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| El Rastro, primavera del 2013 |
15 de junio de 2013
Los restos del naufragio
Lugares comunes
14 de junio de 2013
Avisos
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| El Rastro, primavera del 2013 |
Ojo, éstos saben latín. Los conozco desde hace treinta años - lo revuelven todo y no se llevan nada. Pídeles caro.
Al Rastro hay que ir en ayunas.
El Rastro te da unas cosa y es bobada pensar en otras.
Eso es algo que hay que hacer en los tratos, cuando sabemos que el rastrero no tiene la menor idea de algo, ponerlo en sus manos, dándole a entender que: le concedes una gran autoridad en la materia, sometiéndole algo a su peritaje, y que no queremos engañarle, que no tratamos de hacerle el lío, que mostrándole el objeto tan a las claras no tenemos nada que ocultarle a nadie.
Si no se regatea, uno de los dos podrá pensar que ha sido engañado.
Como el sastre medir dos veces, cortar una.
(A. Trapiello, Miseria y compañía.)
Los bulevares periféricos
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| El Rastro, primavera del 2013 |
Nunca será una duda lo que nos haga enloquecer, sino más bien una certeza.
13 de junio de 2013
El Amante de Lady Chatterley
Una temporada en el infierno
El Amante de Lady Chatterley
Octavio Paz nos ofrece este escueta y clarificadora reseña: “La novela más sonada de Lawrence, no la mejor, fue Lady Chatterley's Lover (El Amante de Lady Chatterley). Se publicó primero en Florencia, en 1928, en una edición limitada; provocó inmediatamente un gran revuelo que no tardó en convertirse, en los países anglosajones, en escándalo. En 1932 apareció una edición expurgada, y sólo en 1959 salió a la luz una edición completa y destinada al público en general […] Nada más alejado del erotismo de Sade (una filosofía) o del de Laclos (una psicología), que el erotismo religioso de Lawrence.
Efectivamente, la obra, ya aparecida en uno de nuestros expurgos ultramarinos, fue todo un escandalazo en su tiempo, si bien hoy en día nos parece un poco gazmoña. El propio Amartya Sen, premio Nobel de Economía, reconoció hace unos años: “En los tempranos e inocentes días de la década de 1960 me temo que yo era tan ingenuo como para escoger el ejemplo de El Amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence [para ilustrar la paradoja del liberal paretiano]”.
Su lectura nos provocó en nuestra tierna juventud una sonrisa cómplice, casi casta, en especial cuando el autor metonimiza al amante Oliver Mellors y a lady Connie Chatterley (sus partes por el todo) en John Thomas y Lady Jane, respectivamente.
Quantum mutatis ab illo!
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La edición de Bruguera con su vintage cubierta tardovictoriana es la de Jupien (apareció el pasado domingo en los cajones de Reto); la de Ediciones B, con portada de Magritte, es propiedad del barón de Charlus (comprada de en la librería Clares de Valladolid). En ambos casos la traducción es la cedida por editorial Turner.
12 de junio de 2013
Mortisaga en el cementerio de los iconoclastas
MORTISAGA EN EL CEMENTERIO DE LOS ICONOCLASTAS
7
EL BÓSFORO
Mi relación con el agua se reducía a los padecimientos que me había ocasionado la lluvia, cuando a campo abierto me había sorprendido alguna vez su descarga inmisericorde. Como no necesitara de su contacto directo para mi supervivencia, ni tenía por entonces desarrolladas las melancolías que su contemplación suele provocar, sólo veía en ella el ahogo y la incomodidad que sus gotas caídas sobre mí, me producían. Cada uno de los golpes sobre el caparazón hacían temblar todo mi cuerpo y desestabilizaban mi presurosa huída en pos de algún cobijo. Lo peor sucedía cuando toda la cabeza se me quedaba envuelta en sus transparencias líquidas, de las que tenía que deshacerme buscando algo seco y poroso que las absorbiera, si no quería dar pronto engorrosas muestras de asfixia. Mis largas esperas bajo un montón de hojas de roble en putrefacción o el saliente de una piedra, hasta que escampara, no despertaron en mí sensibilidad alguna. Por eso, la primera vez que descubrí el agua en los libros, no puede establecer, en una primera instancia, la relación entre ambas experiencias. A ello contribuyó el sabor salino que había penetrado en mi boca, desde el título de un libro que había sido abandonado en el primer peldaño de la escalera, con la que Sapiencio alcanzaba los situados en las baldas más altas. Se trataba de El Bósforo de la melancolía, del memorialista estambulí Abdülhak Şinasi Hisar, quien recrea en sus páginas la civilización del Bósforo hasta la llegada de Atatürk. Me llamó especialmente la atención que alguien hubiera escrito en la portada a mano y con pluma «Traducción libre e imposible de la versión inglesa de Sir Richard Clearwisdom». Pero lo importante era la tristeza que emanaba de aquellas aguas, que tomé por un elemento de la naturaleza nuevo y desconocido para mí, hasta que el narrador utilizó la palabra “aguas”, para referirse a la superficie sobre la que se deslizaban los barcos, que se movían indistintamente a lo ancho, de un lado a otro de los dos continentes, y a lo largo, desde el mar Negro al mar de Mármara, o a la inversa. Con los lamentos de Hisar supe de mares y estrechos, de grandezas y tiempos que nunca volverían, de ajenos vacíos fantasmales, que ya eran míos, con los que construiría nostalgias desconocidas. A bordo de este sentimiento, avistando a un lado Europa y a otro Asia, di con Ahmet Hamdi Tanpinar, estaba sentado en un café de la plaza Taksir con Hisar y el poeta inédito Yhaya Kemal. No supe con certeza en cuál de sus tres libros, posados sobre el segundo escalón, Paz, Cinco ciudades o El instituto para la sincronización de los relojes, la sirena del faro de Ahirkapi se estrellaba contra las colinas que circundaban el Bósforo envuelto en niebla, y competía desde su inmovilidad con la de los navíos ciegos. Un suspiro salobre amenazaba con cerrar mis ojos embargados por la emoción, cuando del tercer escalón observé que se precipitaba una amargura vibrante y densa, era el Estambul de Orhan Pamuk quien la destilaba desde las alturas omniscientes, y se erigía en el Virgilio de mi ignorancia turca y acuática. Pues tuvieron que venir todavía muchísimas humedades a mi vida, para que tuviera conciencia de que aquella especie de linfa que se extendía por todo el planeta, adquiría múltiples formas y estados, líquidos, sólidos, gaseosos y anímicos, pero esta es otra historia.
José Miguel López-Astilleros
11 de junio de 2013
El Albatros (EDITORIALES ALBATROS)
EL ALBATROS [Editorial(es) Albatros]
Nos informaba Larsen en una de sus rastreras crónicas, o rastreriles, por mejor decir, de que había atisbado a Gromov hojeando un Martín Fierro. Nada de cuanto acontece en sus dominios dominicales (“los dominios del lobo”) escapa a su inquisitiva mirada para ser luego consignado con acerada pluma o, en su caso, con teclado de baquelita, en estas virtuales páginas (¿realmente lo son?)
Pues bien, se trataba de la edición primorosamente ilustrada por Oswaldo Gasparini para la editorial argentina Albatros. Esta es su portada:
Algún día hablaré de esta obra, que aprecio profundamente, y que “mucho tiene que rumiar, el que la quiera entender”, en palabras de su autor.
Y este es el logotipo (aggiornado) de la Editorial Albatros:
Existe otra editorial mexicana del mismo nombre, con un sello editorial más estilizado:
No puedo pensar en esta legendaria ave, de la familia de las Diomedeidae, de resonancias homéricas, sin que me venga a la memoria el bellísimo poema de Baudelaire:
El albatros
Por distraerse, a veces, suelen los marineros
Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,
Que siguen, indolentes compañeros de viaje,
Al navío surcando los amargos abismos.
Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,
Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,
Dejan penosamente arrastrando las alas,
Sus grandes alas blancas semejantes a remos.
Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!
Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!
¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,
Aquél, mima cojeando al planeador inválido!
El Poeta es igual a este señor del nublo,
Que habita la tormenta y ríe del ballestero.
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
Sus alas de gigante le impiden caminar.
Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,
Que siguen, indolentes compañeros de viaje,
Al navío surcando los amargos abismos.
Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,
Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,
Dejan penosamente arrastrando las alas,
Sus grandes alas blancas semejantes a remos.
Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!
Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!
¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,
Aquél, mima cojeando al planeador inválido!
El Poeta es igual a este señor del nublo,
Que habita la tormenta y ríe del ballestero.
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
Sus alas de gigante le impiden caminar.
(versión de Antonio Martínez Sarrión)
[Gromov]
10 de junio de 2013
Popol Vuh
Adjunto una orla doctoral de la Universidad de Valladolid con motivos animales a la que, como cuerpo, le he insertado un fragmento muy sugerente del Popol Vuh, la biblia maya.
[Gromov]
9 de junio de 2013
Casquería Fernández
8 de junio de 2013
Una novela por entregas
Capítulo 18
Al atravesar las rejas de la puerta del cementerio vi frenar al autobús. Corrí arrastrándome como un tullido con aquel bulto de piedra bajo el brazo y subí. Como parecía un espectro el conductor no hizo ademán de cobrarme.
Me encogí en la última fila hasta llegar otra vez al centro. Me dejé caer sobre el asfalto en la plaza de Santo Domingo sin saber a dónde ir: volver a la casa de Siena-Pombal a esperar que Lamieva se materializara o al guardillón de Larsen. Me dio la sensación de que Lamieva había sido un sueño, un sueño de loco desesperado, y me sentí como si realmente fuera alguien que salía del cementerio después de estar lustros allí. La luz agitada de las farolas y los automóviles y las voces dispersas de los jóvenes excitados que pululaban por allí me aturdieron, me dio un vahído y me desvanecí. No sé el tiempo que permanecí tirado en el suelo sin que nadie se apiadara de mí. Me incorporé lentamente como un viejo sin ganas de vivir. Extrañamente oía a un mirlo encima de mí. Intenté buscarlo y al elevar la vista me deslumbraron los semáforos. Me vi débil y desvalido y caminé sonámbulo sin saberlo en dirección a la casa de mi padre. Cuando encaré la calle vi la luz amarillenta de la lamparilla que mantenía encendida día y noche. Entré por la ventana de la escalera al patio y, desde él, por los hierros de los balcones hasta la terraza de la cocina. Una colección de objetos absurdos crujió bajo mis pies. En la cocina un canario llenaba de estruendo el silencio del piso. Todos los alimentos fuera de la nevera, colocados como en una exposición sobre la mesa y la encimera, en distintos estados de descomposición. Cogí un pimiento verde y me lo comí. Al fondo, acurrucado en el sofá, asomando el gallo blanco de su pelo contra el gris de la ventana, mi padre veía la televisión con unos enormes auriculares negros para la sordera. Posé el mamotreto de piedra en el suelo, junto a la ventana, y busqué algo de dinero. Me acerqué al chinfonier donde solía guardarlo. Encima de él una foto suya de joven con botas de montar al lado de una esculturilla de las que solía hacer con plastilina en la que se veía modelado un cristo con cuerpo de pantuflo y cara de bestia corrupia. Abrí un cajón y removí las ropas revueltas. No hallé el dinero pero sí me apareció la pistola. Negra y plateada, como la recordaba de haberla visto de pequeño cuando me la enseñaba. Estaba deslustrada, opaca, como si se hubiera fosilizado entre camisetas, calzoncillos y calcetines tantos años sin cumplir su destino de asesinar a alguien y se hubiera vuelto un poco de juguete. No sé por qué la cogí en la mano, noté su peso y su frío metálico atemperado por la ropa interior y me la eché al bolsillo.
Luego, como siempre que volvía a aquel piso, fui al armario de mi madre, lo abrí y me quedé de estatua ante su ropa colgada en perchas a la espera de quien no iba ya a volver. Las chaquetas, los jerseys, doblados. Abajo los zapatos, las sandalias que no irían a ningún sitio ya más. Todas sus cosas dormidas como ella para siempre.
Salí por el pasillo enganchándome en los cuadros raros y fantasmales y en los dibujos pinchados con alfileres de las paredes, de los cuales yo era el autor en un tiempo tan lejano que me parecían de otro. Tomé el trozo de lápida que había dejado en el suelo y dos tomates casi sin moho y salí por donde había entrado. Justo en el momento de encaramarme a la barandilla para saltar al patio oí a mi padre gritar contra la tele: "No. Si siempre lo he dicho yo: los ricos serán malos pero con los pobres no hay nada que hacer. El hombre no me vale como base...".
Al pisar la calle me vinieron imágenes de la infancia y vi a mi madre de verdad, acercarse al portal, lentamente, con aquel vestido de los años setenta, azul marino, con unas inesperadas farolas blancas estampadas girando en torno de su adorable figura, y vi el gran álamo, el chopo, que la desastrosa urbanización de los aledaños de la catedral había dejado a siete metros del portal durante años. Lo vi mecerse con el viento contra las ventanas de enfrente. Oí repiquetear las yemas últimas de sus ramas en los critales de las vecinas. Pasó una moto y desperté de esa ensoñación. Lo que había de verdad era un muñón de árbol que asomaba al asfalto empolvecido y petrificado. Junto a él un camión grúa mal aparcado sobre la acera. Me acerqué ahí y saqué un gancho que pendía de una cadena del automóvil y lo metí bajo una raíz. Volví al portal y esperé hasta que un sujeto borracho salió de un bar y arrancó la grúa. El coche salió de la calle y la enorme raíz enañecida surgió de debajo del asfalto como una araña de tierras y despojos de unos polvos centenarios. Enseguida se soltó del coche y rodó por el suelo como una bola de tiempo levantando una nube de polvo que nubló la calle y se puso vieja, como de una ciudad de la que se hubiera ido todo el mundo hacía un siglo.
7 de junio de 2013
Las malas companías
| El Rastro, primavera del 2013 |
Nos extrañó ver al Ilustrado con el chandal de dominguero, acostumbrados como nos tiene a su estilo de caballero de Oxford. Con la llegada del calor las enciclopedias pesaban más y necesitaba estar cómodo. Empezó a revisar la mercancia consultando su libreta de registros y otros coleccionables. El Pescador de Ebay no se quedó atrás y nos sorprendió con su tablet, allí tenía la lista de tauromaquia y anuarios. "Hay que modernizarse, amigos", riéndose de su sombra.
No perdimos mucho tiempo en Reto porque todo estaba visto hace ya tres semanas.
El ubícuo Gromov (en verano partirá hacia Laponia) le regaló una Poleskine de bolsillo a Larsen, y Tinofc le pidió otra por el mismo precio, pero le recordó el eslavo que se la pida a la Virgen de los libros. Llegamos a una papelería de saldo donde el editor de Labici probaba todos los artilugios como si fuese a hacer el inventario (la cizalla, las grapadora, los portafolios, las pegatinas, el cuter... ). Estaba más contento que un niño en la noche de Reyes. Al final se llevó solamente una carpeta floreada de pasta dura para guardar los originales de los artículos que publica en Jot down.
Según nos acercabamos a la cacharrería, un alegre Marchante nos paró para enseñarnos unas miniaturas japonesas pintadas al óleo, encontradas en el Reguero. Con su habilidad para descubrir las falsificaciones, reconoció que eran auténticas y por eso le habían costado 2 euros cada una, subrayó. Nos confesó, dejando de lado su timidez, que en su buhardilla pasaba el fin de semana entre caballete, pinceles y modelos exuberantes.
En el Delta del Danubio los precios estaban más tirados por los suelos que los libros, pero cada vez nos cuesta más doblar las rodillas sino que se lo pregunten al Marqués de Santillana. El inquilino del Pabellón 6, que nos llena la tienda de ultramarinos de animales, se compró una colección de clásicos (50 CD por 5 euros), para amansar a las bestias pardas de su zoo. Una vez más, la necesidad ajustó el precio. Nunca la vio tan grande el músico de la Corte.
Empezamos nuestro paseo y con él, nuestra afición más personal, depellejar al personal. Como teníamos a Gromov de cuerpo presente, (no está bien hablar de los amigos) nos arreglamos con el licenciado Regil del que Tinofc nos ilustraba los tiempos en que denunciaba a todos los vendedores sin licencia. Así, por arte de magia local, fueron desapareciendo de la acera de la Urraca, la pajarería, el puesto de filatelia y numismática, los cartófilos... Sólo quedaron sus fascículos y revistas a mitad de precio.
Gromov recordó a José y su mesa de camping donde exponía los tesoros de los contenedores del barrio. Ocramalliv, que sufre delirios melancólicos desde que casi le cierran la Casquería por los recortes, entonó una melodía (la letra no la recordaba) de un Cancionero de la guerra civil, fechado en el 1936, que apareció debajo de la mesa, (donde hacía solitarios el rastrero), entre las medallas de la Virgen de los Desamparados. Nos nombró unos cuantos guindanleros que la vida había ido apartando de esta orilla, por distintos motivos, como usados cachivaches.
Desde lejos llegaba con su parsimonia bajo la protección de Morfeo, el Amanuense con su kit de explorador. Nos enseñó la Colección completa de bolsillo de Rodríguez de la Fuente. Mientras calculaba la ganancia mentalmente, nos sacó de la bolsa una exquisita edición del Viejo Reino de León del Trinitario Aparicio.
El Conde de Lucanor, el snob del Rastro, paseaba con su andar versallesco, su bastón de cabeza de águila marfileña y sus insignias prendidas en la solapa (según Tinofc una era del Atleti). No pudimos reprimir la risa. Disimulaba con su vista altiva el desdén de una familia venida a menos y la ruina de una época ya lejana.
El nieto del último heterodoxo de esta ciudad nos deleitó con una novela que había leído esta semana, "Los golfos apandadores" de la editorial Impar. La historia transcurría en una ciudad de provincias donde unos bohemios señoritos, (valga la redundancia), Melifluo y Álvarez Pizarras, nos cuentan sus patéticas hazañas. Se nos quitaron las ganas de leerla. Nos quedamos con Monipodio.
Todavía no sospechábamos la sorpresa que nos deparaba el Arroyo. Entre los restos del Glorioso Movimiento apareció el libro de calificación escolar (Bachillerato) de un Presidente de la Diputación provincial de León. Sus notas no eran para tirar cohetes, por eso había llegado tan lejos. El hallazgo fue más feliz cuando empezamos a contárselo a los ultramarinos, que en principio no se lo creían y después fueron dando distintas salidas al librito. "Se lo mandamos a la Isabelita" (El Ilustrado). "Podemos hacerle chantaje", (el Ultraísta). "Yo lo veo todos los días y se lo puedo dar y pedirle una bonificación", (Agente Smile).
Al final se lo llevó el discreto Larsen y no tardará en salir en estas páginas. Esos papeles y fotos con su silencio y soledad nos hablaban más de nosotros que de él. Tempus fugit.
El Inspector Ocramalliv llegó, mandando señales de humo, con su carpeta primaveral debajo el brazo, con los expedientes y su habitual libro de memorias, El inmenso placer de matar un gendarme. Memorias de guerra y exilio de Santiago Blanco. Tiene un don especial, que funciona como imán, para este género memorialístico. Dice que lo desarrolló en el cuartel de Melilla donde fue un bibliotecario desplazado.
Antes de emprender la marcha repartimos el botín que celosamente guardaba el Trapero en su maletero. Todos los que pasaban se nos quedaban mirando con la sospecha de que trapicheabamos con sustancias prohibidas. Casi mejor porque si realmente supiesen el tejemaneje que nos traíamos con los libros, estaríamos todos en el Pabellón 6, de donde sale todos los fines de semana, el dodecafónico Gromov.
Estábamos fuera de lugar, pero estábamos, y eso es lo que importaba.
6 de junio de 2013
Los restos del naufragio
Confesión sexual de un anónimo ruso
Una temporada en el infierno
CONFESIÓN SEXUAL DE UN ANÓNIMO RUSO
Este «Diario» fue dado a conocer a Nabokov por Edmund Wilson, quien lo consideraba una «obra maestra del erotismo» y durante algunas cartas fue objeto de un epistolario cruzado muy jugoso que se vería finalmente interrumpido por las desavenencias relativas a la versión al inglés del Eugenio Oneguin realizada por el autor de Lolita, cuya traducción, ceñida al original hasta la nimiedad, fue calificada de pedante por el americano.
El texto en cuestión hizo nacer en la mente de Nabokov el personaje de la citada nínfula (¿o fue el de Humbert Humbert?). Por eso no pudo ocultar la admiración que este libro suscitó en él: «Las aventuras amorosas del ruso me entusiasmaron. Son maravillosamente divertidas».
Fue el sexólogo británico Henry Havelock Ellis (1859-1939), trasunto del psicólogo que firma la introducción de Lolita, quien difundió esta obra, escrita en francés en 1912. Gracias a ello sabemos hoy que su autor, anónimo, procedía de Ucrania, pero había emigrado a Italia para estudiar ingeniería y más tarde había fijado allí su residencia.
El protagonista se deleita visiblemente en rebuscar en su memoria «los más ínfimos recuerdos» y, si con el tiempo estas confesiones siguen despertando gran interés, es, entre otras razones, por una parte, porque resulta apasionante seguir, gracias al relato insólitamente minucioso, veraz y lúcido que hace este hombre de su tendencia voyeurista y de sus aventuras sexuales con jovencitas, el lento desarrollo de esta invencible atracción peculiar ; y, por otra, porque nos descubre a una insospechada Rusia de principios de siglo XX, en la que reina la más absoluta libertad de costumbres sexuales, una tolerancia incomparablemente más espontánea y extendida que el resto de Europa.
Este hecho se pondrá de manifiesto en otra obra que tarde o temprano también caerá en la órbita infernal de la galaxia ultramarina: Grushenka , tres veces mujer.
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Por la época de la traducción al español de esta obra, dos editoriales coincidieron en su comercialización. Charlus se decantó por la edición de Mondadori, traducida por Tomás Segovia (eximio poeta autor de unos excelentes sonetos eróticos). Jupien eligió la seleccionada por Tusquets para La Sonrisa Vertical.
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