6 de junio de 2013

Confesión sexual de un anónimo ruso




             Una temporada en el infierno



                                                     




CONFESIÓN SEXUAL DE UN ANÓNIMO RUSO

Este «Diario»  fue dado a conocer a Nabokov por Edmund Wilson, quien lo consideraba una «obra maestra del erotismo» y durante algunas cartas fue objeto de un epistolario cruzado muy jugoso que se vería finalmente interrumpido por las desavenencias relativas a la versión al inglés del Eugenio Oneguin realizada por el autor de Lolita, cuya traducción, ceñida al original hasta la nimiedad, fue calificada de pedante por el americano. 
El texto en cuestión hizo nacer en la mente  de Nabokov el personaje de la citada nínfula (¿o fue el de Humbert Humbert?). Por eso no pudo ocultar la admiración que este libro suscitó en él: «Las aventuras amorosas del ruso me entusiasmaron. Son maravillosamente divertidas».
Fue el sexólogo británico Henry Havelock Ellis (1859-1939), trasunto del psicólogo que firma la introducción de Lolita, quien difundió esta obra, escrita en francés en 1912. Gracias a ello sabemos hoy que su autor, anónimo, procedía de Ucrania, pero había emigrado a Italia para estudiar ingeniería y más tarde había fijado allí su residencia.   
El protagonista se deleita visiblemente en rebuscar en su memoria «los más ínfimos recuerdos» y, si con el tiempo estas confesiones siguen despertando gran interés, es, entre otras razones, por una parte, porque resulta apasionante seguir, gracias al relato insólitamente minucioso, veraz y lúcido que hace este hombre de su tendencia voyeurista y de sus aventuras sexuales con jovencitas, el lento desarrollo de esta invencible atracción peculiar ; y, por otra, porque nos descubre a una insospechada Rusia de principios de siglo XX, en la que reina la más absoluta libertad de costumbres sexuales, una tolerancia incomparablemente más espontánea y extendida que el resto de Europa. 
Este hecho se pondrá de manifiesto en otra obra que tarde o temprano también caerá en la órbita infernal de la galaxia ultramarina: Grushenka , tres veces mujer.

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Por la época de la traducción al español de esta obra, dos editoriales coincidieron en su comercialización. Charlus se decantó por la edición de Mondadori, traducida por Tomás Segovia (eximio poeta autor de unos excelentes sonetos eróticos). Jupien eligió la seleccionada por Tusquets para La Sonrisa Vertical.





5 de junio de 2013

El cocodrilo









El cocodrilo



Antes de convertirse en emblema del pijerío, el cocodrilo (Crocodylidae) simbolizó la malicia y la maldad según Diodoro Sículo; la rapacidad según Horapolo; la fecundidad en la cultura maya; y el caos en la egipcia. 



Este último significado parece entroncar con el Leviatán bíblico, en el que algunos comentaristas han querido ver a nuestro lloroso y taimado animal. 





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Adjunta, la imagen de un cuaderno SAM de nuestra infancia, que me regaló recientemente el librero-frutero del mercado de herradura de los sábados.




[Gromov]



Lugares comunes



 La Licorería. El Rastro, primavera del 2013






"El paraíso lo prefiero por el clima; el infierno por la compañía".                                                          M. Twain




[ Rivera y el Amanuense, que vaciaron la tienda]



3 de junio de 2013

Mortisaga en el cementerio de los iconoclastas













MORTISAGA EN EL CEMENTERIO DE LOS ICONOCLASTAS

6
ÓSMOSIS

A estas alturas, seguro que están pensando ustedes que soy un escarabajo mentiroso y marrullero, porque doy por sentado que, aunque hubiera aprendido a leer, soy capaz de pasar las hojas de un libro, y eso es imposible dado mi exiguo tamaño de tres centímetros. En primer lugar, en mi descargo debo decir que mi tamaño está entre los más grandes de todas las especies de mis congéneres, así es que no se pongan soberbios y no vengan ahora a dar en pensar que la insignificancia es una cuestión de magnitudes mensurables por las ciencias aplicadas, sino algo mucho más complicado, y hasta si me apuran subjetivo. En segundo lugar, ¿quién de ustedes ha demostrado que no hay o haya habido algún ejemplar de insecto con la capacidad de extraer la sabiduría de los libros por otros medios diferentes a los suyos? Como es mi caso. A saber. En la pared de la biblioteca donde había adosado por fuera un canalón, atascado desde hacía mucho, cuando llovía la humedad rebosaba y se filtraba hasta contagiar de blandura y podredumbre a los libros de la estantería interior, al lado del ventanal que iluminaba el recinto. Esta circunstancia hizo que me pareciera un bocatto di cardinale el comienzo de Los palimpsestos del alma, un folletín decimonónico que había pertenecido a un tatarabuelo de mi anfitrión, su autor era un tal Amadeo Acquanera, descendiente de un hijo bastardo del insigne Belisario Acquaviva, quien viéndose en gran aprieto, pidió a su amigo Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán, que trajera a España a la futura madre, Francesca Acquanera, que cambió su apellido en honor y mofa de su antiguo amante, para alumbrar a su hijo en tierras lejanas, cuya descendencia dio lugar siglos más tarde a una estirpe de libertinos, cuya herencia de vicios y rufiandades vino a finalizar en un escritor de folletines rancios y pudibundos, que fue el último de la saga familiar, pues murió sin más sucesión que unos cuantos ejemplares de sus obras y muchas deudas. La esquina inferior de la tapa se había arqueado hacia fuera, dejando entre las primeras hojas un espacio por el que inserté mi boca, para comenzar a darle los primeros mordiscos. Hasta que no llegué a las primeras palabras, el sabor me pareció un poco nauseabundo, pero la facilidad con que se dejaba devorar la celulosa, me animó a seguir. “Un atardecer la vi apoyada en la balaustrada que se asomaba al Jardín de Mantua, por donde se remansaba la corriente del río. Su mirada inaprensible dejaba escapar sus pensamientos”. Me encontré leyendo sin darme cuenta de que mis mandíbulas sólo habían llegado hasta los primeros quince caracteres. Fue así cómo me percaté de que las palabras de un libro constituían eslabones férreamente unidos entre sí, y que si tirabas de una del modo que fuera, las demás la seguirían hacia tu entendimiento. La historia de la bellísima Rosaura, hija de un noble y una cupletista, a quien esta había abandonado en un orfanato, para seguir gozando de la consideración de su amor, llegó a mí con todo el dulzor y la amargura exagerados de este tipo de novelas. A partir de entonces accedí al conocimiento de los libros por esta extraña ósmosis del lenguaje escrito hacia mi cerebro, aunque no sería el único modo en el que se me revelasen sus secretos. 
                       José Miguel López-Astilleros





Crítica literaria (II)











Borges hizo crítica literaria y cinematográfica en numerosos prólogos, libros, artículos...

Pero tal vez su experiencia como  bibliotecario (ya ciego, o casi)  de la Biblioteca Nacional Argentina, y acaso de la Biblioteca de Babel, que todo lo contenía,  le facultó para otra vertiente de esta denostada labor, cuando proclamó: 

                   "Ordenar bibliotecas es ejercer, de un modo modesto y silencioso, el arte de la crítica."


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Adjunta, una imagen de Focault en la ordenadísima y abrumadora biblioteca de su estudio.





[Gromov]




2 de junio de 2013

Expurgos
















El Rastro, primavera del 2013











Las malas lenguas



Zaquizamí del trapero Larsen





-Tienes muchísimos libros. No te caben aquí.
- No, no tengo muchos libros, lo que tengo es poco espacio.





[Oído por Vokislav]




1 de junio de 2013

Feria del Libro de Madrid













[El Cuervo]








Miseria y compañía, Andrés Trapiello




El Rastro, primavera del 2013. C/ Cuchilleros.






El encantamiento de las sombras, Rafael Arrieta



El Rastro, primavera del 2013

















[Larsen]





Las malas compañías



El Rastro, primavera del 2013





Cuando llegamos a Reto, a Ridruejo, el capitán de Requetés, le habían puesto una orden de alejamiento para así facilitar la descarga de la furgoneta. El Enciclopedista llegaba del sur con varias bolsas de reciclaje, esperando tener una mañana próspera. Dio un repaso a la mercancía y sólo pudo decir: "Vaya penuria. Todos son libros de medicina interna, derecho y bestsellers". Le perdonamos tanta tristeza. Larsen le tiró un capote jacobino hablándole de la instalación artística (Los cimientos volubles), que había dado cobijo su Facultad. "Cuánta madera para pasar el invierno en tu casa de Mansilla". Como buen Ilustrado, bajo la protección de la diosa Razón, no entró al trapo.
Nos fuimos con las manos vacías con el consuelo de los días de abundancia.
En el Desguace había un despliegue policial de serie americana. Gracias a nuestro contacto, el Doctor Mabuse Arenas pudimos saber que un comandante de la guardia civil había reconocido entre tanta despojo su vajilla de Sagrés para las fiestas de guardar, robada esta semana. El comisario de policía indignado se dirigía a los Ultramarinos desahogándose: "Si por cuatro cacharros montamos este cirio, esto va acabar en una revuelta popular. No está el horno para bollos". La chamarilera antes de subirla al furgón se quejaba, "Los que más roban están todavía en la calle". El respetable aplaudió estas palabras llenas de la sabiduría amarga del suburbio.
Esta semana cambiamos las cajas de la licorería por las cajas del taller de prensa del ABC. Entre tanto papel amarillento (El malicioso Tinofc quiso sacar su Zippo para calentar el ambiente y un sensato jubilado se lo impidió), promesas de un tiempo pasado, (para algunos de los que estaban allí), mejor que éste,  aparecían filminas y algún deslomado y polvoriento libro. Tanto los ultramarinos como un pendenciero Ridruejo buscaban su sitio, su pole position, para tener ventaja sobre los rivales. Empezaron los empujes y el buitre de División Azul amenazó con sacar la cheira. Gracias a la tranquilidad y al humor del Pescador que le  espetó "te mueves más que una puta", el alboroto cerril no fue a más.
Allí les dejamos y avanzamos por el Danubio hasta la esquina de los desamparados donde el huidizo Ocramalliv se encontró con El librero de Kabul y las Memorias perdidas de A. G. Larsen renovó una edición Faulkner en Cantareros Street .
Hacía tiempo que no nos encontrabamos, en la era del whatsapp, con las diosas del celuloide. Un baboso barojiano nos animaba a arrastrearnos por el suelo y tocar las carátulas de Yasmina, Joselyn, Brenda... Ni los exóticos nombre ni el atractivo diseño encendió la desidía de la mañana.
Revisitando clásicos de nuestra juventud, en el Arroyo apareció una maleta de cintas de casete pidiendo a gritos una parada nostálgica. Allí Moustaki susurraba Le metéque, Serrat, "la nena vale, la nena estudia danza moderna y declamación". A el polaco Ocramalliv se le encendió el piloto automático ante una cinta de la CCCP (puro constructivismo ruso) y rememoró sus lecturas soviéticas, sobre todo a Mayakovski, en la cascada de Nocedo.
En el Tendido 7 un desequilibrado Larsen fotografiaba al decano del Rastro prometiéndole la gloria efímera de la farándula.
De camino nos paramos en el Campanario de Boris intrigados por la paz monástica y por su colección de novela rosa que se vendía como los churros de Santa Ana. Decidimos revolver un saco ante la mirada perezosa de Tinofc que vigilaba al sacristán, no sea que le diese los temidos ataques de histeria. Todo fue un espejismo. Entre amores desdichados, cruzadas en busca del Santo Grial y asesinatos del amante de la portera se desvaneció la poca esperanza de encontrar la pócima de la eternidad.
En un descuido, el Trapero tropezó con El agente de su Majestad de David Shahar (Galaxia Gutenberg), un retrato  de la historia de Israel desde los años treinta hasta la guerra del Yom Kipur. "Tengo que pedir informes sobre esta novela a mi amigo, el semita A. Novak , primo de M. Monmany".              
Volvimos al Paseo La guinda recordando al discreto Gromov que  creemos que ya se ha ido a Laponia con una beca de Erasmus. El Editor de Labici nos hablaba del último diario Miseria y compañía del Leopardi de Manzaneda. Tanto empalago familiar le resultaba cansino. Se podrían haber quedado en la Villa Godi de Palladio.
También nos comentó su última lectura de los Diarios de M. Ordóñez y de V. Folch. Vemos que se está echando a perder, desde que no sabe nada S. Ostiz, con tanto EGO insulso de nuestros críticos literarios.
Tinofc se defendía con la disculpa habitual "me los han regalado". Para desviar la atención nos habló de las mejores novelas del Siglo que había elegido el periódico ABC con la inestimable ayuda de unos cuantos escritores. Todo un ejercicio de amistad. Ganaron los que más amigos tenían. "¡Qué pena  de crematorio para tanto chivo!",  dijo con sorna la Fiera literaria.
Entre unos calcetines de Vila Matas y pañuelos de Lorca encontramos unos libros del panfleto Público. Los escritores volvían del Exilio de la guerra para hablarnos del olvido y la pena. Sus portadas nos cautivaron, pero por una vez no escuchamos el canto de las sirenas. Un espontáneo nos invitó a visitar la librería Rubí (Oteruelo), que tiene una franquicia en el Rastro con las existencias más trilladas que las eras de Castrillo de las Piedras.
Cuando dieron las once en el reloj de la Audiencia, Larsen se fue a su zaquizamí. Con su catálogo de Ediciones Ultramarinos desapareció el Editor de Labici, coleccionista de papeles y otros avisos. El resto de la tropa ultramarina se habían quedado con la copla y esperaban unas cajas del fondo de cultura de la Diputación. Patientia vincit omnia.





30 de mayo de 2013

Historias de literatura y melancolía






El Rastro, primavera del 2013











[Para T. O. , paseante melancólico. Larsen]




La filosofía en el tocador


Una temporada en el Infierno














LA FILOSOFÍA EN EL TOCADOR

La Philosophie du Boudoir del Marqués de Sade, difundida desde hace cien años en ediciones clandestinas, contiene cosas que de otro modo no conoceríamos como objeto de la pluma, si descontamos las inscripciones de los muros en rincones insalubres. 

En esta obra suena el aullido de la hiena, que voraz va a cazar por las cloacas, con piel húmeda y viscosa y con un hambre carnívora insaciable, que finalmente absorbe la sangre y devora los despojos de la vida. Cada sorbo de la roja fuente es como el agua del mar, que torna la sed siempre más rabiosa. 

A esto se corresponde la manera en que se maneja la pluma: por ejemplo, la separación de las palabras y los jirones de frases mediante guiones que cortan el aliento al discurso y desgarran el lenguaje en estertores y gemidos; la interminable retahíla de sinónimos para designar acciones y objetos que de esta forma pueden ser acariciados de modo cada vez más ávido y sensual; el lenguaje  se clava en la carne con agujas ardientes; las comillas mediante las que cualquier palabra se sella como obscenidad: es indispensable el presupuesto de una complicidad perversa del lector con el autor; esa manera peculiar de interrumpir la brutalidad palmaria de los argumentos con giros afectados para conferir a los pasajes de las coyundas más salvajes, a través de un inesperado fogonazo de mojigatería, el máximo grado de evidencia. 

El conjunto se lee con angustia, no tanto por los horrores como por la seguridad imperturbable con que se rompe el acuerdo tácito que rige las relaciones humanas. La impresión que causa es algo así como si alguien alzara la voz en un cuarto y dijese: «Puesto que estamos reunidos entre bestias...».

(Ernst Jünger: Libros crueles, en El Corazón Aventurero, 1938)
Adjuntas, las traducciones de Ricardo Pochtar en Libro Amigo de Bruguera (Charlus) y de García Calvo en Lucina (Jupien).





29 de mayo de 2013

Una novela por entregas





Capítulo 17

 Me desperté en las penumbras sin saber qué hacer. Permanecer allí sepultado en aquel piso que me había parecido tan bien el día anterior en este, en el que Lamieva no acababa de volver, me empezó a resultar insufrible. Con dos sábanas me hice una escala que enganché al pestillo del tragaluz y por él me tiré de nuevo a los tejados. Cerré el cristal y me erguí para mirar la estampa de la ciudad. De pronto añoré el lecho que dejaba abajo y un vértigo de vacío se me pegó a las tripas y comencé a vagar como un ser inhumano, como una sombra de mí mismo, por las cubiertas hasta bajar por unas casuchas como de pueblo que flotaban desperdigadas por las afueras entre burros, gitanos solitarios y espigas. Mis pies me llevaban sin saberlo hasta el cementerio. Hallé las puertas cerradas y me varé en sus hierros como un enamorado del ocaso. Después de un rato las escalé y penetré. Los cipreses ondeaban. Por los caminos de grava me dirigí hacia la tumba de mi madre. A veinte o treinta metros de ella me paré. Luego me acerqué muy lentamente, como si ella pudiera oírme y yo no quisiera despertarla de un sueño imposible de interrumpir. Tordos, gorriones, golondrinas, todo tipo de aves humildes la sobrevolaban. Las letras de oro viejo de su nombre de la lápida se reflejaban de cielo. Me acerqué a otra sepultura y robé unas flores mustias ajadas de sol y viento y se las puse encima. Cerré los ojos y los volví a abrir ya inundados con el bosque de cruces de piedra en su horizonte. Me tiré sobre la lápida y los cuervos gritaron, me encorvé y de mí salió un extraño lamento, un aullido a medias humano y a medias animal. Me arrastré por el mármol con un dolor inaguantable en el vientre. Miré al cielo y pensé que nada me importaban las verdades del mundo sino mi vida. 
 Tres o cuatro sepulturas más allá había una muy vieja, muy antigua, tallada en una piedra ennegrecida de lepra, que mostraba un hombre viejo acostado, muerto, con una larga y espesa barba y el cráneo calvo. Desnudo el torso cubierto de cintura para abajo por una sábana pétrea. En una mano una maza y en otra un cincel de escultor. Sin duda aquel hombre había esculpido su propia tumba en la que se representaba anciano y muerto con las herramientas de su oficio. Arriba, en la lápida vertical, bajo góticos pináculos, un reloj de arena con alas de murciélago y una pequeña y delicada calavera encima. Cogí una cruz de hierro medio oxidada que, torcida y floja, estaba pinchada en el suelo de una fosa de tierra. Cuando la tenía en las manos vi que en su centro había una pequeña placa de cerámica esmaltada con una leyenda en letras negras: "Como te veo me vi, como me ves te verás". Me quedé paralizado unos instantes en los que el cuervo que me habita se apoderó de mí insuflando su negra sangre por mis venas y un dolor de abismo se me metió en los ojos. Pensé que efectivamente un día, lejano o cercano, estaría ahí, entre los quietos para siempre, pero no tendría entonces ojos para verlo. Alcé la cruz que se recortó contra las nubes ceniza y la estrellé contra el reloj murciélago que se desprendió de la lápida de una pieza junto con la pequeña calavera. Me quité uno de los varios abrigos que llevaba y envolví el trozo de tumba para llevármelo.



28 de mayo de 2013

Los restos del naufragio
























Textos Tímidos



Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Palencia.






Textos Tímidos (Almaburu), Cuadernos Ínfimos y Cuadernos Marginales (Tusquets), Editorial Minúscula, Compactos (Anagrama), microrrelatos, posts en blogs, poesía en sms...

La literatura, como los gadgets, ¿tiende a la miniaturización?


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Adjunto un lote de Textos Tímidos con el que me hice este fin de semana en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Palencia.



[Gromov]



27 de mayo de 2013

La salamandra (EDITORIAL SALAMANDRA)




Salamandra de La Fuga de Atalanta, de Maier




La Salamandra

Según los cabalistas, la salamandra es un ser fantástico, un espíritu elemental ígneo. Popularmente se cree que el animal anfibio del mismo nombre (Salamandra salamandra), de la familia de los batracios, puede pasar por el fuego sin quemarse. Así lo cuenta Benvenuto Cellini en sus célebres memorias:





En su novela Ascanio, la imaginación desbordante de Dumas recrea un imaginario encuentro entre Cellini y Francisco I, cuyo emblema era una salamandra con la divisa “Nutrisco et extingo” (“De él [el fuego] me alimento y lo extingo”). Y en dicha obra, Cellini recrea su anécdota infantil como signo de predestinación al servicio del monarca. 





Modernamente, en el campo de nuestro bestiario editorial en curso (suum quique: idea recibida de libros&bitios), la salamandra es el logotipo de la editorial que puso la mano en el fuego por Mrs. Rowling y por una bicoca se hizo con los preciados derechos de edición en castellano de la saga de Harry Potter.  









[Gromov]




25 de mayo de 2013

Una novela por entregas







Capítulo 16


Entonces me desperté cuando la luz de una farola entró por la tronera. Palpé el lecho y no había mujer alguna. ¿Habrá sido todo un sueño? Me dije. Pero encontré restos de semen por las sábanas aún húmedo y el olor a hembra. Me levanté y a tientas encontré una pared y hallé unos cortinajes duros como una alfombra puesta de pie y tiré de ellos un poco. La luz artificial de la calle en la que ya había anochecido inundó despacio aquella estancia que había permanecido lustros a oscuras y, por un momento, tuve miedo de que todo se quebrase, de que todo se derritiera ante la claridad, pero no ocurrió nada. El lujo pasado de moda de aquel piso se mantuvo impertérrito, efectivamente permanecía erguido ante el paso del tiempo. Vi que la cama estaba posada sobre patas de nogal talladas en cuerpos de ninfas, las paredes tapizadas de tela describían filigranas interminables. Caminé hacia la puerta de la habitación sobre el suelo de tarima de enebro que crujía a cada pisada como si lo despertase de su embrujo de desamores. La abrí con temor de encontrar a alguien, no sabía muy bien si persona, cosa o fantasma. Fue mi rostro lo que encontré en el azogue despoblado por tantos años de los lujosos espejos. Aureolado por rizos de oro con el adornado piso de fondo aparecía perfectamente integrado en el pasado, como el habitante perfecto de ese lugar. Los primeros rasgos de mi senectud, mi prematuro envejecimiento se diluía entre cosas tan viejas y mi porte de vagabundo ridículamente digno se tornaba allí en distinguido, aristocrático. Por unos minutos me sentí como en mi sitio, como si yo perteneciese a una época pasada y, en ella, hubiese sido un gran señor melancólico y culto. Con todas estas fantasías me senté en una silla que, en el extremo de sus brazos, tenía pequeñas cabezas de león labradas. Enfrente un gran hueco en la pared con un cerco de suciedad que hacía pensar en un cuadro retirado. Estaba seguro que aquel hueco correspondía a la pintura que llevó Lamieva al rastro. Entonces comencé a inspeccionar todo el piso en busca de cosas que hubieran sido hurtadas. No me costó nada encontrar la colección de Diderot en la biblioteca para comprobar que faltaba el volumen número dos. Sin duda Lamieva campaba a sus anchas por el piso de Siena-Pombal. Volví a la cama y dormí hasta el día siguiente.




24 de mayo de 2013

Las malas compañías




El Rastro, primavera del 2013



Hacía mucho que no veíamos la bicicleta y a Ridruejo. Lo encontramos envejecido y rumiando el extraño lenguaje de las alimañas.Tinofc sorprendió al Enciclopedista, que se entretenía comprobando los números que tenía de la revista Tierra de Campos, con el carné de socio nº1 de Reto. Gracias a él gozaba de grandes descuentos en los lotes de libros y demás inventario del puesto.
En Cacharrería el Pastor descargaba unas maletas de libros ayudados por el generoso Ridruejo que se movía como el raposo en el gallinero. El Pescador recuperó del kiosko del Arroyo una colección de furgonetas de lata (faltaba la furgodesván, muy valiosa por estar descatalogada) que repartió entre los mecánicos. Unas baldosas más allá,  el Eslavo se deleitaba con unas ilustraciones del Martín Fierro y recordaba con cariño sus estudios Gauchescos en la Pampa.
En la Vidioteca del Danubio Larsen alimentaba su cinefagia con Apocalypse Now Redux mientras que  Hitchcock devoraba todo el escaparate.
 En la escombrera de Barcelona el Trapero se coló como un combullerero entre los dos caballeros de fortuna, el corsario Gromov y el filibustero Amanuense, que discutían sobre la bibliografía de piratas. Parecían dos bucaneros de saldo caribeño.
Nos contó el Psicoanalista que en el Tendido 7 dejó entre los restos una Biblia del siglo XIX como cebo para el  avispado Ultraísta que buceaba por esos fondos. El bicho picó y tiro del anzuelo, pero el libro sagrado se quedó con su dueño que se alejaba mientras le preguntaba maliciosamente por el precio de la biblia para que así se la pagase al vendedor.
Con estás pequeñas historias rastreras (nadie las cuenta como él), el primo de Freud rejuvenece varias estaciones.
Subiendo la senda del río se nos agregó el becario Gromov. Nuestra conversación bestiaria nos llevó de la rana de Salamanca, al toro del Lazarillo y a la simbología de la oca. El Inspector Ocramalliv despejó nuestras dudas sobre la existencia de un Bestiario Toscano y nos hizo la vana promesa de mandarnos una foto de la portada. De entre la espesura un chamarilero nos llamó para ofrecernos dos libros más antiguos que las piedras del riachuelo pero con menos valor. Su mujer nos animó a comprarlos con tal de que no los leyésemos allí.
En el Séptimo círculo del Purgatorio Gromov nos avisó de la purrela que se avecina sobre la  famosa obra de Dante con la publicación del nuevo libro de D. Brown. Larsen, con su olfato de lebrel, fisgó una Divina Comedia  y empezó a contar los tercetos y los 14.333 endecasílabos para borrar toda duda de estar ante una versión abreviada.  A la señora se le acabó la paciencia y le pidió un precio desajustado. El cínico Trapero le dijo que ese tronco no lo iba a leer, y que lo compraba solamente para prender la chimenea, viendo el frío y los falampos de la nieve primaveral que se nos venía encima.
Acabamos nuestro paseo en Miseria y compañía; la miseria del Rastro que se ha convertido en un desagüe y la compañía de los fieles Ultramarinos y sus manías: Gromov y sus calas, Ocramalliv y su sacarcorchos de diseño italiano, Roberto Alcázar y Pedrín y sus juegos de rol, el Amanuense y su barco pirata de Playmovil, y Larsen y sus saurios.
En miseria y compañía, nos alejamos dejando toda esperanza.
"Vamos que el largo viaje nos apremia."






23 de mayo de 2013

La dolce vita













[Tinofc Ocramalliv, bibliópata]








Crítica literaria





CRÍTICA LITERARIA

El Eugenio Onieguin de Pushkin fue calificado por Belinski como una "enciclopedia de la vida rusa" y, como tal, admite variedad de lecturas. La que hoy propongo es la mejor crítica literaria que he leído, que se condensa en estas dos líneas en las que el protagonista de dicha novela en verso se queja con hastío de sus lecturas:

"LOS CLÁSICOS SON ANTIGUOS;
LOS MODERNOS DELIRAN DE VEJEZ."

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Adjunta,  imagen de mi edición de Eugenio Oneguin de Letras universales de Cátedra (buena, pero no óptima). A ver si alguien se anima a re-traducir a Nabokov.


[Gromov]