26 de enero de 2014

W.B.









          Cuando un amigo muy apreciado, culto y elegante, me envió
          su nuevo libro, me sorprendí a mí mismo en el momento de
          abrirlo, arreglándome la  corbata.
                                                          W. B.



[Tinofc]


24 de enero de 2014

Las malas compañías



El Rastro, invierno del 2014



Encontramos el paseo nevado y desierto. En Reto se refugiaban del frío con dos toldos laterales que impedían ver las novedades. Después de varios meses reapareció el capitán de la Nave, recuperado de un dura operación, y nos regaló un calendario a cada uno de los Ultramarinos.
Gromov mientras revolvía entre las cajas se quejaba de la mala noche que había pasado, debido a la pantagruélica comidaniversario en el Llamas. Tinofc emergía del sótano con un lote de libros de saldo del Corte Inglés: Los girasoles ciegosBiografía de Rigoberta Menchu y Fortunata y Jacinta.
Bajamos hacia Cacharrería escuchando las habituales quejas gromovianas, pero esta vez eran estomacales. No sabía si echarle la culpa a la cecina de chivo o a la crema de limón de Fray Amanuense.
En la oscuridad puluaba el Dandy con su sonrisa Moviestar. Nos contó que acababa de llegar de la inaguración de la nueva exposición del Musac; nos ofreció una bolsa de libros sobre León con unos precios etílicos que no pasarían el control de calidad. Se reía ante la oferta del Polaco, volvió a esconder los libros en la bolsa del Día y se alejó riéndose del precio ridículo que había pagado por los libros;  esa era una forma de reirse de nosotros.
En el Desguace faltaban muchos puestos, los gitanos ante el temporal de tormenta polar se habían quedado en la cama. Por el espacio vacío se peleaban los marroquíes en un idioma áspero y violento. A uno de ellos Gromov le compró una cartera de cuero por 1, 50 euros (ese es el límite del eslavo) y más adelante en el puesto del Lituano se hizo con un Kamasutra Pop-up movible que ya tenía, pero iba a venderlo para retroalimentar el vicio. Lo más que dio 1, 50. Se pasó toda la mañana dándole a la manivela, y a los acompañantes se les iba la vista ante esa pornografía de cartón descodificada.
Dimos una vuelta por el Danubio y nos paramos en el faro de Estambul a escarbar en una caja de pins de los Cárpatos. Larsen escogió uno de una imprenta de Varsovia y otros dos de unas emisoras de Sofía. El Polaco se conformó con el pelotón búlgaro de ciclismo y una chapa del Sherif del Soviet de San Petersburgo con el número dos. "No quiero ser el número uno", así empezó su discurso derrotista. El Enciclopedista que no perdía ojo le contestó : "Eres el segundo que es el primero de los perdedores".
Gromov, con una amabilidad sopechosa que nos hacía temer lo peor, le acercó al Trapero una Poleskine y las Fábulas de Benet que le habían "costado" (Dado) 1, 50 euros y le pedía a Larsen tres euros retroalimentados.
"Os voy a traer de Valladolid unas libretas con un diseño laponés", soltó el ruso con su generosidad extraña. Tinofc sacó un manojillo de hojas de la mariconera y levantó acta: "En la ciudad de león, a las diez y veinte, el inquilino del pabellón 6 nos dice que nos traerá unas libretas de la ciudad impar. Para que quede constancia, firmo, ante el testigo de cargo, Larsen. Tinofc Ocramalliv, Exjefe de la Estación de Matallana".
El conde de Lucanor nos sorprendió con una perfomance nueva esta semana. Llegó a lomos de una bicicleta blanca que aparcó en un árbol, enfrente del puesto del Pastor. Recorrió con su vista, musitando alguna oración, todas las estaciones de viacrucis de la mesa; de Repente escogió una espada de la marina, la desenvainó y exclamó con furia: " El Imperio Astrohúngaro volverá!", todo esto nos lo contó el Amanuense que en esos momentos negociaba por algún libro de alacena. Algunos creíamos que daba una nota de exageración a la historia para dar una mayor expresividad. "Todo lo que digo todo lo he visto y he oído", con este argumento levanto acta notarial.
Gromov nos expicaba la importancia del simbolismo de la oca en el Camino de Santiago y, de vez en cuando, echaba pestes contra Cacharreiro porque todavía no le había mandado la foto del tablero de la oca del Rastro. Aprovechó que el Amanuense estaba bajo en defensas por la gripe Grifal, para pedirle el facsímil de la hormiga de su Crónicas de Indias, solamente haría una fotocopias y lo traería la próxima semana.
Volvimos sobre nuestros pasos a ver si el Ultraísta ya había aparcado. El Ruso no hacía más que quejarse del estómago y nos volvía a recordar la mala noche que había pasado. El primo de Freud preguntó si era por la cecina que comió o por el chivo que estaba en la pared.
El Editor de Labici felicitó a Malabia, editor de manual de ultramarinos, por lo bien que había salido la presentación de Dakovika en el anticuario. Bombita recordaba el barojiano menú sentado y los gintonic bombay a 2 euros y el chupito de hierbas de Gromov de 1,50 euros.
Cuando no sabe que decir el docto Spasavic tira del refranero popular: "Él que no está hecho a bragas las costuras le hacen llagas". El Amanuense le respondió con su gracia de fakir de Bricomarian: "Hombre refranero hombre majadero". No le perdona al Ruso el tomo de Lutero. Bombita, Larsen y Tinofc se descojonaban ante tanta erudición académica y sospechaban que pronto serían víctimas de un vodevil arnechiano.
Volvimos al Desguace por querencia y para buscar unos singles de los Cuervos que había dejado pasar el Polaco sixtie. El Amanuense recitaba unos versos de Quevedo ("Miré los muros de la patria mía...") preparando ya lo que íbamos a encontrar. El single de los córvidos había volado al altillo de Vitrubo Vinilo.
Se nos acercó el Dr. Mabuse para preguntar por el libro de cocina del Amanuense Sartén y pluma, de pasó nos recitó su receta de tortilla de patata que seguro no venía en ningún recetario. "Cortar la patata bien fina, freirla lentamente y tapada y los huevos tienen que estar poco batidos".
Eran las once cuando el Ultraísta levantó la trapa. Nos sacó algunos ejemplares nuevos, pero en su interior los bárbaros habían acampado subrayando todos los párrafos y en los márgenes aparecían anotaciones sicalípticas. Entre Larsen y el Polaco se repartieron Los botines blancos de piqué de Umbral y el Cuaderno amarillo de Pániker.
Se arremolinaron varias mujeres buscando libros de recetas y de costuras. El Berciano empezó su discurso Del triunfo de la ideología sobre el Capital de Marx y ahuyentó hasta a Kojak.
Mientras nos alejábamos de tanta ruina, un rastropredicador ambulante gritaba alzando la vista al cielo ceniza: "¡Año nuevo, vicios viejos!"



Solipsismo


Cuando de segunda mano compro un libro forrado, inmediatamente le retiro el plástico: ya cumplió su misión.

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[Bubble Boy]


23 de enero de 2014

Mortisaga en el cementerio de los iconoclastas








MORTISAGA EN EL CEMENTERIO DE LOS ICONOCLASTAS

19
GEOMETRÍA CELESTE

Había rectas, que al cortarse unas con otras, dudaban de su camino, se quebraban y doblaban, usurpando trayectorias ajenas. Aquellas a su vez se veían compelidas a tomar unas direcciones si no equivocadas, distintas de las propias, cuya extrañeza olvidarían transcurrido un trecho, dada la similitud de los puntos que las formaban. Lo cual hacía imposible la continuidad de un sueño, de una obra, a menos que al caos se le pueda llamar obra, tal como nos empeñamos en entender las huellas que dejamos en este mundo, inspiraciones armónicas incluso dentro de su confusión. La escena semejaba una piel nacarada sobre la que se hubiera desencadenado una batalla contra un felino rabioso, de uñas afiladas y mordientes, desorden de un alfabeto imposible, escrito sobre un paisaje lacustre o grabado en el humor vítreo de un anciano, no manchas, heridas rayadas en todas direcciones, sin orden ni concierto, rectas tan caprichosas como el universo, que termina por doblegarlas en curvas siniestras. La cosa no hubiera tenido más importancia, y me hubiera despertado con las últimas luces, como acostumbro, de no haber mediado el afán del vacío por transformarse en algo, sin cuya mediación su melancolía no sería posible, sentimiento que, a decir de los astrólogos de la inquietud, lo libraría de la nada, no de la muerte. Así fue cómo surgió la geometría, de las vísceras de una emoción, de una quimera, y así fue cómo al espacio le nacieron ojos circulares, triangulares, pentagonales, octogonales… secuencia de Fibonacci, a través de los cuales comenzaron a escaparse las cifras y los nombres, los teoremas y las catedrales, las sonrisas de las Giocondas y los cuerpos de belleza matemática, además de dos nautilus pompilius dormidos sobre una roca calcinada, a punto de aparearse sin perder la compostura de sus espirales casi perfectas. Pero de entre todas las creaciones, hubo un canto que repitieron miríadas de rectángulos y triángulos de mil tamaños con las mismas proporciones: 1,618033 9887498 9484820 4586834 3656381 1772030 9179805 7628621 3544862 2705260 4628189 0244970 7207204 1893911 3748475 4088075 3868917 5212663 3862223 5369317… y como por ensalmo, con este lenguaje incomprensible para un pobre Blaps mortisaga, estas combinaciones comenzaron a construir puentes sobre ríos de pensamientos, flores y pétalos del amor, galaxias, peces siameses, cristales de pirita, estrellas pentagonales titilando en noches áureas, y filósofos y pintores y arquitectos y geómetras del infinito, alquimistas del desorden supremo. Con la intención de no dejar mi cuerpo al margen del guarismo y cálculo divinos, pensé en la similitud de mis antenas, de mis patas, de mis ojos, de todos aquellos fractales que pudieran acercarme al principio inaugural de tanta armonía, así el despertar sobresaltado no me hallaría como un extranjero en tierra de nadie, sin medida, desterrado de la creación. Cuando amanecí a media tarde, empapado en sudores de azufre y sobresaltado por haber digerido a duras penas aquellas construcciones oníricas de las matemáticas, una música de esferas celestes me trajo a la memoria los libros por los que había estado merodeando la noche anterior sin provecho alguno: La proporción áurea de Mario Livio, una edición facsímil de De divina Proportione de Luca Pacioli, La proporción divina de Fernando Corbalán, y Mathematica Celeste de Arnaldo Pascalino. 

José Miguel López-Astilleros 



En el Rastro






[Tinofc Ocramalliv]


Bestiario del Quijote (XXI)



Para algunas de sus ilustraciones del Quijote, Dalí se ayudó de un pulpo vivo impregnado en tinta.


EL PULPO


En sus asendereadas aventuras Don Quijote fue vapuleado, magullado, bizmado, brumado, apedreado,… O sea, que le cayó la del pulpo. Sin embargo esta analogía con el sufrido cefalópodo (que proviene de los golpes previos a su cocción en la modalidad de pulpo a feira) es relativamente reciente (la recoge el diccionario de Autoridades, pero no Covarrubias). 

Ahora bien, Cervantes, al relatar en el Quijote una justa de esgrima, usa otro símil que tiene que ver con la peculiar estructura anatómica del animal:

[…] el licenciado le contó a estocadas todos los botones de una media sotanilla que traía vestida, haciéndole tiras los faldamentos como colas de pulpo […]


El ya citado Covarrubias, riguroso contemporáneo de Cervantes, no habla de “colas” en su Tesoro, sino de “rabos de pulpo”, y nos da interesantes detalles:



Por su parte, Clemencín habla de los “pies o brazos que tiene este zoófito”:




Tras esta críptica alusión hemos confrontado el coloquio entre los perros Cipión y Berganza al que alude el académico: 


CIPIÓN.- […] por tu vida que calles ya y sigas tu historia.

BERGANZA.- ¿Cómo la tengo de seguir si callo?

CIPIÓN.- Quiero decir que la sigas de golpe, sin que la hagas que parezca pulpo, según la vas añadiendo colas.

BERGANZA.- Habla con propiedad: que no se llaman colas las del pulpo.

CIPIÓN.- Ése es el error que tuvo el que dijo que no era torpedad ni vicio nombrar las cosas por sus propios nombres, como si no fuese mejor, ya que sea forzoso nombrarlas, decirlas por circunloquios y rodeos que templen la asquerosidad que causa el oírlas por sus mismos nombres. Las honestas palabras dan indicio de la honestidad del que las pronuncia o las escribe.


¿Por qué se elude en la época de Cervantes hablar de los “tentáculos” del pulpo (también llamados "rejos")? ¿Cuál es el “oficio no muy limpio” de tales apéndices al que se refiere el ortodoxo Clemencín? Tal vez se trate alguna connotación de tipo sexual como la que existe en la cultura nipona:

El sueño húmedo de la mujer del pescador, por Hokusai

Sobre esta vertiente inesperada del pulpo recomiendo encarecidamente el artículo El sueño húmedo de la mujer del pescador y la monografía Tentáculos de amor y muerte.

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[Dedicado al Amanuense, que no aceptó pulpo como animal de compañía y fue escéptico con su incorporación al bestiario quijotesco]

El río de Heráclito (paráfrasis)




–No revuelvas más los libros: son los mismos de la semana pasada.
  
–Ya, pero desde entonces el que ha cambiado soy yo.


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[El de siempre]

22 de enero de 2014

El Rastro marcha

Imagen del Rastro en el siglo XIX

Recojo aquí un artículo sobre el Rastro que apareció en el periódico literario El Panorama y que es una crónica costumbrista al estilo de Mesonero Romanos. Únicamente he modernizado puntuación y grafía.



El Rastro marcha (Anónimo, 1839)



Todo adelanta, todo progresa, todo se extiende. El Rastro, el famoso Rastro de Madrid, depósito ab initio del sobrante y deshecho de todas las vestimentas, calzados, hierro, muebles y libros que han usado por muchos años los habitantes acomodados de esta capital, y expelen como escoria los caprichos de la moda, las defunciones abinstestato, las repentinas ausencias y los embargos judiciales, es ya estrecho campo para el cúmulo de trastos que van diariamente hacinando allí las actuales críticas circunstancias. Un observador le llamaría termómetro de la riqueza colectiva, y en su diario movimiento descubriría el estado financiero de las individualidades madrileñas, caso de haber observadores para el Rastro cuando son tantos, tan arduos y tan interesantes los objetos dignos de la española observación.

Ello es que el Rastro, como si conociera que nadie le observa, va ensanchando a la sordina el círculo de su distrito y colándose pian piano hasta en las calles más céntricas, concurridas y elegantes de la capital. Allí donde ve un huequecillo, aunque sea tamaño como un pliego de papel, allí encajona una mesa con relojes desechados por buenos, o hallados antes de que el dueño los perdiera; allí establece un puesto de navajas que cortan lo que ven; allí amontona unos cuantos tomos sueltos de los cuales renegarían sus autores si tan mal parados los mirasen. 


Con el puesto se trasplantan también, desde el Rastro al centro, no pocos de los infinitos desarrapados pillastres que revolotean, sin mala intención, por supuesto en torno de aquellos cebos de compradores de cosas baratas, y que con su lenguaje obsceno, con sus asquerosos vestidos, con sus modales tabernarios, constituyen un anacronismo y un torpe borrón junto a las primorosas guanterías, a las románticas boticas y a las confiterías de oro y azul. La presunción fundada en razonables cálculos nos induce a creer piadosamente que la susodicha turba holgazana y revoloteante, es poderoso imán de otra turba femenina, que a guisa del inmundo murciélago vespertino, no abandona el oscuro agujero donde anida, hasta mucho después que el sol ha hundido su flamígera carroza en los cristalinos palacios del océano. 

Esta turba femenina, de impúdica calificación, atrae a su vez otra bulliciosa falange de atrevidillos mozalbetes, que más duchos en el arte del galanteo y de la crápula que en los preceptos de Nebrija o de Aristóteles, ronda en tumultuaria cuadrilla en las calles más concurridas de la capital, tal vez en el mismo instante en que señor padre o señora madre están haciendo en familiar tertulia largos y pomposos elogios de la precoz capacidad del rapazuelo y de sus inauditos progresos en la ciencia, y de su perseverancia en el estudio, y de su inocencia, y de su moralidad. Al bullir de la juvenil falange, acuden los infames usureros, los rufianes, los parásitos que asaltan, reparten y devoran el durejo de aguinaldo, o la lista de la compra, o el producto de un tomo de matemáticas, y sostienen al inexperto mozo en la carrera de la liviandad y le enseñan la hipocresía, y vician acaso para siempre un corazón que debía latir para la virtud y la honradez.

Pero, ¿qué remedio? Subir al primer escalón de la cadena y echar la culpa al Rastro, ya que no convenga achacarla a la legislación o a otras causas y levantar alrededor del Rastro una muralla como la del imperio chino, que contenga la expansión de costumbres, palabras y acciones dignas de perpetuo encierro cuando tanto repugnan a la moral, a la civilización y hasta al honor de España.


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[Gromov]