10 de marzo de 2015
9 de marzo de 2015
La Galerna
LA GALERNA
Galerna. 1. f. Viento súbito y borrascoso que,
en la costa septentrional de España,
suele soplar entre el oeste y el noroeste.
Diccionario de la Real Academia Española.
Hay una fina línea que va desde las clásicas revistas literarias de la posguerra, como Espadaña, a esta nueva publicación que lleva el curioso nombre de La Galerna y que hoy presenta el proyecto editorial Manual de Ultramarinos. Dilucidar si dicha línea es recta u oblicua es tarea ardua. Lo más probable es que el espíritu de todas aquellas revistas pueda hallarse vivo todavía en la pulpa de papel con que se edita esta, del mismo modo que la obra de Rubén Darío, Juan de Yepes, Gustavo Adolfo Bécquer, Anibal Núñez y muchos otros palpita en las hojas de las otras publicaciones del universo ultramarino.
Puede que aquellas revistas de antaño aspirasen, de forma secreta e inmodesta, a alcanzar algún día una gran difusión y una cierta perduración en el tiempo, aunque hoy muchas de ellas resulten prácticamente inencontrables y ni siquiera su reedición facsímil haya conseguido que esto mejore. Sin embargo, uno alberga la sospecha de que La Galerna viaja en dirección diametralmente opuesta, pues aspira a una perduración doméstica, una perduración tan efímera como secreta y silenciosa. Tal vez La Galerna no sea una revista literaria más, sino la reencarnación facsímil de sí misma que quizás algún día cualquier trapero del tiempo encontrará perdida en el Rastro junto a otros papeles olvidados.
Sea como fuere, sus lectores de hoy y de mañana podrán leer en las páginas iniciales de este primer número una serie de retratos literarios extraídos de la obra de Juan Ramón Jiménez, Ernest Hemingway, Andrés Trapiello, Rafael Cansinos Assens, Alejandro Sawa o Rubén Darío. Es precisamente ese leitmotiv, el del retrato literario, el que anima prácticamente toda la publicación. Así, Bruno Marcos realiza una reivindicación de la figura de Ramón Gómez de la Serna y de su aportación a las artes; Juan Bonilla nos deja una atrayente, y a la vez inquietante, visión del escritor y periodista César González Ruano; Miguel Martínez Panero humaniza la figura de Gustavo Adolfo Bécquer, separando el grano de la paja, el mito de la realidad en torno al poeta sevillano; José Miguel López-Astilleros nos recuerda la importancia que la música puede tener cuando va unida a la palabra escrita; José Luis Puerto rescata la figura de un narrador hoy tristemente olvidado como es Luis Landínez; Tomás Sánchez Santiago nos revela el espíritu inconformista del poeta Aníbal Núñez (del que se incluyen además cuatro poemas inéditos fechados en abril de 1971) y un servidor evoca un improbable encuentro fortuito entre dos escritores aparentemente antagónicos: Mark Twain y Eça de Queirós.
Con todas estas posibles variaciones en torno al tema del retrato literario que hoy nos trae La Galerna, el proyecto editorial Manual de ultramarinos pretende abarcar el único frente que todavía quedaba por cubrir (tras la poesía, la novela, el relato…), el de la crítica literaria. El objetivo, como en las otras ocasiones, no es otro que el esparcimiento del desocupado lector.
Mario Paz González
8 de marzo de 2015
Presentación en El Mansillés
| Foto de Eloy R. Carro |
Coincidiendo con los primeros bosquejos primaverales, esta mañana se han presentado las novedades ultramarinas del invierno en el café El mansillés,-de esos en peligro de extinción con mesas de forja y mármol- idóneo por su antediluviano aire de tertulia literaria. En un acto breve, el editor Malabia -muy bien acompañado por otros tantos tertulianos de prestigio como José Luis Puerto, Antonio Toribios José Miguel López-Astilleros, Bruno Marcos, Miguel M. Panero y una insigne figura del Quijote- ha mostrado el género de la temporada, expuesto ante un público más numeroso de lo habitual. Mario Paz ha hecho un repaso por los contenidos de La Galerna, la revista de crítica literaria de estampa decimonónica cuyo primer número ve por fin la luz, con una serie de retratos literarios de autores variados que van desde Bécquer a González Ruano. Ante la mirada atenta de José el anticuario se leyeron las impresiones del editor y una volandera de urgencia sobre el cierre del tabernáculo sagrado de la calle Cantareros, antiguo emplazamiento de las presentaciones Ultramarinas. Para cerrar el acto, amenizado por la música en directo de Mónica y su violonchelo, Bruno Marcos presentó la reedición de Morir de viento, el libro de poesía (cuya primera edición ya es inencontrable) que Jorge Pascual escribió antes de los diecinueve años, y cuyos ejemplares llevados hoy a la presentación se agotaron rápidamente. La espontaneidad del joven poeta que declamó algunos de sus textos provocó la petición de varios bises, clausurando el acto un poema de la adolescencia que, cantando la belleza de una mujer que se perdió en el recuerdo, nos dejó una sonrisa esbozada en el rostro y un aura de candidez.
Para no perder el hilo literario fuimos a comer a La curiosa, donde un busto de Demóstenes y una vieja máquina de escribir nos guiaron por el camino del exceso. Las historias reales o inventadas y los platos de comida sin dueño iban y venían: las croquetas le gustaban mucho a Pedro Salinas, exclamaba Puerto sonriente. También alguien se jactaba ante su ración de pulpo que en su gusto por el molusco le precede Federico García Lorca, para no parecer menos importante. El vino de la tierra (que corrió a raudales en la comida ultramarina más multitudinaria) provocó brotes literarios en los comensales que, entre versiones dispares de concursos universitarios, auguran colaboraciones femeninas nunca previstas en una cercana publicación de relatos eróticos con vistas a ser presentada en las inmediaciones de un puticlub. De esta y futuras presentaciones regidas por la itinerancia se fueron hablando los asistentes en corrillos por entre la sombra de los soportales y el justiciero sol de la siesta.
[Raquel Llamazares]
7 de marzo de 2015
Las malas compañías
En la furgoneta del bipolar Boris escondía Gromov su compra mañanera en tres bolsas. Nunca le habíamos visto hacer tanto derroche en el Rastro; seguro que se había aprovechado de unos de los bajones de ánimo que le dan al chamarilero que lo mismo te regala diez libros y te cobra uno o rompe delante de ti el Quijote con grabados de Vela Zanetti.
En el paso de cebra del zoco dispuso su habitual tertulia el poeta de la intemperie. A su alrededor los Ultramarinos escuchaban con devoción sus sincronicidades y sus últimos hallazgos: unos cantares de ciego y unos evangelios en miniatura. Todo se lo había ofrecido un quincallero en el bar y, a la vez, le había invitado a un café. Según le contó el tipo todo el material había aparecido en el desván de una señora difunta del Val de San Lorenzo.
Entre tanto Diógenes dominguero y jabalíes hocicando en las cestas de mimbre, el alfranquino exhibía su distancia de iluminado. Sacó unos papelines donde apuntó unos coplas populares sin rima, recogidos por Leo Garduña en la maragatería y el título de un libro de aforismos que le recomendó el polaco.
Entre tanto Diógenes dominguero y jabalíes hocicando en las cestas de mimbre, el alfranquino exhibía su distancia de iluminado. Sacó unos papelines donde apuntó unos coplas populares sin rima, recogidos por Leo Garduña en la maragatería y el título de un libro de aforismos que le recomendó el polaco.
“El amarillo es el color de la vida, por eso la gente lo odia tanto", con estas dieciséis palabras de Cioran se despidió y se fue con su grabadora camino del Almirantado de Rueda donde le esperaba cuatrodedos
Dimos una vuelta rápida por el desguace; en el puesto de Ramusnas, nuestro amigo lituano, Tinofc se hizo con dos recetarios de cocina popular y Bombita con uno de pinchos de cocina vasca. "Son para regalar, a mí del pescado y de las verduras a la plancha no me sacan”, bufaba el polaco. Bombita se alejó por la orilla del río buscando a Marconi.
Vimos a Gromov revolviendo en la persianera de Marchena que gritaba con cierto desafino y sin convecimiento: “Dos libros por tres euros".
Antes de Irnos escuchamos las quejas blogueras del ruso: “No sé si volveré a publicar más posts, me he sentido maltratado por el zorro plateado que me dice que siga de vacaciones por el bien de los pocos lectores que quedan; el cuervo me insinúa, con su delicadeza de presocrático, que me he apoderado del blog como los mendigos de Viridiana; el trapero Larsen me dio, hace dos semanas, el primer aviso taurino quitándome la clave de acceso. Creéis que así voy a tener ganas de publicar los veinte bestiarios del Quijote que faltan y los cinco posts de las playmates bibliotecarias. Con esta presión no puedo trabajar”.
6 de marzo de 2015
Presentación ultramarina (novedades de invierno)
Si vas a quedarte a comer manda un correo al editor malabia.
Libro de estilo (VI)
Sobre las descalificaciones personales
(la venda, antes que la herida)
Los comentarios de esta página están moderados
(y los posts también,¡qué coño!)
Puede que no aparezcan inmediatamente al ser enviados
(y tal vez no lo lleguen nunca a hacer)
(y tal vez no lo lleguen nunca a hacer)
Evitaremos así las impertinencias, los insultos y las salidas de tono que no tengan que ver con el tema
(pero, ¿cuál es el tema?)
(pero, ¿cuál es el tema?)
Ello no obsta para que la norma del blog sea la libertad absoluta
(tanto para publicar como para eliminar)
(tanto para publicar como para eliminar)
[el que maneja el cotarro]
5 de marzo de 2015
Las malas lenguas
| El Rastro, invierno de 2015 |
Sólo quiero que me toque la lotería para dedicarme a la vida provinciana de Café y Casino.
Visto y oído al polaco en el Rastro.
Mascota
Hola artista. ¿qué te parece si llevamos este Quijote, rescatado de un saco gitano del rastro, como mascota a las movidas ultramarinas. Podía debutar en Mansilla.
[Email del Amanuense]
La prueba de Gromo (Novela por entregas)
3
VALENTINA KRISTEL
AQUÍ SE PRESENTA A LA MISTERIOSA VALENTINA KRISTEL Y SE CUENTA CÓMO SE VINO A LA PENÍNSULA DESDE LAS PALMAS DE GRAN CANARIA, CON LA INTENCIÓN DE COMENZAR SU CARRERA DE ESCRITORA CON LAS PALABRAS INVASORAS DE EDUARDO MANCUSO, EN LA COLECCIÓN ERÓTICA DE LA EDITORIAL GROMO.
Desde que la mitad de su alma fuera devorada por las brumas de Gustavo Adolfo Bécquer, y la otra mitad por las descripciones naturalistas de su paisano don Benito Pérez Galdós, allá por los doce años, sólo pensó en leer a todas horas, incluso cuando comenzó la lucha a muerte entre aquellas dos maneras de sentir. Cada vez que Valentina Kristel se agitaba en su placenta con violencia, e intentaba rasgarla para no morir de asfixia, Eduardo Mancuso, su guardián tirano, su cuerpo de niño adolescente, la amenazaba con la conquista de princesas lúbricas, que la sepultarían contra toda voluntad bajo tumbas de falsa testosterona, de granito hubiera deseado. Leer, leer como Eduardo fingiéndose Valentina, como Valentina ocultándose de Eduardo. Así leyó durante años. Pero una noche ventosa con el mar crespo y espumoso en la playa de las Alcaravaneras, Eduardo rindió sus velas a un buque pirata, a la herida de un dulce bucanero que lo atravesó con su sable de luz, para mostrarle el camino claro, por donde habría de caminar la futura Valentina Kristel. Después vinieron innumerables citas canallas en el parque de San Telmo, y acometidas de contrabandistas nocturnos en los camarotes de mercantes extranjeros en el muelle Elder, que le arrebatarían los últimos vestigios de su fantasmal masculinidad. Algo más tarde supo que quería ser escritora, aunque también que escribiría como un hombre, a pesar de empeñarse en lo contrario, y que con su nuevo aspecto, travestido de Valentina Kristel, no triunfaría en la isla, y menos escribiendo historias. Por eso decidió completar la sensual transformación de su nueva, verdadera y ansiada identidad femenina, con el dinero obtenido como camarero en locales gais, para dar el salto a la península con su reciente nombre artístico, porque una escritora sólo podría desarrollarse a través de un cordón umbilical con la tierra, por donde escapar cuando las serpientes acecharan, así presintió la huida del insigne Galdós, y así haría ella. Entre tanto escribía cuentos acéfalos, poemas reptilianos en plena mudanza de piel y algún que otro artículo para blogueros de rastrillo, en pos del hallazgo definitivo que le ayudara a averiguar, por qué Eduardo se atrincheró en las palabras que habría de escribir Velentina. Semanas antes de partir a ciegas sólo con un propósito como bagaje, en la clínica donde le dieron las ultimas instrucciones para mantener erguidos sus pechos recientes conoció a un sexólogo, Ángel Ricardo Escotado, que había asistido a un congreso, cuya parte práctica consistía en entrevistarse con pacientes como ella. Quien al conocer sus planes, le ofreció trabajar en su consulta, donde haría de ayudante y recepcionista, pues la empleada anterior había sido obligada a abandonar el empleo por su novio, harto de tanta innovación cuando hacían el amor, fruto de haber transcrito tantos informes profesionales, de gente que sólo demostraba imaginación para el sexo, obsesión que terminaría amenazando su futuro burgués, si no ponía remedio.
Decidieron tomar el mismo vuelo en asientos contiguos. Una vez acomodados, rodando hacia la pista de despegue, Ángel Ricardo le dijo que podía quedarse en su casa hasta que encontrara algún apartamento en las inmediaciones, ya que vivía solo desde su divorcio, hacía dos años, y que por favor no pensara en ninguna intención equívoca, porque no solía mezclar el trabajo con el placer. Después de que Valentina aceptara el ofrecimiento, Ángel extrajo un libro envuelto en papel de regalo de su bolso de mano, se lo tendió con una sonrisa de cumplido, es para ti, y se quedó callado durante todo el viaje, mientras ella leía Triángulos escarchados de Violeta Reyes, de la colección La sonrisa horizontal de Afrodita de la editorial Gromo. Nunca habría imaginado antes de comenzar el primer capítulo, que quedaría tan obnubilada con aquella lectura, tanto que marcaría el género con el que iniciaría su carrera de escritora, decidió. Quería escribir como Violeta Reyes, una novela en la misma colección, como Violeta Reyes, sospechó que conocía a la protagonista y a la escritora desde sus primeros placeres, como Violeta Reyes, la dibujó a imagen y semejanza suya, sin saber que era el pseudónimo del colombiano Marcelo Miller, muerto tres meses después de publicar dicha obra, en un trágico accidente de automóvil, como Violeta Reyes en el libro, a doscientos por hora, contra un pilar de hormigón, a la entrada de un túnel, al tiempo que en la misma milésima de segundo confluían en su mente el éxtasis y el descenso de dos recuerdos excesivos pertenecientes a un misma noche de desenfreno. Antes de tomar tierra cerró el libro tras haber concluido su lectura, ante los ojillos réprobos de un tipo con gafas de intelectual con coleta, que la escudriñaba desde uno de los asientos delanteros. Cerró los ojos y pensó momentáneamente en su libro aún por escribir, pero sólo halló vacío frente a la opulencia de Triángulos escarchados. La respiración agitada y el tamborileo de los dedos de su compañero sobre el apoyabrazos la tranquilizó, porque cayó en la cuenta de que tendría acceso a centenares de argumentos en la consulta de sexología de Ángel Ricardo, así evitaría recurrir a la dolorosa vivificación de la sangre seca de su propio pasado, sólo habría de encontrar el tono y el lenguaje apropiado.
Tras instalarse semanas más tarde cerca del consultorio, situado en la frontera donde termina el barrio antiguo y comienza la ciudad moderna, se apercibiría de que las cosas no iban a ser tan fáciles, y mucho menos lo que iba a suponer para sus intereses la presencia en la misma calle de la revista PlayEros y un peepshow, además de otras circunstancias, como la de escribir un horóscopo lujurioso y satírico para la publicación quincenal Toywoman, sin contar el descubrimiento del carácter de sí misma, que había aflorado con la confirmación de su nuevo sexo y su belleza magnética de ofidio.
4 de marzo de 2015
El libro que arruinó su vida
Aprovechando que, gracias a la munificencia del factotum, se ha levantado la fatwa ultramarina que pendía sobre mi cabeza (¿o fue todo paranoia?), doy una noticia que él mismo no publicitaría dado su humilde ego y que es un lector impenitente de España, aparta de mí estos premios. Y es que, aquél a quien yo siempre vilipendio por su deslavazada escritura y total carencia de sintaxis (¡ay, si Senabre levantara la cabeza, cómo se hubiera cebado!) ha sido unánimemente galardonado por su calidad literaria, su valor expresivo y su excelente manejo de la intertextualidad [sic] en el concurso EL LIBRO QUE ME CAMBIÓ LA VIDA organizado por tULEctura.
Podéis ver la noticia completa aquí, pero no me resisto a reproducir el texto que motivó el premio y que elogia todo el mundo:
Me enamoré de la Maga y todavía la busco en el Pont des Arts. Siempre quise tocar en el piano de Berthe Trépat los tres movimientos discontinuos de Rose Bob. A menudo me despierta el llanto del niño Rocamadour, su tristeza clava sus agujas en mis labios y no puedo decir nada. Saint- Germain-des-Prés llena mis pasos del áspero bebop y de las tristes promesas que enmudecen las esquinas de la Rue Guenegaud. Horacio Oliveira me traicionó (permítanme la discreción) y nunca se lo perdoné. En el boulevard de Sébastopol un clochard me dio un sobre con la fecha de mi muerte. Si no fuera porque un día me arrinconaron con sus pedanterías y risas que mermaron mi sentido común, nunca les hubiera quemado sus discos de vinilo; por si no lo saben estoy hablando del Club de la Serpiente. Al final acabaron echándome del piso y me alegré, así tuve más tiempo para pasear por el cementerio de Montmartre. Todas las noches alimento mi insomnio con la lectura de Voltaire, un librito que “distraje” a los bouquinistas. Siempre estaré agradecido a Gregorovius, que me enseñó dos cosas: «el jazz es un modesto ejercicio de liberación y París una enorme metáfora».
“Star dust” suena en mi cerebro y mi corazón escucha el ruido de los vasos cuando bailaban los muchachos en la ‘cave’. Por más que lo intenté, fui incapaz de aprender el gíglico, ese idioma que oculta el vuelo de los pájaros al amanecer.
Una noche estuve en la casa del escritor Morelli, quien me preguntó si leía a Spinoza; tenía un gato y muchísimos libros. «Solo viviendo absurdamente se puede romper este absurdo infinito»: ¿a quién escuché estas palabras con hilo de cometa? No se me ha olvidado el sabor del mate ni de las historias de pendencieros, «porque el recuerdo es el idioma de los sentimientos, cada vez iré sintiendo menos y recordando más». Talita, con sus bolsillos llenos de piolines, me susurraba las causas perdidas que todavía podíamos ganar, y Traveler, perdido en su melancolía, me regalaba entradas para ver al gato calculista en el circo del Señor Ferraguto.
De eso hace ya tanto tiempo.
Hoy, por fin, me he decidido a escribir sobre Rayuela, el libro que me arruinó la vida.
[G.: congratulations]
JUAN CARLOS CARBAJO LARSEN
3 de marzo de 2015
La Galerna
Postales Ultramarinas#9
Great Minor Poets
2 de marzo de 2015
Lunes de Galbana
Las malas lenguas
1 de marzo de 2015
Vita Brevis
Mário de Sá-Carneiro (Lisboa, 19 de marzo de 1890 — París, 26 de abril de 1916) fue un poeta, cuentista y novelista portugués, uno de los mayores exponentes del Modernismo en Portugal y uno de los más famosos miembros de la llamada Generación de Orpheu.
Decepcionado por la diferencia entre su vida real y la que imaginaba, entró en una progresiva depresión, que le condujo al suicidio, perpetrado en el Hôtel de Nice, en Montmartre, mediante la ingestión de cinco frascos de arseniato de estricnina en presencia de su amigo José de Araújo. Tenía tan sólo veintiséis años.
28 de febrero de 2015
Buen salvaje
| El Rastro, invierno de 2015 |
| Para el vilependiado G., que fue hipster. |
[ Agradecido al polaco por el ejemplar. Larsen]
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