9 de mayo de 2013

Casquería Fernández (I)



Andrés González-Blanco (1886-1924)






































          Vade, liber, verbisque meis loca grata saluta,
          contingum certè quo licet illa pede...
                   OVIDIO. LIBROS DE LOS TRISTES. Elegía 1.






[Tinofc Ocramalliv]





Insaciabilidad






INSACIABILIDAD

En sus memorias, y también en alguna de sus novelas, Baroja recuerda a un peculiar comprador de libros: los almacenaba, sin leerlos, en un cuarto ciego cuyo único acceso era una puerta con altillo, a modo de respiradero.
¡Mire que bellezas!, cuenta don Pío que le decía tal individuo, mostrándole sus adquisiciones, en octavo (sólo en este formato) y por supuesto intonsas. 
Una vez, debido a la masa crítica acumulada en el tabuco, alguna estantería o rimero de libros venció, condenando la puerta, que quedó infranqueable debido al peso desde el interior. 
Desde entonces el bibliómano, que seguía comprando libros sistemáticamente, los lanzaba dentro del cuartucho por el altillo de la puerta, donde se desparramaban formando montones que la bloqueaban cada vez más.

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Adjunta, una foto de Fernando Gutiérrez Montesinos, de la serie Archivos Privados.



[Gromov]



8 de mayo de 2013

Una novela por entregas








Capítulo 12

Comenzó a nevar tanto que la espesa blancura de los copos tejía un velo impenetrable que nos impedía avanzar. Sobresaltados y agotados por la pelea con los asesinos de perros nos sentamos bajo una antena parabólica y la giramos para que nos cobijara de la descomunal precipitación. Allí y en eso, con la respiración aún agitada, reparamos en la catedral que a pocos metros se erizaba. Iluminada para los turistas de invierno aparecía como un sueño mastodóntico y pétreo, como una auténtica locura hecha realidad entre las casuchas miserables cuyos tejados usábamos en nuestros desplazamientos y que se derrumbaban de vez en cuando. Sus agujas de piedra se clavaban en el infinito negro a través de la nieve voladora como una pesadilla preñada de imposibilidades, perfectamente estructurada, mientras las estrellas ocultas por nubes de noche contemplaban nuestras vidas paupérrimas de huidos del tiempo, de prófugos imposibles de lo irreparable.
Corrimos por la cumbre de una casa medio deslomada hasta alcanzar un arbotante con boca de gárgola loca de odio vomitando agua turbia. Lo escalamos como equilibristas suicidas y nos agazapamos en el exterior del triforio. Karenino llegó el último y, sin querer, pateó una vidriera que resultó estar suelta. Larsen la tomó con ambas manos y la separó del conjunto. Era un trozo de unos ochenta centímetros de lado con plomos corroídos, cristales coloridos tambaleantes, rajados, y restos de aire sólido. A través del hueco nos colamos al interior de la catedral. Frente a la agitación de la tormenta invernal del exterior la súbita tranquilidad del interior del templo nos puso una sonrisa beatífica en la cara. Caminamos por el estrecho pasillo del triforio los cuatro en fila con el perro al final. La luz exterior de las farolas hacía brillar los colores sin fin de las vidrieras y las lámparas interiores aterciopelaban la paredes de piedra pulida. Una música gorda de órgano retumbaba como venida de tres o cuatro siglos atrás. Nos colocamos en la punta del crucero que miraba al norte y, allí, turbados por el repentino calor y la belleza nos dormimos apilados. Fue el galgo el primero en despertar que lo hizo ladrando a un pajarillo que volaba libre por la nave central. Me incorporé y me asomé a la barandilla de sillares. Abajo varias beatas viejas rumiaban letanías. Junto a la puerta una pila de santiguar reflejaba las bóvedas y las vidrieras multicolores reducidas a un espejeante cuadro.





El rinoceronte (ABADA EDITORES)


       



El Rastro, primavera del 2013




El rinoceronte (Rhinocerotidae, del griego ρινός (rinós), "nariz" y κερος (keros), "cuerno").

El Rinoceronte de Durero es el nombre que normalmente recibe un grabado creado por el pintor y grabador alemán Alberto Durero en 1515. La imagen se basaba en una descripción escrita y un conciso boceto, realizados por un artista desconocido, de un rinoceronte indio que había llegado a Lisboa a principios de ese año. Durero nunca vería al rinoceronte real, el primer ejemplar vivo visto en Europa desde los tiempos del Imperio romano. A finales de 1515, el rey de Portugal, Manuel I, le envió el animal como regalo al Papa León X, pero murió al naufragar el barco que lo transportaba junto a la costa de Italia, a principios de 1516. No se volvería a ver un rinoceronte vivo en Europa hasta la llegada de un segundo ejemplar de la India a la corte española de Felipe II alrededor de 1579.
Sobre el grabado de Durero se ha dicho que: «Probablemente ninguna otra pintura de un animal ha ejercido una influencia tan grande en las artes».


[Larsen]



7 de mayo de 2013

Nosotros los solitarios









[ El Trapero Larsen]




Exilio


El Rastro, primavera del 2013






Tú te quedas con todo
y me dejas desnudo y errante por el mundo.
Mas yo te dejo mudo... ¡mudo!
¿Y cómo vas a recoger el trigo
y alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?
                                       León Felipe



Un día, tú, ya libre
de la mentira de ellos,
me buscarás. Entonces,
¿qué ha de decir un muerto?
                               Luis Cernuda



Oh, poetas sin tierra
como yo condenados
a arañar sus palabras en las rocas.
                                  José Herrera Petere





6 de mayo de 2013
















Guía de la novela negra, Héctor Malverde.







[Inspector Ocramalliv]




El diario secreto de Pushkin



Una temporada en el infierno





EL DIARIO SECRETO DE PUSHKIN

Esta obra, como pretendido diario del último año de la vida de Pushkin, es pura superchería. Así lo da a entender su propio editor con la patraña prologal del manuscrito perdido y/o encontrado que ya antes de él emplearon, entre otros, Cervantes, Potocki, Manzoni y Eco.
Ahora bien, como novela erótica es estimable. Es sabido que Pushkin tenía ancestros africanos (el famoso “Negro de Pedro el Grande”) y una libido desbordante. Se conserva una lista parcial autógrafa de sus amantes (detrás del nombre de alguna de ellas figuran dígitos en números romanos). El personaje, por tanto, un mito de la cultura rusa, daba juego, y aún más si se tiene en cuenta su trágico final, del que ya se ha hablado en una tentativa ultramarina anterior. De esta forma, el autor del bulo convierte al simpático poeta fetichista de los pies (véase el Capítulo 1 de Eugenio Onieguin) en un atleta sexual corroído por la certeza de un destino ominoso.
Como complemento de este libro recomendaríamos dos lecturas muy distintas (entre sí, y de la que nos ocupa): la intimista “Mi Pushkin” de María Tsvietaieva en Acantilado y la apasionante (y, esta sí, documentada) “El botón de Pushkin” de Serena Vitale en Muchnik.

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Colaboración conjunta a partir de las conversaciones mantenidas por Charlus (quien ya había leído una edición mexicana pirata que circula por internet) y Jupien (quien, excepcionalmente, le prestó esta coqueta edición de Funambulista, con portada de Kiprenski, de su biblioteca particular e intransferible).




5 de mayo de 2013

Los restos del naufragio


















"¡Cuánta morralla!" 
                              El Amanuense






Colección Austral


El Rastro, primavera del 2013




 Texto de J. L. García Martín





4 de mayo de 2013

Una novela por entregas



Los traperos del tiempo



Capítulo 11

Nos dirigimos hacia la parte de la muralla derrumbada por la que habíamos descendido para subir esta vez a los tejados. Tropezábamos con los cantos rodados desprendidos de la argamasa y los ladrillos deshechos, la arena, la tierra y las deposiciones de perros que los solitarios llevaban allí a aliviarse. Karenino subió a la carrera y, apoyados en mis lomos, lo hicieron Pascal, primero, que era el más liviano y, luego, Larsen. Una vez arriba ambos me agarraron de sendos brazos y me auparon como a un saco de tierra. Ya en los tejados, a las espaldas de los dos bohemios, vi caer algo pesado como una piedra grande y lechosa del tamaño de un melón que cascó dos tejas y dejó un hilo rojo adelgazándose en el aire. La bola rodó hasta los talones de Pascal. Cuando se detuvo pudimos comprobar que era la cabeza de un perro grande. Sus ojos aún parpadeaban y nos miraban, húmedos, para traspasarnos porque comenzaban a contemplar ya el infinito. Se veía en ellos un fondo de horror y de miedo y de dolor y de resignación. Entonces una línea blanca y de filo cortó el cielo negro con un silbido de viento y cayó sobre el cuello de Karenino. El pobre galgo empezó inmediatamente a aullar y sus lamentos resonaron en la bóveda de la noche de la ciudad sin nombre. Ya tumbado por los tejados era arrastrado del pescuezo a empujones cuando me tiré a la soga para pararla. Conseguí quitarle la tensión y Pascal aflojó el nudo del gaznate del animal que logró escapar. Maquinalmente, y con unas energías inapropiadas a la alimentación que llevaba, tiré de aquella cuerda hasta que apareció de entre las chimeneas un hombre sucio de ojos amarillos y biliosos que, a mis tirones, arrastraba el culo por la tejera. Entonces paré y solté de repente el cabo para ver cómo el cazador de perros se deslizaba tejas abajo hasta oír un sonido burdo y corto de fardo seco estrellarse en los suelos. Me volví en busca de mis amigos y los hallé inmóviles en distintos puntos de los tejares. Los tres quietos y callados miraban hacia el mismo punto. En él un tipo andrajoso con las manos y la boca manchados de sangre sujetaba, de las patas de atrás, el cuerpo decapitado del otro perro. La luz de un farola extraviada le bañaba de acidez amarilla. Avanzamos hacia él con tejas en las manos como armas. Él retrocedía sin soltar los restos del animal maltrecho. Luego Pascal le tiró una teja que le rozó la frente inundándole un ojo de sangre. Pisó mal y cayó de espaldas sin soltar al bicho muerto que se elevó sobre él momentos antes de desaparecer en un patio de luces precipitado contra sábanas tendidas y cuerdas de tender la ropa.








Lobo Larsen







Al Lobo Larsen de Jack London le gustaban mucho las Rubayat de Omar Jayam en la traducción de Fitzgerald. Una de las que más le cuadran al personaje (de hecho, a todo ser humano) es la que dice así:

I sent my soul through the invisible, some letters of that after-life to spell, and by and by my soul did return, and answered, "I myself am Heaven and Hell."

"Envié a mi alma a que cruzara lo invisible, para descifrar alguna carta del más allá; pronto mi alma volvió a mí y respondió: "Yo mismo soy el cielo y el infierno".


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Adjunto la cubierta de "El Doctor Jekyll y Mr. Hyde" de Stevenson en edición del Círculo de Lectores. Sobre esta obra son impagables los comentarios de Nabokov en su Curso de Literatura Europea. Y también los "retratos" de Dorian Gray de la película de Albert Lewin. La anterior cuarteta de Jayam se cita en este filme.



[Gromov]

3 de mayo de 2013

Las malas lenguas



Foto de Pablo G.G.






"Ya no hay puticlubs como los de antes".






Oído en el Rastro






Las malas compañías




El Rastro, primavera del 2013





En una primavera invernal llegamos al Rastro a la hora en la que el coche del rádar vuelve a casa y empiezan los controles de alcoholemia. El Carbonero nos contó que en la Robla habían pesado la mercancía de un compañero suyo y le habían multado por sobrepeso. "Todos los carboneros van pasados de peso", sentenció el Polaco.
En Reto gobernaba el caos debido a la falta de autoridad de los jóvenes ácratas que vaciaban la furgoneta. "A río revuelto ganancia de pescadores", lanzó el trapero Larsen sin karenino. Nos enseñó una portada de unas patas de pollo del doctor Patafísico mientras el Pescador revolvía entre las cajas de cedés buscando alguna que tuviese el disco de su amado F. Mercury; quiso llevarse algún anuario de saldo, pero los precios le quitaron la intención. En la esquina del cuadrilátero, el púgil Ocramalliv etiquetaba unos Anuarios (portada pop) escritos por Gimferrer, Montalbán y Marsé, antes de que la fama les alejase de la literatura de bolillos y encaje. En sus manos vimos la biografía de un boxeador famoso, la crónica de un derrumbe. ¡Segundos fuera! Llegó contento el Ilustrado con el hallazgo, en el delta del Danubio, de una portada que le faltaba de un tomo de la Historia del Socialismo que compró en el Arroyo.
En el Desguace, Roberto Alcázar y Pedrín compró un bolígrafo, objeto que ya nadie utiliza, y se quejaba de que en su buzón nunca encontraba postales ni cartas, solamente las propias del Banco. La Chamarilera le recordó que eso era porque tenía casa, piso, fincas y dinero. De ella el banco nunca se acordaba.
En La Destilería se suspendió la Ley seca y se arremolinaron al brillo del vinho verde el grupo de terapia de A. anónimos. Entre ellos vimos al Amanuense y al Pescador que tenían descuento por su pasado oscuro.
El licorero les ofrecía el godello de Valdeorras para la langosta del Órbigo, el Oporto de Pessoa para el solomillo de Torre del Bierzo, el Rioja reserva para el lechal de Mansilla. Se llevaron unas cajas de  la ginebra Fockink (de pronunciación obscena y de olor balsámico, picante y con un sabor a regaliz, cardamomo y enebro) como para montar un economato.
Nos fuimos, dejando atrás todo el barullo etílico bajo el volcán del Rastro.
Nos acercamos al maletero de Tinofc donde nos enseñó unos tomos sobre animales salvajes. El ubícuo Amanuense disfrutaba con las ilustraciones a plumilla de los leones, jirafas, ñu, gacelas... Por un momento regresó a la sabana del páramo y a su juventud, donde fue aprendiz de taxidermista en su pueblo.
De camino al furgodesván, el doctor Mabuse Arenas nos saludó con el estetoscopio. Al Editor de Labici le pudo la nostalgia y nos confesó que en treinta años de andanzas en el Rastro, sólo había faltado dos veces : el día de su boda y el de la luna de miel. Sólo cogía vacaciones de lunes a sábado. Los bibliómanos, una especie en peligro de extinción con el libro digital.
El Psicoterapeuta, gran léctor de Calderón de la Barca, nos demostró que la vida no sólo es sueño sino que también, carretera y manta. Cuántos días a lo largo de los años gastados en el coche, en la cama, en el Rastro...
El Ultraísta nos tenía reservados unos lotes de clásicos de Castalia y de Filosofía de Ariel. Empezó su dialéctica literaria contra la barbarie citando a Sontag y a H. Arentd. Nos abrumó. "No hay peor cosa que un librero entendido", disparó el Polaco Ocramalliv. Larsen con las Memorias de J. Marías y La historia de la filosofía griega escapó tras los cuatro elementos Presocráticos.
En el Campanario de Boris dieron las once y el crápula de Tinofc se despidió con el veredicto: "Ya no hay puticlubs como los de antes".
Acabamos la mañana como la empezamos, pensando que la tarde estaba para embibliotecarse








2 de mayo de 2013

De perdidos al Río (Raros y olvidados)














El Rastro, primavera del 2013





[ El Polaco Tinofc Ocramalliv]




El Elefante










Adjunto un curioso marcapáginas con el logotipo del Elefante (Elephas Maximus). Supongo que se trata de la especie asiática, y no de la africana (Loxodonta Africana) por el hecho de que en Asia se ha empleado el excremento del paquidermo como base para la fabricación de un papel muy rico en celulosa y, obviamente, de alto valor ecológico.

Lo encontré esta tarde en un libro de los años 70 de la LibreRía La Leona de Valladolid.

Conjetura: ¿Es este escatológico reciclaje el que inspiró el famoso papel Elefante fabricado por Papelera Española en torno a los años que  indica el marcapáginas?



[Gromov]



1 de mayo de 2013

Mortisaga en el cementerio de los iconoclastas







MORTISAGA EN EL CEMENTERIO DE LOS ICONOCLASTAS

3
SOLEDAD Y CELEBRACIÓN

Dado el carácter sinantrópico de mi especie, no me costó adaptarme a las costumbres y usos humanos. Aunque si he de decir la verdad, no me fue fácil prescindir, durante las primeras noches, de la memoria subterránea de mis recientes fases de tránsito hacia la vida: la de embrión inconsciente, larva dormida o pupa soñolienta. Después de la última ecdisis desperté en mi forma definitiva de imago, pero algo no había ido bien en mis sucesivas transformaciones, como supe más tarde, puesto que el mundo se me aparecía representado con una extrañeza impropia de un bichejo que debería haber nacido con los principios elementales de su realidad confundidos en su ser. Esta circunstancia me ayudó a superar las limitaciones de mi origen y mis dificultades físicas, puesto que mis percepciones pertenecían a ambos mundos, el animal y el humano, aunque poco a poco iría abandonando con lentitud aquel. El caso es que, como otras muchas noches, volví a la biblioteca de Sapiencio, aunque esta vez sería para no volver a abandonarla al alborear el día. Era este un hombre que debido a un desengaño amoroso, había decidido apartarse del mundo en este pueblo y ganarse la vida como maestro, aunque personalmente creo que esa es la versión romántica que él se encargó de difundir; por el contrario, y según he podido comprobar, creo que se encerró en este lugar apartado para aspirar a todo a través de su biblioteca, pertrechada con más de veinte mil volúmenes, que abarcan desde materias científicas y literarias, a filosóficas, religiosas o historiográficas. Allí estaba, como de costumbre, sentado en un sillón de orejas, bajo la luz amarillenta de un flexo de pie, leyendo atentamente, con un cuaderno bajo el libro, en el que tomaba notas. Sorteé la luz sepia sobre el entarimado y me interné por un laberinto en penumbra, pero nada más adelantar la primera de mis seis patas, me cayó sobre la testuz una cita que amenazaba con disuadirme de mi loco empeño, decía así “La forma de arrastrarse de un insecto me sirve para responder a preguntas sobre mi destino. ¿No es esto extraño en un profesor de Física?” Traté de compartimentar mi reacción en dos mitades, una se ocuparía del dolor producido y la otra de averiguar el sentido del suceso. Hasta que el dolor no se hubo aplacado y esa mitad quedó liberada, no fui capaz de concluir que la soledad no está en quien se plantea una pregunta, sino en el objeto que la suscita, es decir en mí mismo en este caso, lo cual rebajaba aún más mi, a pesar de todo, compleja naturaleza. Miré hacia arriba irritado, para tratar de averiguar de dónde se había desprendido tal ofensa, pues lo importante, juzgué, no era preguntarse por el destino, sino por el trayecto que conduce a él. No había terminado de inclinar el cuerpo en esa dirección, cuando el vuelo de una segunda descarga me hizo poner los pies en polvorosa, a pesar de lo cual fui alcanzado de refilón en un costado, esta rezaba “Permanece atento, no sientas nada en vano, mide y compara: tal es la ley de la filosofía.” No había duda de que estaba siendo sometido a un bombardeo con piezas de diferente calibre, aunque en esta ocasión parecía que el artillero había decidido compadecerse y remediar mi candidez, alertándome sobre la ligereza de mis propias conclusiones. Como ningún obús cae en el mismo lugar, me quedé en el mismo sitio con la intención de ponerme a salvo. La sombra de un hombrecillo de estatura pequeña con una joroba arrastrándose de medio lado por la estantería, me puso sobre la pista de la batería de la que procedía el fuego. Se trataba de un ejemplar traducido de los Aforismos de Lichtenberg, es más, aquella sombra era la del mismo Lichtenberg, daba tumbos erráticos, producidos por los vasos de licor en los que solía refugiarse de la humedad de la vida. Me sentí tan solo como su mirada vidriosa y lúcida, y tan minúsculo como un escarabajo a punto de crepitar bajo una bota. En mi ayuda vino un tercer lanzamiento, rezaba así “La tendencia humana a juzgar importantes las pequeñas cosas ha producido muchas cosas grandes.” ¡Vaya, gracias Sr. Lichtenberg!, le agradezco el detalle, porque con ello ha convertido usted mi arrepentimiento en una celebración, me dije. Y otra más, que como la anterior y las sucesivas, ya no me tocarían el cuerpo sino gozosamente el intelecto, decía esta “¿Ha pescado usted algo? Nada más que un río.” Luego me enteré de que este libro había sido recogido de la librería Cajón Desastre de Ponferrada, situada al otro lado del río, donde siempre suelen estar los libros raros y curiosos, a petición de Pedro Sapiencio a la esposa de uno de sus amigos y contertulios del café, que por allí había de pasar casualmente por aquella época, y que le agradeció sin medida a su esposo con la invitación a unos vinos de la Ribera del Duero, en ausencia de la solícita dama.

José Miguel López-Astilleros

30 de abril de 2013











Club del misterio. Bruguera.
El Rastro, primavera del 2013





[Colaboración de Selden]