24 de julio de 2014

Mortisaga en el cementerio de los iconoclastas










II. EL CEMENTERIO DE LAMINIUM


7

VIENTOS


Los vientos son criaturas a las que no es posible conocer en las bibliotecas. Sobre sus nombres, sus direcciones, sus beneficios, sus promesas y hasta sus maldiciones se han escrito una infinidad de libros desde la más remota antigüedad. Incluso han sido catalogados en índices jamás traducidos por nadie, por haber sido cifrados en lenguas extintas, cuyas díscolas grafías cambian en cada mirada. Aun si existiera un lector milenario con la suficiente edad para haber leído todo sobre ellos, su conocimiento de los aires, ventiscas, brisas, galernas, huracanes, torbellinos, corrientes, ciclones, trombas, tornados, remolinos, tifones, vendavales, céfiros y ventarrones, alcanzaría sólo a lo que un bebé es capaz de aprender sin descender de su cunita. No fue el caso del marino escocés Allan Gibson, que tras gastar su dilatada vida a bordo de diferentes tipos de veleros a finales  del siglo XIX, cuando el vapor ya hacía humear los horizontes, perseguido por el silbido de un Mistral que soplaba en sus huesos roídos por el vaivén de las aguas, se retiró a Aberfeldy, lejos del mar, a una casa junto al río Tay, donde pasó el resto de sus días tratando de calmar con whisky aquellas melodías óseas, mientras narraba a quien quisiera escucharlo sus encuentros con los vientos de medio mundo, sin que nadie le oyera repetir jamás el nombre de ninguno de ellos, pero esto es sólo un mito, que aún hoy los habitantes del pueblo les cuentan a sus nietos, porque no debemos dar crédito a los testimonios apócrifos del cronista local Hugh MacLean en su libro misceláneo Industrias de un piloto sin rumbo, puesto que según su partida de nacimiento no pudo escuchar las historias de Gibson, por tener una edad de cinco años cuando Allan murió. Pero volviendo al principio, los vientos son como los olores, no se pueden encerrar en palabras ni aherrojar con cadenas, sólo la poesía es capaz de sugerir su presencia, o eso es lo que me pareció al leer un libro anónimo titulado Las esferas de Allan Gibson, en traducción y edición no venal de Nicasio Medina, quien asegura haber conocido al autor, no se sabe si del largo poema o al mismo Gibson. Por el movimiento aéreo que me produjo su lectura, tengo la intuición de que es lo más cerca que pude estar de los vientos de aquel marino escocés. A estos libros les debo el haber descubierto que el silencio de las bibliotecas, de las librerías, archivos y de cuantos lugares almacenan libros, albergan vientos como los alisios, contralisios y circumpolares, así como como el Burán del sur de Rusia, el Simún de Arabia, el Narai de Japón, el Pampero de Argentina, el Leung de China, el Siroco de África, o como el Cierzo y el Ábrego, más cercanos, la Tramontana, el Solano, el Levante o el Poniente. Aunque no son como estos exactamente, por no tener aún nombre que los fije en la imaginación, soplan con un aliento diferente a sus hermanos, dependiendo de la cercanía entre dos, tres o decenas de libros, según su combinación en los anaqueles. Así por ejemplo, una noche sentí una mordiente ráfaga que me corría por el abdomen, dejándome una frialdad propia de un cadáver que no sabe que lo es. Para mi tranquilidad, pronto pude comprobar que no era letal, debido a su corta duración. Este viento, al que denominé Rasher, se formó por la conjunción de la comedia absurda Hipócrates en la carnicería del dramaturgo Mircea Popescu, con una edición numerada para coleccionistas del manual ilustrado de medicina forense Abierto en canal, a cuyo autor, el profesor de medicina legal Alipio Benamurti, lo secuestraron y le cortaron las manos los descendientes de un asesino, muerto en un supuesto accidente tramado por las fuerzas de orden público, a quien dibujó hasta el detalle más naturalista en el libro, cuando su caja torácica había sido descubierta, tras identificar las vísceras como suyas por los familiares. Podría referirme a otros muchos, porque son innumerables, los que cada noche se dan cita, dependiendo de las incontables circunstancias que pueden concurrir en cada uno de los volúmenes y sus compañías: personajes, tipos de papel, autores, humedades y recuerdos depositados en su páginas, tipografías, años de edición, dedicatorias, versos clásicos o vanguardistas… A veces pienso que estos vientos sólo están dentro mí, que en realidad soy un creador de vientos, o quizás cada lector sea un creador de vientos, y digo esto porque los que tratan con libros y no los leen, son incapaces de darle nombre a estas fuerzas sutiles, puesto que no son capaces de percibirlas. 

José Miguel López-Astilleros



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.