30 de mayo de 2017

Crónica Ultramarina (segunda parte)



          Foto de Juan Luis García

Ya fuera de la chamarilería, que con casi veinte personas estuvo llena, se sentó en una terraza la gente que, rebuscando en lo viejo, se ve nueva, cada uno con su casete grabado con ruido de fondo neoyorquino y sobre los sones de otras canciones del pasado viejo. El bueno de Gromov trajo al Cuervo el prometido compendio de los artículos de Sawa en los que se ve que no solo fue un bohemio sino un primer espada, un Zola español al que la patria corrupta defenestró con saña. 
Allí se comprobó que las ediciones de malabia jamás serían objeto de Haiku de estantería alguno al carecer de lomo y estar esclavas de la grapa. Las explicaciones de este sobre las cuentas económicas de la editorial de mentira fueron prolijas y pesadas y parecieran las del gran capitán quitando tiempo a de las letras hablar. 
Demasiado pronto se fue el poeta de la Alberca que se irá muy pronto, invitado por la embajada lusa. 
En un momento dado varios coincidieron en echar de menos al editor Eolo y sus chascarrillos y relatos de la feria recién clausurada y por él montada.
Esfumáronse con el anochecer bastantes de los ultramarinos quedando cuatro que, atravesando la multicolor muchedumbre que los ignoraba, se acercaron a cenar a la cantina otras veces prometida. Entre tanto y por el camino el gran chamarilero, de porte aristocrático y estética de mendigo, concitaba las miradas, como si el pueblo llano se percatara de que de un gran hombre se trataba. Ya en la taberna vieja corrieron sendas rondas de cerveza y varias cazuelas, siendo la primera deliciosa y las siguientes espantosas, con una salsa que se solidificaba por momentos, como del espeso suelo rojizo del infierno. A medida que esta salsa se ponía al punto de la piedra el ultramarino de un pueblo cuyo nombre nadie sabe y es de la Mancha, nos contó historias increíbles que ya están en las películas. 
No se demoraron mucho los cuatro que quedaban y antes de que tocase la media noche se despidieron del tabernero adusto con cuerpo de pretérito titán venido a menos, que ni sonreía ni saludaba. Ya en la calle, frente a la puerta, reflexionaron llana y profundamente y el gran ser comprensivo que es el chamarilero explicó los evidentes motivos por los cuales un hombre solo se puede perder, a lo que añadió el Cuervo que el destino del hombre maduro es buscar la soledad.
Por las calles iluminadas por farolas de heliotropo se fueron sin reparar en algunos árboles de los paseos que, con el tiempo loco, se han otoñado en mayo y sin darse cuenta que cuando se juntan los ultramarinos alguna hojilla nueva sale en sus corazones otoñados.

(El Cuervo)

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