo y dijo:
-¡Lo acaba de traer su viuda!
Nosotros bajamos la cerviz como si diésemos el pésame al mismo torero allí presente.
El traje de torero a la sombra de las pobres luces de anticuario daba matices ocres muy nobles como de latón viejo y bruñido y se parecía a una armadura prehistórica y al tórax de una momia. El anticuario lo sentó en una tercera silla entre los dos bohemios como si lo agregara a nuestra tertulia. Larsen tuvo para él un mohín de toro resabiado e hizo algún gesto con los dedos y la boca para conjurar el mal fario del traje de torero. Pascal acarició sus pedrerías con la punta de los dedos y una pieza, roja como un zafiro falso, se desprendió rodando por su manga hasta el interior de sus andrajos.
-Bueno... Y ¿Qué se les ofrece a los señores? -exclamó el anticuario.
Pascal me miró a mí y yo a Larsen.
-Se trata de negocios -contestó con empaque el pordiosero.
-O sea..., que no vienen a comprar nada. -respondió el otro.
-Somos hombres de negocios. Tal vez ha oído hablar de nosotros.
-Llevo aquí desde Julio. Casi no conozco a nadie.
-Sí le interesan los libros viejos tiene que tratar con nosotros.
Larsen se levantó, cogió del hombro al anticuario y siguió con sus negocios mientras paseaba con él por la tienda. Me levanté yo también con la idea de robar algunos objetos pequeños mientras el dueño estaba descuidado. En eso me acerqué a la mesa que hacía las veces de mostrador con grietas llenas de telarañas. En una de sus esquinas reconocí el atadijo de papel de estraza atado con un cordel rojo que había portado la chica horas antes. A tinta color malva de pluma estilográfica estaba escrito en él con letra gótica: "Lamieva". Estuve seguro entonces que aquel era el nombre de la chica, Lamieva. El papel del paquete estaba rasgado y en su interior aparecía un rimero de libros de un autor para mí desconocido: Vokislav Karbajc. Intenté extraer algún volumen de aquellos pero en ese instante volvieron Larsen y el anticuario al tiempo que la puerta de la tienda se abría.





La Dolce Vita



 Opúsculo de actualidad.  El Rastro, primavera del 2013




 Tercera edición en nada corregida pero atrozmente aumentada.



21 de abril de 2013

Los restos del naufragio
























El pelícano

    Pie pellicane, Iesu Domine, me immundum munda tuo sanguine.
Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame, a mí, inmundo, con tu sangre.


Adoro te devote, compuesta por Santo Tomás de Aquino.



BESTIARIO

El pelícano (pelecanus onocrotalus), según los antiguos, se autolesiona provocándose sangre para alimentar a sus crías. 
Esta leyenda, transmitida por el Fisiólogo y moralizada en los bestiarios medievales, ha permitido asociar esta ave a la figura de Cristo, quien se inmola y da de beber su propia sangre a sus discípulos. “Me parezco al pelícano del yermo”, reza el salmo 101 de la Vulgata.
En La Rama Dorada, Frazer rastrea los orígenes de este mito. Por cierto, en Apocalipse Now de Coppola, el libro anterior figura entre las lecturas del Coronel Kurtz, de ominosa y breve presencia, aunque su figura gravita a lo largo de todo el metraje. Y, en cierto modo, también él permite una ceremonia de sangre que es una especie de suicidio asistido.
Mucha sangre hay también en otro film de Coppola, Drácula de Bram Stoker. No recuerdo si ocurre en la película, pero en la novela el vampiro que le da nombre se abre con las uñas las venas de su propio pecho para dar de beber su sangre a una de sus víctimas. En la excelente edición de Cátedra, Juan Antonio Molina Foix ve en este detalle un rasgo crístico y lo relaciona también con el supuesto comportamiento del pelícano.
Más información puede encontrarse en un libro de referencia, hoy casi inencontrable: Ornitología Emblemática de José Julio García Arranz.

Adjunto una estampita encontrada ayer mismo en el interior de un libro de Funciones Litúrgicas en Libros&Libros, Valladolid.







[Colaboración de Gromov]



20 de abril de 2013

De perdidos al río (Raros y olvidados)


Breviario del caos, Tino Fernández. Cantareros, 3.




No te preocupes. Ocurra lo que ocurra será malo.




El caos de mi biblioteca ofrece ya tantas sorpresas como cualquier librería de viejo.




Para saber lo que nunca sabremos, la poesía.




Nunca se puede regresar a nada, pero hay que regresar para saberlo.




La soledad es una ausencia del tiempo.




Lo más importante es el Amor. Lo que nos hunde o salva.




Que todos te conozcan pero que nadie sepa quién eres.









Extravíos



El Rastro, primavera del 2013




Casquería Fernández






LIMINAR

     En esto de la literatura resulta sencillo distinguir entre un lector sabio y un simple curioso. Mientras el primero se afana con los libros verdaderamente importantes, aquellos que han marcado un antes y un después en la historia de la literatura, y no pierde el tiempo con lecturas menores ni extravagantes, el curioso, en lugar de recorrer las avenidas principales, pasea  siempre por los arrabales y acaba conociendo a la gente más rara y simpatizando con los libros más periféricos y estrafalarios. Es decir, que mientras los sabios leen siempre a Nabokov, o a Borges, por poner algunos ejemplos, y no suelen distraerse con los libros olvidados de Pedro Boluda o Teresa Wilms. Vamos, que en una visita al mercado estos últimos no ocultarían sus preferencias por los puestos de menúceles y las casquerías más selectas en busca del mejor solomillo.Todo esto no quiere decir sin embargo  que los sabios nunca lean a los raros ni que los curiosos no no disfruten con los clásicos. Yo no hace falta confesarlo a estas alturas, soy más de riñones y criadillas que de entrecots y bistecs. Y perdona la  jactancia, amigo lector pero esto comienza a ser ya un signo de distinción: entrecots y bistecs encuentra uno en cualquier buen restaurante, pero ya ya no resulta fácil dar con una taberna de la de antes donde te sirvan unos buenos riñones a la plancha o unos zarajos por su sitio. Ojalá disfrutes con ellos y te sirvan de solaz y entretenimiento, que no otra cosa aspira toda literatura. Hasta la más suburbial como ésta.

     De La vida de los libros. J. L. Melero.  Xordica editorial.   





[Colaboración de Tinofc]






19 de abril de 2013

Las malas compañías




El Rastro, primavera del 2013





Desde lejos Tinofc vio en una caja del submundo la revista Archipiélago, y despertó de su pesadilla para recobrar el tiempo perdido. Empezó el sueño de haber encontrado la biblioteca de algún snob poeta y dramaturgo (Borges lo tenga en su paraíso por su buen gusto). Todos los libros que los herederos (bendita ignorancia) habían arrojado al olvido, se nos aparecieron en esas humildes cajas de frutas. Naufragamos en esa ínsula extraña. Octavio Paz, Ory, Valente, Brecht, Hölderlin, Stanilavski, Proust, Gamoneda, Breton, Artaud... Esperaban, con la paciencia del Robinson, para volver al camarote de Stevenson. Dejamos en el diván de la historia a Sigmund, Marx y Engels para no despertarlos del sueño de la razón.
Ribera, el maletilla, como un galgo nos iba sacando entre tanta maleza las perdices de Calambur, las liebres de Hiperión y palomas de Galaxia Gutemberg. Ocramalliv preocupado por el retraso del Ilustrado, sospechó que abajo, hoy, el campo estaría sembrado de primeras ediciones y últimas voluntades.
En el Arroyo vimos a Larsen perdido entre un bosque de enciclopedias vendidas a domicilio en el siglo pasado. Me enseñó una extraña postal de la Semana Negra de Gijón dirigida a Vokislav y una novela del Buda de los suburbios.
En el delta del Danubio, volvimos a ver a Tinofc con unas Memorias en verso de un zagal transhumante. Cuando le dijeron el precio se despeñaron las ovejas, el mastín y el lobo. La esquila del vicio de lo barato no sonó esta vez. Unos metros más adelante el Ilustrado contaba los cuatro tomos de La historia del Socialismo, feliz por el hallazgo esquinero y por el ajustado precio de mil pesetas.
Nos contó Larsen que cuando hace una foto le llueven las protestas de los chamarileros y le recuerdan sus derechos de imagen. El trapero los engatusa con la promesa del libro digital definitivo del Rastro. "En peores plazas he toreado", asegura el freelance.
En la Farola de Corrientes, el Bonarense tenía un escaparate de lujo: libros de la Santísima Trinidad leonina (Merino, Aparicio y Mateo), Libros de cocina fusión de la editorial Teleno, la película Hotel Luxuria (saldadas por la Red), El tango como una de las más bellas formas del quererEstaciones de Polaroids (producción y diseño de nuestro colaborador más lejano, Tarkovski)... El editor de Labici, exquisito gourmet, se relamió con Setas, hongos y otros alucinógenos del llorado Cidón.
Sujetando el cartel de la Guinda estaban el dúo dinámico: Roberto Alcázar y Pedrín y el Amanuense. Descansaban cansados de pujar  un saco de carpetas, papeles, varios tomos del archivo eclesiástico de la diócesis de Astorga... Entre tanta miseria sólo salvaríamos El humo del trenes, una revista rural del Torío (la patria del Leopardi leonés). Si tuviésemos que catalogar por los síntomas a estos dos sujetos, tendríamos que inagurar el nuevo síndrome de Papilógenes (de difícil tratamiento).
Como hacía buen tiempo dimos un paseo a contracorriente de todos los lagartos. En la Bisutería, la belleza y el horror mostraron su rostro en las memorias de Seifert y en una novela de Bolaño. En el Campanario de Boris K. celebraban la Monarquía vendiendo, a precios populares, una colección de novela rosa de ABC. Nos invitaron al Cóctel, pero teníamos prisa por llegar a la tercera República. Un mermado Ultraísta por la humedad del Bierzo  aceptó unos bonos del tesoro con los que Larsen compró una primera edición del novelista peruano que estudió en el colegio militar Leoncio Prado. Tinofc, el monaguillo, gastó su bono de 10 euros en El Evangelio de la República; para honrar el día que era (14 abril), se subió a una escalera de tijera y, al toque de la campanilla, recitó el primer capítulo a todos los devotos de causas pérdidas.
Desde la casa de Aitzgorri nos llamó el Cuervo para que le enseñásemos la biblioteca ambulante de Baroja. Dejamos al editor polaco en las alturas de Pombo y cruzamos la calle. Allí estaba el decadente, que piensa que vive en una ciudad bella y literaria, apostado en la puerta del hotel del Cisne. Sin Larsen y sin karerino (estaba en misa con su mujer y su hijo) no quedaba rastro ninguno del bohemio que fue y que cree ser.
El Cuervo, como buen platónico (todavía cree en el valor del mundo de las ideas por encima de la experiencia), no acepta que en estos años de ruina el prestigio de un autor crezca con cada libro que no escribe. Nos despedimos de Soler Serrano de Cerezales y, acompañados de Avinareta, nos fuimos camino del Aurora Roja  en busca de la juventud perdida.