7 de julio de 2013

Una novela por entregas









Capítulo 22

Sobre el lucernario de la casa Siena-Pombal me aposté como una araña. Salía luz de su interior. Muy poca, parecía provenir de otra habitación distinta al dormitorio o de algún reflejo de la catedral que se colaba por el piso. Forcé el cristal otra vez y me dejé caer a sabiendas de que, aunque veía nada, caería en la gran cama. Así fue. A tientas busqué en vano el cuerpo de Lamieva. En sustitución de ella encontré las sábanas que mantenían su olor. Pasé el embozo por mis labios. Un tejido de más de cien años. Debían ser de hilo o de algo muy especial traído de París para la futura amante de Hermógenes. Me desnudé y me metí entre ellas arrancándome esas ropas viejas como pergaminos antiguos que ya estaban adheridas a mi piel y lo encontré, después de mucho tiempo, todo suave, extremadamente suave, con una suavidad de la que me había olvidado hacía muchos años, desde cuando no recordaba, desde cuando no llevaba esta vida absurda y triste y terminal. Me dormía y me despertaba en lapsos de minutos que a veces me parecían instantes y a veces horas, fuera del tiempo y del espacio en ese lecho, en ese lugar que no existía, en un limbo que siempre había ansiado. Seguramente era esa sensación que llaman felicidad. En cuanto caí en esa reflexión me deprimí y me dieron ganas de llorar porque comprendí que mi felicidad era algo tan triste, tan siniestro, tan solitario. En las antípodas de todo el mundo, en el desierto más desierto, allí, como en una tumba metido entre las sábanas de los muertos entre las que nadie se había metido en más de un siglo, yo. Porque realmente estaba como muerto, la humanidad entera que había ignorado mi existencia me daba por muerto, mi vida había sido una cosa más de las que existen y desaparecen sin cambiar nada del mundo, como una tarde de lluvia que se repite un año y otro y que nada la diferencia de otra que hubo diez años antes, en la edad pretérita o, incluso, en el tiempo de las cavernas. Era lo mismo que un hombre primitivo ya hecho piedra igual que las piedras que rodeaban sus huesos, hecho yo igual una cosa vieja, un libro viejo, una antigüedad sin otro valor que el del tiempo empastado en él. Y lo que había empezado como un sueño placentero se convirtió en una pesadilla y me retorcía en el lecho como una cucaracha pisoteada. Entonces oí un sonido como de agua, un grifo cuyo rumor no había percibido hasta que se había detenido. Luego ligeros chapoteos y el sonido de pisadas de pies descalzos. Me incorporé en la cama y salí de ella. Noté frío al dejarla y me eché por encima el gabán. Una luz tenue regaba el pasillo. Lo seguí implementando al sonido de pisadas el de mis pies también descalzos. La tarima de enebro se quebraba por los racimos de luz que se derramaban desde la rendija de una puerta al fondo de los salones franceses. Pisé las alfombras carísimas y me vi reflejado de penumbra en el espejo de dos habitaciones más allá. Alcancé la puerta y la torné lentamente. Una luz amarilla iluminaba lo que era un cuarto de baño. En su centro una tinaja de níquel alargada con cuatro patas de garra que la elevaban del suelo. En su interior, adormecido y sumergido, con los brazos apoyados en su borde, Garnach. Al extremo de la bañera Lamieva, agachada, desnuda y blanca, como un cordero. Al principio no me vio. Lamía los pies brutales del viejo que asomaban del agua. Me tanteé el gabán y noté algo duro en él. Me aferré a ello con rabia. Noté que era la pistola de mi padre. La saqué y apunté a la cabeza negra y se la volé. Todos los fragmentos de cabello, piel, hueso y sesos salieron al aire para pegarse en las paredes y tres hilos de sangre resbalaron por el cuello hasta diluirse en el agua. Lamieva se escondió detrás de la bañera. Miré hacia ella y huyó. Salió a uno de los salones y abrió los cajones de un escritorio. Del más pequeño sacó una pistola diminuta, de culata de nácar y cuerpo plateado. Levantó el martillo con el dedo pulgar y me disparó en un costado. La bala era diminuta pero me atravesó y se alojó entre los libros de la biblioteca.
Avancé hacia ella y escapó hasta las cortinas. Las abrió como si yo fuera un vampiro y con la luz me desintegraría. La claridad me cegó. Avanzaba sin ver, desnudo debajo del gabán abierto, chorreando sangre por la herida y con la pistola aún en la mano. Lamieva empezó a temblar. Abrió la puerta del ventanal y, cuando iba a cogerla, salió hacia el vacío como un ángel albo dispuesta a caminar el aire. Durante algunos instantes la vi tras los cristales sostenerse a mi altura y luego bajar. Me lancé tras ella y caí abrazándola hasta parar, mecidos por las ramas de un árbol del patio interior de la casa en las que quedamos suspendidos. Enseguida se quedó toda manchada de mi sangre que, en contacto con su piel, se volvió rosa y goteó sobre el jardín de abajo y me abrazó.



6 de julio de 2013

Los restos del naufragio
































El Rastro verano del 2013






Sinestesia




Gris es toda teoría, mas verde es el árbol de la vida. (Goethe)




Los grabados de Escher suelen ser fríos, basados en modelos matemáticos. Su "Naturaleza muerta y calle", sin embargo, transmite una calidez meridional.




[Gromov]



5 de julio de 2013

Las malas compañías



El Rastro, verano del 2013





Como huérfanos escapados del hospicio deambulabamos buscando la furgoneta de Reto, el desván del Ultraísta y la casa museo de Frida y Diego Rivera para encontrar un refugio para las penas de la semana. La desolación de la quimera. 
Todavía duraba la resaca de las cartas de Aub cuando el Hermitage eslavo encontró los naipes de la baraja española con un diseño de Modrián. Le pedía mucho. El chamarilero contaba que todo el mundo le preguntaba por las cartas y había tenido que subir de 1 eiro a 30. "Cuando el río suena es que agua lleva", nos dijo con la gracia que da el desamparo y el arroyo. Preguntar mucho encarece el producto, segunda norma del Rastro. La primera: la soledad es la mejor compañía. 
En el delta del Danubio, Mankell, Philip Roth y Siri Husvedt  soportaban la humillación del sol y del precio, 1,50 euros. Michi Chalequines nos animaba a comprarle un libro sobre Paracuellos y el Zorro Rojo con el cebo de que solamente se habían editado veinticinco ejemplares. Los más escépticos sabían que era la estrategia perfecta para encarecer el libro.
 Simenon llegó con su pipa ("de Magritte", apuntó el surrealista de la Pinacoteca.) y empezó su discurso jacobino: "Necesitamos otro Stalin para purgar este sumidero político. El Gulag ya lo tenemos en el Valle de los Caídos. Este neorrealismo liberal derechista y socialista tendría que leer más a Catón el viejo y a Catulo. Tenemos que volver a repasar las glorias nacionales para bien o para mal. Volvamos a leer a Ridruejo, Besteiro, Foxá, ese reaccionario de izquierdas que le dejó su herencia a Mao. ¡Viva Durruti! Leamos al mejor teórico del anarquismo leonés, Alfonso Gómez de Castro (Seta)". Marilyn le miraba y nos decía: "Tiene palabras de Rey. Éste fue seminarista pero lo echaron por Rojo".
Cerca del balcón de Mendoza tiraron un carro de libros de economía política, estadística, marxismo... El novelero Tinofc se esfumaba de la mano de Saúl, Samuel, Benet, Virgilio y Roth a La Cripta de los Capuchinos.
Cuando llegaron el resto de Ultramarinos encabezados por Gromov Espasa, Larsen Nikon y el Amanuense, quedaban los restos del naufragio. Algún libro de Marsé (edición limitada, 10.000 ejemplares.), Extravagario del poeta de Isla Negra que se llevó el Ruso, pero se agachó, lo cogió y se lo pagó - no tenía suelto- el paciente Larsen (cuando se lo devolvió, dicen las viperinas se lo dio todo en céntimos recogidos en sus periplos rastreriles de la mano del diosa fortuna.)
Hicimos una parada en la Escombrera catalana para saludar al capitán Nemo. Tenía novedades bilingües  para el políglota Ocramalliv, que se llevó las obras completas de Torres i Rius. 
Cuando se agacha el Amanuense la prima de riesgo sube. Levanta las orejas como el perro perdiguero ante la liebre. Tiene un olfato especial para las conservas y las rarezas: "Apuntes de Zootecnia", "Calendario de la felicidad. Filosofía optimista", "Mina de oro para enfermos y atribulados, "Las pesadillas del confesor de la Reina. Memorias" (Tinofc no se enteró. Ojos que no ven...).
En el tendido 7 nos quisieron vender un jilguero y de regalo 5 libros. Visto como cantaba el pájaro (¿a quién nos recuerda?), bien podría haber regalado el bicho por la compra de los libros.
Volvimos sobre nuestro pasos y dimos una vuelta cobijados por la sombra calvinista. Entre el primo de Freud y el interino del Pabellón 6 empezó un regateo sobre dos volúmenes de Lutero. Cada uno tenía el volumen que le faltaba al otro y no llegaban a un acuerdo. Empezó la subasta: "10 euros más el euro que te costó, el jilguero y el alpiste por el tomo segundo", primera oferta rusa. "Un bestiario del siglo XIX, unas postales de Sigmund Freud y unas aceitunas maceradas por el tomo primero", oferta del terapeuta.
Larsen les invitaba a echarlo a suertes y un avispado polaco nos alertaba: "date por jodido, le tocará a Gromov que duerme con  la Diosa Fortuna y el Dios Céntimo". No se llegó a nada.
Según nos iba dando el sol en la cabeza los temas que tratábamos se volvían más peliagudos. Empezamos con la traducción de la Tradición, los Tapices de Cabezón de la Sal, Las librerías chollo de Canarias, los cuadros de las vestales desnudas (Jupien), el escudo de Juegos de Trono (Charlus), la guía del París de Rayuela de Bonet. En busca del tiempo perdido seguíamos, como buenos proustianos, sin magdalenas pero con churros.
Vimos a la pareja de Ultramarinos incipientes. El Amanuense expuso su Teoría Centrípeta que jamás habíamos oído (ni siquiera Spasavich): "Estos dos elementos empiezan por los vinilos,  pasan a los muñecos frikis, a los baúles, a los vasos comunicantes de Murano, a las cintas de caset, a las postales navideñas y acaban en el centro comprando libros". Menudo centrifugado tenía el psicoanalista.
No echamos de menos a Houdini, el rey del escapismo. Estará en su bodega de Torre. El panfletario Simenon se nos acercó contento con una Biografía de Galdós. Tiempo le faltó a Gromov para darle la puntilla con la delicadeza del matarife. "Es una versión abreviada". Salvó la situación el humor del francés: "que más da si no la voy a leer". (El vicio de lo barato)
Al estar desierta la parcela de Frida Kahlo, un espontáneo había ocupado su lugar con unas viejas revistas de los 60, un póster de los Pasos y una colección de cómics: Las hazañas bélicas, Teniente negro y El mosquetero azul. Tinofc cogió en sus manos una enciclopedia escolar y se quedó con las pastas en la mano mientras nevaba  el papel hecho escamas. El Amanuense se atrevió a preguntar por unas revistas de Nuevo Mundo, que con sus colores azules turquesa, rojos de la corte de Salim, verdes de la Selva negra nos llevaban a ultramar donde existen los dragones. "Tienen  muchos años estas revistas", contestó el rastrero. Se oyó de fondo un hilo musical ucraniano: " Menuda ostia le va a meter".
Volvimos al viejo mundo con algo más de dinero y prendados de la sabiduría del marinero. La mañana  era calurosa y una ligera brisa atmosférica del noroeste (Parte de la estación meteorológica de la Guinda) nos trajo estas palabras que, en boca de Gromov Stratford,  parecían rescatadas de algún incunable." El destino es el que baraja las cartas, pero somos nosotros los que jugamos".





4 de julio de 2013

Editorial La Veleta









“Ninguna edición de lujo, nada de príncipes, ni de ediciones de filólogos. Cada libro, sin notas, en la edición más clara y sencilla. La perfección formal del libro. El libro no es cosa de lujo… Eso para los que no leen". 
 (A. T.)





[V. K.]



El cazador de instantes




El Rastro, verano del 2013




Quien formula una pregunta sobre sí mismo siempre encuentra una respuesta en la dirección contraria a la que está caminando.


Es de cobardes o tramposos renunciar, de entrada, al mundo alegando que no merece la pena. Por el contrario, es necesario conquistar el mundo para renunciar a él.


La soledad involuntaria nos devuelve a la realidad de nuestro origen y nos delata el secreto mejor guardado desde los inicios de la humanidad: la compañía es ficción.


Nuestras ideas acerca de la humanidad nos informan, en realidad, de nosotros mismos. Primero, cuando somos grandilocuentes, nos entusiasmamos por ella; luego, convertidos en misántropos, la odiamos; finalmente, ya indiferentes, la excluimos del vocabulario. Evolucionamos nosotros no la humanidad, que nunca ha sido sino una palabra que sólo sirve para denunciar nuestra edad espiritual.


Los recuerdos de lo que fuimos nos parecen tan venerables como las ruinas. No importa tanto como fue el edificio cuanto la fantasiosa evocación que nos produce.


Quien no ha deseado, cuando menos una vez, que arda el mundo no está autorizado para hablar de paz.


Para romper el círculo vicioso debemos encontrar un camino intermedio entre el de los cobardes, que sólo esperan lo que ocurre, y el de los ilusos, que únicamente se afanan por lo que nunca ocurrirá.




[V. K.]




Madoz





El Rastro, verano del 2013











[V. K.]



3 de julio de 2013

Las malas lenguas



El Rastro, verano del 2013




En este país no trabaja ni Dios y en cuanto aparece un puesto de herramientas se llena de gente.



Oído en el Rastro al Amanuense.





La Busca



 Habent sua fata libelli.



http://es.wikipedia.org/wiki/Habent_sua_fata_libelli





[Gromov]




2 de julio de 2013

Great Minor Poets






























[Tinofc O.]



Una novela por entregas







Capítulo 21


Salimos a la calle a esperar a Lamieva y nos apostamos detrás de un contenedor de basura en la sombra de un portal. Larsen se durmió como un perrillo vagabundo enroscado en sus harapos protegiendo los libros robados de Vokislav. También me dormí yo hasta que el chasquido metálico de la puerta me despertó. Larsen siguió roncando. Lamieva tardó poco en volver a salir a la calle. La seguí dejando abandonado al trapero. Subió por la Cuesta de Castañones hasta la Plaza de las Tiendas. Aún estaban cerrados todos los bares del Barrio Húmedo. Unos cuantos cuervos volaron hasta los aleros de las casas y varias plumas negras planearon hasta los charcos secos de meadas de borrachos. Por la de Berrueta salimos a la Catedral y ella miró a izquierda y derecha como si temiese que alguien la observase, sacó un llavín y abrió la puerta de la casa Siena-Pombal. Tuve que volver atrás para subir por la muralla. Corrí como un loco. A medida que mi cuerpo iba desplegando los miembros para realizar los movimientos necesarios me iba dando cuenta de que no había corrido desde hacía años, lustros, decenios, quizá más de treinta años, desde que era un niño y, de pronto, me asaltaron recuerdos inconexos, fogonazos de sol, de viento, trozos incomprensibles pero perfectamente reconocibles para mí en los que aparecía al borde de un río de verdes orillas con ranas decapitadas a los pies, o en la penumbra fresca de un portal en verano con una niña que nos enseñaba las bragas. 
En eso entré por la calle de las Cercas y en su medio se me apareció un tipo viejo y flaco, plantado en el centro del paso. Me acerqué encorvado como una presa que se resiste a ser capturada. Tenía el presentimiento de que aquel sujeto me conocía y que iba a pegarme. Algún negocio malparado o alguna cosa le tenían de enemigo mío. Podía volver atrás pero quería seguir para encaramarme a la muralla y encontrarme con Lamieva. Me acerqué más. Vi entonces que el hombre llevaba una casaca echada a perder de camuflaje militar y, debajo, una camiseta de baloncesto alquitranada y con tirantes de hilo, pantalones vaqueros anchos, cortos y colgones, llenos de lamparones en la zona de la bragueta y unos zapatos cuarteados que debieron ser de charol o algo parecido. Con una mano se tocaba los genitales y con la otra se tentaba algo como si llevase una navaja. Me aproximé aun más a él. La calva le llegaba al cenit de la cabeza desde el cual le salían, hacia atrás, unos pelos en melena rucia y reteñida de brillos caobas que le daban un aire de espectro de yonki de los años ochenta. Saqué el morro de entre el gabán y le desafié con el mentón. El viejo flaco me sostuvo la mirada unos instantes, escupió sobre su hombro izquierdo, y se retiró unos centímetros para que pasara. Cuando estuve a su altura me palpó los bajos. Me revolví y me embistió y quedé estampado contra las piedras de la muralla como una mosca con la mandíbula floja. 
Me desperté en una cama con el cuerpo como una losa, como si tuviera los miembros de pedernal. Me veía incapaz de levantar un dedo. Abrí los ojos a un cielo de telarañas y desconchones y mugre. Giré la cabeza y vi una hilera de camastros. Alguien me había recogido de la calle y transportado a un refugio de transeúntes. Uno deambulaba por la sala de catre en catre. Iba con el cogote pelado y una barba negra y picuda cuya punta metía en la cara de los yacentes. Al poco vi que no se trataba de un asistente social sino de otro indigente más que iba de cama en cama desplumando a las marmotas. Casi nunca sacaba nada más que mierda de los bolsillos. Cuando se aproximó a mi jergón fingí estar dormido. Él pegó su cara a la mía para comprobar, entre las penumbras, que efectivamente dormía. Ronqué para que se confiara y cuando me iba a echar mano le enganché con una mano la barba y, con la otra, le di un puñetazo en toda la cara que le reventó la nariz. Me incorporé de un salto sin soltar al ratero de la barba y lo llevé como a un perrillo del collar contra la pared. Sonó su cabeza como un cacharro de barro hueco y se desplomó. Le vacié los bolsillos y me llevé los miserables siete euros que el infeliz llevaba en calderilla. Mientras buscaba la puerta de salida iba viendo a una colección de hombres descacharrados sobre los camastros, aureolados de su miseria de olores putrefactos a orines y basura, a ropa vieja y sucia y a vomitonas de vino malo de cartón. Uno de ellos tenía, atada con una cuerda a la pata de la cama una rata de cloaca, que debía ser su mascota, su único amor y familia sobre la tierra.

1 de julio de 2013

El Topo Catedralicio




El Topo Catedralicio [Libros, revista y blog El Viejo Topo]




El topo, de la familia de los tálpidos (Talpidae) siempre excava en el suelo y se lleva la tierra (vive en galerías). Se traga las raíces por debajo de los frutos (no sólo las raíces, también los tubérculos y hasta el tallo de las plantas). Y es una de las bestias del mundo que oye con mayor claridad, ya que tiene un oído finísimo para compensar la ausencia de visión.

Se cree erróneamente que degrada la tierra en la que vive y que carece de ojos (están atrofiados y apenas visibles bajo la pelambrera). La tradición popular lo asocia a una figura del diablo que estropea todos los lugares en los que mora, lo que dio pábulo a la leyenda del “topo maligno” de la Catedral de León. Finalmente, según investigaciones realizadas en los años 90 por la Universidad de dicha ciudad, el colgajo sobre la Puerta de San Juan de dicha catedral no era sino un degradado caparazón de tortuga laúd, de origen incierto.

“El viejo topo” es una metáfora clásica del pensamiento de la izquierda atribuida a Trotsky, a Marx e incluso a Hegel, vía Shakespeare. Fue el título de un artículo de Rosa Luxemburgo y la idea subyacente es la de que el revolucionario debe ser como un viejo topo: debe saber actuar combinando la sabiduría y experiencia atesoradas por los viejos con la estrategia de los topos que minan poco a poco el subsuelo hasta apoderarse del terreno.


Las ediciones de El Viejo Topo, que tuvieron su mayor auge durante la Transición, dan cabida todo aquello que inquiete, que inquiera, que incite a la reflexión y, como consecuencia, a la acción, en un mundo que no destaca precisamente por su sentido de la justicia, de la igualdad, de la solidaridad o de la defensa de las libertades. De este modo, El Viejo Topo quiere contribuir a renovar, desde una perspectiva crítica, un panorama que comprende lo económico, lo social, la cultura y la contracultura, la ciencia, el poder y su negación, la política y el pensamiento, dirigiéndose a quienes no se conforman con lo que las cosas parecen, y quieren saber lo que las cosas son.


El blog del mismo nombre (sin relación con la revista ni la editorial antecitadas) propugna la difusión de información desde fuentes alternativas y diferentes a las habituales de los medios sistémicos comprometidos con el statu quo, a fin de recomponer la conciencia de clase a través del debate y de la difusión de contenidos a menudo silenciados.

  

[Gromov]