11 de marzo de 2022

Tres mujeres




TRES MUJERES



Siempre hacía el mismo trayecto de regreso. Bajaba el cierre metálico de la agencia de viajes donde trabajaba y me dirigía al Paseo de la Condesa, desde donde me encaminaba, bajo los castaños de indias, al Puente de San Marcos, a cuyo término tomaba finalmente la Avenida de Quevedo. Tuvieron que pasar muchos días para que reparara en su presencia. Varias horas concentrada en la pantalla del ordenador me dejaban la vista tan agotada, que me costaba recobrar la agudeza visual a media y larga distancia, dificultad insoslayable a la edad en la que me hallaba. Podría haber estado allí desde hacía semanas o incluso meses sin que llamara mi atención. La mañana que me comunicaron por teléfono el resultado negativo de la biopsia, me sentí exultante, rejuvenecida, con ganas de celebración. Le pedí a mi compañera que se encargara de todo un par de horas hasta que volviera. Por fortuna no tuvo ningún reparo en aceptar mi ausencia momentánea, ella había pasado por un trance similar hacía unos años y entendió que justo era devolverme mi actitud comprensiva de entonces. Estuve paseando por la ciudad sin prisas, haciendo algunas compras y tomando café como si el tiempo se hubiera detenido entre sorbo y sorbo, apurando a solas la felicidad del instante. A unos quince minutos de cerrar la agencia, me presenté allí para cumplir con mi obligación de conectar la alarma y bajar la trapa. Esta circunstancia me liberó del completo agotamiento de la jornada matutina, lo cual me dejó la atención expedita para que el recorrido hasta mi hogar no fuera algo anodino, tedioso, como solía. Los árboles desnudos de Condesa me parecerían seres plácidos, el río Bernesga bajo los ojos del puente, un fugitivo sonoro henchido de energía, el frío colgado de la atmósfera azul, un espejo amable... Con esta disposición de ánimo disfrutaría del itinerario como nunca, a pesar del riguroso invierno que estábamos padeciendo. Nada se interpuso en el disfrute de cada uno de mis pasos: el oxígeno penetraba, gélido, hasta los alveolos de ambos pulmones, haciendo de la respiración algo vivificador; las urracas daban saltitos a la sombra de los tamarindos, como si pretendieran despertar sus flores rosáceas; los rayos del sol sorteaban las ramas de los castaños hasta introducirse por la retina, desde donde suscitaban el goce de ser testigo y partícipe de cuanto palpitaba al mediodía... Mis ojos y aun mi alma se sorprendieron con el efecto que causaba dentro de mí todo lo observado, que por otro lado no era nada nuevo, aunque lo pareciera. Lo que más me conmovió fue la presencia de una mujer de mediana edad sentada en un banco. Llevaba unos pantalones de cuadros, unas botas de piel vuelta y una parka de color gris. Tenía las piernas estiradas en diagonal y las manos metidas en los bolsillos, y su pelo plateado con reflejos violetas permanecía recogido en una cola de caballo. Sin embargo lo que llamó en particular mi atención, fue la mirada perdida de sus ojos castaños. En un principio pensé que pudiera tratarse de una vagabunda, pero pronto deseché la hipótesis, porque tanto su aspecto limpio y cuidado como la pulcritud de su ropa en perfectas condiciones denotaba pertenecer a una clase acomodada, a pesar del aspecto desangelado que emanaba su figura anónima, solitaria, que irradiaba un halo de abandono en torno a ella. La ausencia del más mínimo movimiento de su cuerpo hacía que su estampa se fundiera con el color del suelo, con la corteza de los árboles, la madera gastada del asiento y el tono ratonado de las palomas que revoloteaban a su alrededor, hasta el extremo de haber logrado la transparencia absoluta para los viandantes, presurosos e indiferentes al pasar junto a ella, como para mí hasta aquel momento, si es que no era el primer y único día que se había aposentado allí. Desde cuándo ocupaba ese banco, me pregunté, o acaso había sido solo una fantasmagoría de mi imaginación impulsada por el deseo de llenar los vacíos circundantes. Estas y algunas preguntas más sin respuestas me fui haciendo hasta llegar al portal de mi edificio, tras haberla perdido de vista. Con la llegada a casa creí que el recuerdo reciente de aquella enigmática mujer se perdería en el tráfago de mis tareas domésticas, acuciada por la necesidad de desnudarme, ponerme cómoda y preparar algo para comer. Sin embargo todo el bienestar que me había acompañado durante casi toda la mañana, comenzaba a teñir mi tiempo hogareño de reservas, sin anularlo por completo, hecho que agradecí, porque pretendía extender mi contento todo lo que pudiera. Por la noche, durante el sueño, volví a verla sentada en el banco a lo largo de un time-lapse, en el cual cambiaba únicamente su alrededor, los rosales, los castaños, los prunos, los reflejos de la luz... mientras ella permanecía hierática en la misma posición. Al despertar traté de recordar los detalles de aquella visión: el viento cambiante, las hojas verdes, amarillas, tornasoladas, las copas impenetrables derramando su sombra sobre el pavimento, las ramas despojadas de su ropaje, los atardeceres cobalto, violetas, anaranjados, a lo largo de las cuatro estaciones, no importaba que fuera verano o invierno, ella siempre permanecía con el mismo atuendo, abrochado de arriba abajo. Lo que no conseguí, por mucho que lo intenté, fue modelar su rostro en mi cerebro; no es que hubiera perdido el rostro en el sueño, es que tampoco era capaz de extraerlo de la memoria vivida. Me resultaba desasosegante haber olvidado un recuerdo tan cercano, aunque por otra parte dudé hasta de que lo hubiera tenido, porque no lograba encontrar siquiera algún pensamiento, alguna emoción que me suscitase no ya su figura completa, sino específicamente su semblante. Solo pervivía dentro de mí su mirada diluyéndose en un éter difuso, inconcreto, que penetraba en una dimensión imposible de alcanzar.

De camino a la oficina pondría especial atención en los bancos del paseo, por si estuviera allí sentada. De estarlo tal vez despejaría la incógnita, aunque no sabía muy bien a qué me conduciría fijarme en cada uno de los pliegues de su rostro, ni en su expresión. De todos modos no era muy normal que alguien tomara asiento a aquellas horas tan tempranas, con el intenso frío del amanecer rasgando todavía el espacio. Con esta apreciación intuí un cierto recelo ante la posibilidad de encontrármela, no por las razones expuestas, sino porque parecería que alguien la hubiera plantado allí para mí, como una caléndula intemporal que floreciera bajo las heladas. Y si fuera así, cabría sospechar que su naturaleza perteneciera exclusivamente a una realidad habitada solo por ambas. Sospechas, incertidumbres, miedos velados, me arredraban conforme iba dejando atrás un banco tras otro, sin que la hallara en ninguno, hasta que llegué al último, también vacío, antes de cruzar por el paso de cebra hasta la otra calle, a la altura del ambulatorio. La verdad es que me sentí liberada de la obligación de enfrentarme a los paisajes desconocidos de mi interior. En cambio, lo que ya no tenía marcha atrás era el hecho de que la presencia de aquella mujer, lejos de haberla percibido como algo lejano, había calado en mis entrañas. Las horas de trabajo que me quedaban por delante, tal vez obraran el sortilegio de recordarla después con la frivolidad que ahora añoraba ante la inminencia de un presentimiento inquieto.

La mañana transcurrió muy movida, extenuante, entre la redacción de presupuestos y la atención directa a nuevos clientes. Por eso me sorprendió que al encarar el Paseo de Condesa a mediodía, su presencia en el mismo banco me sacara del letargo al que me había conducido la fatigosa jornada. No quise ser indiscreta deteniéndome frente a ella para observarla, por lo que decidí caminar todo lo despacio que pude mientras la miraba de hito en hito con intensidad, hasta que la hube sobrepasado. Lo más sobresaliente que pude apreciar en esta ocasión fue un ligero rictus de su enigmática sonrisa giocondina, y por no sé qué ignota asociación de ideas inconscientes, me pareció que aquellos labios bien proporcionados con el resto del óvalo del rostro, delgados y de un color rosa mustio, como si quedaran restos uniformes de carmín, habían poseído el don musical de las palabras. Estas disquisiciones emergidas de un sentimiento de hermandad todavía dormido en mí, como pude comprobar más adelante, me llevaron a pensar que aquella mujer de tan dulce sonrisa había sido una escritora con una imaginación tan desbordante, que había terminado por enloquecer. Así fue cómo comencé a pergeñar la historia de su vida a lo largo de aquella tarde y noche con muchas más invenciones de mi cosecha. No me hicieron falta más detalles de la realidad, para escuchar los relatos con los que mantenía la atención de los compañeros de viaje en barco hacia el puerto de Ciudad del Cabo; para escuchar el rasgueo de su vieja pluma estilográfica Swan, adquirida a un anticuario de Estambul, a donde viajó a los dieciséis años con su abuelo turco Ismet, al que acompañó para recorrer por última vez la geografía literaria del escritor Ahmet Hamdi Tampinar, a quien le profesaba una gran admiración y leal amistad, desde que lo conociera en una entrevista que le hizo para la revista francesa La Licorne, hacía ya un tiempo que a ella le era difícil contar, por mucho que se empeñara él en describírselo; también paseé mis dedos por los distintos volúmenes que había escrito con un éxito unánime entre la crítica especializada del momento; exprimí el placer de esta última invención con objeto de leer cada uno de sus títulos, pero ante tal imposibilidad, me quedé con la plenitud que los recuerdos de aquella vida, tan mía como suya, según se mire, le produciría a ella, aunque solo fuera de un modo fugaz y quizás intermitente, aún dentro de la enajenación que sufría. Llegado a este punto, me sentí desazonada por no poder mencionarla con su verdadero nombre, porque solo nombrando a las personas por su nombre, e incluso el apellido, ingresan con toda su densidad individual y humana en la esfera de nuestra intimidad, de nuestro mundo, de nuestro presente y nuestros recuerdos más perdurables, así que determiné llamarla Cecilia Urbina, como la protagonista del cuento con el que gané un premio escolar en la adolescencia, a partir del cual escribí unos cuantos más, e incluso soñé con una carrera de escritora, hasta que la madurez me fue arrebatando dicha inclinación con el olvido de aquellas ilusiones. Al levantarme de nuevo aquella mañana, los rescoldos de aquellas recreaciones oníricas me trajeron la sonrisa suave y deliciosa, a pesar de hermética, de Cecilia. Durante toda la jornada laboral estuve distraída, precipitándome en una idea que distaba años luz de mi inclinación consciente, pero que fue creciendo a espaldas mías, en las cavidades de la irracionalidad más indeseable: la envidia por la audacia de haber triunfado en el cumplimiento de sus anhelos. Por eso, como la envidia es la expresión de los deseos ajenos, hubiera estado dispuesta a pagar el precio de la locura, como ella, por tener sus labios seráficos ligeramente tensos, hacia las comisuras de su boca callada, como ella, y aun su mirada perdida en la maraña de sus universos, como ella. No me hubiera importado incluso haber fracasado en el intento, a diferencia de Cecilia, con tal de estar sentada en su banco custodiando la memoria perdida de una vida plena, y no allí, resolviendo expedientes de viaje con docilidad. Ahora que mi imaginación había despertado del coma de mi destino, no sabía qué hacer con todos los atardeceres que me quedaban por delante, porque me faltaba algo para canalizar tanta vida por contar. Albergué la esperanza de que Cecilia pudiera prestarme desde su silencio elocuente el remedio que me faltaba, para que todas mis palabras encontraran el camino adecuado hacia la conclusión de la esfera perfecta a la que aspira todo relato, del mismo modo que la cadencia regular, a más de silente, del firmamento, propiciaba que los marineros antiguos avistaran la costa en las noches de plenilunio.

No perdí el más mínimo segundo en cerrar la agencia y marcharme al encuentro de Cecilia Urbino. Cuando la vi desde lejos, aceleré el paso. Al llegar a su nivel, me detuve frente a ella y me quedé mirándola unos segundos, abstraída, sin interponerme en su ángulo de visión, aunque bien sabía que miraba hacia sus paisajes internos. Pronto emprendí la marcha de nuevo, no porque ella pudiera sentirse agraviada por mi desfachatez, sino por juzgar que me estaba aprovechando de su estado de absoluta indefensión, aunque no aparentaba fragilidad, pues daba la impresión de existir con la fortaleza de quien ha hundido sus raíces en tierra fértil y con su frondosa indumentaria arbórea desafiara al aire. Conforme me iba alejando de ella, su compañía se fue pegando con más fuerza a las plantas de mis pies, como una carta de navegación que me fuera a guiar por el firmamento de un orbe aún desconocido. Aquel mapa lo componía cada uno de los rasgos de sus facciones. Su frente despejada, sus cejas claras, su nariz meridional a pesar de comedida, sus pómulos marcados por una elegancia ósea, mineral, y su mentón redondeado, vibraban con ritmo armonioso, equilibrado y con proporción en todos ellos en la nueva imagen que me hice de ella. Aquella música me recordó el efecto sonoro que las palabras de la Cecilia Urbino de mi primer cuento produjeron en quienes las escucharon, a pesar de que semanas más tarde supe por ella que no había quedado del todo satisfecha con mi lectura. Tenía razón Cecilia, no bastaba con idear un personaje y un argumento, y sembrarlos por un paisaje y un tiempo de manera ecuánime. Sin el ritmo ancestral de las palabras primigenias de la tribu frente al fuego, ese que surge cuando se las deja sueltas en el viento y se acoplan en el alma de quien las escucha, sin esta melodía del lenguaje, de este baile de sonidos y significados, nada vive, sin este movimiento en la gloria de los días cotidianos. Quizás por eso aquella otra Cecilia adolescente quedó varada en la impericia de una narradora con el oído aún inmaduro. Y quizás por ello ahora me reclama un protagonismo nuevo, con las palabras que ahora poseo. Durante el sueño de esa noche, vi a mis dos Cecilias en una mesa del pequeño y viejo Café Cheo Leo, situado en la estrecha calle Nguyen Thien Thuat de Saigón, llena motocicletas aparcadas en los laterales, casas de comidas y talleres mecánicos. Estaban sentadas alrededor de una mesa metálica de tijera con el tablero azul turquesa, a juego con el asiento y el respaldo de las sillas también de tijera, junto a una de las paredes desconchadas con un rodapié de azulejos blancos y azules del mismo tono, cerca de la cocina, desde donde podía verse el tambor redondo de la cocina de carbón, sobre la que hervía el agua en pucheros de barro. El calor tórrido y húmedo del verano era sofocado por el ventilador que tenían enfrente. La música, a ratos vietnamita, a ratos francesa de los años sesenta, que salía de los altavoces, no dificultaba su animada conversación. Se miraban con tanto interés que habían olvidado tomar el último trago del café, que permanecía olvidado en el fondo de sus tazas de cristal. Quise escuchar su conversación, pero lejos de lograrlo, solo pude adivinar que al comienzo de su cita habían estado dilucidando, quién de las dos había sido la primera en llegar a Saigón huyendo del gran ilusionista y prestidigitador de emociones, Maurice Leveque, a quien habían conocido en el Kabarett der Namenlosen de Berlín, antes de que la magia de su voz y de sus grandes manos se posaran sobre sus sentidos y sus cuerpos, y el amor trastocara sus vidas futuras. De esta manera intuí que habían comenzado a elaborar entre ellas una historia común, en la que ambas se fundían en un solo personaje, en una sola identidad, que cobraba más vigor cuanto más unánime era el consenso en la elección de cada suceso, porque así estuvieron hasta la madrugada, si perderse en un bosque de abedules en la taiga rusa o asistir a un ballet en el teatro Mariinski de San Petersburgo, sobrevivir varios atardeceres a los rigores del Harmattan dentro de una tienda de bereberes o participar en la conspiración contra un gorila del cono sur de América... Nada podía hacer frente a la afinidad que las había reunido en mi sueño, salvo estar atenta y copiar al dictado cuando me lo permitieran, para concretar las palabras y el estilo con los cuales encarnarlas en negro sobre blanco el día que me pusiera a escribir con determinación.

Ese día me levanté con la pasión desbordada por comenzar a escribir la definitiva historia de Cecilia Urbino, atenazada por la rapidez con la que ellas habían comenzado a concebir una criatura nueva con sus renuncias y aceptaciones. No podía decepcionarlas soterrándolas bajo el peso de toneladas de informes, de entrevistas anodinas, de vida oscura. Así que, antes de acudir a la ya ineludible cita invernal con Cecilia, desayunaría con ellas un café y un pedazo de tarta Dobos en el Centrál Kávéház de Budapest. Después removería todo lo que fuera necesario para encontrar mi olvidada pluma estilográfica Swan. A continuación saldría a comprar la tinta apropiada y un paquete de diez cuadernos Veesun, porque sospeché que a través del teclado del ordenador portátil no fluiría el encantamiento de aquellas dos mujeres. Por último, a eso de las dos, atravesaría el Bernesga por el puente medieval de San Marcos, desde donde me encaminaría hacia el banco donde me esperaba quien había desencadenado mi reencuentro con la adolescencia, tiempo en el que a menudo solía refugiarme de las inclemencias de la edad tardía. Se me había olvidado recordar que para la ocasión me había vestido del mismo modo que mi compañera, como signo de cercanía y hermandad. Allí juntas, una al lado de la otra, sin que mediara signo alguno externo de comunicación entre nosotras, continuamos nuestra conversación silente sobre la conveniencia o no de iniciar la historia del siguiente modo: «Siempre hacía el mismo trayecto de regreso...» Antes de que su aliento se manifestara en uno u otro sentido, o rectificara mi propuesta por algún vocablo inapropiado, se me acercó un asistente de la residencia geriátrica Buenavista con su uniforme blanco, a quien confundí con Alonso de Zubiaur, capitán de la goleta fantasma Barataria, desaparecida sin dejar rastro en medio de una niebla espesa durante la travesía por el estrecho de Ormuz...

─¿Qué tal Cecilia, cómo estás? Vamos, que ya es hora de comer? ─Dijo, mientras me concedía la mejor de sus sonrisas y me tomaba del brazo para levantarme. Orden que acaté con disciplinada mansedumbre, no sin antes despedirme hasta el próximo día del último fulgor de mis dos amigas.


José Miguel López-Astilleros



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