4 de julio de 2020

Alfred Kubin



El París de Cortázar, JMB




Las malas lenguas





-Ayer se disparó el contador del blog.
-No confíes en todo lo que ves. La sal también parece azúcar.

Conversaciones con el polaco


enREDados





¡Enhorabuena a los tres!




Vana tarea




La ronda de los días, JMB

[el trapero]








Pandemia de hipermercado


[Morti]

Poemigas


Aute


enREdados




Apego y pérdida



JLGM


3 de julio de 2020

Sapos



                                                                                                        Foto / M. Ramone





Sapos





Nada perturbador había en el paisaje urbano, contemplado desde el decimoquinto piso. Los plátanos de la avenida lucían sus primeras hojas, de un verdor cristalino, exultante. La calzada estaba limpia, sin ningún desperdicio a merced del viento. Así como las aceras, transitadas solo esporádicamente por algún viandante presuroso. Ni un solo indicio de degradación había hecho mella en nada hasta donde alcanzaba mi vista, y eso que ya habían transcurrido cinco semanas desde el principio del confinamiento de toda la población en sus casas. Siempre que me asomaba a la ventana de la salita, tenía la impresión de que la calle y todo lo que en ella había, semáforos, tiendas, farolas, señales viales… hacían cada segundo un esfuerzo titánico por contrarrestar el paso del tiempo, para mantenerse incólumes, con la esperanza de que sus inanimadas naturalezas fueran a recibir en breve la atención de una muchedumbre, como si estuvieran instalados en la inmediatez de una constante espera. La veracidad de estas percepciones quizás estuviera distorsionada por la distancia vertical que me separaba de la realidad a pie de tierra. Atemperé dicha inquietud, mirando al mudable cielo, que a pesar de su variabilidad primaveral, brillara el sol, lloviera, se poblara de nubes o atardeceres anaranjados, reflejaba más certezas que la mirada hacia abajo. Con esto lograba equilibrar mi estado anímico cada vez que salía a tomar el sol o subía el estor para que la luz de los días grises inundaran el sofá donde pasaba sentado hora tras hora, pulsando la pantalla táctil de la tableta en busca de información y consuelo. Aun así, mi atracción irremediable por los abismos, escapada de una pesadilla huérfana, terminaba con mis ojos escudriñando en la lejanía la pequeñez del mobiliario urbano de la calle y lo muy poco que en ella sucedía.


Un atardecer, cuando el sol se ocultaba tras la línea de los edificios de enfrente y las sombras comenzaban a sugerir la noche, pude otear poco más que la minúscula figura de un animal de cuatro patas, de una especie sin determinar debido a la considerable distancia. Atravesó los pocos metros de parque que había dentro de mi campo de visión, llegó hasta una rotonda con una fuente en medio y se encaminó hacia aquí. Al pasar por delante de mi edificio, el tamaño había aumentado por la mayor cercanía, lo bastante como para darme cuenta de que se trataba de un jabalí, pero no para saber con seguridad si era un ejemplar adulto. Tal imprecisión vino impuesta sobre todo por la rapidez con la que corría y se perdía en las intersecciones con otras calles. Nunca había aparecido por las inmediaciones un animal que no fuera doméstico o un ave propia del ecosistema metropolitano. Sobre la misma hora del día siguiente ocurrió lo mismo al caer la tarde, pero esta vez fue un lobo quien se internó en este barrio del norte de la ciudad. Trotaba veloz, pegado a las paredes, casi rozando sus flancos con las fachadas. Pronto se perdió mimetizado en el color pardo de la atmósfera vespertina. Empezaba a acostumbrarme al espectáculo de los invasores. Así lo atestigüé cuando aparecieron en días sucesivos, ciervos, liebres y toda clase de animales presentes en los montes cercanos. Hubo un momento en que ya no fueron solo ejemplares solitarios los que se atrevieron a ocupar el espacio abandonado por los seres humanos, venían en grupos, según sus costumbres. Bien es verdad que solo bajaban cuando los supermercados, farmacias y tiendas de alimentación habían cerrado, y ningún sonido distinto del viento los disuadiera de su empeño. A la cita diaria con la naturaleza reconquistando sus espacio hurtados, asistíamos alborozados todos los vecinos desde nuestros ventanales y balcones, los niños en primera fila, detrás los hermanos mayores y padres, toda una lección de zoología en vivo, más intensa para quienes ocupaban los primeros pisos, que podían observar con todo lujo de detalles las idas y venidas de aquellos seres, más propios de un documental que otra cosa. Las sucesivas escenas que nos brindaban cada día, contribuían a distraernos del terrible acoso al cual estábamos siendo sometidos por el pernicioso virus que nos mantenía encerrados.


La inocencia, el candor, la ingenuidad y hasta la envidia con la que admirábamos aquellas apariciones durante cada crepúsculo, tras una semana se tornaron en consternación. Al principio la irrupción se había producido de un modo ordenado, primero vinieron los jabalíes, después los lobos, a continuación los ciervos, más tarde las liebres, seguidas de los zorros… cada día una especie distinta, pero cumplido este plazo, llegó la hora en que se presentaron todos juntos, tal como vivían en los bosques. Y como tal se comportaron. Ante nuestros ojos incrédulos tuvo lugar la batalla por la supervivencia: una manada de lobos acosaba a un cervatillo, le hincaban los dientes y desgarraban su piel. Un lince perseguía a una liebre, se abalanzaba sobre ella y le clavaba los colmillos en el cuello. Y lo más sorprendente, un halcón que sobrevolaba la zona, se lanzó en picado sobre una paloma de color ratón que en esos momentos pasaba justo delante de mi ventana, extendió sus garras y le atravesó cuerpo y plumas con sus afiladas uñas curvas. Para no perderme detalle, saqué de un cajón de mi mesa de trabajo los prismáticos que había comprado hacía varios años. Pero no enfoqué con ellos cada uno de los lances salvajes. Los dirigí hacia las ventanas de los espectadores de enfrente, sería digno de ver la expresión de sus caras. En una localicé a una familia con dos niños. Al darle a la rueda del zum para acercarlos y tener acceso a un primer plano, casi se me caen de la impresión que recibí al percibirlos con nitidez. Habían sufrido una metamorfosis inconcebible, la mitad de los miembros poseían cabeza de león y la otra mitad de cebra. Desvié las lentes hacia el piso de al lado. En esta ocasión la familia estaba compuesta por tres hijos de muy distinta edad, unos con aspecto de ñus y otros de cocodrilos. Separé los binoculares de mi retina, por si estaba sufriendo una alucinación, pero en la lejanía creí adivinar el mismo testimonio que se filtraba por las lentes de los gemelos. Enfoqué otro piso más lejano y a una altura muy diferente, no estuviera todo aquello producido por el perverso efecto visual de algún malvado reflejo sobre el objetivo. Allí estaban, el padre y la madre con una niño de unos nueve años, a juzgar por la estatura, pegados al cristal. Ajenos a su nueva esencia salvaje. Los dos leopardos miraban con gula al joven antílope, en vez de dirigir su mirada a los depredadores de la calle. Arrojé los prismáticos al suelo y di gracias al cielo porque las autoridades hubieran prohibido el transporte aéreo de pasajeros, para así impedir que mi esposa, que había ido a visitar a nuestro hijo a Melbourne, regresara, de suerte que se libraría de mis sobrevenidos y feroces instintos de la ley de la selva, según conjeturé que ocurriría.


Seis meses después, cuando el psiquiatra me dio el alta, mi esposa me dijo que me había encontrado desnudo en la cocina, a gatas y mordisqueando un trozo de carne cruda. De aquellas visiones solo quedan los sapos. Surgen del televisor cuando Natalia lo enciende para ver las noticias y los programas de debates sobre política. Pero no quiero decírselo para no alarmarla, al fin y al cabo ella es muy fan de algunos de ellos.


José Miguel López-Astilleros



Mis queridos ultramarinos, con esta última entrega doy por concluida la serie de veinte cuentos que he titulado Cuentos de pandemia. Lo hago con la esperanza de que no haya que continuarla por el brutal azote de una segunda oleada vírica, seguida de un no menos brutal confinamiento, cuyas consecuencias podrían convertir la ficción en realidad.

La colección de relatos queda cerrada con este texto:
"Estos cuentos fueron escritos durante la primavera de 2020, mientras la COVID-19 causaba una enorme mortandad y la población permanecía confinada durante meses en sus casas."



La librera y el ladrón

                                                     

[El Amanuense]


Poleskine / 12



2 0 1 9

[VK]




J. J.





[el trapero]








Poemigas


Aute

La Dolce Vita





Dedicatorias



Zona de obras, Leila Guerriero


Jardin des Plantes



El París de Cortázar, JMB

[Larsen]

EXHUMADOS (Decimoctava entrega)




Papeles que aparecen en los libros que se van rescatando aquí y allá.

[VK]

Marketing Top Manta


Nostalgia del Rastro

[JVNT]

2 de julio de 2020

Para los que no escuchan




Un oficio menor













[Larsen]

Poemiga


Aute


El Bordillo







Las malas lenguas




-Por primera vez, voy a hacer un expurgo en mi biblioteca.
-Poda, que algo queda.


Conversaciones entre el Sr. Quintano y el polaco

Fahrenheit 451





«Miles, que van por los caminos, las vías férreas abandonadas, vagabundos por el exterior, bibliotecas por el interior. Al principio, no se trató de un plan. Cada hombre tenía un libro que quería recordar, y así lo hizo. Luego, durante un período de unos veinte años, fuimos entrando en contacto, viajando, estableciendo esta organización y forzando un plan. Lo más importante que debíamos meternos en la cabeza es que no somos importantes, que no debemos de ser pedantes. No debemos sentimos superiores a nadie en el mundo. Sólo somos sobrecubiertas para libros».

Fahrenheit 451
Ray Bradbury

[El cuervo]



El mayor enemigo de Europa



El genial escritor E. M. Cioran dedicó a De Maistre una antología editada en Suiza en 1957 en la que incluyó su todavía hoy alabado “Ensayo sobre el pensamiento reaccionario” -incluido en nuestra edición en traducción renovada-. Esta antología hizo que se volviera a evaluar la figura de un escritor y pensador antiliberal y, aparentemente, tan fuera de nuestro tiempo, como el contrarrevolucionario Joseph De Maistre. Desde entonces se puede rastrear su pensamiento y la admiración por su prosa en autores tan dispares como Tolstoi, Balzac, Baudelaire, Isaiah Berlin, Hanna Arendt y Alasdair MacIntyre, Roland Barthes Phillipe Sollers, George Steiner, Antoine Compagnon...


Bendito bar



Bar El Brezo (León)

enREDados



1 de julio de 2020

Presentaciones Ultramarinas





m a l a b i a  e d i t o r


Horizonte de sucesos






Horizonte de sucesos





El primer día que nos liberaron, lo celebré saliendo muy de madrugada de mi topera. Me ajusté la escafandra a la cabeza y me dirigí al bosque más cercano. Nada más pisar la calle, comencé a flotar y me puse en órbita en torno a una bellísima Nymphalidae, que volaba por allí exhibiendo los radiantes colores de sus alas. Pero solo fue un hermoso sueño, porque en realidad no era una mariposa en torno a quien trazaba una elipse, sino un cárabo con inquietantes ojos de azabache, en cuyo campo gravitatorio había quedado atrapado. ¿Acaso me había confundido con un roedor y terminaría devorándome por entero?


José Miguel López-Astilleros




Cinéma

«Mai 1973, j’achète une caméra. Je commence à filmer moi-même et pour moi-même. Le cinéma professionnel ne m’attire plus. Je filme jour après jour à la recherche d’autre chose. Je cherche avant tout l’anonymat. Il me faut du temps pour apprendre à le faire».
C’est par ces mots que David Perlov ouvre son journal cinématographique, tourné durant trois décennies, en 16 mm puis en vidéo, et considéré aujourd’hui comme l’oeuvre la plus marquante de l’école documentaire israélienne.

Ariel Schweitzer, Cahiers du Cinéma.


[Travis Bickle]




Las malas lenguas






La ronda de los días








[el trapero]



Notas



[el cuervo]





Poemiga



Aute

enREDados