22 de mayo de 2013

Mortisaga en el cementerio de los iconoclastas







MORTISAGA EN EL CEMENTERIO DE LOS ICONOCLASTAS

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LA VITRINA

Aprendí a leer un día que a una camada de cinco ratones de campo se les ocurrió continuar su aprendizaje de la vida en la biblioteca. Penetraron por las galerías en las que se refugiaban durante el invierno, y aprovechando la debilidad de un nudo de la tarima, lo royeron hasta dejar expedita la entrada a la superficie, bajo una vitrina carcomida, de la que sólo quedaban intactos los cristales de las puertas, que mantenían los libros aparentemente protegidos de cualquier agresión externa. La consistencia del mueble desde fuera ocultaba la descomposición interna de la madera, que cayó en forma de fino polvo, cuando los hociquillos nerviosos de los roedores empujaron con nerviosismo los últimos restos del nudo de la vulnerable tabla. Los vi corretear de un lado para otro, de arriba abajo. La transparencia del vidrio les confería un aspecto de criaturas nacidas para el espectáculo y la contemplación. Nunca hasta ese momento me había fijado con tanto detenimiento en ellos, en la simetría de sus ojillos de azabache y el reflejo oscuro de todo aquello que miraban, en sus dedos rosáceos de funambulista y en sus grandes orejas que parecían escudriñar las profundidades sonoras de cualquier actividad. Pero el espanto y el horror me embargó, cuando uno de ellos se asomó a través del bisel que circundaba un cristal de la parte superior, ampliando su cabeza de manera monstruosa. Este recuerdo me aclaró meses después el significado de la palabra “perspectiva”, así como la diferencia que había entre mirar y ser mirado, y por supuesto, cómo de la bondad a la crueldad se puede pasar sólo en una mirada. Pero volviendo al asunto con el que comencé, en la balda inferior había dos pequeños libros antiguos de pocas páginas, con tapas duras, dispuestos en horizontal, y otros tres en vertical. Husmearon los que estaban tumbados, hasta que se decantaron por uno de ellos, el que tenía sobre su cubierta una hoja suelta, que parecía haberle pertenecido por la semejanza del tamaño y el color con las demás. La mordisquearon sorteando la tinta espesa de sus letras, con un menosprecio que nada tenía que ver con su sabor, hasta que en pocos minutos quedaron recortadas como las espinas de un pescado sobre el plato. Concluido el festín, satisfechos de su proeza, descendieron por el agujero de entrada y se marcharon por donde habían venido. La representación a la que había asistido, me hizo caer en la cuenta de que nada sabía sobre aquellos libros, por lo cual me acerqué a ver si encontraba algún intersticio para acceder a ellos, y lo encontré entre las huellas que había dejado la carcoma en uno de los laterales, junto a la pared. Si no hubiera sido por mis tres pares de patas, seguro que habría muerto asfixiado y sepultado entre los montones de quera, entre los cuales me desenvolvía con dificultad. Distinguí los veintisiete esqueletos abandonados por los anteriores visitantes, olían a universo negro, a carne de mi carne, a materia nutritiva, a la oscuridad de la que se habían alimentado todas las bibliotecas que tendría la oportunidad de conocer, reales o ficticias. Apliqué mis mandíbulas a cada uno de aquellos grafemas, hasta deglutir el último con un esfuerzo supremo. Su composición química se me subió a la cabeza, donde sus átomos desordenados se combinaron para que mis ojos, dirigidos hacia la cubierta, pudieran adivinar el significado del título que los había albergado: Mi primer abecedario. Con mis recientes aptitudes de lector, leí la cubierta del otro libro, Alphabetical order. First course, en cuya base había dibujados dos gatos con trazos esquemáticos. Pensé en lo cerca que habían estado los ratones de convertirse en ingleses ilustrados, si los felinos no los hubieran disuadido. Mi formación práctica fue completada, cuando días más tarde frecuenté uno de los otros tres libros que quedaban junto a los dos citados, se titulaba  Fábulas educativas, de Ezequiel Solana, editado por Escuela Española, después de que el maestro Sapiencio se percatara de los excrementos ratoniles, y dejara los libros diseminados por el suelo para retirar la vitrina vulnerada. Durante mucho tiempo imaginé a los alumnos sentados en sus pupitres, día tras día, engullendo  página tras página, para aprender lo que los Apodemus sylvaticus despreciaban por inútil, además de pretencioso, y lo que en mi caso resolví con una sola ingesta.

José Miguel López-Astilleros





21 de mayo de 2013

A Mario, un año después.







El Rastro, primavera del 2013












UNA VEZ

Una vez hubo un hombre
que nunca dijo, mío.
Golpeó en las puertas del mundo,
llamó a mi corazón.
Hablaba con palabras
que parecían  palomas.
Las cosas a su lado
se mudaban en blancura.
Le nacía en los ojos un alba
como un río de luz,
o como un mar lejano de gaviotas.
Un bálsamo de amor 
tenía aquel hombre
para éste mi dolor
sin nombre.

Celso Emilio Ferreiro




[ Mario, 
tus amigos, los Ultramarinos, que no conocemos el olvido, te recordamos siempre]





La garza


El Rastro, primavera del 2013




La garza blanca (Ardea alba)


Hay una leyenda de la mitología griega que tiene que ver con la garza. Se trata de la leyenda de Escila, hija de Nisos. Por amor a Minos, el rey de Creta que ansiaba el reino de Nisos, Escila traicionó a su padre. Entonces, Minos venció a Nisos y se apoderó de su patria, gracias a Escila.
Sin embargo, no mantuvo su promesa de casarse con ella y, aterrorizado por la traición hacia su padre, la ató a la proa de su navio de guerra. Los dioses del Olimpo se apiadaron de ella y la salvaron de morir ahogada y la transformaron en garza.
Por ello, pudo emprender su vuelo libremente hacia el cielo. Desde entonces, la garza simboliza al mismo tiempo la pasión ciega, la traición y la redención. Por otro lado, al observar esta ave hurgando en las marismas con su largo pico para buscar alimento, nuestros antepasados hicieron de ella el símbolo viviente de la curiosidad, pero también el de la indiscreción.




[Todas las mañana del Rastro antes de empezar la ronda, Mario nos invitaba a acercarnos al río para ver la garza blanca. Desde que se fue nuestro amigo no la hemos vuelto a ver. ]







20 de mayo de 2013

La Regenta



Una temporada en el infierno






LA REGENTA

¿Ana Ozores en nuestro Infierno? ¿La Regenta, novela erótica? Si se trata de sugerir más que de mostrar, de incitar más que de transgredir, de debelar instintos más que de desvelar pasiones, la respuesta es afirmativa. Ya en su día así lo señaló Pérez Galdós, prologuista de esta sui generis “novela de la lujuria” cuando, por la misma época, su autor era tildado por el obispo de Oviedo como un “salteador de honras ajenas”.

Lo ha visto muy bien Jean-Francois Botrel en un artículo cuya lectura recomendamos: Alquimia y saturación del erotismo en La Regenta, del que extraemos el siguiente párrafo, muy significativo:

La lujuria y el erotismo afectan a todos, activos o retirados, sin distinción de edad, de clase social ni de estado, en la ciudad y en el campo, en los lugares menos pensados (catedral, panera, carbonera,…), en el presente y en el recuerdo; es genético o sofisticado, leído o vivido y a veces sublimado, espontáneo o celestineado, hetero u homosexual; se narra como una hazaña épica, se manifiesta sin ser descrito, se supone o se calla, contamina incluso a objetos y personas, y llega al extremo de la negación: “esto no tiene sexo”.

Si algún estamento salió vivo del escalpelo de Clarín (creo que fue Alarcos Llorach quien lo señaló) fue el universitario, al que pertenecía el propio autor. Por la época de la acción de la novela, este era un ámbito estrictamente masculino, pero tal vez  hoy en día…

Se han encontrado numerosas influencias en esta obra: el Flaubert de Madame Bovary, especialmente en las escenas de teatro; el Eça de Queiroz de El Crimen del Padre Amaro y  el Zola de La conquista de Plassans, por la injerencia del elemento eclesiástico en ámbitos ajenos a su labor pastoral… Pero un atento lector nos ha indicado otra fuente que (creemos) no se ha puesto aún de manifiesto, y que es una referencia fundamental en la literatura libertina,  que con toda seguridad Clarín conoció y leyó: Choderlos de Laclos, cuyas Relaciones Peligrosas comienzan con la cita:

“He visto las costumbres de mi siglo y he escrito este libro”


que muy bien podría haber suscrito el propio autor asturiano para su crónica de época. Así, la seducción de la Regenta por Mesía sigue las pautas de las de la Presidenta Tourvel por Valmont. Pero no sólo existe este paralelismo Regenta/Presidenta: incluso el otoñal galán de provincias toma del vizconde su costumbre de “ceder” sus antiguas amantes, y tal destino final es sugerido como uno de los posibles para la heroína de nuestra novela, no menos ácida y cruel que la de Laclos.


*****

[Colaboración exclusiva del barón de Charlus. Por su parte, Jupien se contenta con la versión cinematográfica, muy estimable, de Méndez Leite y aún no ha leído la novela. Esperemos que este comentario le anime a hacerlo.  En la imagen, nuestra edición en Libro Amigo de Bruguera.]





19 de mayo de 2013

Dicho y hecho (Diario 1992-1995)



El Rastro, primavera del 2013





Mi biblioteca no es para enseñar, tiene poco de admirable: es sólo lo que queda después de haber leído. No es una biblioteca: es el autorretrato de un lector.


En literatura nunca hay menú del día, siempre se come a la carta.


Pues no debería usted sorprenderse: todos los grandes hombres somos muy modestos.


Una inteligencia completamente lógica es como un cuchillo sin mango que hiere a quien lo utiliza.


Yo daría cualquier cosa porque mis próximos días fueran como el día de hoy, un día en el que no ha pasado nada que valga la pena recordar: dos o tres libros, el café con un amigo, el ajetreo multicolor de las calles, el helado en el parque... Nada, salvo la felicidad.



La poesía nace del deseo de lo imposible o del dolor de lo irreparable.






J. L. García Martín












Una novela por entregas







Capítulo 15

El libro, sin duda, había salido del piso fantasma de Hermógenes Siena-Pombal. Todos los peristas de lo viejo sabían que el gran botín de los anticuarios de la ciudad sin nombre estaba en aquel hogar de principios del siglo XX que ese hombre rico decoró con extremo lujo para la que iba a ser su esposa y que se clausuró cuando le dejó, antes de la boda. ¿Cómo Lamieva habría tenido acceso a aquel libro? Me preguntaba. Acto seguido decidí intentar entrar en el piso de Hermógenes, ávido de aquellos tesoros, pero, sobre todo, de entrar en ese tiempo suspendido, en esa hemorragia detenida para sentir que la muerte que crecía en mis huesos se parara. Subí de nuevo a los tejados y, como un gato, corrí por las cumbres rompiendo infinidad de tejas, lanzando a la calle cascotes y cascotes. Al fin localicé, al pie de la catedral, las techumbres de la casa de los Siena-Pombal. Como un mono me subí a las chimeneas para otear algún vano en las cubiertas por el que filtrarme a esa catacumba, a esa sala de Tutancamón en la que ansiaba respirar el aire de más de cien años. Vislumbré un tragaluz del lado del patio. Lo forcé y un tafo agrio y denso salió inundándome los pulmones. Me descolgué de cabeza y perdí el equilibrio para precipitarme a la noche de la estancia. Algo blando amortiguó mi caída, algo mucho más blando de lo que había tenido por cama en mucho tiempo y una nube de polvo ascendió por los ramales de luz que daba la claraboya. Me quedé adormecido. En aquel lugar tan confortable creía haber vuelto atrás en el tiempo a un pasado tan remoto como mi infancia en la que mi madre me preparaba el lecho y me arropaba antes de toda la angustia del tiempo en fuga, antes de que ella misma desapareciera. Soñé con sus manos y su cara y me daba cuenta, dentro del sueño, de que mi vida era absurda, de que no la había aceptado nunca como era sino como una ensoñación, como una narcosis que vedara de mis ojos su dureza, que era un niño con arrugas y canas y calvicie. En eso noté que algo se movió a mi vera. En el lecho en el que había caído había alguien dormido. Las ventanas cerradas a cal y canto durante lustros no permitían ver en nada, sólo los extraviados rayos que llegaban tumefactos a la colcha de la cama. A tientas busqué entre los ropajes hasta hallar pieles suaves y desnudas, carnes jóvenes, pechos turgentes. La mujer respondió adormecida a las caricias. Me despojé de los harapos y pensé que debería tratarse de Lamieva, creía reconocer su cuerpo del encuentro en el local aquel, debía tratarse de Lamieva, la mujer del polo norte que surgía de entre las antigüedades para amar a un hombre como yo, un hombre destruido. Lamieva, que vivía escondida en el piso de Siena-Pombal. Hicimos el amor una vez tras otra, al menos siete, hasta caer desfallecidos. Entonces mi mente debilitada y arruinada de andar tantos años entre escorias imaginaba una vida allí, al margen del mundo, viviendo en aquel piso donde el tiempo estaba parado, salvados de la muerte. Lamieva y yo. Incluso imaginaba tener hijos allí, crear una familia de vampiros a salvo de todo y sobre todo del paso del tiempo, haciendo esporádicas salidas para vender los tesoros y conseguir alimentos, vistiéndonos con los ropajes de los baúles del rico al estilo belle époque, acunando a los niños en los ajuares. Y entonces me dormí y empecé a soñar que teníamos chiquillos corriendo por el piso, en todos los rincones y en todas partes y que los reunía en el salón ya con todo demediado, medio vendido todo, los muebles, los libros, los cuadros o las lámparas y les explicaba una genealogía grotesca inventada por mí con las fotografías de la casa en las que se iban sucediendo a capricho mío los antepasados de los Siena-Pombal hasta que, al final, les explicaba que llegábamos nosotros, los que ya no salíamos de la casa más que a escondidas y por los tejados y que nosotros éramos distintos y que yo había logrados salvarnos de todo y que nosotros nunca moriríamos. Acababa la explicación y los chiquillos se me tiraban encima y se partían de risa haciéndome cosquillas.



18 de mayo de 2013

Las malas compañías


La Copa del Rey.
El Rastro, primavera del 2013


Cuando las instituciones retiran los libros por falta de espacio siempre van a parar a este rincón del Rastro llamado Reto. Esta vez llegaban con la maldición del sello (Donativo) en su primera página y una bendición para los mendicantes rastreros.
Los libros llegaban del Ayuntamiento que tuvo que ser desalojado, hace tiempo, por un incendio (tres mudanzas equivalen a un incendio). "¡Cuánta morralla!, gritó Larsen como un homenaje al ingenioso Amanuense. Aun así  si uno rebusca en la basura puede aparecer un Picasso.
Tinofc, con su olfato de galateo, logró, encontrar algún ejemplar digno de ser nombrado en esta páginas: "Biblioteca de visionarios, heterodoxos y marginados".     
Las malas compañías (siempre buenas consejeras) nos animaron a tentar la suerte río abajo, donde los desposeídos sólo saben del Ayuntamiento por las ordenes mareantes de los policías locales.
El Tendido 7 trajo una colección destartalada de la revista Mandos (literatura fantástica fascista). El Amanuense, como un elefante, entró en la cacharrería  y escogió todos los ejemplares, apenas le dejó al Pescador unas migas (un par de flechas) para consolarse. Con los ejemplares en la mano y la candidez propia del principiante nos enseñaba las biografías de los monaguillos de Primo de Rivera que aparecían en el folletín del yugo. El exiliado Ocramalliv le señaló que no erán monográficos sino que eran distintos artículos con sus reverenciales soflamas al régimen. Con esta revelación al Psicoanalista le arruinó el día. El aguacil del Tendido sacando el pañuelo blanco agradecía a Larsen las fotos que le hacía a sus libros porque "desde que lo cuelgas en Tunti vendo más". "Fotografíame niño este tren de hojalata..."
En la farola de Corrientes se quejaba el Gaucho de que le habían birlado un cuadro valioso. "Después se lo venderán a la baronesa Thyssen a precio de saldo", le dijo un curioso madrileño.
Larsen se encontró con la cofradía del relojero Losada y, desde que se presenta como periodista del Diario, todos le sacan de los bolsillos la mercancía: pendientes charros, collares maragatos de zafiros, relojes barojianos y un espejo de martes de carnaval, para que los fotografie y los incluya en su catálogo de tesoros del Rastro.
Arrastrado por el suelo apareció el Ultraísta en el Desguace. Apañaba las biblias, los misales y devocionarios a dos manos. Nos contó que en Bembibre, a la salida del rosario, los vende como rosquillas a un precio de escandalo evangélico ("La pela es la pela", rezaba el catálan de Camponaraya.)
Recorrimos el Delta y el Arroyo llevados por la mano de la costumbre,  nuestra fiel amiga. Messi nos saludó y nos dio la mano sabiéndose ya campeón de liga. Nadie le quitaba esa alegría porque lo que es vender no vendía nada.
Dimos la tradicional ronda mañanera en silencio, acostumbrados  a ir escuchando, sin perder ripio, al mudo de Gromov (ausente en el día de autos). No era muy pronto pero encontrabamos todo cerrado, unos por falta de existencias (La licorería), otros por abastecimiento local (La furgodesván) y el resto empezaban a abrir presionados por la presencia de la mujer de Demóstenes (El Desengaño) o por la  riada de gente que llegaba a la Boutique Calé.
En el medio del camino a Tinofc le salió una liebre: una edición hermosa de Blanco White, el periodista liberal moderado, y una resma de papel verjurado para posibles impresiones errantes; a falta de papel estraza se lo envolvieron con la portada del Marca donde asomaba el omnipotente y humilde Mou prometiendo el título de la Copa del Rey.
Con unas pipas y unas aceitunas negras nos fuimos a la Feria del libro para montarnos en la noria.







16 de mayo de 2013

Los restos del naufragio
















El Rastro, primavera del 2013





La mariquita (Editorial Lucina)






La mariquita (Coccinilledae)

 Culturas de todo el mundo asocian a la mariquita con la buena suerte y la buena fortuna.




[Larsen]




15 de mayo de 2013

Una novela por entregas





Capítulo 14

Bajamos desde El Albéitar al paseo de Papalaguinda por entre los pinos y los setos y las bolsas de plástico voladoras. Una de ellas se le plantó en la cara a Karenino que le dio un bocado mudo y se le llenó de babas. El rastro ya estaba maduro calentado por el sol de invierno. Los gitanos, enlutecidos de la vida que llevaban, gritaban su mercancía con la desgarrada vagancia de los que viven en las cunetas y en los solares. Caminamos diez o quince minutos detrás de Larsen que dudaba a qué anticuario ofrecer la vidriera. Al pasar frente al sitio de Frida Khalo Diego Rivera le gritó:
-¿Dónde vas con todos esos libros bajo el gabán? No se te ocurrirá leerlos.
- No, ¡qué va! 
-Ya me parecía a mí.
La vidriera envuelta en los harapos de Larsen pasaba por ser la materia con la que solía mercar. Dimos dos vueltas completas al rastro sin que se decidiera enseñarle a nadie la pieza robada. Ya tenía ganas de darle un sartenazo con uno de los que allí se vendían en los puestos de cacharrería cuando se paró donde los gitanos ricos.
- Hoy, ¿no has traído libros? -le dijo el patriarca.
- No. Hay que viajar más y leer menos -respondió el cínico trapero que no había salido de las mismas cuatro calles en su vida y nunca había visto el mar más que en la televisión.
Luego se arrugó sobre sí mismo y atrajo al gitano sobre su regazo y se fueron a la trastienda cuchicheando. Entonces bajaron como estorninos Ocramillav, Gromov y el Amanuense seguidos de un tipo risueño y greñudo que anotaba en un cuadernillo cuanta cosa insignificante les pasaba. Rebuscaron como sabuesos en las polvorientas pilas de libros que yacían sobre los tableros. Un gitanillo joven sacó un varilla como una fusta de caña y les sacudió en los dedos. Estos se replegaron con cada fustazo hasta que volaron a otro puesto de cosas viejas. Me quedé un poco abstraído mirándoles marcharse y les seguí unos metros y vi, bajo los árboles, una fogata que debían haber hecho unos mendigos que se había quedado sola al aparecer el sol. Aquella imagen imantó mi mirada algunos minutos y cuando volví a buscar a mis amigos, estos, habían desaparecido. Entonces vi acercarse a Lamieva, entre el gentío, moviendo su juvenil cuerpo entre los demás cuerpos para avanzar. Transportaba un gran libro abrazado contra sus pechos. Me embocé en mi harapienta bufanda y entre las rendijas de un puesto de cinturones de cueros marroquíes la espié cuanto pude. Hizo tratos con el de la casquería Fernández y allí dejó el libro que debió ser bien pagado porque el regente hubo de sacarse billetes grandes de los calzoncillos. Cuando Lamieva se fue dudé entre seguirla o inspeccionar el libro que el otro ya había puesto en su mesa. Fui a por el libro. Fernández no me quitaba ojo por lo cual robarlo me era imposible así que me quedé un buen rato investigándolo. Se trataba de un tomo, el segundo, de la enciclopedia de Diderot, una primera edición encuadernada en piel granate y gofrada en marrones viejos y con el filo de las hojas de oro y un cordón marcapáginas azul ultramarino, con guardas de papel de aguas rosas, verdemar y cobalto, en perfecto estado de conservación. En la portadilla aparecía un grabado extraño en el que un joven ángel alado salía semidesnudo de un círculo de nubes pisando libros, instrumentos científicos y globos terráqueos, con algo alargado en la mano y una llama sobre la cabeza. A un lado, con tinta malva un ex-libris de los Siena-Pombal.




14 de mayo de 2013

Mortisaga en el cementerio de los iconoclastas






MORTISAGA EN EL CEMENTERIO DE LOS ICONOCLASTAS

4
EL COCHE DE BOMBEROS VERDE

No hay nada como el miedo y la desolación para encontrarse. Eso es lo que pensé cuando comenzaron a entrar los primeros rayos de sol a través de la ventana de la biblioteca. Era el primer amanecer que no volvía con los míos, tras una noche luminosa y fructífera. El aire que respiraba, los ruidos que hacían vibrar mis patas y hasta el hambre que me atenazaba eran percibidos de modo diferente sin compañía de otro tenebriónido en las cercanías. Me sentí desorientado por haber renunciado a mis costumbres habituales, por lo que decidí quedarme quieto para pensar en mis nuevas circunstancias, antes de tomar una decisión errónea que bien pudiera conducirme a la perdición. Comprendí entonces que la prudencia había de ser una compañera leal, sobre todo cuando uno ha de convertir la propia fragilidad en una advertencia, en una ventaja sobre la arrogancia de quienes se sienten omnipotentes. Tenía que buscar un refugio húmedo y oscuro hasta la noche, en el que además hubiera algo que llevarse a la boca. Lo encontré tras el rincón que formaba el pesado sillón de lectura con dos estanterías, un pequeño triángulo donde la aspiradora no había hecho su aparición desde hacía años, a juzgar por la cantidad de restos de magdalenas, bizcochos y fiambres varios, resultado tanto de las cenas apresuradas del maestro Sapiencio, como de la negligencia higiénica de su asistenta, a quien conoceremos en alguna entrega. Mi salvación se confirmó con la aparición de un libro que llenaba una parte del espacio, seguramente había caído desde no sé qué altura y había quedado formando un tejado a dos aguas, con sus tapas duras de color naranja y el grabado de una muñeca de porcelana en la cubierta protegiendo sus escasas y grandes hojas de cualquier doblez malsana. Antes de dar la vuelta para leer el título, me interné en sus profundidades. Me mostré confiado por el olor a niño que desprendía, aunque sus ilustraciones en negro sobre fondos monocromos de diversos colores me llenaron de un temor infantil a lo desconocido, tanto que me hizo imaginar mi existencia larvaria con desasosiego. Tas oír las primeras voces procedentes del interior de una pagoda china, salí de allí con celeridad y, confundido, me alejé para tener suficiente perspectiva y poder averiguar de qué libro se trataba: El coche de bomberos ligeramente defectuoso de Donald Barthelme, un cuento infantil que había obtenido el National Book Award en 1972, se trataba de una reproducción fiel del original, traducido y editado recientemente, aunque impreso en China. Es muy posible que Sapiencio lo hubiera adquirido para ser utilizado en alguna de sus clases, si no, no se explica su presencia allí, a menos que echemos manos de algún manual de psicopatología o de bibliofilia. Más tranquilo por la naturaleza del libro, mordisqueé lo que había sido un trozo de mortadela hacía días, para después introducirme de nuevo en la sombra que proyectaba, dispuesto a escuchar su historia hasta el final, por ver si mitigaba con ello el insomnio. Al anochecer me despertó la niñera del cuento gritando repetidas veces el nombre de Mathilda, pero fue vano el intento, pues a pesar de haber conciliado el sueño, no había espantado el miedo y la desolación, porque los cuentos infantiles no son ni cándidos ni inocuos, ni tan siquiera los coches de bomberos ligeramente defectuosos.

José Miguel López-Astilleros




Las malas lenguas




El Rastro, primavera del 2013






 "Amiguines, amiguines, pero la burra por lo que vale"


  Oído en el Rastro.




13 de mayo de 2013

El hombre y la doncella

                     
                                      Una temporada en el infierno







EL HOMBRE Y LA DONCELLA

Tres cosas me son ocultas;
Aun tampoco sé la cuarta: 
El rastro del águila en el aire;
El rastro de la culebra sobre la peña;
El rastro de la nave en medio del mar;
Y el rastro del hombre en la doncella.
Proverbios 30:18-19 (Versión de Reina-Valera)


Algunos ejemplares de nuestro infierno particular, lo confesamos, son producto de la bibliocleptomanía, y éste (pecado sobre pecado) fue de los primeros así adquiridos.  

The Way of a Man with a Maid es el título original de esta obra anónima, que parece estar ambientada en la época victoriana y documenta las parafilias de su protagonista, un resentido gentleman inglés del que sólo conocemos su apelativo (Jack), que se ha visto rechazado por una melindrosa dama (una tal lady Alice). Vengativo y con  posibles (como el coleccionista de Fowles), establece su morada en “El Albergue”, antigua residencia para enajenados, insonorizada y con infinidad de artilugios para inmovilizar a los internos. Este será el teatro de sus transgresiones, cada vez más aviesas y siempre impunes.

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Colaboración ex aequo de Charlus (tejas arriba) y Jupien (tejas abajo). La foto corresponde a un ejemplar de editorial Edasa (sic., sin “h”) de los años 70. En el nuestro, falta la sugerente sobrecubierta.




12 de mayo de 2013

El papel de estraza







No puede faltar papel de estraza para empaquetar los productos de nuestro Manual de Ultramarinos. En las antiguas tiendas del ramo, este papel basto, áspero, sin cola y sin blanquear era una marca de la casa. 
Extraemos del libro Recuerdos del ayer, de Angel Allue Horna (1972), una apología de este tipo de papel, ya entonces en decadencia. Su tono recuerda mucho a dos textos breves de Baroja: Elogio de los viejos caballos del tiovivo y Elogio sentimental del acordeón. Lo adquirí un sábado en el mercadillo de herradura que rodea la antigua Facultad de Ciencias de la Universidad de Valladolid.


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El papel
de estraza 


De entre los accesorios de la alimentación, ninguno ha cumplido mejor su cometido que el papel de estraza. Yo le tengo verdadera simpatía, quizá porque va desapareciendo de entre el mundo de las cosas y el modernismo, o mejor, el buen gusto que el progreso impone y la elevación del nivel de vida, lo va postergando, ya que la presentación de los artículos de alimentación así lo requiere. Mas, sin embargo, el papel de estraza ha sido algo que ha albergado durante muchísimos años la vianda con una sencillez y una modestia digna del mejor elogio. Sin letras sobre él que anunciasen artículo ni establecimiento, igual de orgulloso marchaba el papel de estraza con un kilo de chuletas de ternera o de jamón que con dos chicharras o un cuarto de kilo de castañas pilongas. 

Al papel de estraza se le utilizó como piedra de toque empleándolo en comparaciones y símiles poco honrosos pese a sus muchas virtudes de higiene, economía, modestia y utilidad. Esos puntos de toque con mi querido papel fueron del orden más dispar y así, vengo en recordar cómo hablando de alguna «amiguita», algún alma caritativa ha dicho con respecto a aquélla: «Es más ordinaria Fulanita que el papel de estraza.» 

Sin embargo, a la hora de enjuiciar sus virtudes, nadie se acuerda de lo amorosamente que con su ternura y su faz morena cobijó el pan nuestro de cada día como amigo inseparable de los garbanzos, las alubias, las lentejas y demás legumbres finas, base de la alimentación en los días pasados del subdesarrollo rabioso. 

   Tampoco se suelen acordar de aquellas manchas de cera que eran absorbidas por el papel de estraza, al que se acudía “in extremis” al soportar la elevada temperatura de una plancha sobre sí con su paciencia y su modestia verdaderamente benedictinas, chupando el lamparón hasta quedar la marinera más limpia que un sol, con lo cual la paz volvía al hogar.
   También me acuerdo de la utilidad de este papel como blok de notas improvisado, en el que hacía sus apuntaciones y cuentas aquel tendero de mi calle, tendero de guardapolvo, chicoleo a flor de labios para cuantas muchachas por allí pasaban y dialéctica más que sobrada para convencer a un guardacantón de la cochura de los garbanzos, el refinado del aceite o el aroma de un café de Puertorrico o Colombia, aunque su nacionalidad fuera adoptiva. 
   Por eso, cuando al correr de los años, las cosas se van de nuestra íntima compañía, no cumplimos con menos al darles la despedida-homenaje. Mi gratitud por siempre y mi añoranza, aunque partan de persona modesta y poco representativa, como es la mía.


[Gromov]



11 de mayo de 2013

Una novela por entregas






Capítulo 13

Cuando se calmó la tormenta desfilamos por el estrecho pasillo de arcos hasta el agujero en las vidrieras con la idea de volver a los tejados. Salimos por él y Larsen cogió el trozo suelto de cristales emplomados y se lo metió debajo del brazo. Como equilibristas borrachos caminamos hasta las casuchas por el filo del arbotante. El miserable librovejero se tambaleaba ebrio de vidrios multicolores del trozo de catedral que acababa que hurtar. Tras varios resbalones encaramos el tragaluz de la astrosa guardilla. Había quedado abierto desde la salida atropellada que hicimos urgidos por el casero. Nos deslizamos al antro uno tras otro derramándonos como fardos de basura sobre aquellos lechos de libros deshechos que tapizaban el piso. Larsen no acababa de caer como si de un fruto aún no maduro se tratase. Durante un largo rato colgó una sola pierna del ventanuco, luego un brazo también pero parecía haber quedado trancado. Karenino le aguardaba con el hocico en alto. Al fin cayó sin el trozo de vidriera que no cabía por el vano de la lucerna. "Ahí se queda." Dijo y arrugó el morro. Dormimos como marmotas tirados por los rincones.
Al clarear el día nos despertó el viejo lobo que laboraba con manadas de libros en construir una torre en condiciones para subir otra vez al tejado. Le seguimos y nos desayunamos de un sol de invierno. Las azoteas mostraban a la solana sus más pordioseras trazas, el aparejo de macizos ladrillos torcidos como zapatos de mendigo, adobes y hasta cantos de río que pararon su rodada en esas tapias, alambres podridos y vigas de leñas resecas y meadas de gatos. También canalones oxidados y colgantes como pelos al viento, parches de cemento, tejas rotas y movidas, una pradera de materiales viejos y olvidados que guarecía a los fieros mortales que bajo ella vivían y que sólo nosotros contemplábamos. A la luz del sol todo parecía a punto de quebrarse, incluso el rostro aniñado de Larsen marcaba despiadadas arrugas. Se quitó uno de los varios abrigos que llevaba y envolvió la vidriera que había amanecido orinada y defecada a la intemperie. Con el estrambote oculto bajo el brazo indicó con el morro que bajásemos. Desfilamos sin hablarnos en línea recta por la desierta Cuesta de Castañones hasta la calle de El Barranco, antes Apalpacoños. Una puta madrugadora y vieja se asomó y agarró por las solapas al decadente bohemio. Este, sin desplegar el brazo envidriado y con el otro, la palpó en segundos. 
-¿Qué llevas ahí, truhán?
-Naaaá...-contestó él hurgándole en el escote- cosa de poco.
-Ya será algo de valor...
-¡Qué va! La cuadratura del círculo na más...
-Tú si que estás hecho buen cuadraturo, malvís.
Y de un empellón la puta lo mandó piedras abajo. Le seguimos. Caminó en paralelo a una fila de hombres que bien de mañana acudían a las casas de lenocinio. La fila llegaba hasta la Plaza del Grano. Uno confundió al poeta Pascal con un proxeneta y le ofreció dinero para adelantar algunos puestos en la cola. El poeta famélico se azoró, no por el malentendido sino por la posibilidad de ganar algunos cuartos. Cogió los dineros y pidiendo disculpas de un modo rudo se metió por una de las casas de putas. Pasaron al menos diez minutos y el que le había sobornado empezó a ponerse nervioso. Pascal no salía y el sujeto se impacientaba y nos miraba desafiante. Entré a buscarle y, al girar una portezuela sin pestillo de una habitación de la que provenían ruidos mecánicos y sincopados, me lo encontré encamado sobre una furcia pelirroja que, mientras él la cabalgaba, bebía un licor con una mano y contaba los billetes del otro con la otra. En eso entró a las bravas el que dio el parné y lo agarró por los pelos. Karenino se asomó, repiqueteó en las primeras baldosas del cuarto y ladró y el agresor se arredró. Pascal cogió sus harapos en una mano y salió desnudo por el pasillo y hasta la calle lanzando besos por el aire a la prosaica puta pelirroja.
Fuera nos reunimos con Larsen y le seguimos. Se dirigía al rastro. Entonces me percaté de que pretendía vender el trozo de vidriera a algún anticuario. Como vivíamos al margen de todo no sabíamos si se habrían dado cuenta de la desaparición de la obra de arte y si, de ser así, al pisar el suelo del rastro, los policías nos llevarían directamente al calabozo. Entonces me dieron ganas de darle un sornavirón a Larsen.




10 de mayo de 2013

Las malas compañías





La mañana empezó con la noticia de la muerte del carnicero bibliófilo de Mansilla. Nos tranquilizamos al saber que a este arroyo no llegarán sus libros flotando. El paso acelerado de la grúa nos despertó de nuestras ensoñaciones y casi peinó con un nuevo look  al Enciclopedista.
En Reto sólo apareció una caja con novedades que el eslavo Gromov se encargó de florear. Cargó su mochila con la lista de best sellers de títulos discretos: El último Catón, Los pilares de la tierra, La catedral del abismo, Las siete revelaciones del desierto, Los vampiros de la casa meronvingia...
  Tinofc, según nos íbamos acercando a la Cacharrería, nos entretenía con sus historias de café y libreta de ultramarinos donde escribe sus pinceladas impresionistas y, muy a menudo, lo confunden con un inspector de hacienda y le sale gratis el carajillo.
En el tendido 7 el Ilustrado y el Amanuense escarbaban en la miseria de los libros de un trastero abandonado. El vendedor lanzaba las ofertas mañaneras: "A 1 euro los libros, si los encuentra más baratos, le regalamos otro. Déjense de flores y regale libros a la mamma".
En la almoneda del Pastor, un despiste de éste hizo que el lúcido Gromov se llevase a buen precio una primera edición de La Odisea, con unas ilustraciones exquisitas.
En el arroyo, Ocramalliv salvó del lodo unos testimonios de exiliados y dejó en la orilla para mejor ocasión a su amigo Curtis Garland que humildemente quedó haciendo sombra al Rojo y negro, traducción de Consuelo Berges. Al final de su vida todos reposan juntos en este camposanto.
Con el canto del zopilote de Comala regresamos a la destilería con el psicoterapeuta y el Maletilla Rivera. Mientras uno comprobaba el  estado del corcho escondido entre las cajas de Bandeira, el otro negociaba por las últimas cajas  de Valdeorras. Poco a poco el lugar se llenó de adictos y aprovechó la ocasión el vanidoso Gromov para hacer su perfomance de purificacíon semita. Por encima de la cabeza levantó una botella de ginebra a modo de alcachofa de ducha y recitó unos versos del Jayam: "Quiero que cuando muera con vino se me lave y se rece en nombre del amor y de la copa. El que el día del juicio desee dar conmigo en el umbral de una taberna ha de encontrarme."
El sumiller Ocramalliv se negaba a llevar ninguna botella de vino si antes no lo cataba. El Tabernero empezó a abrir distintas botellas y el polaco bebía a sorbos sin escupirlos. En silencio escribía sus valoraciones en la Moleskine. Solamente pasó la prueba de calidad el oporto de su amigo Pereira. Tuvieron que sacarlo de allí  entre el Pescador y Larsen antes de que entonase el Asturias, patria querida.
Como el Grupo salvaje, caminabamos ocupando todo el paseo derechos a enfrentarnos a nuestro destino. Tinofc caminaba con dificultad debido al tirón que le había dado al pujar las cajas de vino del dúo dinámico y también por su trabajo de sumiller. El Amanuense nos animaba, como todos los domingos, a ir al rastro de la ciudad impar aprovechando la presencia del cicerone del Pabellón 6 y, como siempre, todos nos hacíamos los longuis.
El inquieto Pescador se paraba en todos los puestos. Si un motor sonaba, allí se acercaba a escuchar su melodía. Si cantaba un grillo en la floristería, arrimaba la oreja para ver si era macho o hembra.  Preocupado por el ecosistema castellano le preguntaba a Gromov si en Valladolid había buitres leonados o pardos. Su curiosidad es infinita. El de Torre nos contó sus aventuras con su madre en Matavenero donde los hippies plantan las zanahorias sin arar la tierra porque hay que mimarla. El Editor de Labici sacó a colación la figura de Durruti y descubrimos que el erudito Gromov (lo sabe todo y eso es lo único que sabe) más que lagunas tenía océanos sobre el anarquista leonés. Si levantase la cabeza Buenaventura le daba a su paisano con el cucharón de las sopas de ajo en la cabeza.Tinofc lo defendía recordándonos que su especialidad era los revolucionarios bolcheviques y no los autóctonos. "!Menuda fauna, los Ultramarinos!", gritó, vengándose, el Psicoanalista.
Cuando nos íbamos, el Ultraísta empezaba a subir la Trapa. En la acera de la carretera nos despedimos del Amanuense que se iba en su coche fantástico como un Superlópez de TBO. Más adelante, el Pescador colocaba en el maletero bodega los restos de la licorería. Camino del Manzanal se fue; le deseamos suerte por si caía en un control de tráfico.
Con la llegada del sol, el pájaro de mal agüero ha desaparecido del paisaje rastril. Dicen que le han visto sobrevolando las ruinas de la casa colonial de los Panero.




Casquería Fernández (II)



Andrés González-Blanco (1886-1924)




















[Tinofc Ocramalliv]