20 de abril de 2013

Extravíos



El Rastro, primavera del 2013




Casquería Fernández






LIMINAR

     En esto de la literatura resulta sencillo distinguir entre un lector sabio y un simple curioso. Mientras el primero se afana con los libros verdaderamente importantes, aquellos que han marcado un antes y un después en la historia de la literatura, y no pierde el tiempo con lecturas menores ni extravagantes, el curioso, en lugar de recorrer las avenidas principales, pasea  siempre por los arrabales y acaba conociendo a la gente más rara y simpatizando con los libros más periféricos y estrafalarios. Es decir, que mientras los sabios leen siempre a Nabokov, o a Borges, por poner algunos ejemplos, y no suelen distraerse con los libros olvidados de Pedro Boluda o Teresa Wilms. Vamos, que en una visita al mercado estos últimos no ocultarían sus preferencias por los puestos de menúceles y las casquerías más selectas en busca del mejor solomillo.Todo esto no quiere decir sin embargo  que los sabios nunca lean a los raros ni que los curiosos no no disfruten con los clásicos. Yo no hace falta confesarlo a estas alturas, soy más de riñones y criadillas que de entrecots y bistecs. Y perdona la  jactancia, amigo lector pero esto comienza a ser ya un signo de distinción: entrecots y bistecs encuentra uno en cualquier buen restaurante, pero ya ya no resulta fácil dar con una taberna de la de antes donde te sirvan unos buenos riñones a la plancha o unos zarajos por su sitio. Ojalá disfrutes con ellos y te sirvan de solaz y entretenimiento, que no otra cosa aspira toda literatura. Hasta la más suburbial como ésta.

     De La vida de los libros. J. L. Melero.  Xordica editorial.   





[Colaboración de Tinofc]






19 de abril de 2013

Las malas compañías




El Rastro, primavera del 2013





Desde lejos Tinofc vio en una caja del submundo la revista Archipiélago, y despertó de su pesadilla para recobrar el tiempo perdido. Empezó el sueño de haber encontrado la biblioteca de algún snob poeta y dramaturgo (Borges lo tenga en su paraíso por su buen gusto). Todos los libros que los herederos (bendita ignorancia) habían arrojado al olvido, se nos aparecieron en esas humildes cajas de frutas. Naufragamos en esa ínsula extraña. Octavio Paz, Ory, Valente, Brecht, Hölderlin, Stanilavski, Proust, Gamoneda, Breton, Artaud... Esperaban, con la paciencia del Robinson, para volver al camarote de Stevenson. Dejamos en el diván de la historia a Sigmund, Marx y Engels para no despertarlos del sueño de la razón.
Ribera, el maletilla, como un galgo nos iba sacando entre tanta maleza las perdices de Calambur, las liebres de Hiperión y palomas de Galaxia Gutemberg. Ocramalliv preocupado por el retraso del Ilustrado, sospechó que abajo, hoy, el campo estaría sembrado de primeras ediciones y últimas voluntades.
En el Arroyo vimos a Larsen perdido entre un bosque de enciclopedias vendidas a domicilio en el siglo pasado. Me enseñó una extraña postal de la Semana Negra de Gijón dirigida a Vokislav y una novela del Buda de los suburbios.
En el delta del Danubio, volvimos a ver a Tinofc con unas Memorias en verso de un zagal transhumante. Cuando le dijeron el precio se despeñaron las ovejas, el mastín y el lobo. La esquila del vicio de lo barato no sonó esta vez. Unos metros más adelante el Ilustrado contaba los cuatro tomos de La historia del Socialismo, feliz por el hallazgo esquinero y por el ajustado precio de mil pesetas.
Nos contó Larsen que cuando hace una foto le llueven las protestas de los chamarileros y le recuerdan sus derechos de imagen. El trapero los engatusa con la promesa del libro digital definitivo del Rastro. "En peores plazas he toreado", asegura el freelance.
En la Farola de Corrientes, el Bonarense tenía un escaparate de lujo: libros de la Santísima Trinidad leonina (Merino, Aparicio y Mateo), Libros de cocina fusión de la editorial Teleno, la película Hotel Luxuria (saldadas por la Red), El tango como una de las más bellas formas del quererEstaciones de Polaroids (producción y diseño de nuestro colaborador más lejano, Tarkovski)... El editor de Labici, exquisito gourmet, se relamió con Setas, hongos y otros alucinógenos del llorado Cidón.
Sujetando el cartel de la Guinda estaban el dúo dinámico: Roberto Alcázar y Pedrín y el Amanuense. Descansaban cansados de pujar  un saco de carpetas, papeles, varios tomos del archivo eclesiástico de la diócesis de Astorga... Entre tanta miseria sólo salvaríamos El humo del trenes, una revista rural del Torío (la patria del Leopardi leonés). Si tuviésemos que catalogar por los síntomas a estos dos sujetos, tendríamos que inagurar el nuevo síndrome de Papilógenes (de difícil tratamiento).
Como hacía buen tiempo dimos un paseo a contracorriente de todos los lagartos. En la Bisutería, la belleza y el horror mostraron su rostro en las memorias de Seifert y en una novela de Bolaño. En el Campanario de Boris K. celebraban la Monarquía vendiendo, a precios populares, una colección de novela rosa de ABC. Nos invitaron al Cóctel, pero teníamos prisa por llegar a la tercera República. Un mermado Ultraísta por la humedad del Bierzo  aceptó unos bonos del tesoro con los que Larsen compró una primera edición del novelista peruano que estudió en el colegio militar Leoncio Prado. Tinofc, el monaguillo, gastó su bono de 10 euros en El Evangelio de la República; para honrar el día que era (14 abril), se subió a una escalera de tijera y, al toque de la campanilla, recitó el primer capítulo a todos los devotos de causas pérdidas.
Desde la casa de Aitzgorri nos llamó el Cuervo para que le enseñásemos la biblioteca ambulante de Baroja. Dejamos al editor polaco en las alturas de Pombo y cruzamos la calle. Allí estaba el decadente, que piensa que vive en una ciudad bella y literaria, apostado en la puerta del hotel del Cisne. Sin Larsen y sin karerino (estaba en misa con su mujer y su hijo) no quedaba rastro ninguno del bohemio que fue y que cree ser.
El Cuervo, como buen platónico (todavía cree en el valor del mundo de las ideas por encima de la experiencia), no acepta que en estos años de ruina el prestigio de un autor crezca con cada libro que no escribe. Nos despedimos de Soler Serrano de Cerezales y, acompañados de Avinareta, nos fuimos camino del Aurora Roja  en busca de la juventud perdida.











La abolición del trabajo, Bon Black.



Tú que no puedes, llévame a cuestas


Creo recordar que fue Lafuente Ferrari quien estudió las fuentes de los célebres burros que aparecen en varios Caprichos, vinculándolos a unas ilustradas Memorias de la Academia Asnal. 

A su vez, como puede verse, la sombra de Goya es alargada.





[Colaboración de Grómov & Simenon vía Soraya, de El Árbol de las Letras de Valladolid]





18 de abril de 2013

Balzac

Balzac.El Rastro, primavera del 2013





Hoy me siento bien; un Balzac. Estoy terminando esta línea.
                                                                          A. Monterroso







[Colaboración de Tinofc]




Una novela por entregas









Capítulo 7


Tlin, tlin... Sonó una campanilla alegre y solitaria al entrar. Como en todos los anticuarios daba la sensación de que no había nadie y que, de pronto, algún vejestorio artrítico o algún polvoriento fantasma haría su entrada en escena empujando un biombo o desplazando un chinfonier. Penetramos en aquel atestado local. Al fondo había una butaca y cuatro sillas tapizadas de cuero. Yo me desplomé en el sillón que sopló como una yegua que expirara. Karenino vino a acostarse a mis pies y los dos bohemios ocuparon las sillas. Por doquiera que tornaba mi vista, como Séneca, veía las pruebas de mi senectud en la senectud de todo, y no hallaba cosa en la que poner los ojos, como Quevedo, que no fuese recuerdo de la muerte. A mi izquierda y a la altura de mi cara un televisor fundido y nevado de polvo. Enfrente un espejo enmarcado por bucles dorados. En su centro yo, patético, con esa cara perpetua de haberme acabado de dar cuenta de que soy mortal, con los hilos blancos culebreando mis cabellos y el cráneo pujando por salir de la carne por los huesos de la cara y enseñorearse de mí. 
Todas las cosa antiguas del anticuario gravitaban en el fondo del espejo: Lámparas de cristales colgantes como lágrimas con una sola bombilla encendida, cuadros inverosímiles con marcos nobles en los que aparecían monos pensativos, calles llovidas o un primer plano de un lánguido tigre. Infinidad de relojes de mesa y de pie parados hace lustros. Una máquina de coser. Una cebra de trapo.
Sin embargo entre las cosas viejas había una tregua, una suspensión del tiempo. Parecía que se aquietaba su fuga en cada cosa salvada de la basura. Y uno se sentía protegido rodeado de aquellos cachivaches supervivientes de la shoah del tiempo, del holocausto de cada día. Algo podía sobrevivir al paso de tiempo pero nosotros, traperos del tiempo, sabíamos cuánto había desaparecido destrozado para que aquello se hubiera salvado, cuántos objetos merecedores de la permanencia habían sucumbido y veíamos nuestro fin en todas esas cosas viejas a la vez que la salvación en el anticuario. Aquellas cosas inservibles, inútiles para todo menos para hacerse la ilusión de cómo fue otro presente de real y de distinto a este, y para hacerse la ilusión de que algo permanece, de que hay una oportunidad frente al voraz apetito de Saturno, nos protegían de él y a la vez nos mostraban su poder.






Historia domini Quijoti Manchegui.
 Cadórniga, primavera del 2013




In uno lugare manchego, pro cujus nÓmine non volo calentare cascos …

Gracias a los buenos oficios de Larsen, no siempre tan cruel e inmisericorde como alardea, pude conseguir hace un tiempo esta traducción del Quijote al latín macarrónico en las escalerillas de Cadórniga, salteándoselo por persona interpuesta al suspicaz Elvis (que me tiene enfilado por mi contumaz regateo a la baja).
Cervantes se ocupó a menudo de asuntos de traducción. En uno de los famosos diálogos del Quijote se dice:
—Engáñaste, Sancho -dijo don Quijote-; según aquello: quando caput dolet..., etcétera.
—No entiendo otra lengua que la mía -respondió Sancho.
En el donoso escrutinio de los libros del caballero, se trata sobre el Orlando Furioso:
—Pues yo le tengo en italiano —dijo el barbero—, mas no le entiendo.
—Ni aun fuera bien que vos le entendiérades —respondió el cura.

Es muy conocida la teoría cervantina de que toda traducción, en especial la de la poesía, es tan imperfecta como el revés de la trama de un tapiz. Ésta, en delirante latín, es una delicia y nos ofrece un Quijote sandunguero como pocos. 

También empleó latín macarrónico el heredero más directo de Cervantes, aquél que en la literatura española cede el puesto de honor sólo al Manco Sano: Don Benito Pérez Galdós, especialmente en sus Episodios Nacionales. Sobre este tema se puede consultar con provecho un interesante libro de Santiago Mollfulleda Buesa, de gran ayuda para el lector latianalfabeto funcional (como yo).


Portada del Quijote en latín macarrónico , Cadórniga, 2013. 



[Colaboración de Gromov]



17 de abril de 2013

Justina y La Antijustina














UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO

Convertido durante décadas en un caso para la patología sexual, saludado por los surrealistas y rescatado definitivamente por la crítica moderna, hoy el lector de Sade se encuantra ante una obra inserta en las tradiciones de su época, exasperada y moralizante, pero con una construcción rigurosa y claros valores literarios.

(Isabel Brouard)


Lo que Restif describe con una fruición incomparable por las palabras obscenas es la búsqueda continuada de nuevos placeres, de las voluptuosidades más profundas [...]. En Restif el erotismo jamás está asociado al sufrimiento, y si evoca escenas atroces, lo hace por el placer confesado de parodiar a Sade [...] arrastrando la imaginación y corrompiéndola, no mediante la persuasión, el diálogo y la exhibición de abismos tentadores, sino mediante un torrente de voluptuosidad fácil.

(Danielle Collobert, Dictionnaire des oeuvres érotiques)




Colaboración conjunta de Charlus (Justina) y Jupien (Antijustina), que compraron ambas obras el mismo día. La de Sade, en la Feria del Libro Viejo de Valladolid, y la de Restif de la Bretonne, todavía con el precio en pesetas, en la librería Clares de la misma ciudad.





























Serie Negra Policial. Barral Editores.
El Rastro, primavera del 2013





[Colaboración de Selden]





16 de abril de 2013

Las malas lenguas







El Rastro, primavera del 2013





"Nunca leería un libro de un autor que tuviese esa letra".

                                                                                                    Gromov






La Dolce Vita




El Rastro, primavera del 2013




[Colaboración de Sigmund]



Mortisaga en el cementerio de los iconoclastas






MORTISAGA EN EL CEMENTERIO DE LOS ICONOCLASTAS

1
PRESENTACIÓN

Mis congéneres tienen nombres menos llamativos, como Andrés, Norberto, Heliodoro o Joaquín. Yo también tenía uno de estos, pero hace tanto tiempo que no recuerdo cuál era. El caso es que un día,… Pero antes de contar el origen de mi apodo debo decir que soy un coleóptero, no sea que luego haya malentendidos y se me acuse de estafa. Ahora sí puedo continuar …siendo aún un ejemplar en edad núbil, al volver al montón de hojas en descomposición donde tenía mi aposento, tras visitar la exigua biblioteca del maestro de un pueblo cercano, fui repitiendo durante todo el trayecto con distintas cadencias el nombre científico de mi especie, Blaps mortisaga, que había aprendido en un tratado de entomología de Gottfried Hübner, titulado Insectos de este mundo y del otro. Me reconocí en el dibujo a plumilla, aprendí el nombre y sin percatarme poco a poco fui tomando conciencia, por primera vez en la vida de un escarabajo, de una identidad con la que no estaba de acuerdo. Tanto que a quienes me encontré a partir de entonces los saludaba diciéndoles “¡Adios, Blaps mortisaga!”, que administraba sin cesar con el ánimo secreto de ofender. Más tarde lo dejé en “mortisaga” para abreviar; de tal modo que toda la comunidad coleóptera terminó por referirse a mí como Mortisaga; así es que dejé de saludar con tal apelativo, por haberlo asumido como mi único nombre. Lo que no les dije jamás, es que el nombre común que alguien nos había puesto era el de “escarabajo de cementerio”, una denominación infinitamente menos complaciente, sobre todo porque estaba cifrada en una lengua que entendíamos. Cada vez que me asomaba al espejo de una gota de agua y contemplaba aquella imagen, me entraban ganas de escapar de mi propio cuerpo, pero como esto hubiera sido una quimera, decidí renunciar por voluntad propia a mi hábitat, así como a mi alimentación característica y a toda compañía animal. Determiné, por tanto, vivir entre los seres que habían hecho posible mi exilio, los libros en proceso de descomposición, fuera este último definitivo o transitorio, que eso poco me importaba. Les advierto que no tengo nada que ver con un tipo llamado Gregorio Samsa, famoso en las bibliotecas por haber creído que se había transformado en alguien como yo; para desgracia suya o quizás mía sólo nos parecemos en el color, aunque el suyo corresponde al de la tinta que le da vida, una vida de personaje que en nada se parece a la mía, real, aunque carente de atributos humanos en mi fisiología externa; aunque si les he de decir la verdad, creo que no es más que un acto de cobardía y de soberbia despertarse sobre un caparazón que a uno no le corresponde, y que encima detesta. No vayan a pensar que mis limitaciones están determinadas por mi torpe movilidad, por el transcurso de una historia no escrita para seres minúsculos y acorazados o por espacios inalcanzables, sobre todo después de atiborrarme de los primeros iconoclastas, que así fue como llamé a los primeros libros y los sigo llamando, por mucho que después llegara a la conclusión de que no a todos les cabía el significado de esta palabra en sus intenciones. Me propongo irles dando cuenta de mi  relación con ellos, según me lo vayan permitiendo mis maltrechos artejos cansados.

José Miguel López-Astilleros

15 de abril de 2013

Los restos del naufragio


















El Rastro, primavera del 2013












Marcapáginas



Marcapáginas de J. C. Mestre. El Rastro, primavera del 2013







[Colaboración del polaco Ocramalliv]






Animalario



El Rastro, primavera del 2013 
    



El Rastrosaurio (Saurius Rastreris) se ha comido a mi ratón de biblioteca.
                                                                                                        Larsen







14 de abril de 2013

Una temporada en el infierno




Memorias de una Pulga.  El  furgodesván. El Rastro , primavera del 2013









Una temporada en el infierno


El narrador de nuestra novelita es una pulga común y corriente (o extraordinaria, por mejor decir, en el sentido del relato); una pulga que no es sino un insecto succionador de sangre, altamente capacitado para la vida parasitaria y con gran capacidad para deslizarse entre los pelos y las plumas. La pulga humana —Pulex Irritans— acecha de tal modo que algunos seres humanos son inmunes a sus picaduras, y no experimentan efectos irritantes, aun cuando permanezcan por largo tiempo expuestos a las mismas. Esto explica por qué nuestra amiga Pulga pudo viajar por todas partes, inspeccionarlo todo y contárnoslo todo. 
(del prólogo de LEONARD A. LOWAG, Ph. D.)

Cuando yo estaba leyendo
una novela licenciosa,
una pulguita insolente
vino a ponerme nerviosa.
Debe ser una pulga inglesa,
porque vino a ponerse en la ingle.
Salta que salta bajo mi traje,
haciendo burla de mi pudor.
Su impertinencia me da coraje,
y como la coja, señores míos,
como la coja, no habrá perdón.

(Fragmento del cuplé de la pulga, popularizado por la Chelito)


Adjuntamos imagen de los dos tomos de Memorias de una Pulga de Editorial Edasa (sic, sin h), comprados en el Furgodesván (Rastro de León), y una foto de la Chelito en su mejor momento.


[Colaboración conjunta de Charlus y Jupien]
















 El Evangelio de la República. La furgodesván.
El Rastro, primavera del 2013






[Colaboración de Tinofc Ocramalliv]













Feria del libro de valladolid, primavera del 2013




Cuida de los pequeños gastos; un pequeño agujero hunde un barco.
(Benjamin Franklin)








[Colaboración de Gromov]










13 de abril de 2013

Las malas lenguas



Ediciones de bolsillo. El Rastro, primavera del 2013





"Libro que no has de leer, déjalo correr"
                                                                       El Amanuense







La Dolce Vita



El Rastro, primavera del 2013