19 de noviembre de 2021

Maltrato

 




MALTRATO


Beltrán conducía con pericia el carrito de limpieza que le habían asignado. Recorría calles, plazas y paseos realizando su labor con entrega. Su trabajo no solo consistía en recoger las hojas caídas de los árboles en otoño y los desperdicios arrojados al suelo, o vaciar las papeleras, sino en colocar las bolsas de basura abandonadas al pie de los contenedores por estar llenos, en otros más vacíos. En una de estas, cuando transitaba por una calle aledaña a la suya, procedió a hacer lo propio con una de dichas bolsas. La tomó con una mano, mientras con la otra empujaría el carrito varias decenas de metros más allá. Al levantarla se percató de que algo sobresalía por el cierre. La posó de nuevo sobre la acera, la abrió un poco y sacó de ella un pequeño peluche, totalmente impoluto por estar acompañado de ropa usada. Se irguió para verlo bien a la luz de la tarde. Como se quedara prendado de la ternura y desvalimiento que emanaba, se preguntó por qué se habían deshecho de él si parecía no haber sido estrenado por ningún niño. Buscando alguna respuesta lógica, lo inspeccionó por todos lados. Solo encontró un insignificante corte en uno de sus bracitos, que a su juicio, desde luego, no era motivo suficiente para infrigirle un desprecio tan humillante. Aun con la herida, decidió quedárselo. Sus ojillos vivaces, su sonrisa candorosa, su mullido cuerpo y el afelpado tacto de su piel lanuda de mohair enamorarían a cualquiera. Abrió entonces la puerta de la taquilla que había entre los dos depósitos del carrito,donde lo dejaría hasta la hora de regresar a su hogar.

Lo primero que hizo cuando llegó a casa, fue mostrárselo a su hijo de cuatro años, quien quedó deslumbrado, como si de pronto hubiera encontrado algo que hubiera estado persiguiendo durante toda su, todavía, corta vida. Beltrán le dijo que antes de entregárselo, Teddy, que así con tan poca originalidad lo había bautizado, debía bañarse. De este modo lo metió en la lavadora para asegurarse de su desinfección. El niño, durante las horas que mediaron hasta irse a la cama, hizo repetidas visitas al tendedero para ver a su reciente amigo, deseando que se secara cuanto antes para jugar con él.

Días después, cuando Beltrán iba a recoger a su hijo al colegio, llevaba consigo a Teddy, porque el niño se lo demandaba y porque disfrutaba viendo la cara de felicidad que ponía al reencontrarse con el osito. En una de estas ocasiones, el pequeño Tristán salió acompañado de Lucas, el compañero de clase con el que mejor se llevaba. Este, al ver a Teddy entre los brazos de Tristán, se alejó de su madre con la intención de pedirle que se lo dejara un rato, pero en lugar de eso, sin mediar palabra, se lo quitó, lo agarró fuertemente contra su pecho y salió corriendo hacia ella. Tristán, a su vez, se lanzó en su persecución, clavó los deditos en el peluche y forcejeó para arrebatárselo de inmediato. La madre, viendo la violencia con que Lucas defendía su botín, se acercó para exigirle que se lo devolviera de inmediato. Pero como se resistiera, se lo tuvo que arrancar por la fuerza. Antes de restituirle el peluche a Tristán y disculparse ante su padre, que había acudido en auxilio de su retoño, se dio cuenta con estupor de que aquel era el osito que le había regalado su ex marido y padre del niño, y que se había visto obligada a arrojar a la basura, después de haberlo sorprendido intentando mutilarlo con unas tijeras.


José Miguel López-Astilleros 




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