4 de abril de 2020

Libros en blanco (Relatos del confinamiento)


Libros en blanco

¡Menos  mal que sólo fue un sueño ! Pero era tan real que me ha quedado grabado a fuego más allá de las meninges. En estos días de clausura forzosa el virus infecta todo, hasta los sueños. Al principio piensas que tienes todo el tiempo del mundo para leer y ordenar la biblioteca, pero en esta reclusión la flecha del tiempo no avanza de manera lógica, de manera secuencial hacia el futuro. Se detiene, se curva, avanza a saltos, y a veces, en bucle, retrocede haciendo que los “ahora” no sean nuevos y se conviertan en déjà-vu. Quizás sea porque el tiempo se expande cuando el espacio se expande y mis 70 metros cuadrados no dan para mucho. Atrapado en estos vaivenes del tiempo, entre lecturas salteadas y en el cuarto o quinto intento de poner algo de orden en mi biblioteca, en un anaquel donde se alinean como un ejército desbaratado los libros más antiguos, observé un polvo negruzco, como si fuera pólvora muy fina. Por supuesto que no era el mismo tipo de polvo pardo que dominaba en el resto de los estantes lo que me extrañó sobremanera. Intrigado cogí algunos libros y uno a uno los hojeé pero no vi nada raro en ellos. Me tranquilizó descartar que algún bichejo estuviera estropeando los libros. Pasé un paño y desapareció la suciedad. Quedó en mis manos un antiguo Decamerón. Estrechándo el canto entre los dedos índice y pulgar recorrí las hojas creando el sonoro abanico que forman las hojas de papel de hilo al protestar cuando se les saca de su letargo. El efímero abanico dejó suspendidas en el aire centenares de partículas de polvo, pero no eran negras. Me quedé enfrascado releyendo el prólogo de la Primera Jornada, tan a cuento de estos días nefastos y se quedó la biblioteca esperando otra tentativa de orden.

Habían pasado unos días, volví a la tarea de colocar los libros y perplejo observé que otra vez estaba aquella basurilla negra al pie de los volúmenes antiguos. Cogí una pizca entre los dedos y se me quedaron las yemas impregnadas de un negro intenso. Me lavé las manos para escudriñar los libros pero el rebelde negro no se fue. Nuevamente hojeé algunos de los vetustos tomos y no vi nada de donde pudiera proceder aquella especie de hollín. Si no provenía de los libros tenía que venir de la madera de la estantería pero estaba intacta y después de pasarle un trapo quedó tan reluciente como el primer día.
Miré por otras baldas donde hay libros modernos y también estaba allí el misterioso polvillo negro. Cogí un título al azar, o guiado por los caprichos del sueño, que resultó ser La Peste pero oh!, neblinas oníricas, no en la popular edición de Gallimard del 47 que poseo, sino en la exquisita edición del mismo año en papel japón imperial. Al cogerlo saltaron diminutas chispillas oscuras que al trasluz bailaban ingrávidas. Ansioso abrí el libro por una página cualquiera y quedé estupefacto al comprobar que faltaban letras en párrafos enteros. Eso no era error de imprenta, literalmente faltaban caracteres de las palabras y en su lugar quedaban espacios en blanco. Repasé más páginas y en todas encontré huecos donde antes había letras. Iba cogiendo libros aquí y allá y todos presentaban las palabras desdentadas. No daba crédito a lo que veía. Me miré las manos y vi los dedos ennegrecidos. Me sentí como el monje bibliotecario de ojos gláucos de Umberto Eco con los dedos tintados de veneno. Instintivamente me llevé las manos a la nariz, me olían a tinta reseca. Como un fogonazo se me presentó clara la imagen: ¡¡tinta!! ¡¡El polvo negro era tinta reseca!!

Aún envuelto en la pesadilla era consciente de que mis libros estaban desapareciendo, es decir, las letras de mis libros; el papel y la encuadernación estaban intactas. ¿Qué mal aquejaba a mis libros?Aquello era absurdo, ¿por qué se convertían en polvo las letras? Era tan absurdo como consultar el Tratado de conservación de bibliotecas y archivos de Kraemer, pero a él me dirigí angustiado esperando encontrar como responsable del desastre a un hongo o algún tipo de tinta especialmente inestable o cualquier cosa razonable que explicara el sinsentido. También estaba afectado, faltaban tipos incluso en el título. Aún así localicé el apartado dedicado a las tintas que leí con alguna dificultad pero no hallé nada que pudiera explicar lo inexplicable. Se me ocurrió una idea descabellada pero como todo estaba siendo disparatado podía probar con esa idea. ¿Y si dependía del tipo de letra? Arrebatado exploré algunos tomos sólo para comprobar que toda tipografía estaba afectada: Garamond, Arial, Helvética… hasta la Gótica del Decamerón estaba atacada pero de manera especialmente virulenta: ahora faltaban palabras enteras.

Algo invisible estaba atacando a mis libros mutilando las palabras y yo estaba perdiendo un tiempo precioso intentando racionalizar una situación incomprensible mientras los libros se iban contagiando unos a otros. Cogí una brazada de volúmenes que aparentemente no presentaban la ceniza oscura y me fui al garaje donde tengo otra parte de la biblioteca. Descorazonado comprobé que el daño también había llegado a las catacumbas. Allí había libros que habían perdido párrafos enteros. Anonadado, en estado de pánico, y aislado en confinamiento no sabía qué hacer. No me atrevía a llamar a mis amigos, pensarían que les estaba tomando el pelo. Pero al comprobar cómo iban desapareciendo frases, párrafos y hasta páginas enteras de los libros decidí llamarles con la esperanza de que a ellos les pasara lo mismo pues así corroboraría que no estaba enloqueciendo.

Llamé primero a mi editor malabia y como me esperaba se lo tomó a broma, pero como insistí me dijo que había cogido un libro cualquiera y que no encontraba nada raro salvo alguna falta de ortografía. Seguro que era un folleto de los que edita él mismo. Después llamé a Tinof que amplificada su voz cazallosa por el auricular, escéptico, me decía que ya le gustaría fumar lo que fumaba yo. Cuando llamé a Gromov me dijo que lo único que echaba en falta de un libro de no sé que autor ruso era el prólogo pero que era normal porque la que tenía era una edición barata y el editor lo había suprimido. Visto que no me hacían caso llamé al librero Leo, amablemente me dijo que los libros de su casa estaban bien, insistí pero no le convencí para que se saltara el confinamiento y fuera hasta su librería. Me acordé entonces de un libro que le había prestado a Bombita. Le llamé dos o tres veces pero comunicaba. Al poco me llamó él diciéndome que ya le había advertido malabia y que su biblioteca tauromáquica estaba intacta. Le dije que por favor mirase el libro que le había prestado hacía unas semanas, me dijo que ya lo había hecho pero que estaba bien. Por la voz supe que no lo había visto, que probablemente lo habría vendido. ¡Pobre del que lo comprara!

Atolondrado miraba con pena mi biblioteca cuando se cayó un libro con lomo de piel roja dejando en el aire una nube negra. Sabía perfectamente cuál era. Se trataba de una edición antigua de Robinson Crusoe.  Con rabía y desesperado abrí el libro para comprobar que estaba totalmente en blanco.
 
¡ M nos  mal q e sol  fu  un sueño

[El Amanuense]


Heridas abiertas


Lecturas




Buenos días. Por favor, traslade mi agradecimiento a Morti (a quien espero conocer) por su recomendación de "La familia Máshber". Estoy pasando muy buenos ratos con su lectura.
Un saludo muy cordial

Sr. Quintano

El arte de la fuga (Hojeo)



[Larsen]

Diploma




[el polaco]


Centro de documentación







[El cuervo]

Diez de Ultramar

Willian Ospina



Para El cuervo

[Larsen]

In mémoriam


enREDados



3 de abril de 2020

MdU




[VK]




El honor de las injurias

Comencemos diciendo ya desde el principio lo que los críticos profesionales se reservarían siempre para el final: “El honor de las injurias” es un libro fascinante y memorable. Carlos García-Alix, pintor que se desenvuelve tan bien con la pluma como con los pinceles, en la mejor tradición de Solana, Ramón Gaya o nuestro Pepe Cerdá Escar, que había coleccionado múltiples elogios por su primer libro, “Madrid-Moscú”, se adentra ahora en la vida del pistolero anarquista Felipe Sandoval y nos entrega un libro conmovedor que es en realidad la fusión de dos historias paralelas: la propia de Sandoval, conocido con el alias de “Doctor Muñiz”, nacido en el barrio madrileño de las Injurias en 1886, antiguo criado en París y condenado allí ya por estafa, que fue durante los años anteriores a la guerra un hombre de acción al servicio de la revolución que perpetró todo tipo de atracos (el del conde de Riudoms o el del Banco de Vizcaya, entre otros) y asesinatos (el del cenetista José Arce, por ejempo, al que acusaban de haberse ido de la lengua), protagonizó fugas (la de la cárcel de Colmenar) y llevó en jaque durante años a la policía española; y la del paulatino descubrimiento de la vida del anarquista por parte del propio García-Alix, que pasa de interesarse superficialmente por el personaje a obsesionarse con él, que busca y lee todos los libros en los que cree que puede descubrir sus huellas, visita los principales archivos donde piensa que es posible seguir su rastro (el Archivo Histórico Nacional, el de Fontainebleau) y acaba encontrando su confesión manuscrita, firmada en junio de 1939, en la que reconoce sus crímenes y delata uno por uno a todos sus compañeros, entre ellos, según se aprecia en una de las hojas que se reproducen de esa confesión, al aragonés Ejarque. Esta búsqueda detectivesca del rastro de Sandoval (en la que a veces le ayudan a García-Alix amigos tan conocidos como los escritores Quico Rivas, Juan Manuel Bonet y Andrés Trapiello o los libreros Abelardo Linares y Manolo Gulliver) resulta en ocasiones tan interesante como la propia vida de aquél.
Así como antes de la guerra Sandoval pudo ser considerado por los suyos como una especie de “Robin Hood” que ajusticiaba a los traidores y robaba a los ricos para contribuir a financiar la actividad revolucionaria de la C.N.T. o la F.A.I., a partir de 1936 se convierte (como les pasó también a algunos otros aventureros famosos como Pedro Luis de Gálvez, Agapito García Atadell o el aragonés Justo Bueno) en un auténtico facineroso, amparado por la impunidad que se respiraba en aquellos días. Es entonces cuando, según su propia confesión, asesina por ejemplo a la mujer del teniente del Hierro, sólo porque ésta quiere seguir a su marido en el momento de su detención, o a un médico apellidado Rebollo, que había estado en la enfermería de la cárcel Modelo cuando Sandoval residía en ella, y que “se había portado con él bastante mal”. Tras la guerra fue internado en el campo de prisioneros de Albatera y trasladado a Madrid la madrugada del 16 de junio de 1939. Se suicidó en la cárcel el 4 de julio entre los insultos de sus compañeros de presidio, que sabían que estaba delatando a los que permanecían huidos.
El libro de García-Alix, que en ese afán autobiográfico o memorialístico también cuenta su participación en la revista “El Canto de la Tripulación” que dirigía su hermano Alberto y en la edición gráfica del periódico libertario “Refractor”, ni salva ni condena a su personaje. No emite juicios morales ni nos da la monserga en un sentido o en otro. Se limita a contar su historia de forma apasionada y apasionante y a aportar datos y pruebas concluyentes de su trayectoria. El libro, que es formalmente bellísimo, con un material gráfico excepcional (sólo por las fotografías de portada y contraportada uno se lo llevaría a casa), se lee como una novela de aventuras en la que el protagonista, aunque parece increíble, es un personaje real. Toda una joya este libro de García-Alix.

José Luis Melero
[En "Artes & Letras", Heraldo de Aragón, 14 de febrero de 2008]


Conversaciones sobre la escritura


Reencarnación



La felicidad de la tierra, Manu Leguineche

[el trapero]

Sin nada a cambio



[Larsen]



Cantareros (Arqueología Ultramarina)


29 enero de 2014

Foto / Eloy Rubio Carro




El dinosaurio




[Larsen]



Estadística




Todavía Gromov tiene seguidores en el blog


Reloj



A. Pereira




enREDados


Diploma



Foto / Jesús Marchamalo


El libro de los gatos sensatos de la Vieja Zarigüeya



Estos juguetones versos del célebre poeta han entusiasmado a lectores y amantes de los gatos de todo el mundo desde que fueron reunidos para su publicación en 1939. Como Valerie Eliot señaló, son numerosas las referencias a los gatos en el trabajo de T. S. Eliot, pero fueron sus ahijados, particularmente Tom Faber y Alison Tandy, quienes desvelaron que tras el seudónimo de «Old Possum» (Vieja Zarigüeya) se encontraba Eliot, quien escribió gran parte de los poemas en cartas dirigidas a sus ahijados durante la década de los años treinta.

[El Replicante digital]




2 de abril de 2020

Oda



[VK]


Callejero

Comillas (Foto / Sergio L.)

[Tinofc Ocramalliv]


Fray Antonio de Guevara



[el trapero]

Expurgos




[el trapero]

Mirar con las palabras



[Larsen]


El tiempo amarillo





Colofón




Reloj de melancólicos, José Luna Borge

Los libros de nuestra biblioteca






[el trapero]




Prenda de abrigo



"Le alegraba que dijeran de ella que fue la más machadiana de su generación -dice su hija-. Machado fue su fantasma, su ángel y su duende tutelar".

[Larsen]



Inspirado en Faulkner

LADC

La Veleta




«Hace meses sabía que se le acababa el tiempo y lo dedicó a preparar la edición de sus poemas y canciones que va a publicar La Veleta (Comares)». Fernando Trueba

enREDados


1 de abril de 2020

Mis amigos


Mis amigos:
borrachos distinguidos.
Cerdos de la granjas epicúreas.
Melancólicos a fuerza de placer.
Gente muy marcada de apellidos.
Genios y figuras; balas rasas.
Menos conocidos en sus casas
que en el fondo de la barra del burdel.


Mis amigos:
borrachos distinguidos.
Farsa de poetas y pintores,
con la obra inacabada por hacer.
Ociosos que pasean aún dormidos 
el spleen de un mediodía triste.
Son la bohemia que ya no existe.
El fantasma que se vuelve a aparecer.


Mis amigos:
borrachos distinguidos.
Dandys que aborrecen este siglo,
furibundos jacobinos de salón.
Viejos zorros, todos muy leídos,
que echan el anzuelo a sus conquistas
matándolas a versos modernistas
y duermen con Baroja en el colchón. 


Mis amigos:
borrachos distinguidos.
Cisnes filosóficos de estanque
que se saben observados y lo están. 
Tal vez sólo quieran ser queridos,
tan sensibles como son de suyo.
De mí no saben con qué orgullo.
Hasta el punto de ponerles un altar.
Mis amigos...

Quiero deciros lo que somos todavía,
nosotros a esta fecha,
a fecha de este día.
De esta noche, de estas calles,
de este tiempo nuestro aún.
De esta botella que tenemos en común.

Mis queridos, amados, carnales, cabrones, amigos.


credits


Rafael Berrio



[El cuervo]

Biblioteca








Quién dijo que en este país no se leía. ¿Se han fijado en el montón de videos y fotos de políticos, famosos, personajes y personajillos que salen estos días por internet y tv que a sus espaldas muestran su biblioteca, aunque algunas sean de cartón-piedra?

[El Amanuense]

Escrito a lápiz



enREDados


Tópicos





-Ahora tenemos más tiempo para leer.
-¿Qué está leyendo?
- ¡No, si yo no leo!

Oído en la radio

Hojeo



[Larsen]

Todos somos viernes